Rostros de la dignidad

Ghasan es desde hace casi ocho años el chofer y traductor del equipo del EAPPI en Yanún. Se gana la vida como taxista, y vive en Aqraba (el pueblo a 4 km de nuestra aldea) con su esposa, sus cinco hijos y sus dos hijas, su hermano, su cuñada y su madre. Se involucró con nuestra organización cuando se ofreció como voluntario para apoyar a los pobladores que habían sido expulsados de Yanún en 2002 por la violencia de los colonos israelíes que pretenden apoderarse de sus tierras.

Como tantas familias palestinas, la de Ghasan tenía una considerable cantidad de tierras fértiles y 350 ovejas en el valle del Jordán. Pero después que Israel ocupó Cisjordania en 1967, fueron siendo gradualmente despojados de sus tierras, que ahora están en manos de las colonias israelíes ilegales establecidas a lo largo y ancho de Cisjordania. Cuando pasábamos por la carretera, Ghasan -como hace siempre con los equipos recién llegados- aminoró la marcha para mostrarnos cuáles eran las tierras de su familia.

Ghasan mostrando las tierras que pertenecían a su familia antes de la ocupación

Ghasan mostrando las tierras que pertenecían a su familia antes de la ocupación

Ghasan tenía seis años pero recuerda bien cuando los soldados israelíes instalaron un campamento militar en su tierra. Un día al atardecer un cohete cayó sobre la carpa donde vivía con su familia y la destruyó; ellos se salvaron porque estaban a la intemperie ordeñando las cabras. Esa noche y las siguientes durmieron en las cuevas que los pastores usaban para guardar sus rebaños.

Hoy nuestro equipo salió con él a recorrer varias comunidades del valle del Jordán que sufren todas las privaciones y violencias posibles a manos de las fuerzas de ocupación. Desde los fallidos Acuerdos de Oslo, todo el valle del Jordán -que constituye casi el 30% de Cisjordania- fue declarada “Área C”, es decir, bajo control absoluto del ejército israelí, que convirtió en “zona militar cerrada” a toda esa región, dejando a las comunidades palestinas en una situación de vulnerabilidad extrema: no tienen acceso al agua, no pueden construir ni reparar sus viviendas, y a menudo éstas son demolidas de la noche a la mañana por el ejército, que simplemente alega razones de seguridad (“Ustedes no pueden estar aquí porque ésta es una zona militar cerrada”), aunque se trate de tierras donde sus ancestros vivieron desde tiempos inmemoriales. Pero la gente se queda a vivir en carpas, que también son destruídas por el ejército, y vuelve a levantarlas una y otra vez, negándose a abandonar su tierra.

Como Ghasan es un gran asador, planeamos parar al mediodía en un lugar habilitado para picnic y hacer kebab con carne de cordero, verduras y pan. Mientras estábamos comiendo las brochetas asadas por Ghasan, vimos llegar frente a nosotros un grupo de colonos israelíes en varios vehículos (último modelo de 4×4, como es habitual) que venían a hacer senderismo. Varios de ellos bajaron con sus armas automáticas a la espalda y empezaron a subir la colina, mientras uno quedaba abajo muy cerca nuestro -también armado- cuidando los vehículos, o el área, o quién sabe qué.

Ghasan haciendo el 'asado' en el valle del Jordán

Ghasan haciendo el 'asado' en el valle del Jordán

Nosotros lo mirábamos mientras comíamos y comentábamos sobre el absurdo de hacer deporte y trepar un cerro con un arma automática a la espalda. Ghasan, agachado en el pasto junto a su pequeño braserito, miraba al hombre, daba vuelta las brochetas sobre el fuego, y comía.

Al rato de estar así, un integrante de nuestro equipo -después de consultar a Ghasan- se acercó al colono armado para ofrecerle un pan de pita con carne asada, que el joven aceptó encantado. Yo todavía estaba preguntándome cómo le habría caído a Ghasan la iniciativa de mi compañero, cuando vi con sorpresa que Gasan le hacía señas al colono para que se acercara. El muchacho asintió y se sentó en el pasto junto al fuego a conversar amigablemente con Ghasan.

Colonos israelíes armados llegan para hacer senderismo

Colonos israelíes armados llegan para hacer senderismo

En eso estaban cuando sus compañeros bajaron de la colina. Desde mi lugar ví al colono levantarse, decir adiós y empezar a alejarse para reunirse con su grupo. Y fue ahí cuando volvimos a sorprendernos al ver a Ghasan tomar una pita, rellenarla de carne y ofrecerla al colono para que la llevara a donde estaban sus amigos. Y como éste no quería aceptar, o dudaba, Ghasan insistió enérgicamente, hasta que el joven aceptó y se fue a juntar con su grupo. Una vez allí, vimos que tomaba algo de su auto y volvía hacia nosotros para entregarle a Ghasan dos pomelos, indicando con un gesto que era lo único que tenía para retribuir.

Cuando se marcharon, me acerqué a Ghasan y le pregunté por qué había insistido en convidarlos con la carne que él mismo había asado. “Porque son los ocupantes, pero también son seres humanos”, me respondió. Y agregó: “Y porque yo no quiero tratarlos como ellos nos tratan a nosotros”.

Me contó que en el pasado, antes de que las cosas se pusieran más difíciles (después de las dos intifadas), era común que los palestinos -con su proverbial hospitalidad- invitaran a los israelíes a comer en sus casas. También me dijo que cuando él tiene oportunidad, siempre prefiere mostrarles que es un ser humano como ellos. “Hace poco a una familia con dos niños se le rompió el auto en la carretera, y yo paré para ayudarlos, y fui hasta el pueblo a traerles dos cubiertas para las ruedas”.

El colono israelí invitado con kebab por Gashan retribuye con dos pomelos

El colono israelí invitado con kebab por Gashan retribuye con dos pomelos

No supe qué decir. Pero en ese momento recordé lo que un amigo palestino me había dicho hace casi veinte años: “Yo no quiero que mi hija crezca en el odio, ni le voy a enseñar a odiarlos. Nosotros no odiamos a los israelíes, odiamos la ocupación”.

Y recordé también lo que nos dijo esta semana una veterana activista israelí de Machsom Watch: “Nosotras estamos contra la ocupación por solidaridad con el pueblo palestino, pero sobre todo por nuestro propio pueblo; porque no podemos tolerar la deshumanización y la violencia que la ocupación ha provocado en la sociedad israelí.

También entendí mejor lo que nos había dicho el domingo pasado un pastor luterano al hablar de la actitud del pueblo palestino bajo la ocupación, haciendo una analogía con la actitud de Jesús de Nazaret frente a la ocupación romana (para poner en contexto la controvertida enseñanza de “dar la otra mejilla” y “amar al enemigo”): ante la impotencia en que nos coloca la opresión, ante la deshumanización del enemigo, ante los permanentes atropellos, podemos elegir la dignidad como forma de resistencia, y podemos elegir conservar nuestra humanidad.

Eso es lo que todos los días, de muchas maneras, hace el pueblo palestino en ésta, su tierra. Y hoy, en el valle del Jordán, Ghasan le puso su nombre y su rostro a esa dignidad.

Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania: EAPPI (en Yanún/Nablus), CPT (Al-Jalil/Hebrón), IWPS (Deir Istiya/Salfit) y Kairos Palestine (Belén).
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Una respuesta a Rostros de la dignidad

  1. Pancho dijo:

    Gracias, Martha, me llevo estas vivencias para masticarlas despacito.

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