Voces desde Gaza: Sara Hussein, Haidar Eid

La tarea desgarradora de informar sobre los niños y niñas
víctimas en Gaza

 

 Sara Hussein *

GAZA – 30 de julio de 2014 – Esta guerra no es la primera que he cubierto, ni siquiera es la primera guerra que cubrí en Gaza. He estado en lugares como Siria y Libia, y he visto algunas de las cosas horribles que son normales en un conflicto armado, y he visto niños muertos antes; pero nunca como durante esta guerra en Gaza. Nunca tantos, nunca con tanta frecuencia.

Todo el mundo ama a sus niños y niñas, y Gaza no es diferente. Pero aquí hay un afecto público especial, un orgullo no mitigado por el sentido de modestia o privacidad. Todos quieren mostrarte fotos de sus hijos. Los hombres sacan sus celulares incluso antes que las mujeres. He visto fotos de la mayoría de los hijos e hijas del personal de mi hotel. Ayman, mi recepcionista favorito, tiene dos hijas, una de las cuales tiene la piel blanca y los ojos claros; Mahmud, el sonriente y barbudo conserje, tiene tres hijos -incluyendo al menor, que es tan lindo como una niña, dice con una mezcla de orgullo y un poco de vergüenza.

Los niños están por todas partes en Gaza. Se amontonan rodeándote en los campos de refugiados y en las escuelas dirigidas por la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados Palestinos (UNRWA), donde más de 160.000 personas han buscado refugio luego de huir de sus hogares. Algunos son audaces y curiosos, estiran la mano para dártela, preguntan tu nombre, sobre tu familia, tu país de origen. Dos hermanas en una escuela en ciudad de Gaza revolvieron mi cartera buscando algo con qué jugar, y luego hicieron un juego de palmas conmigo.

Otros son diferentes, y algunos son silenciosos de una manera que sugiere algo más que un mero rasgo de personalidad. En la misma escuela, una pequeña niña pelirroja de ojos grandes extendió su mano buscando la mía, pero en vez de saludarme sacudiéndola, solamente se aferró a mí. Me dijo que su nombre era Yasmin, pero no dijo nada más. Me siguió alrededor de la escuela mientras hice entrevistas, y luego vino y se sentó a mi lado  mientras yo esperaba a la sombra que empezara una conferencia de prensa. Yasmin no quería hablar, solo sentarse silenciosamente a mi lado.

Dentro de la morgue

Foto: Valeria Cortés

Foto: Valeria Cortés

En la morgue del hospital Shifa de la ciudad de Caza, los empleados han visto docenas de niñas y niños muertos. Había estoicismo en la manera en que limpiaban los cuerpos de los tres que había frente a ellos: Afnan, Jihad y Wissam Shuheiber. Habían visto antes pequeños cuerpos destrozados, y los verían de nuevo, probablemente un rato más tarde ese mismo día. Su comportamiento sobrio era aún más austero en contraste con el dolor incontenible en los rostros de los familiares de los niños.

Estos tres niños –los hermanos Jihad y Wissam, y su primo Afnan– estaban jugando en una azotea en la ciudad de Gaza cuando un cohete golpeó su edificio. Los tres fueron llevados al hospital con heridas, pero murieron poco después. Cada uno de ellos estaba acribillado con heridas de metralla: les sacaron de la carne trozos de acero caliente del tamaño de una moneda. Los dientes de uno de los niños parecían haber sido pulverizados en el ataque. El menor de los tres, Wissam, tenía ropa interior azul y amarilla de superhéroe.

Lloré mientras tomaba notas

Era difícil permanecer serena en la morgue mientras el equipo daba vueltas alrededor de los tres niños, y de un cuarto que había sido trasladado luego de morir en otro hospital. Yo me metí en la sala antes de que entrara la avalancha de periodistas, y me paré en silencio en la esquina mientras el equipo trabajaba y tres miembros de la familia oscilaban entre la rabia y el dolor extremo. Continué tomando notas y observando, pero lloraba mientras lo hacía. Y cuando escribí sobre esto más tarde, volví a llorar.

Los niños Shuhaiber no fueron los únicos asesinados en Gaza mientras jugaban. El 16 de julio estaba completando un reporte en mi hotel cuando el sonido de una explosión me hizo correr hacia afuera. Llegué al patio del hotel para ver a un grupo de niños corriendo aterrorizados hacia nosotros. Mientras corrían, les dispararon otro proyectil. Unos cuantos lograron refugiarse en el hotel, donde el personal y los periodistas tratamos de confortar a los aterrorizados y atender a los heridos. Al menos tres fueron lastimados. Con otros dos periodistas intenté ayudar a un niño que tenía metralla en su pecho. Llegaron ambulancias y evacuaron a los heridos. Al llegar a la playa, encontraron cuatro niños muertos. Después que el pánico había pasado, el piso del patio del hotel estaba manchado de sangre y cubierto de trozos de gasas.

No hay párrafo final que redondee eficazmente este tipo de relatos, no hay final feliz. Pero hubo un momento para mí que se destacó por el contraste, en el hogar de uno de nuestros maravillosos reporteros en Gaza, Adel Zaanoun: fue cuando nos sentamos para compartir el iftar (la comida de la noche durante el ayuno de Ramadán), y él insistió en que yo tomara en brazos a sus mellizos de dos meses, Adam y Alma.

Eran tan pequeños y rosados… chillaban y golpeaban sus puñitos. Estaban completamente vivos, y nos obligaban a todos los que estábamos en la habitación a sonreír.

* Sara Hussein es corresponsal de AFP para Medio Oriente. Escribió este testimonio inmediatamente después de completar una asignación en Gaza. Publicado por AFP.  Ver aquí las fotos y el video que acompañan este artículo.
Traducción de Patricia Curbelo (editada por María Landi).

Gaza: Mojones en el camino hacia la liberación

Haidar Eid *

 

[NOTA: Esto fue escrito el 12 de julio, cuando recién había comenzado la agresión israelí, antes de que se vislumbrara que tendría la magnitud destructiva actual.]

 

En mis cuadernos de escuela
En mi escritorio y en los árboles
En la arena de la nieve
Escribo tu nombre
En cada página leída
En todas las sábanas blancas
Piedra sangre papel o ceniza
Escribo tu nombre …
Libertad
Paul Éluard

Edward Said escribió extensamente sobre la necesidad de escribir la narrativa Palestina. Pero también argumentó, muy elocuentemente, que nunca se nos permitió hacerlo. Ahora, los que estamos en Gaza hemos decidido escribir nuestros relatos, a veces con sangre.

Porque dejan una marca en nuestra conciencia individual y colectiva, les llamamos mártires. Aquellos que tomaron las armas o la pluma: el Che Guevara, Ghassan Kanafani, Naji al-Ali, Dalal Mughrabi, Shadia Abu Ghazaleh, Steve Biko, Salvador Allende, Rosa Luxemburgo, Patrice Lumumba, por mencionar sólo unos pocos, han reservado un lugar allí.

Pero hay otros, mucho más jóvenes, desconocidos/as para muchos, que han jugado un papel importante en la formación de nuestra conciencia. Ellos y ellas me visitan todas las noches; los veo en mis sueños. Hablo con ellos: discuto asuntos serios, más serios de lo que ninguna persona que esté viva puede imaginar.

Con 360 kilómetros cuadrados, Gaza es el mayor campo de refugiados en la tierra, un recordatorio de la continua Nakba. Los habitantes de Gaza se han convertido en los palestinos y palestinas más indeseados, el corazón oscuro que nadie quiere ver, los “negros” del sur de Estados Unidos, los nativos de la Sudáfrica del apartheid. La población excedente con la que el poderoso, macho y blanco askenazí israelí no puede coexistir.

Puntos de referencia

Los años 1987, 2009, 2012 y ahora 2014 son hitos en el camino hacia nuestra liberación. Pero también han sido puntos de referencia en la formación de mi propia conciencia, no menores de los que dejaron los grandes mártires mencionados anteriormente.

1987: Ashraf Eid, de 15 años, hijo y sol de mi primo. Una bala, disparada por un francotirador israelí en Rafah, penetró en su pequeño corazón. Era el final de un largo día de ayuno durante el mes sagrado del Ramadán. Una bala, el fin de la vida de Ashraf, una marca en mi conciencia.

2009: Maather Abu Znaid, 24, mi alumna. En 2005 yo estaba enseñando mi primer curso, “La Novela”, en la Universidad de al-Aqsa, en Khan Younis. Enseñé dos novelas, una de Ghassan Kanafani e, irónicamente, otra del escritor racista y Premio Nobel V .S Naipaul. Los estudiantes me conocen por ser “estricto” y “tacaño” al dar calificaciones, pero Maather consiguió el 92 por ciento, una calificación que rara vez otorgo. Se graduó con altos honores; una estudiante inteligente con grandes sueños y ambiciones. Ella quería continuar sus estudios; pero en Gaza, los sueños se esfuman. Durante la masacre de 2009 en Gaza, Maather fue alcanzada por el misil de un avión no tripulado cuando salía de su casa. Su familia todavía está tratando de encontrar partes de su cuerpo, si es que alguna vez lo logran. Ese fue un sueño interrumpido. Un misil teledirigido, fin de los sueños; otra marca en mi conciencia.

2009: Con 44 años de edad, Samir Muhammad fue ejecutado de una sola bala al corazón frente a su esposa e hijos. El ejército israelí se negó durante once días a permitir que una ambulancia recogiera su cadáver, por lo que su familia tuvo que esperar a que la agresión se detuviera para poder enterrarlo. Su padre, Rashid, me contó con detalles agónicos cómo tuvo la terriblemente dolorosa experiencia de ver, tocar, besar y luego enterrar el cuerpo descompuesto de su hijo. Rashid es originario de la aldea de mis padres, Zarnouqa; él los conocía bien. Samir podría haber sido yo. Una sola bala: Zarnouqa no está lejos.

2009: Muhammad Samouni, 10 años, fue encontrado echado junto a los cuerpos de su madre y sus hermanos, cinco días después de que fueran asesinados. Él les contaría lo que le ha estado contando a todo el mundo: que su hermano se despertó de repente, después de estar dormido por un largo tiempo. Su hermano le dijo que tenía hambre, pidió un tomate para comer y luego murió. Una antorcha en las oscuras profundidades de mi conciencia.

2009: Ismat, 11 y Alaa Qirm, 12, cuya casa en la ciudad de Gaza fue bombardeada con artillería y bombas de fósforo; bombas que les quemaron hasta la muerte como a su padre, dejando atrás a su hermana Amira de catorce años de edad. Sola, herida y aterrorizada, Amira se arrastró 500 metros sobre sus rodillas a una casa cercana que resultó ser la casa de mi primo. Estaba vacía porque la familia había huido cuando comenzó el ataque israelí. Se quedó allí durante cuatro días, sobreviviendo sólo a base de agua. Cuando mi primo regresó para conseguir ropa para su familia, encontró a Amira, débil y a punto de morir. Los cuerpos de sus hermanos y de su padre estaban descompuestos. Otra profunda cicatriz en el fondo de mi conciencia.

2014: Najla al-Haj, una estudiante de la Universidad de al-Aqsa, asesinada junto a su familia, en un ataque aéreo israelí contra la casa de su familia en Khan Younis, en el sur de Gaza. Ella había estado hablando en línea con sus amigas de la universidad apenas unas horas antes. Hanadi, otra estudiante, así como mi sobrina de 18 años de edad, Shimo, sólo se enteraron de la hora de la muerte de su amiga cuando se despertaron para el suhour, la comida previa al ayuno del Ramadán. Hanadi se dirigió inmediatamente a la página de Facebook de Najla. Lo último que Najla escribió fue: “Que Dios esté con nosotros. Oh, hola martirio.” Najla al-Haj murió con otras siete personas de su familia. Un ataque aéreo, el martirio de una familia entera; una señal en el camino de regreso a Haifa.

Tormento

Como he sostenido en 2012 y 2009, el hecho de que estos palestinos y palestinas no eran hijos de madres judías es razón suficiente para privarlos de su derecho a vivir en igualdad con los ciudadanos del estado de Israel. Por lo tanto, al igual que los nativos negros de África del Sur, deben ser aislados en un bantustán, de conformidad con los términos de los acuerdos de Oslo de 1993. Si los encerrados en la jaula muestran alguna resistencia a este plan, deben ser severamente castigados; a veces con una sola bala, a veces con los misiles fabricados en los Estados Unidos, y en ocasiones con bombas de fósforo.

Cómo contribuir a hacer que sus muertes tengan significado, es la pregunta que me ha estado atormentando por años. Siendo profesor de literatura de resistencia, dos novelas palestinas también me han dejado su huella: Hombres al sol y Lo que nos queda de Ghassan Kanafani. En el primero, nosotros, los refugiados palestinos, somos la parte más débil: las víctimas pasivas y ocultas que no nos atrevemos a golpear las paredes del camión cisterna caliente en el que se nos oculta.

Pero en “Lo que nos queda”, Hamid, un refugiado como yo, es el protagonista que decide actuar y convertirse en un agente de cambio. Si esto trae la muerte, será una muerte que abra las posibilidades de una vida mejor para los demás.

Del mismo modo, la opción que se nos presenta en Gaza y Palestina hoy es que podemos o bien tener una muerte digna mientras luchamos, o podemos seguir viviendo en la esclavitud. Quienes dejaron una marca en mi conciencia eligieron lo primero y permitieron que vivamos. El pueblo palestino, y los habitantes de Gaza en particular, hemos estado viviendo una masacre sin fin desde 1948. Ya no podemos negociar sobre mejorar las condiciones de opresión; o es el menú completo de derechos, o nada. Y eso significa el fin de la ocupación, el apartheid y el colonialismo.

Liberación, no coordinación

Al final de la masacre de 180 personas, la gran mayoría civiles, en noviembre de 2012, se nos dijo que el fin de la agresión daría lugar a que se levantara el bloqueo. Eso no sucedió. Ahora, el levantamiento del sitio no es suficiente. Cuando este ataque bárbaro termine con la victoria del pueblo palestino, no queremos una Autoridad Palestina, ni acuerdos de Oslo, ni “coordinación de seguridad.”

Al igual que las masacres anteriores de 2009 y 2012, la actual debe convertirse en un hito en nuestro largo camino hacia la liberación. La liberación es la antítesis de Oslo y de la racista solución de dos estados. Cualquier alternativa revolucionaria ofrecida por la resistencia en el terreno debe, por tanto, divorciarse de todos los acuerdos anteriores.

El fin de esta guerra genocida debe significar necesariamente el fin de Oslo, ya que, en pocas palabras, los acuerdos de Oslo son el equivalente de la esclavitud, dado que no hay nada que perder más que nuestras cadenas y nuestras carpas de refugiados.

Ashraf, Maather, Najla, Ismat, Alaa, Muhammad y Samir se merecen algo mejor: un país libre en el que sus nombres sean puestos en las calles de Haifa, Jaffa y Zarnouqa.

* Haidar Eid es docente universitario, comentarista político independiente y principal referente del boicot académico (BDS) en la Franja de Gaza, Palestina. Publicado en Electronic Intifada.  Traducción del inglés: Pablo Dalchiele (editada por María Landi).

Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania: EAPPI (en Yanún/Nablus), CPT (Al-Jalil/Hebrón), IWPS (Deir Istiya/Salfit) y Kairos Palestine (Belén).
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Una respuesta a Voces desde Gaza: Sara Hussein, Haidar Eid

  1. Antonio dijo:

    Gracias, María, si no fuera por vuestro trabajo, esta BARBARIE, quedaría Impune.

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