En el reino de la crueldad (I)

Un día en el tribunal militar de Salem, Cisjordania ocupada

 

María Landi – 29/1/15

Treinta años después de que los últimos presos y presas políticas salieran de las cárceles de la dictadura que sufrió mi país, hoy volví a experimentar el calvario de la visita a un recinto militar; en este caso no la cárcel, sino el tribunal militar israelí de Salem, que ‘juzga’ –entre otros casos- a los cinco chicos de Hares[1].

 Llegué a Salem desde Yenín, donde me reuní con la madre de Ali Shamlawi –uno de los chicos- y su hermano Hakim para asistir a la audiencia mensual. El tribunal militar es un conjunto de instalaciones prefabricadas ubicadas en medio de las verdes tierras del norte de Cisjordania. Su estética agresiva contrasta dramáticamente con el paisaje de praderas, colinas, pastores con sus rebaños, campos cultivados y aldeas con sus mezquitas, que sobresalían en el cielo furiosamente azul de un soleado día de invierno.

Um Fadi en Londres, junio de 2014

Um Fadi, la madre de Alí Shamlawi, cuando viajó a Londres para hablar en el Parlamento británico (junio de 2014)

Decenas de mujeres, hombres y muchos jóvenes –nunca me acostumbro a la cantidad de jóvenes que hay en Palestina- hacían cola frente al primer recinto, donde se pasa la primera puerta-molinete controlada centralmente -iguales a las que hay en los checkpoints– y el detector de metales, después de dejar todas la pertenencias en un precario quiosco vecino que también ofrece café, cigarrillos y comestibles para las largas jornadas de espera (me sorprendió encontrar la misma ‘operativa’ que en las visitas a las cárceles de nuestro país). Después caminamos por largos pasillos –también iguales a los de los checkpoints– hasta llegar al segundo recinto, donde en una sórdida sala de espera la gente hace guardia junto al portón por donde se llama a los familiares del preso que va a tener audiencia. Las sesiones empiezan a las 9 de la mañana y la espera puede durar hasta las 4 de la tarde.

Una vez que entramos al segundo recinto –después de pasar los segundos molinete y detector de metales y la revisión física a manos de un soldado o soldada- y de entregar el documento de identidad, por fin accedimos a la ‘sala del tribunal: otro contenedor prefabricado, con luz artificial y sofocante por la exagerada calefacción. El ‘personal’ del tribunal lo formaban tres jueces, tres guardias con armas automáticas, dos actuarias, el fiscal y su equipo de cuatro personas, un traductor (que traducía perezosamente, de vez en cuando, algunas frases sueltas que hacían imposible para el acusado seguir el hilo del proceso en hebreo) y algunos otros que entraban y salían: todos vistiendo uniforme militar. La indiferencia y el aburrimiento eran la tónica dominante entre ellos, completamente ajenos al torrente de emociones que circulaba entre el preso y sus familiares apostados del otro lado de la baranda.

Ali Shamlawi (foto tomada en la cárcel en 2013)

Ali Shamlawi (foto tomada en la cárcel en 2013)

Alí ya estaba en la sala, y cuando nos vio entrar su rostro se iluminó: hacía 14 meses que no veía a su hermano Hakim, y apenas podía contener su alegría. Su sonrisa amplia y sus ojos brillantes eran como un grito estridente que desentonaba totalmente con el clima de la sala. Delgado, más alto y más maduro de como se lo ve en las fotos (acaba de cumplir 18 años; entró a la cárcel con 16), con el uniforme marrón de prisionero que claramente le quedaba chico, engrillado pero no esposado, no hacía más que sonreír a su madre y tratar de comunicarse con Hakim por señas y palabras sueltas. Mientras, una soldada rubia y un guardia de prisión los hacían callar y se paseaban o paraban entre ambos hermanos para obstaculizarles la visión mutua.

Suzane -una activista israelí que visita a las presas palestinas- también entró con nosotras, y fue quien nos tradujo después la discusión a la que asistimos durante casi 30 minutos entre el fiscal y el abogado de Alí (un palestino de Nazaret), únicamente sobre si se debía o no permitir la presencia de familiares en la sala, puesto que iba a declarar un agente del Shabak (policía secreta israelí) que participa en la ‘investigación’ del caso. Finalmente nos hicieron salir para un receso, diciendo que la audiencia tendría lugar un poco más tarde. Después de esperar por casi dos horas, volvieron a llamarnos y –para nuestra sorpresa- nos permitieron entrar. Esta vez vimos llegar a Ali engrillado y esposado, pero dispuesto a retomar el diálogo con su hermano a pesar del personal de seguridad. Su madre, que lo visitó en la cárcel de Megiddo[2] esta semana, dejó que los hermanos se pusieran al día, sobre todo porque a Hakim, igual que a los otros cuatro hermanos mayores, les niegan el permiso para visitarlo.

Una de las artesanías hechas por Ali para su madre

Una de las artesanías hechas por Ali en la cárcel para su madre

Pero tampoco esta vez hubo audiencia: después de una breve discusión entre jueces, abogado y fiscal, el tribunal anunció que la audiencia quedaba postergada para el jueves 5 de febrero, y la siguiente para el 12 del mismo mes. Nos hicieron salir sin más explicaciones y sin ninguna consideración hacia el tiempo y los sentimientos de Ali y su familia (menos aun a su presupuesto: habían viajado desde Hares en un taxi que cobra por el día, y Hakim había faltado a su trabajo en Ramala para poder ver a su hermano por unos minutos).

Aun acostumbrada desde hace dos años a los abusos y arbitrariedades, Um Fadi se veía afligida. El mismo Ali, cuando vio que la audiencia no tendría lugar, también perdió la sonrisa. Trató de despedirse acercándose lo más posible a su madre, a la que no ha podido tocar ni besar desde que fue arrestado (las visitas son a través de un vidrio y por teléfono). Al salir volví la cabeza para ver cómo se lo llevaban esposado y engrillado, con su uniforme de preso conmovedoramente estrecho para el estirón de sus flamantes 18 años.

Salimos del lugar dejando a muchas familias en la angustiosa espera de algo que, como todo el mundo sabe, no tiene nada que ver con un proceso para que se conozca la verdad y se haga justicia. Los tribunales militares no están hechos para eso, y menos los de una fuerza ocupante. Son un trámite que en lo formal busca darle algún viso de legalidad a la prisión masiva de palestinos, y en la práctica es una herramienta más para destruir al preso y a sus familiares.

En este contexto, el papel de los abogados se limita a negociar el arreglo menos perjudicial posible para sus defendidos: es decir, la menor cantidad de años de cárcel y la suma más baja de multa -porque siempre hay que pagar, y varios miles de dólares. En los últimos años, además, las condenas se han hecho más duras y las multas más altas.

Instalaciones del tribunal militar de Salem (fotos de activista anónima).

Los chicos de Hares van a cumplir en marzo dos años en la cárcel, acusados de un crimen en el que no hay pruebas ni testigos que los incriminen, y donde la denunciante ha cambiado su declaración más de una vez. Las audiencias mensuales (y separadas para cada uno de los cinco) durante todo este tiempo no han sido más que una mascarada que dura unos pocos minutos, en la cual sólo la fiscalía puede presentar pruebas y testigos, y se vuelve a citar para el mes siguiente, prolongando así la prisión de los chicos. Los cinco cumplieron la mayoría de edad en la cárcel, sin haber podido terminar la secundaria, viendo cómo su adolescencia quedó secuestrada, y temiendo por un futuro que podría mantenerlos encerrados por una o dos décadas, dependiendo únicamente de la habilidad de sus abogados para obtener el mejor arreglo posible -o más bien, el menos horrible.

Razones para preocuparse sobran. Un informe de UNICEF (2013) afirma que los niños palestinos son sistemáticamente torturados, mantenidos en aislamiento y forzados a firmar autoinculpaciones escritas en hebreo. En Cisjordania, mientras los colonos judíos están bajo la ley civil israelí, la población palestina está sometida al sistema militar, donde los niños son juzgados como adultos y las condenas por tirar piedras pueden llegar hasta 20 años. Según un informe del propio ejército israelí, la tasa de condena de los detenidos palestinos es 99,7 por ciento.

Suzane nos contó que iba a asistir a una manifestación en Tel Aviv por Malak Al-Khatib, una niña de 14 años de Cisjordania que fue condenada a dos meses de prisión y una multa de 1500 dólares por tirar piedras a los soldados. Malak está con otras tres adolescentes y 22 presas adultas (una de ellas, Lina Khattab, de 18 años) en la cárcel de mujeres de Hashalon, también dentro de Israel.

En los últimos 45 días, las fuerzas israelíes han arrestado a 180 menores en Cisjordania. Hay dos motivos por los cuales los niños son detenidos masivamente: para destruir el tejido social palestino y quebrar la resistencia desde su misma base, y para lucrar con las sumas astronómicas que las familias deben pagar por cada niño liberado. Y es que la ocupación es ante todo un gran negocio: es incalculable la cantidad de dinero que la población palestina vuelca a Israel simplemente para arrancar a sus seres queridos de la cárcel (al cabo de semanas, meses o años).

Mientras volvía en el bus a Nablus admirando con tristeza la belleza de una tierra ultrajada, sentía no obstante que, por encima del dolor de su madre, del jornal perdido de Hakim, del tiempo y el dinero gastado inútilmente para llegar hasta Salem, había algo que rescataba otro día absurdo y sombrío bajo la ocupación: la enorme sonrisa de Ali, su cara de felicidad al ver a sus seres queridos y su habilidad para comunicarse con su hermano burlando las prohibiciones. Ali, engrillado y esposado, con sus 18 años desbordando el uniforme de prisionero -y después de dos años de rigores- se veía más vivo y más libre que sus jueces y carceleros.

Tierras de Yenín, Cisjordania (Asmaa Nawajha)

Paisaje de Yenín, Cisjordania ocupada (Foto: Asmaa Nawajha)

[1] Los chicos de Hares están acusados de intento de homicidio por haber supuestamente lanzado piedras y provocado un accidente automovilístico donde una de las hijas de la colona judía que manejaba el coche resultó gravemente herida. Leer la historia aquí: https://haresboys.wordpress.com/2013/06/14/espanol/
[2] Megiddo, igual que la mayoría de las prisiones militares, está dentro del territorio de Israel, en violación de los Convenios de Ginebra, que prohíben al poder ocupante trasladar a su territorio a los prisioneros del pueblo ocupado. Es, por lo tanto, un crimen de guerra de los tantos que Israel comete regularmente ante la vista de la comunidad internacional. En la práctica, para los familiares es mucho más difícil sortear los controles de seguridad y obtener los permisos necesarios para visitar a los presos dentro de un territorio al que los palestinos tienen prohibido entrar.

Ver aquí el Llamado a la Acción en solidaridad con los Chicos de Hares el próximo 15 de marzo, al cumplirse dos años de su detención.

Collage con fotos de los cinco de Hares tomadas en la cárcel de Megiddo

Collage con fotos de los cinco chicos de Hares tomadas en la cárcel de Megiddo (blog de la campaña por su liberación).

Ver también en este blog:
En el reino de la crueldad II
Los Chicos de Hares condenados a más de 15 años de prisión
Los Chicos de Hares van a cumplir 2 años en la cárcel
Los Chicos de Hares pueden pasar el resto de sus vidas en la cárcel
A veces las palabras no son necesarias
Detenidos: Testimonios de niños palestinos encarcelados por Israel (fotorreportaje)
Niños palestinos: el delito de tirar piedras

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Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania: EAPPI (en Yanún/Nablus), CPT (Al-Jalil/Hebrón), IWPS (Deir Istiya/Salfit) y Kairos Palestine (Belén). Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha, y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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3 respuestas a En el reino de la crueldad (I)

  1. Vanesa dijo:

    Gracias por compartirlo!!

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