Tres columnas de opinión y un premio (para despedirse de 2015)

 

desinformemonos

 

Desde octubre de 2015 tengo una columna de opinión mensual en el excelente portal mexicano y global Desinformémonos, creado y dirigido por la periodista Gloria Muñoz Ramírez, siempre comprometida humana y profesionalmente con las causas justas y las luchas de los de abajo. El espacio se llama “Palestina: las cosas por su nombre“, y éstas son las columnas publicadas allí hasta ahora:

Hoy más que nunca, la solidaridad con Palestina se llama BDS  (octubre)

El papel de Israel en la lucha global contra el terrorismo (noviembre)

En Belén, otra Navidad bajo la ocupación (diciembre)

 

Gracias a Carlos Latuff, como siempre, por sus inspiradoras imágenes para redoblar la resistencia en 2016!

¡Gracias a Carlos Latuff, como siempre, por sus inspiradoras imágenes para redoblar la resistencia en 2016!

 

Otra buena noticia de 2015 fue haber ganado el concurso convocado por la Red de Esperanza y Solidaridad (de Puerto Rico) en la Agenda Latinoamericana y Mundial, una agenda cristiana progresista que se edita y distribuye en casi todos los países de América Latina y en el estado español. El tema del concurso era “Derecho humano a la nacionalidad“, y lo gané con un breve trabajo titulado: “Sobre sionismo, nacionalismo y derechos palestinos“.

Como casi todos los textos ganadores de los concursos convocados anualmente por ese espacio, debía ser publicado en la Agenda 2016. Pero por una extraña razón (sobre la que he pedido y aguardo explicaciones), el mío fue el único texto ganador de los concursos de 2015 que no fue publicado en la Agenda 2016. Es por eso que lo incluyo a continuación. Lo sintético del texto se debe a las condiciones de extensión impuestas por el concurso.


Sobre sionismo, nacionalismo y derechos palestinos


María Landi

 

Cuando se habla de pueblos sin territorio o naciones sin Estado, Palestina es uno de los casos que viene a la mente. Sin embargo, poco se conocen las particularidades que lo hacen único.

Antes de la creación del Estado de Israel en 1948, esa tierra estaba habitada principalmente por árabes de religión musulmana, cristiana y judía. En su larga historia, Palestina resistió a los invasores de turno: egipcios, griegos, romanos, cruzados, otomanos, británicos y -el último siglo- sionistas.

Al caer el Imperio Otomano tras la I Guerra Mundial, las potencias occidentales se repartieron su vasto territorio. Palestina quedó bajo control de Gran Bretaña, que facilitó la inmigración masiva de judíos provenientes de Europa. Ello desató un conflicto creciente con la población árabe nativa, que resistió la entrega de su territorio por parte de una potencia colonial a un grupo inmigrante. Cuando la situación se volvió inmanejable, los británicos acudieron a la ONU, que en 1947 recomendó la partición de Palestina para crear un estado judío y otro árabe.

En un período en el que la descolonización daba lugar a nuevos estados, la ONU ideó una solución a contracorriente: entregar más de la mitad del territorio palestino a los colonos europeos, que ya habían logrado ser casi la tercera parte de la población de Palestina. Lógicamente el pueblo árabe nativo rechazó la recomendación, mientras los sionistas la aceptaron, viendo en ella una luz verde para lanzarse a la conquista de más tierras: mediante una campaña de limpieza étnica (nakba o catástrofe en árabe), al cabo de un año se habían apropiado del 78% del territorio, expulsando a casi 800.000 árabes; y en 1967 se apropiaron del resto, en la llamada Guerra de los Seis Días (o naksa). La implantación y expansión de Israel ha condenado al pueblo palestino a vivir bajo ocupación y colonización en Jerusalén, Gaza y Cisjordania, a un régimen de apartheid dentro de Israel y al exilio forzado a más de la mitad de sus integrantes (unos seis millones).

El 29/11/12 la ONU reconoció a Palestina como Estado observador, a pesar de no reunir las condiciones mínimas para ello: no tiene control de sus fronteras, continuidad territorial ni soberanía política. Pese a la ANP[1] (cuyo poder es casi inexistente), Palestina es un territorio controlado en toda su extensión y en todos los aspectos por Israel. Es un Estado ocupado y colonizado por otro Estado, ambos miembros de la ONU.

Esa situación se perpetúa pese a las reiteradas resoluciones de la ONU y los tratados internacionales que Israel ignora sistemáticamente, sin haber recibido sanción por esa prolongada violación. La impunidad permitida por la comunidad internacional le permite no sólo mantener el statu quo, sino incluso perpetrar periódicamente masacres como la de 2014 sobre Gaza, que dejó un saldo de 2200 muertes.

Pocos reconocen, incluso en América Latina, la naturaleza colonial y racista del Estado de Israel, en el que no hubo nunca ni hay lugar para la población palestina. Las políticas sionistas están diseñadas para deshacerse de ella, ya sea mediante limpieza étnica, genocidio incremental[2] o un sistema sofisticado y perverso cuya finalidad es convertir la vida de las y los palestinos en un infierno cotidiano para que abandonen su tierra.

El proyecto sionista –surgido en Europa a fines del siglo XIX- se propuso justificar la colonización de Palestina otorgando carácter de nación a la religión judía[3] y repitiendo el falso eslogan: “una tierra sin gente para un pueblo sin tierra”. Pero Palestina no estaba vacía, sino habitada por un pueblo que tenía un alto grado de desarrollo económico, social, cultural y espiritual, donde la mayoría musulmana compartía la Tierra Santa para las tres religiones con las minorías cristiana y judía.

La persecución que sufrían los judíos en Europa (nunca en Medio Oriente) y el deseo de sacarse de encima ‘el problema judío’ llevó a las potencias a impulsar la creación de “un hogar nacional judío” en Palestina[4].

Hasta hoy, pocos advierten las implicaciones de que Israel se defina como el Estado del pueblo judío. Es como si la Constitución de un país estableciera que es el Estado del pueblo blanco o el Estado del pueblo cristiano. Tal definición corresponde a un Estado teocrático o etnocrático (según cómo se entienda la esencia del ser judío).

Al definirse como el Estado de los judíos y judías del mundo, Israel es el único país que nacionaliza a cualquier persona en virtud de una identificación religiosa. Cualquier judío puede emigrar a Israel y recibir de inmediato la nacionalidad. Pero la población árabe expulsada de su tierra en 1948 (y sus descendientes, que viven hacinados en campos de refugiados en los países vecinos) tienen prohibido retornar a su patria.

En la Ley Básica de Israel[5] no existe la nacionalidad israelí (sí la ciudadanía israelí, que otorga algunos derechos, como el voto). La nacionalidad como componente fundamental del Estado se define como judía. De hecho La Corte Suprema de Israel ha rechazado todas las solicitudes de israelíes seculares pidiendo que en su documento de identidad figure como nacionalidad: “israelí”.

La nacionalidad judía garantiza el acceso a la tierra, a vivienda, salud, educación, trabajo y servicios de mucha mejor calidad. Las personas no judías son ciudadanas de segunda clase, pues la asignación de recursos estatales para unas y otras comunidades es dramáticamente desigual. Esto es así para el 20% de la población de Israel que es palestina[6] y también para los inmigrantes no judíos.

De hecho en Israel hay más de 50 leyes[7] –además de políticas estatales y prácticas cotidianas- que discriminan a la población no judía, lo que ha llevado a calificar a Israel como un régimen de apartheid[8]. En Cisjordania la población palestina está sometida a decretos militares, mientras los colonos se rigen por la ley civil; hay carreteras por las que los coches palestinos no pueden circular, y hasta las matrículas de los vehículos son diferentes, para garantizar a unos la libertad de movimiento que se les niega a los otros; las colonias judías[9] reciben seis veces más agua que las localidades palestinas, y mientras a éstas se les niega sistemáticamente el permiso para construir o expandirse, las primeras están en permanente expansión -con apoyo y financiación estatal.

Cuando se comprende que la judaización de toda Palestina está en el ADN del proyecto colonial sionista, y que ello entraña una ideología supremacista y excluyente, este ‘conflicto’ aparentemente complejo se vuelve fácil de entender: la continua expropiación de la tierra y del agua y la expansión de las colonias, la demolición de viviendas, la detención masiva de palestinos y la represión de todo reclamo justo o manifestación pacífica, la obsesión por eliminar todo rastro del pasado árabe en la historia y la cultura, obedecen al plan original del sionismo: todo lo que no sea judío debe ser eliminado de la tierra de Palestina.

Incluso la propuesta de dividir el territorio según líneas étnico-religiosas (plasmada en las resoluciones de la ONU desde 1947 hasta hoy) encierra la misma intencionalidad racista: preservar la ‘pureza étnica’ del Estado judío, en lugar de apostar a la integridad del territorio y a un Estado democrático y secular donde los diversos grupos étnicos y religiosos coexistan como iguales, manteniendo su identidad.

Sólo los sionistas y sus aliados -empeñados en mantener los privilegios de un grupo autoconsiderado superior por designio divino- se resisten a admitir que la única solución justa y duradera pasa por democratizar el actual Estado judío y el sistema de apartheid que lo sostiene, garantizando la plena igualdad de derechos en el territorio que va del Mediterráneo al río Jordán. Porque toda tierra es sagrada y todo pueblo es elegido.

 

NOTAS

[1] Autoridad Nacional Palestina, establecida en los fallidos Acuerdos de Oslo de 1993.
[2] Término acuñado por el historiador israelí Ilan Pappé.
[3] El reclamo judío sobre Palestina en base a relatos bíblicos sobre un pasado remoto en esa tierra tiene tanta legitimidad como si los cristianos del mundo también exigieran tener un Estado donde nació el cristianismo, o los musulmanes reclamaran la península ibérica porque siglos antes estuvo allí el reino de Al Andalus.
[4] Expresión utilizada en la famosa Declaración Balfour (por el nombre del canciller británico) en 1917. En ese momento las personas de religión judía constituían un 4% de la población de Palestina.
[5] La Ley Básica es un sustituto para la Constitución, de la cual carece el Estado de Israel, precisamente por la falta de acuerdo entre los sectores religiosos y seculares sobre la necesidad y carácter que tendría dicha Constitución.
[6] Se trata de unas 1.500.000 personas, descendientes de las 150.000 que por una razón u otra después de la Nakba pudieron permanecer  (o regresar poco después) en el territorio que se convertiría en el Estado de Israel. Estas personas tienen ciudadanía israelí (y pueden votar) pero no tienen la nacionalidad judía.
[7] ADALAH (centro para los derechos de la minoría palestina en Israel) publicó una base de datos al respecto: http://www.adalah.org/en/content/view/7771
[8] Esta calificación se basa en la definición del crimen de apartheid según el derecho internacional (básicamente el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional y la Convención internacional para la erradicación y sanción del crimen de Apartheid.
[9] La ONU ha declarado reiteradamente que todas las colonias judías ubicadas en el territorio palestino ocupado son ilegales según el Derecho Internacional. No obstante, Israel continúa expandiéndolas y apropiándose de más y más territorio palestino. Hoy, más de 600.000 colonos viven en Cisjordania y Jerusalén Este.

 

Todos los años, B’Tselem (la organización israelí de DDHH) resume un año de ocupación en un minuto de video, usando imágenes registradas por voluntarias/as palestinas/os que participan en su proyecto de video para documentar las violaciones diarias de derechos humanos en el territorio ocupado. Éste es el video con el que resumió 2014, titulado “Just another day”:

Y éste es el video de 2015, enfocado en la infancia palestina, que ya lleva tres generaciones bajo la ocupación y colonización israelí: 

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Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania: EAPPI (en Yanún/Nablus), CPT (Al-Jalil/Hebrón), IWPS (Deir Istiya/Salfit) y Kairos Palestine (Belén). Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha, y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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