Lieberman, el puño de hierro sin guante

Las cancillerías occidentales le califican como un hombre controvertido sin complejos. Amplios sectores de la prensa y la política israelíes le tildan sin demasiados paños calientes de fascista

Avigdor Lieberman (Foto: Jonathan Klinger)

Avigdor Lieberman (Foto: Jonathan Klinger)

Joan Cañete Bayle

 

Vivimos tiempos en los que el eufemismo se ha erigido en uno de los pilares del discurso político y, a su rebufo, del periodístico. Como en tantos otros asuntos, en lo de los eufemismos Israel siempre fue un adelantado, un campeón, desde los “asesinatos selectivos en defensa propia” a los “cambios demográficos sobre el terreno”, pasando por aquello del “pequeño país, el David entre Goliats, que no podía permitirse perder una guerra” y actuaba en firme consecuencia, quién no lo haría en su lugar, sin complejos, qué carajo. Estos días de tormenta política en Tel Aviv, en los que Binyamin Netanyahu ha decidido echarse (de nuevo) en brazos de Avigdor Lieberman y ofrecerle la cartera de ministro de Defensa ante el horror del establishment de la prensa internacional, son días también de eufemismos a la hora de referirse a lo que sucede en Israel (“peligro de deriva extremista”, “el espectro del apartheid”, el “temor ante la erosión de los principios democráticos del Estado“) y al propio Lieberman. Mi eufemismo favorito referido al nuevo/viejo socio de Netanyahu sin duda es el de “controvertido”. ¿Cuándo se jodió el Perú? Tal vez cuando empezamos a usar “controvertido” como sinónimo de racista y fascista.

Lieberman es un ejemplo de éxito del sueño sionista. Nació en 1958 en una ciudad que entonces se llamaba Kishinev y estaba en la URSS y que hoy se llama Chisináu y es la capital de Moldavia. Emigró con 20 años a Israel, sirvió en el Ejército (el único bagaje militar que aporta al puesto de ministro de Defensa) y trabajó duro –entre otros empleos, de guardia de seguridad en un club nocturno– para pagarse los estudios, que completó con éxito en la Universidad Hebrea. Empezó su carrera política en el Likud y su primer cargo de importancia fue el de director de la oficina de Netanyahu (1996), aunque pronto abandonó el partido para formar el suyo propio, Yisrael Beiteinu (Israel Nuestro Hogar), con el que se convirtió en líder y portavoz de la minoría rusa y un campeón de la extrema derecha israelí, muy querido entre los colonos. Él mismo se hizo colono y se mudó a un asentamiento cerca de Belén. En 1999 debutó como ministro (Infraestructuras) y aguantó en el Gobierno en diferentes carteras hasta  2004, cuando lo abandonó en protesta por la decisión de Ariel Sharon de desalojar las colonias de Gaza. En 2006 regresó al Ejecutivo, donde sirvió como viceprimer ministro, ministro de Asuntos Estratégicos y ministro de Exteriores con Ehud Olmert y Netanyahu. Es, por tanto, cualquier cosa menos un desconocido. Y, cómo no, también tiene sus problemas de corrupción.

Tampoco son desconocidas sus “controvertidas” posiciones políticas. Estos días se recuerdan hasta la saciedad: que si Israel debería bombardear la presa de Asuán en Egipto, que si hay que expulsar hacia los territorios ocupados a los ciudadanos palestinos-israelíes, que si hay que reconquistar por las armas Gaza, que si Israel debe combatir a los palestinos al estilo ruso en Chechenia. De su etapa en Exteriores las cancillerías, sobre todo las europeas, no guardan un buen recuerdo de él (Nicolas Sarkozy lo comparó con Jean-Marie Le Pen). Un hombre controvertido sin complejos, llaman en Occidente a quien amplios sectores de la prensa y la política israelíes califican sin demasiados paños calientes de fascista.

La política israelí no debe analizarse mediante el prisma izquierda/derecha o proceso de paz sí/proceso de paz no, sino del enfoque sionismo/no sionismo

Su regreso al primer plano político se produce gracias a uno de los periódicos raptos de drama a los que es tan dada la política israelí, cuyo sistema electoral la condena a gobiernos débiles y continuas negociaciones de coalición. Necesitado de ampliar su mayoría en la Knesset, Netanyahu entabló negociaciones con el centro izquierda liderado por Isaac Herzog, pero cuando la cosa se atascó como suele dio un bandazo y le ofreció Defensa (junto a Exteriores, el cargo más importante) a Lieberman. Ese es el momento que esperaba el otro protagonista del drama, Moshe Yaalon, que se apresuró a dimitir como ministro de Defensa alertando de que “elementos extremistas y peligrosos se ha apoderado de Israel” y de que “el extremismo, la violencia y  el racismo” se están colando en la sociedad y el Ejército israelí (IDF).

El primer acto del drama hay que buscarlo en Hebrón. Allí, en marzo, el soldado Elor Azaria mató de un disparo en la cabeza a Abdel Fattah al-Sharif, un palestino que estaba tumbado en el suelo, malherido. La ejecución fue grabada por un voluntario de la ONG  B’Tselem, y el vídeo –un espeluznante documento de impunidad– dio la vuelta al mundo. El 5 de mayo, el vicejefe del Estado Mayor del IDF, el mayor General Yair Golan,  tomó la palabra durante los actos de recuerdo a las víctimas del Holocausto y dijo lo que sólo un israelí puede decir (o ni eso): “Si hay algo que me asusta acerca del recuerdo del Holocausto es encontrar entre nosotros hoy en  2016 señales de los repugnantes procesos que se dieron en Europa y en Alemania 70, 80, 90 años atrás”. Todo el mundo sabía que Golan se refería, entre otros asuntos, a lo sucedido en Hebrón; varios ministros, líderes políticos (Lieberman entre ellos) y el mismo Netanyahu desacreditaron sus palabras. Yaalon lo defendió. Su salida del Gobierno, pues, estaba cantada.

Yaalon no es un pacifista. Como jefe del Estado mayor del IDF lideró militarmente la operación militar Defensive Shield en Cisjordania (2002), la del campo de refugiados de Jenin, la del cerco a la Basílica de la Natividad en Belén, la del asedio a Yasir Arafat en la Muqata de Ramala, la de los días y días de toque de queda en Hebrón. Como ministro de Defensa de Netanyahu, lideró políticamente la operación Margen Protector en Gaza (2014), apoyó la segregación de palestinos y colonos en los autobuses de Cisjordania, defendió la expansión de asentamientos, se mofó de John Kerry, menospreció a Barack Obama. Este es el hombre al cual The New York Times califica de “duro pero pragmático” en un editorial contra Lieberman. Este es el hombre que llama a sus antiguos compañeros de Gobierno de estos últimos cuatro años “extremistas”. Un apártate, que me tiznas de libro.

Se critica al Gobierno de Netanyahu mientras el Estado sigue imparable con la ocupación con el apoyo mayoritario de su ciudadanía

El evidente enfrentamiento entre Netanyahu y la Administración Obama ha permitido que en parte del establishment político y mediático se haya abierto desde hace tiempo la posibilidad de criticar no a Israel, pero sí al Gobierno de Netanyahu. La tesis es la que abraza Yaalon en su dimisión: Netanyahu es un extremista rodeado de extremistas que lleva a Israel hacia una deriva muy peligrosa contraria a la esencia sionista y a los deseos de la mayoría de la población. El pacto con Lieberman sería el último ejemplo. Así, Joe Biden puede decir que “las decisiones del Gobierno de Israel (…) llevan al país hacia la dirección equivocada, hacia una realidad de un Estado”. Y John Kerry, que “Israel corre el riesgo de convertirse en un Estado de apartheid”. Incluso ilustres analistas del establishment como Thomas L. Friedman se caen (muy tarde, eso sí) del caballo y admiten ya que lo que hay entre el Mediterráneo y el Jordán es un único Estado. Un único Estado, cabría añadir, con diferentes leyes según el origen de los ciudadanos. Lo cual tiene un nombre, y, lo siento por Kerry, no empieza por “riesgo de convertirse en”. Un único Estado que, lo siento por Friedman, Netanyahu no ha creado, sino que es fruto de décadas de aplicación del proyecto sionista.

El culpable, dicen, es Netanyahu, por supuesto. Es el viejo prisma de analizar Israel a partir de halcones y palomas. Antes de ayer era Ariel Sharon contra Shimon Peres. Ayer, Sharon contra Netanyahu. Hoy es Netanyahu contra nadie, por incomparecencia del centro-izquierda (que hasta hace cinco minutos quería entrar en su Gobierno). Al puesto de paloma, cómo nos tenemos que ver, oposita con su dimisión Yaalon, ese moderado “duro y pragmático” que se ha erigido en defensor de los nobles principios del IDF, el autodenominado “Ejército más moral del mundo”. Si el prisma de halcones y palomas siempre fue falso, con estos aspirantes a palomas es ridículo. Pero aún funciona. Sin ir más lejos, es el que subyace en la narrativa de lo que sucede con la nueva entrega del viejo pacto Netanyahu-Lieberman.

En realidad, la política israelí no debe analizarse a través del prisma izquierda/derecha o proceso de paz sí/proceso de paz no, sino del enfoque sionismo/no sionismo. Visto así, fuera del sionismo no hay nadie, cuatro outsiders y los palestinos israelíes. Dentro del sionismo, el eje se ha roto hacia la derecha desde hace una década, cuando el pulso entre los que podríamos llamar los dos estados y el puño de hierro, entre quienes querrían sacrificar tierra a cambio de demografía y democracia y quienes no quieren ceder nada, se zanjó a favor de los segundos. Perdió Sharon su última batalla en la cama del hospital y ganó Netanyahu.

Desde el mismo momento en que los emigrantes europeos llegaron a Palestina, el proyecto sionista ha vivido una contradicción insalvable. Por un lado, muchos de ellos huían de regímenes en los que eran ciudadanos de segunda. Es natural que hubiera una fuerte corriente para que el Estado que se creara fuese democrático. Por el otro lado, el sionismo es un movimiento de un profundo carácter colonialista y nacionalista, resumido en uno de sus mitos fundadores: “Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. En esa tierra vivía gente, pero no era considerada como tal porque eran indígenas (colonialismo) y porque no eran una pueblo, y a sus ojos sólo una nación tiene vínculo con la tierra, no los individuos (nacionalismo). Desde la fundación del Estado en 1948 (lo que los palestinos llaman naqba, un episodio de expulsión, desposesión y limpieza étnica), Israel se declara al mismo tiempo la única democracia de Oriente Medio y un Estado judío pese a que más de un millón de sus ciudadanos no lo son y no tienen plenos derechos de ciudadanía, pese a que se basa en una ideología que da superioridad al judío sobre la población nativa que no lo es, pese a que nació con un acto de desposesión y expulsión que ha continuado a lo largo de las décadas. Desde la guerra de 1967, Israel gestiona la vida de millones de palestinos que no son ni judíos ni ciudadanos, es un Estado ocupante que ha construido un sistema democrático sólo para los judíos y otro de ocupación militar que controla la vida de millones de personas que no lo son.

En plena Intifada, una facción del sionismo, encabezada por Ariel Sharon, concluyó que Israel no podía ser un Estado democrático con mayoría judía y al mismo tiempo un Estado ocupante, que la ocupación ponía en peligro a Israel demográfica y políticamente. Surgió la idea de crear un Estado palestino lo antes posible. Pero ya era tarde, décadas de ocupación lo habían hecho inviable geográficamente (las colonias y el muro en Cisjordania han reducido a las ciudades palestinas a meros enclaves, en un proceso al que contribuyó todo el Estado, halcones como Sharon y palomas como los laboristas de Peres y Ehud Barak) pero también políticamente (la oposición dentro de Israel a renunciar a la tierra, la derechización imparable de la sociedad israelí). Frente a la visión de los dos estados para preservar el proyecto sionista, se alzó la del puño de hierro, que sostiene que no hay problema en gestionar la vida de millones de palestinos siempre que estén encerrados dentro de un puño de hierro. La teoría es tan vieja como el propio sionismo, arranca con Zeev Jabotinsky y tuvo en el padre de Netanyahu a uno de sus principales teóricos.

En la última década gana el puño de hierro no porque Netanyahu y el resto de partidos que lo superan (si cabe) en derechismo hayan dado un golpe de Estado, sino porque así lo han querido los ciudadanos israelíes en las elecciones que ha habido en el Israel postintifada. Gana el puño de hierro y el país vira sin frenos hacia la derecha, porque para mantenerse en el poder son básicos un discurso “controvertido” y duras políticas “sin complejos”. Gana el puño de hierro y entonces Netanyahu ya no es el más extremista de su Gobierno y Yaalon puede presentarse al mundo como la paloma que solucionará el problema de un Gobierno israelí antipático y con mala imagen y que encima ahora tendrá a Lieberman de ministro de Defensa. Gana el puño de hierro y se critica al Gobierno de Israel mientras el Estado sigue imparable con la ocupación con el apoyo mayoritario de su ciudadanía, no es cierto que el Estado, el Gobierno y la ciudadanía remen en direcciones opuestas. Gana el puño de hierro y el único debate real que sea da en la sociedad israelí es si se enfunda o no un guante para guardar un pelín las apariencias. Y se impone el no.

Gana el puño de hierro, y los que escriben que Yaalon es “duro pero pragmático” nos dicen que el culpable es Netanyahu y que Lieberman pone en riesgo el proyecto sionista. La realidad es que el puño de hierro seguiría ganando aunque mañana Netanyahu y Lieberman se fueran a su casa, no pasaría nada, ahí estaría Yaalon para continuar el trabajo con unos bonitos guantes de terciopelo (o ni eso). El “controvertido” moldavo es la perfecta personificación del proyecto sionista, es un reflejo más fiel del Israel de hoy que la Gay Parade de Tel-Aviv, el Silicon Valley del Mediterráneo y los triples del Maccabi de Tel-Aviv juntos. Lieberman es lo que requiere ese Estado que del Mediterráneo al Jordán y del Golán al Sinaí mantiene a millones de palestinos o bien como ciudadanos de segunda o bien bajo un régimen de ocupación militar.

Un puño de hierro sin guante.

Publicado el 25/5/16 en Ctxt.
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Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania: EAPPI (en Yanún/Nablus), CPT (Al-Jalil/Hebrón), IWPS (Deir Istiya/Salfit) y Kairos Palestine (Belén). Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha, y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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