Edy Kaufman y las trampas del sionismo liberal

 

María Landi


Ampliación de la columna de opinión publicada en el semanario Brecha el 5/8/16.

 

En la entrevista de Salvador Neves a Edy Kaufman (Brecha, 29/7/16)[1] hay dos partes muy claras: en la primera habla el miembro de Amnistía Internacional y defensor de los derechos humanos durante las dictaduras del Cono Sur. También el progresista –o incluso izquierdista− que señala los pecados históricos de Occidente en la configuración del mundo árabe y la emergencia de fenómenos como el islamismo radical o terrorista.

En la segunda parte, sin embargo, cuando habla de la cuestión Palestina/Israel, emerge el típico discurso del sionista liberal (término que en sí es un oxímoron). Y ese discurso es tan falaz por lo que dice como por lo que no dice y deliberadamente decide omitir.

En la ortodoxia sionista el plato fuerte es siempre Hamas. Hablar de Hamas –y de paso poner al movimiento palestino y al libanés Hezbolá en la bolsa del Daesh y Boko Haram− como obstáculo o amenaza, advirtiendo de paso sobre el peligro de la radicalización islamista, es algo que ningún sionista liberal que se precie dejará de hacer. Lástima que a los periodistas no se les ocurra nunca preguntar: ¿pero qué pasaba antes de que existiera Hamas? ¿Y qué pasaría si Hamas dejara de existir? La respuesta es la misma en ambos casos: nada. Todo seguiría exactamente igual que como estaba antes de Hamas y como está hoy. Hamas es sólo el último de los distintos ‘cucos’ (antes fueron Arafat, la Liga Árabe, la OLP) que en cada época los sionistas usan como pretexto para mantener su dominación sobre Palestina. Con o sin Hamas, Israel seguiría siendo el mismo “Estado perverso” (como lo definió el gran Gideon Levy en una columna reciente) que arresta niños por tirar piedras, ejecuta a sangre fría a adolescentes “sospechosos”, demuele viviendas palestinas en el este de Jerusalén o en el desierto del Naqab o en las colinas al sur de Hebrón, expulsa a comunidades beduinas de su tierra para poblarla con colonos judíos, bombardea periódicamente a dos millones de personas a las que tiene prisioneras en una franja de 350 km2, impide a las parejas con distinto documento de identidad vivir juntas, retira los permisos de trabajo y de residencia para hacer imposible la subsistencia y la vida de las familias palestinas, y un largo etcétera que se resume en un solo objetivo: borrar al pueblo palestino de su territorio.

De nada de esto hablan los Edy Kaufman. Al sionista liberal le gusta siempre recordar quién lanzó “el primer proyectil” –como si no hubiera ocurrido nada antes, o como si eso justificara que su gobierno bombardee sin piedad, mate a 2200 personas (550 de ellas menores de edad) y hiera a más de 10.000−, ‘olvidando’ que la inmensa mayoría de la población de esa gran cárcel al aire libre que es Gaza proviene de pueblos y ciudades que fueron limpiados étnicamente por las milicias sionistas entre 1947 y 1949.

“Hamas no reconoce a Israel” es otro de los enunciados favoritos de la ortodoxia sionista, omitiendo mencionar que Israel jamás ha reconocido a Palestina, ni en la teoría ni en la práctica: desde los mapas oficiales hasta la expansión incesante de sus colonias −condenadas unánimemente por la comunidad internacional (incluso por su aliado incondicional, EE.UU.)−, para Israel sus fronteras terminan en Jordania.

Otro presupuesto del discurso sionista liberal es que si el partido Laborista sustituyera al Likud de Netanyahu, las cosas serían distintas. ‘Olvidando’ así que la colonización del territorio palestino, desde la creación de Israel hasta hace un par de décadas, fue responsabilidad directa de los gobiernos laboristas −y su política más consistente.

Pero la falacia mayor es analizar el tema desde el paradigma de las ‘negociaciones de paz’. El problema, según Kaufman, es que los dos pueblos carecen de líderes que estén a la altura del desafío (‘olvidando’, otra vez, que los mejores líderes palestinos están bajo tierra o tras las rejas). Y evoca con nostalgia a Rabin, el Primer Ministro (asesinado por un judío fanático) que firmó con Arafat los tramposos Acuerdos de Oslo y así recibió el Nobel de la Paz, apenas unos años después de haber ordenado a sus soldados “quebrarle los huesos” a los niños palestinos que tiraban piedras en la primera intifada. O que cuatro décadas antes tuvo a su cargo la limpieza étnica de varias comunidades palestinas, incluyendo las ciudades de Lydda y Ramle.

El sionismo liberal analiza el conflicto desde ese falso paradigma, poniendo en pie de igualdad −en cuanto a responsabilidad por la violencia crónica y la falta de solución− al ocupado y al ocupante, al colonizado y al colonizador, al oprimido y al opresor; cuando cualquiera sabe que desde una abismal asimetría de poder entre las partes no hay propuesta de negociación viable −ya se trate de Oslo, la Liga Árabe o Francia−. Y menos cuando la parte más fuerte no tiene la menor intención de ceder un solo metro cuadrado de tierra.

Esa falacia del “diálogo de paz” entre israelíes y palestinos ha prevalecido −contra todas las evidencias empíricas− desde los niveles políticos más altos hasta los grupos de base. Millones de dólares se han volcado a la industria de la paz, y carreras académicas y profesionales enteras se han construido sobre ella. Pero la realidad es que para Israel el proceso de Oslo –que supuestamente desembocaría en la creación del Estado palestino− fue una cortina de humo para abortar la primera intifada, ganar tiempo y seguir apropiándose del territorio –mientras hacía que negociaba la paz−, creando así “hechos consumados” irreversibles.

Las y los palestinos le han puesto un nombre a esos diálogos: normalización. Se trata de normalizar el statu quo y de hablar sobre cómo ambas partes pueden coexistir sin tocar la raíz del problema: el proyecto y la ideología sionistas que dieron origen a Israel. Cito al historiador Ilan Pappé:

Esto no es un conflicto entre dos movimientos nacionales que luchan por el mismo pedazo de tierra. Se trata de la lucha contra un movimiento colonialista de asentamiento que llegó a fines del siglo XIX a Palestina y todavía hoy intenta colonizarla haciéndose de la mayor parte de la tierra con la menor cantidad de población nativa posible. Y la lucha de la población nativa es una lucha anticolonialista. Hay que ir a cualquiera de los estudios de caso históricos de un movimiento anticolonialista luchando contra una potencia colonialista y preguntarse: ¿en algún momento la idea de dividir la tierra entre el colonizador y el colonizado se presentó como solución razonable? Sobre todo para las personas que eran de izquierda o se consideraban a sí mismas como miembros conscientes de la sociedad. Y la respuesta es un rotundo no. Por supuesto que nadie admitiría la división de Argelia entre los colonos franceses y los nativos argelinos. E incluso en lugares en los que hubo colonialismo de asentamientos, es decir, en los que la población blanca en cierto modo no tenía adónde ir, como en Sudáfrica, si una persona progresista sugiriera hoy que había que dividir el territorio de Sudáfrica entre la población blanca y la población africana, sería considerada demente en el mejor de los casos, y en el peor, hipócrita y fascista. Esta lógica, que es tan clara para mucha gente en cualquier otro lugar del mundo, de alguna manera no funciona en el caso de Palestina.”

Los sionistas liberales tampoco reconocerán que Israel es un Estado de apartheid. A lo sumo, como Vargas Llosa (que escribió varios artículos críticos después de su reciente visita), advertirán a las buenas conciencias que, de seguir por este camino (es decir, el de la total anexión de Cisjordania, manteniendo a su población sojuzgada sin el más mínimo derecho civil, político, económico, social o cultural), Israel “corre peligro de transformarse en un apartheid”. Hasta Kerry lo dijo. Pero la advertencia llega tarde: Israel es ya un Estado de apartheid. Lejos de ser “la única democracia de Medio Oriente” que el sionismo le vende a Occidente, es más bien una etnocracia[2] (y por ende, una democracia sólo para su población judía).

En Israel, más de 50 leyes –además de un sinfín de políticas y prácticas oficiales− discriminan a la población no judía y le asignan incluso espacios geográficos diferentes. Una persona palestina no puede vivir donde quiera, sino donde el Estado le permite; es decir, en las comunidades árabes segregadas y asfixiadas por la imposibilidad de expandirse en proporción a su crecimiento. Porque la batalla geográfica y demográfica tiene lugar en todo el territorio de la Palestina histórica, no sólo en los territorios ocupados en 1967, como se cree habitualmente. Si mañana esa ocupación se terminara, Israel seguiría siendo un Estado de apartheid para su población no judía.

Y porque el sionismo es en esencia un proyecto nacionalista y racista construido sobre la supremacía del grupo colonizador, una solución duradera implica superar el viejo paradigma y trabajar por construir una verdadera democracia. Ello pasa necesariamente por la descolonización y la sustitución del régimen de apartheid por una democracia con igualdad de derechos para todas y todos sus habitantes, independientemente de su origen étnico o religioso.

Ninguna otra solución va a funcionar. La sugerencia de Kaufman de que “los primos” (judíos y árabes) que han sabido convivir pacíficamente en América Latina exporten su modelo a Medio Oriente, omite el pequeño detalle de que en nuestro continente ello es posible porque ninguno de los dos grupos pretende expulsar al otro de su tierra y apropiarse de ella, destruyendo además todo vestigio de su pasado y su presente allí.

Quienes pretenden preservar a Israel como un Estado judío –en un territorio donde la mitad de la población no lo es− le hacen daño no sólo a la causa palestina, sino a la de la paz y la justicia en toda esa convulsionada región.

NOTAS
[1] Quiero consignar dos errores del entrevistador: la disciplina y el término “transformación de conflictos” no fueron creados por Kaufman y su socio, sino por el experto estadounidense John Paul Lederach; y no existe “emigración de palestinos hacia Israel” (cosa prohibida e imposible), sino todo lo contrario: cada vez más colonos judíos se instalan en tierras robas al pueblo palestino, que es expulsado de su territorio ancestral.
[2] Así la ha definido y explicado el geógrafo político Oren Yiftachel: “Etnocracia. Políticas de tierra e identidad en Israel/Palestina” (Bósforo, Madrid, 2011).

 

Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania: EAPPI (en Yanún/Nablus), CPT (Al-Jalil/Hebrón), IWPS (Deir Istiya/Salfit) y Kairos Palestine (Belén).
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