La primera imagen de Gaza

Nunca estuve en Gaza. Pero esta imagen de la que habla Teresa Aranguren la conozco bien: a lo largo y ancho de Cisjordania, en zonas urbanas y rurales, y sobre todo en los campos de refugiados, he sido testigo y destinataria de las mejores sonrisas infantiles, y de la algarabía con que van a la escuela a través de checkpoints militares, esquivando colonos violentos o gases lacrimógenos de los soldados. Siempre impecables, siempre riendo, siempre saludando, o tomándome de la mano cuando me tocaba acompañarles en un trayecto peligroso para evitar que fueran atacadas/os por colonos o soldados violentos. Y siempre pensé, y dije, que la resistencia de sus madres estaba en esos lacitos, trenzas y brochecitos que coronan las primorosas cabecitas palestinas, y en sus delantales impolutos.
Hoy las escuelas de UNRWA están amenazadas. Los hospitales de Jerusalén Este también. El régimen sionista y su aliado estadounidense intensifican la ofensiva para aniquilar todas las formas de vida y de reproducción de la vida en Palestina. Pero sus niñas y niños siguen naciendo, yendo a la escuela, jugando sobre los escombros, riendo. Son invencibles. Y el futuro es suyo.

 

 

Teresa Aranguren

 

Mi primera imagen de Gaza es la de una fila de niñas y niños de unos cinco o seis años, tomados de la mano, ellas luciendo trenzas y coletas con lazos blancos que parecían mariposas prendidas en el pelo, y todos con sus delantales impolutos, como recién lavados. Al frente de la fila, a modo de guía del grupo, iba una niña algo mayor que el resto aunque no debía tener más de doce años. Al cruzarse con la forastera que era yo, me dedicaron un “welcome” coral entre  profusión de risas y agitar de manitas a modo de saludo. Era la hora de entrada a la escuela. La escuela de la UNRWA.

Aquella primera visita a Gaza fue a finales de los 90, durante el primer gobierno de Benjamin Netanyahu. Había cierre de territorios, lo que significaba que no se podía entrar ni salir de la Franja, a no ser que contases con autorización de las autoridades militares israelíes, como era mi caso. Y que no fueses palestino, claro.

Recuerdo la fila de camiones varados en el paso de Eretz con su carga de frutas, hortalizas y flores pudriéndose al sol. En esa época los cierres de territorio, tanto en Cisjordania como en Gaza eran constantes, los asentamientos crecían hasta el punto de duplicar el número de colonos en torno a Jerusalén y en toda Cisjordania, y el Primer Ministro israelí proclamaba a los cuatro vientos que los Acuerdos de Oslo eran papel mojado.

Gaza dejará de ser habitable para el año 2020, advierte un informe de Naciones Unidas de 2015. O lo sería si no fuera porque sus gentes, especialmente sus mujeres, consiguen que siga siendo habitable. Todos los días, los niños de Gaza (y en Gaza hay muchos, muchísimos niños) siguen yendo tomados de la mano a la escuela de la UNRWA; aunque quizás los delantales ya no estén tan impolutos y los lazos –mariposa en la cabellera de las niñas– no sean tan blancos, la escuela sigue siendo el lugar al que ningún niño de Gaza quiere faltar: ir a la escuela es el único signo de normalidad que la vida ofrece en el campo de refugiados. Y de esperanza. Y de futuro.

La mayor parte de la población de Gaza, más del 75%, son refugiadas del 48, aquellas que fueron expulsadas de sus tierras en las operaciones de limpieza étnica llevadas a cabo en los meses previos y posteriores a la creación del Estado de Israel. Y sus descendientes. En diciembre de 1948 la ONU aprobó la resolución 194, que establece el derecho de todas las personas refugiadas palestinas a regresar a sus hogares y a ser indemnizadas por las propiedades destruidas o requisadas por el recién creado Estado de Israel.

Poco después se creó la UNRWA, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos, con la misión de atender las necesidades del cerca de un millón de personas –las registradas en junio de 1949 eran ya 990.000– que se habían visto expulsadas de sus casas y de sus vidas y de la noche a la mañana se habían convertido en refugiadas.  Iba a ser una misión temporal; hasta tanto pudieran regresar a sus hogares. Pero nunca se les permitió el regreso. “Los abuelos morirán, los hijos se resignarán y los nietos habrán olvidado”: esa era la idea que muchos dirigentes sionistas manejaban entonces. La cuestión de los refugiados se disolvería con el tiempo.

Setenta años después, nadie ha olvidado. El número de refugiadas y refugiados palestinos alcanza los cinco millones repartidos en campamentos que con el tiempo pasaron a ser barrios en Gaza, Cisjordania, Jordania, Líbano y Siria. La causa de los refugiados es el corazón de la causa palestina.

Pero Donald Trump, su querido e influyente yerno Jared Kushner y por supuesto Benjamín Netanyahu, están decididos a acabar con el problema de los refugiados por el sencillo sistema de decretar que las y los refugiados dejen de existir. Algo parecido a aquello de “para acabar con los incendios forestales lo mejor es talar los árboles”, frase que maliciosamente se atribuye a George W. Bush. Lo que el presidente Trump y su “yernísimo” Jared  pretenden es cambiar la definición de refugiado palestino para que se aplique solo a quienes fueron expulsados de su tierra y no a sus descendientes; es decir, solo a quienes ya han muerto o morirán pronto. Una vía rápida para acabar con la causa palestina.

La UNRWA es un importante obstáculo para ese propósito, de ahí el brutal recorte -de 360 millones a 60 millones- en la contribución de Estados Unidos a la financiación de la agencia. Acabar con la UNRWA es el primer paso para acabar con los refugiados de Palestina. O quizás más exactamente para llevarlos a la desesperación más extrema. ¿Se quiere eso? ¿Se consentirá eso? ¿Nadie en Europa será capaz de poner freno a una política tan criminal como suicida?

Esta semana las escuelas de la UNRWA han vuelto a abrir sus puertas en los campos de refugiados de Gaza, de Belén, de Ramala, de Nablus, de Ammán, de Beirut… Pese al  esfuerzo casi heroico del  personal de la agencia, no hay garantía de que todas puedan seguir abiertas para el siguiente trimestre. “La educación es lo único que no nos pueden quitar”, me dijo hace años un refugiado palestino en Líbano. Había perdido su casa y su aldea cerca de Haifa, siendo un niño, en 1948; se había criado en el campamento de Ain–al-Helwe cerca de Sidón; había ido a la escuela de la UNRWA; y en 1982 perdió por segunda vez la casa en un bombardeo israelí. Cuando le conocí era maestro y escritor. “Podrán destruir por tercera vez mi casa, pero no lo que llevo aquí dentro”, dijo señalándose la frente.

Entre los refugiados palestinos no hay niños ni niñas sin escolarizar. Ese es un logro de la UNRWA y de las familias palestinas.  Y está en peligro.

 

Teresa Aranguren es una veterana periodista y escritora española. Publicado el 6/9/18 en eldiario.es
(editado por María Landi).

 

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Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania: EAPPI (en Yanún/Nablus), CPT (Al-Jalil/Hebrón), IWPS (Deir Istiya/Salfit) y Kairos Palestine (Belén). Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha, y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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