Amos Oz, el mito y la máscara

Mucho se ha escrito sobre Amos Oz tras su muerte a fines de diciembre pasado. Entre tantos elogios a su literatura como a sus ideas políticas ‘pacifistas’, poco de lo publicado ha contribuido a esclarecer sobre los límites de su supuesto pacifismo, que nunca dejó de ser sionista y, como tal, justificó lo injustificable. Sorprendentemente, incluso desde el campo pro-Palestina se han sumado esos elogios. Por eso creo necesario darle la palabra a quienes han preferido poner en su lugar a uno de los más prestigiosos representantes de la mal llamada “izquierda sionista” israelí. Reproduzco (traducidos) los textos del británico Ben White y el palestino Haidar Eid, y comparto los enlaces hacia los de Miko Peled, Jonathan Ofir y Marc H. Ellis (los tres judíos).

 

 

Amos Oz, el mito imperecedero del sionismo liberal

 

Ben White*

 

Marginada durante mucho tiempo en Israel por una derecha nacionalista ascendente, la llamada “izquierda sionista” ha mantenido una importante influencia moral e intelectual fuera de Israel. El escritor Amos Oz, fallecido a los 79 años el pasado 28 de diciembre, fue quizá la encarnación más conocida de esta corriente política y fue ampliamente venerado internacionalmente como “el padrino de los pacifistas israelíes”, como afirmó The New Yorker en 2004.

Sin embargo, esta imagen del artista o profeta liberal (alimentada en gran parte por cambios políticos en Israel que hacen que hasta los críticos más moderados sean ahora calificados de “traidores”) contrasta fuertemente con las opiniones de Oz acerca de acontecimientos pasados y presentes, y en particular acerca de lo que el sionismo ha significado para los palestinos.

Justificar la Nakba

La izquierda sionista de la que Oz formó parte ha empleado mucha energía para justificar la limpieza étnica de Palestina. Una contribución fundamental de Oz a ello es la siguiente metáfora: “La justificación [del sionismo] en términos de los árabes que habitan en esta tierra es la justicia de un hombre que se ahoga y se aferra a la única tabla a la que puede aferrarse”, escribió en su libro In the Land of Israel. “Y según todas las normas de la justicia natural, objetiva y universal, al hombre que se ahoga aferrado a esta tabla se le permite hacerse un hueco en la tabla aunque al hacerlo tenga que apartar un poco a otras personas. Aunque las demás personas, que están sentadas en esa tabla, no le dejen alternativa a la fuerza”.

Excepto que a los palestinos no se les pidió “compartir la tabla”: fueron expulsados en masa, sus pueblos fueron arrasados y sus centros urbanos despoblados, y siguen excluidos de su propia patria simplemente porque no son judíos. Además, ¿quién sino un monstruo negaría a un hombre que se ahoga un sitio en la tabla de salvamiento? De modo que la metáfora de Oz cumple una doble función: hace desaparecer la Nakba y acusa a las víctimas de esta de ser unos brutos insensibles a los que hay que “obligar” a “compartir una tabla”.

Falsa simetría

Oz utilizó las metáforas para promover una falsa simetría y eludir la responsabilidad política. Palestinos e israelíes son “vecinos” que necesitan unas “buenas vallas”, un matrimonio que necesita “un divorcio justo”, un paciente que necesita una operación “dolorosa”. En 2005, declaró [al diario francés] Libération: “Israel y Palestina […] son como el carcelero y su preso, esposados el uno al otro. Al cabo de tantos años apenas hay diferencias entre ellos: el carcelero no es más libre que su preso”. Esta eliminación de las estructuras de poder y la equiparación de la realidad del ocupado con la subjetividad del ocupante eran típicas.

“La confrontación entre los judíos que retornan a Sion y los habitantes árabes del país no es como una película de vaqueros o una epopeya, sino que es más una tragedia griega”, escribió (la cursiva es mía). Repitió una y otra vez variaciones de esta formulación: “El choque entre un judío israelí y un árabe palestino […] es un choque entre el derecho y el derecho […] un conflicto entre víctimas”.

Hablar de “tragedia” es desdibujar deliberadamente las líneas de causalidad, sustituir la responsabilidad por una desgracia lamentable y, es de suponer, considerar que el movimiento sionista (o incluso al propio Oz) es como el héroe trágico al que ennoblece su propia conciencia de sí mismo, aunque de hecho sus actos tengan consecuencias nocivas para otras personas.

En efecto, como observó Saree Makdisi, “no es del todo cierto que para Oz haya dos partes más o menos igual de culpables en este conflicto. En última instancia, los verdaderos villanos en la versión de la historia de Oz son los palestinos, que deberían haber reconocido el sionismo como un movimiento de liberación nacional [y] recibirlo con los brazos abiertos”.

En un artículo escrito hace unos años, Oz afirmaba que “la existencia o destrucción de Israel nunca fue una cuestión de vida o muerte” para países como Siria, Libia, Egipto o Irán. Pero entonces añadió como de pasada una frase elocuente: “Quizá lo ha sido para los palestinos pero, afortunadamente para nosotros, son demasiado pequeños para vencernos”. El colonialismo siempre ha sido una “cuestión de vida o muerte” para el colonizado y Oz lo sabía.

Proteger a Israel de las críticas en el extranjero

A pesar de su reputación de ser crítico con las acciones del gobierno israelí, en el ámbito internacional Oz desempeñó un papel importante justificando sus crímenes de guerra. Como señalaba un obituario, durante la invasión de Líbano y el aplastamiento de las dos Intifadas palestinas por parte de Israel, “Israel necesitaba voces que hablaran al mundo exterior ofreciendo un rostro más humanitario que el de Ariel Sharon”. A las tres semanas del inicio de la segunda Intifada, cuando ya habían muerto unos 90 palestinos, Oz utilizó un artículo de opinión en The Guardian para atacar “al pueblo palestino” del que afirmaba que estaba “asfixiado y envenenado por un odio ciego”.

Durante el devastador ataque israelí a la Franja de Gaza en 2014, Oz compartió entusiasmado con los medios de comunicación internacionales los argumentos de su gobierno: “¿Qué haría usted si su vecino del otro lado de la calle se instala en la terraza, sentara a su hijo pequeño en el regazo y empezara a disparar con una ametralladora contra la habitación de sus niños?”.

Oz rechazó además hasta unos modestos intentos de hacer que Israel asumiera sus responsabilidades: en 2010 escribió una carta oponiéndose a un intento por parte de estudiantes judíos y palestinos de que la Universidad de Barkeley desinvirtiera de dos empresas de armas que suministran al ejército israelí. Oz incluso difamó esta resolución de desinversión calificándola de antisemita.

Argumentos familiares

En última instancia, Oz creyó y repitió muchos de los mismos argumentos antipalestinos esgrimidos por los sucesivos gobiernos israelíes y nacionalistas de derecha. En un epílogo de 1993 a The Land of Israel, Oz denunció “al movimiento nacional palestino […] como uno de los movimientos nacionales más extremistas e intransigentes del mundo”, que ha provocado miseria “a su propio pueblo”.

En ese mismo prólogo Oz rechazó la afirmación palestina de que el sionismo era un “fenómeno colonial” al escribir con una involuntaria ironía: “Los primeros sionistas que llegaron a la tierra de Israel a principios de este siglo [XX] no tenían nada que colonizar ahí”. En 2013 Oz declaró: “Los kibbutzniks [habitantes de los kibbutz] no querían quitarle a nadie sus tierras. Se asentaron deliberadamente en espacios vacíos del país, en las marismas y en los desiertos en los que no había población en absoluto”.

En un artículo de opinión de 2015 Oz expresó su horror ante la idea de una mayoría palestina en un único Estado democrático: “Empecemos con una cuestión de vida o muerte. Si no hay dos Estados, habrá uno. Si hay uno, será árabe. Si es árabe, es imposible saber cuál será la suerte de nuestros hijos y los suyos”.

Se ha hablado mucho acerca del “viaje” político de Oz a partir su educación en una familia de sionista revisionistas, pero el rechazo de Oz de la solución de un Estado recuerda a las palabras del líder revisionista Vladimir Jabotinsky cuando afirmaba que “el nombre de la enfermedad es minoría” y “el nombre de la cura es mayoría”.

Colonialismo de asentamiento

El perfil político de Oz en Occidente no se limita a la vida y obra de una persona. También tiene que ver con el persistente romanticismo del kibbutz y las ilusiones respecto a la realidad de los Acuerdos de Oslo y el acuerdo de paz patrocinado por Estados Unidos. Por encima de todo quizá tiene que ver con el profundo apoyo al colonialismo de asentamiento en Palestina y la constante fuerza de la mitología sionista.

Un artículo de The New York Times acerca de la vida de Oz afirmaba que Israel había “nacido de un sueño, de un anhelo” y describía a Oz como “en muchos sentidos el nuevo judío por excelencia que esperaba crear el sionismo. Cuando era adolescente dejó Jerusalén por propia voluntad y […] se trasladó a un kibbutz, una de las comunidades agrícolas socialistas donde los israelíes vivieron sus fantasías más auténticas de cultivarse a sí mismos y la tierra para ser robustos y fuertes” (la cursiva es mía).

El colonialismo de asentamiento siempre ha significado la elevación de la subjetividad del colono y la eliminación violenta del colonizado. La historia del movimiento sionista en Palestina no fue diferente. Palestina no era un lugar real en el tiempo, con su historia, costumbres, pueblo e historias propios sino más bien un telón de fondo para que se cumpliera la visión de los colonos de una “restitución”. Los palestinos no eran personas reales, vivas y que respiraban sino salvajes nobles, bárbaros y fanáticos religiosos. Como afirmó el director de cine israelír Udi Aloni, “la izquierda judía israelí […] no ve a los palestinos como sujetos en una lucha, solo se ven a sí mismos”.

En una reseña mordaz del libro de Oz publicado en 2017, Dear Zealots, el expresidente del Knesset [parlamento israelí] Avraham Burg describió a Oz  “como un fanático defensor” de la partición que “pisotea todo en el camino a su expirada solución [de los dos Estados]”. Para Oz “es inconcebible un solo Estado árabe”; sus “opiniones acerca de los árabes asoman aquí y allá, y no son exactamente halagadoras”. Como escribió Burg: “Hay muchas preguntas y este pequeño libro de Amos Oz en absoluto ofrece soluciones”.

*Ben White es autor del libro Israeli Apartheid: A Beginner’s Guide and Palestinians in Israel: Segregation, Discrimination and Democracy. Es colaborador de Middle East Monitor y Al Jazeera, al-Araby, Huffington Post, The Electronic Intifada, la sección de The Guardian Comment is Free” y otros medios publican sus artículos.
Publicado en Middle East Eye. Traducido por Beatriz Morales Bastos para Rebelión.

Oz se mudó al kibbutz cuando era un adolescente en la década de 1950 y permaneció allí 30 años (Palestina Libre).

 

Amos Oz no era una paloma

 

Haidar Eid*

 

Una vez más, me encuentro en la incómoda posición de tener que escribir un obituario crítico sobre otro miembro de la llamada “izquierda” israelí, o más bien del “campo de la paz”. Hace cuatro meses fue Uri Avnery, fundador del movimiento Gush Shalom, y hoy es el apreciado novelista israelí Amos Oz, quien ha muerto a la edad de 79 años. Aunque mi área de interés es la literatura, es la política de este hombre lo que más me interesa.

Como la mayoría de los líderes de la “izquierda” sionista blanda, Oz sólo se oponía a la ocupación de Cisjordania y la Franja de Gaza, y nunca condenó el pecado original: el gran robo de Palestina en 1948. Para él −sionista comprometido hasta el último momento− la ocupación de 1967 es el origen del “conflicto palestino-israelí”.

Me interesa su posición con respecto a dos cuestiones importantes: el derecho al retorno y la solución de los dos estados. Su posición representa la de la llamada “izquierda” israelí, o sionismo blando.  Después de servir en la Guerra de los Seis Días de 1967, Oz fue una de las primeras figuras públicas en oponerse a la ocupación de Cisjordania y Gaza, y se convirtió en defensor de la solución de dos estados, es decir, dos entidades étnicas basadas en la identidad etnorreligiosa.

Además, Oz defendió los crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos por Israel en varias ocasiones, incluyendo el ataque masivo contra el Líbano en 2006, la masacre de Gaza en 2008-2009 y, como madre de todas las sorpresas, apoyó al presidente estadounidense Donald Trump en el traslado de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén, hasta el punto de considerar que “todos los países del mundo deberían seguir al Presidente Trump y trasladar su embajada en Israel a Jerusalén.”

Uno puede hacerse una idea de la ideología que impulsa su escritura en las tres piezas de su obra que más conozco, y que resultan ser las más célebres en Israel, a saber: En la Tierra de Israel, Mi Miguel y Una historia de amor y oscuridad.

En la que es considerada como sus memorias, Una historia de amor y oscuridad, hay una interacción entre literatura e ideología, y esta última prevalece a expensas de la estética. A través de su glorificación del kibutz −sin importar que esté construido en una tierra robada que pertenecía a palestinos nativos− se convirtió en un participante activo y defensor de la agresiva política colonialista de su país. En su obra los palestinos son (mal)representados como personajes marginados y pasivos, nunca son actores activos. La obra literaria de Oz fue realmente una fusión de literatura e ideología israelí.

Oz, como Avnery, pertenecía a un grupo de israelíes que tratan de establecer sus propios parámetros restrictivos para la lucha palestina o de calificar su apoyo a ella para que sirva a sus agendas políticas. En este contexto, es de suma importancia distinguir entre las diferentes variantes de dicho apoyo o reconocimiento.

Oz eludió cuidadosamente el marco político definido por las fuerzas políticas y la sociedad civil palestinas como estrategia para poner fin a la ocupación militar de Cisjordania y la Franja de Gaza en 1967, hasta el punto de que cuando empleó el término colonialismo, limitó su aplicación al territorio ocupado en 1967, no a la Palestina histórica. El peligro de esta formulación es que elude la cuestión del derecho al retorno de millones de refugiados/as palestinos/as, así como el sistema legalizado e institucionalizado −ahora de rango constitucional− de racismo y discriminación contra las y los ciudadanos palestinos de Israel. Por lo tanto, ignora los derechos −reconocidos por la ONU− de la inmensa mayoría del pueblo originario de Palestina.

El suyo es un ejemplo de los intentos de algunos israelíes por restringir el alcance de los derechos fundamentales palestinos a la libertad, la igualdad y la justicia. Se trata de una práctica bien conocida de la “izquierda sionista” israelí para limitar los derechos del pueblo palestino a quienes viven en Cisjordania y la Franja de Gaza, ignorando a los 7 millones de refugiados/as cuyo derecho al retorno está garantizado por el Derecho Internacional y los 1,6 millones de ciudadanas/os palestinas/os de Israel, que son objeto de las políticas racistas del Estado. Oz, como otros sionistas blandos, luchó por el “derecho de Israel a existir” sin desmantelar su sistema de apartheid y de asentamientos coloniales, de la misma manera que algunos liberales blancos lucharon para mejorar las condiciones de opresión de la población negra bajo el apartheid en Sudáfrica.

Por eso, al igual que muchos otros palestinos y palestinas, cuestiono la sinceridad de los israelíes que nunca denuncian el carácter racista de Israel, y mucho menos el crimen mayor que cometió contra nuestro pueblo en 1948. Los y las israelíes con las que contamos son los que reconocen nuestros derechos internacionalmente sancionados, incluido el derecho al retorno. Oz no era uno de ellos. Por el contrario, estaba comprometido con el proyecto sionista en Palestina mediante su defensa de la solución racista de dos estados, y su ilimitada defensa de una mayoría judía en el 78 por ciento de la Palestina histórica.

No es de extrañar que Edward Said tuviera una opinión diferente de Oz. Cito de su obra The End of the Peace Process: Oslo and After:

El predecible Amos Oz ha exigido que decidamos entre la paz y la violencia, como si Israel ya hubiera aterrizado sus aviones, desmantelado Dimona[1], dejado de bombardear y ocupar el sur del Líbano (dos libaneses de 70 años fueron asesinados por aviones israelíes en los bombardeos sobre el mercado: ¿por qué eso no es violencia y terror?), y retirado todas sus tropas del 97% del territorio de Cisjordania que sigue controlando, junto con los checkpoints militares que ha plantado entre cada uno de los principales centros palestinos.

Estaba pensando en esas palabras en 2009, cuando los F16s y los helicópteros Apache israelíes bombardeaban mi barrio, matando a cientos de mujeres y niños, y yo, naturalmente, me pregunté: ¿por qué Amos Oz apoya esto?

Con su muerte, y la de Avnery antes de la suya, estamos asistiendo al fin de la fachada de la llamada “izquierda” israelí.

 

[1] Dimona es la base donde Israel tiene su armamento nuclear secreto. Se calcula que posee entre 200 y 400 cabezas nucleares. Israen no permite inspecciones del OIEA, y se ha negado a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear. (N. de la T.).
*Haidar Eid es Profesor Asociado de Literatura Postcolonial y Postmoderna en la Universidad Al-Aqsa de Gaza. Ha escrito extensamente sobre el conflicto árabe-israelí, incluyendo artículos publicados en Znet, Electronic Intifada, Palestine Chronicle y Open Democracy. Ha publicado trabajos académicos sobre estudios culturales y literatura en varias revistas, incluyendo Nebula, Journal of American Studies in Turkey, Cultural Logic y Journal of Comparative Literature.
Publicado el 30/12/18 en Mondoweiss. Traducción: María Landi.

 

Leer también:
Marc H. Ellis: Amos Oz y el fin del sionismo liberal
Miko Peled: Amos Oz Remembered: The Sharp Talons of a Zionist “Dove”
Jonathan Ofir: Amos Oz was the wizard of liberal-Zionist zealotry

 

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Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania. Es columnista del portal Desinformémonos y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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