Dos reflexiones con motivo de Pascua (Gideon Levy y Rifat Kassis)

 

Vista del Monte de los Olivos desde la Ciudad Vieja de Jerusalén (al frente y al medio, iglesias de Santa María Magdalena y de Todas las Naciones). Abril 2015. (Foto: María Landi).

 

Los israelíes celebran la Fiesta de la Libertad mientras
la población palestina sufre actos de crueldad

 


Gideon Levy

 

En medio de los preparativos de última hora para la fiesta de Pascua judía, en el barrio palestino de Beit Safafa, en Jerusalén Este, la policía israelí irrumpió y prohibió un partido de fútbol por orden del Ministro de Seguridad Pública Gilad Erdan, quien dijo que el partido se estaba realizando bajo los auspicios de la Autoridad Palestina[1].

En South Bend, Indiana (EE.UU.), Sandra Elaine Zoughbi, una estadounidense que vivía en Belén desde hace más de 30 años, intentaba recuperarse de la brutal expulsión del país sufrida en el aeropuerto Ben-Gurion [Tel Aviv], que la separó arbitrariamente de su esposo y sus tres hijos palestinos, que también viven en Belén.

Y en la pequeña aldea de Khirbet Kais, un padre afligido, Abdel Man’im al-Fattah, estaba sentado en su casa, no lejos de la tumba vacía que había sido cavada para su hijo Mohammed. El padre esperaba en vano que Israel le entregara el cuerpo de su hijo, asesinado a tiros en una carretera por dos colonos israelíes en circunstancias que no están del todo claras.

Cada uno de estos casos constituye una expresión de crueldad, de maldad pura, de maldad por la maldad misma, sin ninguna justificación, diseñada sólo para infligir abusos y demostrar un poder arrogante. Alrededor de esa misma hora, las familias israelíes se reunían en torno a su séder [cena pascual], dedicadas a la celebración −aunque no se crea− de la crueldad, los crímenes de guerra y el sadismo. Glorificaban el asesinato de primogénitos arrojados al río, alababan la propagación de la peste letal, exaltaban el derramamiento indiscriminado de sangre e incluso el saqueo (“Él nos dio las riquezas de esa gente”). Sangre y fuego y columnas de humo −diez plagas, todas las cuales son crímenes de guerra del tipo más horrendo que se pueda imaginar−; y todos estos actos son recordados con elogios.

Casi todos los israelíes, ya sea que se consideren religiosos, tradicionales o seculares, dieron gracias a su Dios el viernes por la noche por infligir todos estos horrores a sus enemigos. “Por lo tanto, debemos agradecer, alabar, encomendar, glorificar, ensalzar, honrar, bendecir y exaltar a Aquel que hizo todos estos milagros por nuestros antepasados y por nosotros… a quien decimos: Aleluya.” Aleluya por los crímenes, por la crueldad.

No está claro cuántos israelíes realmente prestan atención a esta parte sádica de la Hagadá, el texto judío leído con más frecuencia cada año. Para muchos, es una palabrería antes de la gran comida familiar, un preludio inevitable de la fiesta. Pero el agradecimiento a Él, que nos ha elegido entre todos los pueblos y nos ha designado como pueblo supremo, claramente permea la conciencia nacional.

Las consecuencias se pueden sentir en casi todos los aspectos de la vida israelí. No hay nada como “Nos has elegido” para crear la sensación entre los israelíes de que “podemos hacer lo que queramos”. Lo mismo ocurre con la idea de que la Pascua es la fiesta de la libertad. La noche que todos nosotros reverenciamos es también una noche de negación y grandes mentiras.

Sentarse en casa del tío o la suegra, ya sea antes o después de un tercer viaje a Barcelona para ver a Lionel Messi, y con el jeep aparcado fuera, celebrar pidiendo libertad y liberación de la esclavitud, y alardear de ser los luchadores por la libertad más importantes de todos los tiempos. Y así queda santificada y blanqueada la noche de aquella gran purificación. El próximo año en Modi’in o Ariel reconstruidos[2].

Los israelíes no tienen ningún derecho a celebrar un feriado que pretende ser un festival de la libertad. Sólo la negación total y la evasión de la realidad permiten a las familias de los amos sentarse ante su gran comida festiva, recitando pasajes vacíos sobre la liberación de la esclavitud, mientras a corta distancia las fuerzas de seguridad están prohibiendo un partido de fútbol por orden de un malvado ministro del gabinete. No se puede celebrar la libertad propia negándola completamente a otro pueblo.

Así como en el apartheid de Pretoria era imposible celebrar la libertad, porque no hay tal cosa como la libertad sólo para los blancos, no hay manera de celebrar la libertad en Jerusalén mientras sea sólo para los judíos. Pero tal afirmación, por muy obvia y trillada que sea, casi nunca se discute en la mesa de sédar.

Los jugadores de fútbol cuyo partido fue prohibido, la mujer expulsada de su ciudad y separada de su familia, el padre afligido que no puede recuperar el cuerpo de su hijo para enterrarlo, son víctimas de la crueldad israelí. Están viviendo una realidad que es exactamente lo contrario de la libertad. No existe relación alguna entre los crímenes cometidos contra estas personas palestinas y la seguridad israelí. Quienes están infligiendo todo esto a ese pueblo se sientan a la mesa de séder a leer en voz alta sobre la libertad. ¿Se puede imaginar algo más hipócrita, más insultante?

Publicado el 21 de abril en Haaretz. Traducción del inglés: María Landi.
[1] La ANP no tiene presencia, jurisdicción ni permiso para actuar en Jerusalén Este, que está anexada a Israel, en violación del Derecho Internacional y numerosas resoluciones de la ONU. (N. de la T.).
[2] Modi’in y Ariel son grandes colonias israelíes construidas (en violación del Derecho Internacional) en tierras de Cisjordania robadas a las comunidades palestinas. La expresión parafrasea con ironía la frase ritual judía “el próximo año en Jerusalén”. (N. de la T.).
Galería de fotos: policías y vallas israelíes en la Ciudad Vieja de Jerusalén obstaculizando el movimiento de la población palestina durante la Semana Santa, y vigilándola en la azotea de la Iglesia del Santo Sepulcro durante la celebración del Fuego Santo (Abril 2011, María Landi).

 

Pascua en Tierra Santa
 

Rifat Odeh Kassis*
 

Hoy en día, las y los palestinos siguen recorriendo el Vía Crucis y esperan ansiosamente el Día de la Resurrección; el día en que la piedra que bloquea la tumba de la ocupación sea removida.

Para la comunidad cristiana de Tierra Santa, Pascua es la más importante de las festividades religiosas cristianas. De hecho, la población palestina se refiere a ella como al-Eid al-Kabir (la Fiesta Grande), mientras que la Navidad se conoce como al-Eid al-Saghir (la Fiesta Pequeña).

El sábado previo al Domingo de Pascua es el punto culminante de la Semana Santa en Palestina ocupada. Sabt Al-Nur (Sábado de Luz) es una tradición ortodoxa que marca el final del ayuno pascual. La tradición dice que cada año, el sábado previo a la Pascua, surge una llama de la tumba de Cristo en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén.

El milagro de la llama se celebra encendiendo velas de esta llama en Jerusalén y llevándola de una localidad a otra por toda Palestina.

Aunque Sabt al-Nur es una tradición ortodoxa, durante generaciones personas cristianas de todas las denominaciones han asistido a la ceremonia en Jerusalén, en lo que siempre ha sido un acontecimiento comunitario importante para la población cristiana de Palestina.

Pero el año pasado, sólo unos pocos cientos llegaron a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia del Fuego Sagrado. La mayoría de las personas cristianas palestinas nunca han visto la llama milagrosa; no porque no nos importe la tradición, sino porque Israel nos restringe la entrada en Jerusalén −especialmente a nuestra juventud−.  Jerusalén: la ciudad sagrada de las y los cristianos de todo el mundo; el lugar de la crucifixión y resurrección de Jesús, la cuna misma del cristianismo, el lugar de sus primeras iglesias.

De niño, recuerdo que viajábamos a Jerusalén desde nuestro pueblo de Beit Sahour [“Campo de los Pastores”]. Beit Sahour se encuentra en las afueras de Belén, a menos de 15 km de Jerusalén. No obstante, es un viaje que duraba varias horas debido a la “zona de nadie” que se nos impuso cuando se creó Israel en 1948. Esto nos obligaba a recorrer una ruta casi tres veces más larga de lo normal.

Ahora ya no puedo visitar Jerusalén. Soy un ex prisionero político, y he sido incluido por Israel en una lista de “seguridad”. Las autoridades israelíes no me otorgarán el permiso para visitar Jerusalén. Mi hijo de 35 años ha viajado mucho, y ha visto casi la mitad del mundo, pero a él también se le ha prohibido la entrada a Jerusalén.

Nuestra historia no es la única. Toda la población palestina, autóctona de Tierra Santa, viviendo a pocos kilómetros de Jerusalén, debe pedir permiso para visitarla, debe soportar registros humillantes y atravesar muros y puestos de control militar, mientras que peregrinos/as de Alemania, Estados Unidos o Perú pueden llegar en avión para la Pascua.

Para la mayoría de las personas palestinas −ya sean cristianas o musulmanas− Jerusalén es la ciudad que más amamos y la que menos visitamos.

Como gesto de “buena voluntad” por Pascua, Israel dice que ha expedido aproximadamente 10.000 permisos a palestinos/as de Cisjordania ocupada y 500 permisos a cristianas/os de la bloqueada Franja de Gaza, donde viven varios miles de personas. ¿Es realmente buena voluntad forzar a la gente a solicitar permisos para visitar y orar en su ciudad más sagrada durante su tiempo más sagrado? ¿Es buena voluntad convertir la ciudad sagrada en una zona militar?

Durante la Semana Santa, desde las primeras horas de la mañana se colocan vallas en el patio de la Iglesia del Santo Sepulcro. Su objetivo es mantener a la gente fuera de la Iglesia −un lugar central en la muerte, crucifixión y resurrección de Jesús−.

Los oficiales del ejército y la policía israelíes están presentes alrededor de las puertas de la Ciudad Vieja y de los pasadizos que conducen al Santo Sepulcro, así como dentro de la propia Iglesia, y en su azotea. Estas medidas restringen la libertad de movimiento de la población local, impidiendo que las personas cristianas palestinas rindan culto en la Iglesia durante este tiempo propicio. Ni siquiera a los sacerdotes se les permite moverse libremente. ¿A esto se le llama libertad de culto?

En el presente, el pueblo palestino siente que no sólo están bajo ataque nuestras celebraciones religiosas, culturales y espirituales, sino también toda nuestra existencia. De hecho, muchas personas palestinas  se refieren a nuestra experiencia de vivir bajo la ocupación israelí y al sufrimiento que afrontamos como “caminar por la Vía Dolorosa” o el Vía Crucis.

Sin embargo, este Vía Crucis no se limita a la Semana Santa, sino que dura ya 70 años. Las estaciones de sufrimiento de ese Vía Crucis son: puestos de control militar, permisos, campos de refugiados, bloqueos, demoliciones de viviendas, detenciones sin juicio y bombardeos.

Hoy en día, el pueblo palestino sigue recorriendo el Vía Crucis y espera ansiosamente el Día de la Resurrección; el día en que la piedra que bloquea la tumba de la ocupación sea removida.

El mensaje de Pascua y de la Resurrección es que quienes fueron liberados/as por Dios no pueden ser esclavizados/as por nadie. Pero eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy en Palestina ocupada. Israel está exigiendo al pueblo palestino que renuncie a su libertad, para que el pueblo israelí pueda vivir.

En Tierra Santa −la Tierra de la Resurrección− vemos a un grupo de personas comprometidas con la seguridad, la justicia y la paz para sí mismas, sólo que al precio de la injusticia y la ocupación de otro grupo de personas. Vemos a un ser humano viviendo a expensas de otro ser humano.  Jesucristo murió y resucitó para dar vida a todas las personas, para permitir que todas triunfaran sobre la muerte y se convirtieran en hacedoras de vida, justicia y paz para sí mismas, para su pueblo y para todos los pueblos de la tierra.

La libertad de un grupo no puede venir a expensas de la opresión de otro.

La seguridad y la paz israelíes no pueden construirse a expensas de la seguridad, la dignidad y la paz palestinas. La ocupación de la vida palestina debe terminar, para que tanto israelíes como palestinos/as puedan vivir como seres humanos iguales.

 

*Rifat Odeh Kassis es el coordinador de Kairos Palestina, un movimiento que agrupa a cristianos/as palestinos/as de varias denominaciones, y que aboga por poner fin a la ocupación colonial israelí. Kairos Palestina adhiere al movimiento BDS y pide a las iglesias y personas cristianas de todo el mundo que también lo hagan.
Publicado el 18/4/19 en Sahara Reporters. Traducción: María Landi.


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Galería de fotos: procesión de cristianos/as palestinos/as (con pancartas alusivas a su identidad nacional y banderas palestinas, que están prohibidas en Jerusalén), bajo vigilancia de la policía israelí, el Domingo de Ramos, bajando por el Monte de los Olivos hasta entrar en la Ciudad Vieja. Abril 2013 (María Landi).

 

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Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania. Es columnista del portal Desinformémonos y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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