Mucho más que represión en la Explanada de las Mezquitas 

 

Brutal represión de la Policía israelí en el complejo de Al Aqsa. Jerusalén, 11/8/19.

 

El significado de los incidentes del 11 de agosto

 

Los musulmanes que arriesgan sus vidas para rezar en la mezquita de Al-Aqsa desempeñan un papel importante para mantener la lucha palestina por la liberación en un plano nacional más que religioso. Cuando decenas de miles de palestinos se reunieron el domingo en las mezquitas de al-Aqsa y en la plaza de afuera -a pesar de los policías con el cerebro lavado, llenos de odio, portando gran cantidad de armamento y ansiosos por usarlo- no sólo estaban defendiendo sus lugares sagrados. También defendían su existencia como pueblo en su propia tierra.  Amira Hass

 

Imaginen que en un país musulmán (o cristiano) las fuerzas de seguridad irrumpieran en la principal sinagoga (o catedral) para reprimir con gases lacrimógenos y balas de acero forradas a la población judía local (o cristiana) que está celebrando una de las principales festividades religiosas del año (Rosh Hashana, o Navidad). ¿Qué dirían los gobiernos y medios corporativos de Occidente?

El domingo 11 de agosto, mientras las comunidades musulmanas de todo el mundo celebraban la Fiesta del Sacrificio o Eid Al Adha (una de las dos más importantes en el Islam), los fieles palestinos reunidos en la mezquita de Al Aqsa eran objeto de una violenta represión por parte de la Policía israelí. Imágenes impactantes mostraron a fuerzas de ocupación israelíes atacando a manifestantes palestinos dentro y fuera del complejo de Al Aqsa y lanzando granadas de estruendo contra fieles desarmados. Los manifestantes protestaban contra la decisión de última hora de Israel de permitir la entrada de visitantes judíos a Al Aqsa durante el Eid, ya que este año el día sagrado musulmán coincidía con el feriado judío de Tisha Bav.

La mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca conforman Haram-Al-Sharif, el tercer sitio más sagrado en el Islam después de Meca y Medina. El complejo (conocido en castellano como la Explanada de las Mezquitas) está situado en el corazón de la Ciudad Vieja de Jerusalén Este, donde según las resoluciones internacionales debería estar la capital del Estado palestino. Desde la guerra de 1967, Jerusalén Este quedó bajo la ocupación ilegal israelí y ha sido anexada, colocando a la ciudad y sus emblemáticos sitios religiosos en el centro de una lucha política por la identidad, la historia y el futuro de Palestina. Según sectores religiosos judíos, en ese preciso lugar se erigía el Templo de Israel destruido por los romanos, del cual quedaría solamente la parte conocida como Muro Occidental o de las Lamentaciones. Por eso los judíos le llaman ‘el Monte del Templo’.

El statu quo desde 1967 asume que el sitio es administrado por Jordania, pero en los hechos las fuerzas israelíes controlan todo el acceso al lugar. Los enfrentamientos en Haram-Al-Sharif también han sido reiterados y periódicos. El lugar se utiliza con frecuencia como herramienta política para fomentar el fervor y el antagonismo. Fue la visita de Ariel Sharon al lugar en el año 2000, durante su campaña para convertirse en el Primer Ministro de Israel, lo que instigó la segunda intifada. En 2017 estalló la violencia cuando las fuerzas israelíes instalaron detectores de metales en la entrada de Al Aqsa, en represalia contra toda una población por un ataque contra dos policías, y el lugar fue cerrado temporalmente para la oración de los viernes.

Pero hay mucho más. En un Israel donde el nacionalismo religioso crece aceleradamente alentado desde el poder –y más en tiempos electorales−, las incursiones en la Explanada durante los días de oración o festividades musulmanas son actos de provocación y presión por parte del Movimiento del Templo, un grupo extremista que reclama recuperar la soberanía judía sobre el lugar. En efecto, como explicó el rabino y activista pro Palestina Brant Rosen, “la fiesta judía de Tisha B’Av es un día de ayuno que conmemora la destrucción del Templo de Jerusalén. Además de los cánticos del Libro de las Lamentaciones, Tisha B’Av contiene oraciones que anhelan la restauración del Templo. Pero mientras que los judíos tradicionalmente religiosos ven esta restauración mítica en el contexto de una lejana era mesiánica, hay un movimiento extremista en rápido crecimiento en Israel que ha estado pidiendo la reconstrucción literal del Templo en el Monte del Templo. El Movimiento del Templo también aboga por la destrucción de los santuarios musulmanes; un acto que sin duda resultaría en un cataclismo violento de proporciones impensables.”

Esta última provocación fue una medida calculada por parte de la extrema derecha israelí, a pocas semanas de las elecciones parlamentarias, para sesgar los votos a su favor politizando un lugar extremadamente sensible por su valor sagrado y significación simbólica. A las personas cristianas y judías solo se les permite visitar el complejo fuera de los horarios de oración, y se les prohíbe entrar en las mezquitas. Para evitar que las tensiones aumentaran, la policía israelí había prohibido originalmente a los visitantes judíos entrar en el lugar durante la doble festividad del domingo 11. Pero anticipándose a la fecha, los líderes del Movimiento del Templo presionaron fuertemente al gobierno israelí, pidiéndole que ponga fin al statu quo y les permita rezar en el lugar (lo cual está prohibido para los judíos por la ley religiosa judía, y por ende la israelí). Eventualmente, la presión política del Movimiento del Templo y los políticos ultraderechistas hicieron que el Primer Ministro cediera y les permitiera entrar al complejo. Como observó Rosen, Netanyahu quiere evitar, en plena campaña electoral, distanciarse de los votantes de extrema derecha, a los que ha estado tratando desesperadamente de cortejar.

Así, el domingo por la mañana, los integrantes del Movimiento del Templo se congregaron a la entrada de la Explanada y comenzaron a ingresar, con apoyo de la Policía israelí. Poco más tarde, la violencia estalló después de que los fieles musulmanes terminaran sus oraciones de Eid Al-Adha en la mezquita de Al-Aqsa. Según los informes, las fuerzas policiales dispararon granadas paralizantes y botes de gas lacrimógeno después de que, según ellos, “los fieles comenzaron a lanzar objetos contra los oficiales y a gritar ‘comentarios nacionalistas’”. La Media Luna Roja Palestina dijo que 61 palestinos resultaron heridos en los enfrentamientos y 15 fueron evacuados a hospitales cercanos. La Policía israelí informó que siete personas fueron arrestadas.

Estos hechos, más allá de su gravedad por donde tienen lugar, deben ser analizados en el contexto del creciente poder simbólico y político de los rabinos mesiánicos y sus grupos extremistas, que –como afirmó el periodista Jonathan Cook en un importante análisis incluido en este blog− “está[n] transformando un proyecto colonial de asentamiento contra el pueblo palestino en una batalla contra el resto del mundo islámico. Está[n] convirtiendo un conflicto territorial en una guerra santa.”

Según Cook, “La creciente influencia de los judíos religiosos en el Parlamento, en el gobierno, en los tribunales y los servicios de seguridad significa que los funcionarios se vuelven cada vez más audaces a la hora de reivindicar físicamente la soberanía sobre al-Aqsa. (…) El crecimiento demográfico de la población religiosa en Israel, el desarrollo en el sistema educativo de una ideología cada vez más extremista basada en la Biblia, la apropiación de los principales centros de poder del Estado por parte de los religiosos, y el surgimiento de una clase de rabinos influyentes que predican el genocidio contra los vecinos de Israel han sentado las bases para una tormenta perfecta en la región.

Otra preocupación es la amenaza de ‘hebronización’ que se cierne sobre el lugar, sobre la que alertan analistas. Se teme que Israel termine imponiendo en Haram Al-Sharif un régimen como el instalado en la Mezquita de Ibrahim o Tumba de los Patriarcas (donde se dice que están enterrados Abrahán, sus hijos Isaac, Jacob y las respectivas esposas), en la Ciudad Vieja de Hebrón (Al-Jalil). Después de reiterados incidentes y de la masacre perpetrada en la mezquita durante la oración del viernes por el colono judío-estadounidense Baruch Goldstein (el 25/2/1994), en la cual asesinó a 29 palestinos e hirió a 125, las autoridades israelíes dividieron la mezquita, destinando la mitad de ella a sinagoga. Como −al igual que en Jerusalén− las fuerzas israelíes controlan el lugar, los fieles judíos tienen absoluta prioridad para disponer del sitio sagrado, mientras que la población palestina es sometida a permanentes controles humillantes (hay un checkpoint a la entrada de la mezquita), restricciones y prohibición de acceso cada vez que hay un incidente en la ciudad o un feriado judío.

Basándose en las políticas de apartheid, expulsión y judaización que Israel lleva a cabo en ambas ciudades, la periodista Amira Hass respondió en una columna de opinión a quienes critican que los fieles palestinos no quieran ‘compartir’ el sitio sagrado con los judíos señalando la enorme asimetría de poder entre ambas partes, y el hecho de que la religión es utilizada para avanzar la agenda política de la colonización: “No importa lo que digan los devotos de la vaca roja y los de su calaña en todas sus variadas y dulces chácharas sobre Dios y del Templo; la religión en sus manos y bocas no es más que un arma más con la que lograr un objetivo fascista, nacionalista y muy territorial: echar a patadas a las masas palestinas fuera de las fronteras de su tierra.” Por eso la negativa palestina a reconocer los ‘derechos religiosos’ judíos en el sitio sagrado es el arma más legítima de los oprimidos, afirmó Hass.

Y concluía: “El temor palestino a una hebronización de la Ciudad Vieja de Jerusalén en general y de Al-Aqsa en particular tiene bases sólidas: el mismo fanatismo religioso y el mismo apetito inmobiliario, la misma metodología de paso tras paso y el mismo apoyo armado del nacionalismo judío, que no deja de crecer. Pero aquí, más que en cualquier otro lugar, los palestinos tienen una forma de demostrar su fuerza, es decir, su capacidad de unirse y presentarse en masa para orar, y así enviar un mensaje a Israel, al mundo y a su propio pueblo: estamos aquí.”

 

 

Selección de videos de la represión del 11 de agosto, tomados del sitio Eye on Palestine:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La santidad de estos lugares sagrados no puede ser profanada de esta manera para cumplir fines políticos dudosos. El pueblo palestino tiene derecho a celebrar uno de los días más sagrados del calendario islámico en su propia patria, al igual que millones de musulmanes también tienen derecho a observarlo en ese lugar, como lo han hecho durante siglos.”  Editorial del 11 de agosto en The National de  EAU.

 

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Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania. Es columnista del portal Desinformémonos y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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