Misiles contra globos encendidos. La última escalada en Gaza

María Landi

 

“Ninguna ocupación en el mundo actual se ha llevado a cabo ante una comunidad internacional tan alerta a sus muchas y graves violaciones del derecho internacional, (…) tan bien informada de la escala de sufrimiento y despojo que soporta la población ocupada y, sin embargo, tan poco dispuesta a actuar en base a las pruebas abrumadoras y a utilizar los abundantes instrumentos jurídicos y políticos disponibles para poner fin a la injusticia.” Michael Lynk, Relator Especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados (Informe 2019).

Desde el 11 de agosto –y ante el silencio de los medios hegemónicos− Israel está lanzando bombas sobre objetivos estratégicos en la Franja de Gaza (infraestructura, depósitos de armas, viviendas de dirigentes). Incluso ‘por error’ un misil cayó sobre una escuela de la UNRWA en el campo de refugiados de al-Shati. Hasta ahora no ha habido muertes, pero declaraciones y movimientos de los dirigentes israelíes sugieren que podría ser el inicio de un nuevo ataque. De hecho nada le vendría mejor a un Netanyahu acorralado por las protestas ante su domicilio debido a su desastrosa gestión de la crisis sanitaria y económica resultante del Covid-19: él sabe que nada complace más a la sociedad israelí y la hace cerrar filas que bombardear a Gaza. Ocurra o no, esta quincena de bombardeos es más que suficiente para tener aterrorizada a la indefensa población palestina atrapada en la Franja, de la cual el 50 por ciento es menor de edad y el 80 por ciento es refugiada (expulsada de sus tierras y localidades por las milicias sionistas para construir sobre sus ruinas el actual Estado de Israel).

La excusa esta vez son los globos (y cometas) con pequeños objetos encendidos atados al piolín que grupos de jóvenes gazatíes lanzan hacia el otro lado de la valla que encierra a Gaza, y que provocan incendios en tierras agrícolas (tierras que, por cierto, pertenecían a familias palestinas hoy refugiadas en Gaza). Israel afirma que los globos incendiarios son obra de Hamas, del mismo modo que durante dos años dijo que los jóvenes desarmados que protestaban cada viernes en la Gran Marcha del Retorno (GMR) obedecían órdenes de Hamas, y con esa excusa mandó francotiradores que asesinaron, mutilaron e hirieron a miles (incluyendo periodistas y paramédicas).

Pero los jóvenes que lanzan los globos dicen algo muy distinto. Ellos simplemente buscan llamar la atención del mundo, que mira para otro lado mientras Gaza agoniza: “El mensaje que nos gustaría mandar es que merecemos una vida decente para nuestras familias. Soy casado, tengo tres hijos, pero estoy desempleado. Estoy aquí hoy porque cuando los miro a los ojos sólo veo que no puedo proveerles de lo básico” (Abu Yousef, 24). “No somos terroristas como clama Israel. No queremos quemar o dañar a nadie ni nada. Me gradué hace poco de relaciones públicas y marketing, pero no puedo encontrar trabajo. Merecemos empleos, electricidad. Mis hijos merecen tener comida sobre la mesa. No consideramos al pueblo judío como un enemigo. Nuestra batalla es contra su gobierno que nos ha bloqueado por 13 años” (Abu Obaida, 35). Y Ahmad Abu Artema, activista social e ‘ideólogo’ de la GMR agrega: “El lanzamiento de globos es un gesto de protesta porque  la ocupación Israelí no ha cumplido con sus acuerdos previos con la resistencia palestina de aliviar el bloqueo a Gaza.”

En otras palabras, lo que motiva ésta y otras acciones es la más antigua y humana de las ecuaciones: donde hay opresión, hay rebelión. Y si ello es verdad para todo el pueblo palestino tras 72 años de ocupación colonial, lo es más aún para los dos millones de personas encerradas en los 360 km2 de la Franja de Gaza, sometidas desde hace 13 años a un férreo bloqueo por aire, mar y tierra y bombardeadas periódicamente.

En un informe de 2012 la ONU predijo que para 2020 la Franja de Gaza (donde el 97 por ciento del agua está contaminada) sería inhabitable. Según el Banco Mundial, el desempleo en Gaza es el más alto del mundo (45,5 por ciento y 60 por ciento entre la juventud), 80 por ciento de la población recibe asistencia alimentaria y 53 por ciento está por debajo de la línea de pobreza. Esta crisis humanitaria ha sido creada por el régimen israelí (Gideon Levy habla del “experimento Gaza”) a solo 68 kilómetros de Tel Aviv.

Profesionales de salud mental han señalado que la población de Gaza ha sido llevada al límite de lo humanamente tolerable. El centro de derechos humanos Al Mezan documentó un aumento constante y significativo del número de suicidios (e intentos) en los últimos cinco años, un fenómeno que era prácticamente desconocido en una sociedad donde quitarse la vida va en contra de las enseñanzas religiosas, la tradición y la cultura. Hay quienes dicen incluso que algunas acciones temerarias de muchos jóvenes cerca de la valla –ya sean las protestas de la GMR como los globos encendidos− son formas de suicidio encubierto. En cualquier caso, es seguro que esta juventud frustrada y sin futuro no tiene nada que perder, y muchos afirman que prefieren morir como mártires a agonizar lentamente en silencio.

Amani Tawahina, una joven trabajadora de salud mental expresó: “Cuando escuché las noticias [sobre un inminente ataque] no tuve tanto miedo como normalmente tendría (…) estamos más cansados que asustados. Estamos frustradas y deprimidas. El continuo estado de miseria, de un futuro desconocido e inseguro, sin esperanza y gris, nos ha vaciado de nuestra energía positiva. (…) Gaza se enfrenta hoy a dos opciones: una muerte rápida bajo los escombros de las bombas o una muerte lenta en medio del bloqueo.”

En respuesta a los globos incendiarios Israel ha endurecido el bloqueo, aplicando medidas de castigo colectivo sobre toda la población de Gaza (un crimen de guerra según el derecho internacional humanitario): restricción drástica de la entrada de mercancías y medicamentos, prohibición total a los pescadores de salir al mar y corte del suministro de combustible a la única central eléctrica de la Franja, lo que redujo la electricidad a tres o cuatro horas diarias (en pleno verano y con casos de Covid-19 en aumento). También se cortaron los permisos de salida para pacientes graves que necesitan recibir tratamiento fuera de Gaza (y la triste realidad es que muchas personas gazatíes son chantajeadas por la inteligencia israelí para colaborar como informantes a cambio de recibir dicho permiso).

Es que el régimen sionista está dispuesto a todo en Gaza, menos a poner fin al bloqueo, que es la raíz de la violencia. Israel ha incumplido sistemáticamente todos los compromisos que asumió al respecto ante los mediadores egipcios, cataríes o de la ONU al final de cada escalada. Y lo hace porque sabe que los gobiernos occidentales –últimos responsables del actual statu quo por permitir la impunidad israelí− son siempre más proclives a pedirles a los palestinos que dejen de resistir, que a exigirle a la potencia ocupante que ponga fin al bloqueo. Porque resistir en el gueto de Varsovia era heroico, pero resistir en el gueto de Gaza es terrorismo.

El historiador israelí Ilan Pappé ha calificado las políticas de Israel como “genocidio incremental”. El experto en Derecho Internacional Richard Falk habló de “contexto genocida” respecto a los ataques contra Gaza. Y la académica Nadia Hijab, preguntando “¿Cuándo se convierte en genocidio?”, se respondió: “Israel no mataría directamente a decenas de miles de palestinos, pero crearía las condiciones para que decenas de miles mueran. Cualquier epidemia podría terminar el trabajo.” Por eso la analista Nada Elia insiste en que ante cualquier escalada “tenemos que denunciar siempre, siempre, el contexto genocida del bloqueo a Gaza y exigir que se levante. El bloqueo no es normal, y no debe ser normalizado. Y por mucho que los sionistas intenten manipular nuestros relatos, no debemos dejar que culpen a Hamas (…). El perpetrador es Israel.”

En un comunicado del 23 de agosto el Comité Nacional Palestino de BDS (BNC) volvió a pedir a la solidaridad internacional que intensifique las campañas para exigir a los gobiernos un total e inmediato embargo de armas a Israel, como piden la sociedad civil palestina y Amnistía Internacional. También llamó a redoblar las campañas de boicot cultural y académico (en protesta por los recientes ataques israelíes a instituciones culturales palestinas) y “las campañas de boicot y desinversión contra empresas que hacen posible los crímenes israelíes contra el pueblo palestino, en particular las que figuran en la base de datos de la ONU, así como numerosas empresas cómplices que aún no han sido incorporadas a dicha base.”

 
Columna publicada en el portal Desinformémonos el 30/8/20.
Video clip “Oda a la resistencia”, realizado por artivistas de Gaza. En palabras de Haidar Eid (académico, miembro del movimiento BDS y solista en el video): “A pesar de nuestra situación, en Gaza nunca hemos dejado de luchar por la libertad y la justicia. Por lo tanto, el video clip. Como activistas y artistas, no podemos quedarnos quietos/as mientras toda la población de Gaza muere lentamente a manos de una de las potencias coloniales más sádicas. Por eso queríamos destacar no sólo el sufrimiento de nuestro pueblo, sino también su resistencia: estudiantes, niños, ancianas/os, comerciantes, mujeres, niñas, creyentes, tiradores de piedras, manifestantes de la GMR, pescadores, madres, padres…”

Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania. Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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