Sobre helados, espionaje y otros escándalos

 

Mensaje del movimiento BDS sobre el espionaje israelí.

María Landi

 

A mediados de julio un tema llenó los titulares de los grandes medios en prácticamente todo el mundo: el espionaje de que fueron objeto a través de sus teléfonos móviles cientos de políticos, periodistas, activistas de derechos humanos, sindicalistas y ejecutivos de 50 países, incluido México, por gobiernos que usaron el spyware Pegasus de la empresa israelí NSO Group. Esto fue revelado por el Proyecto Pegasus, un consorcio global formado por más de 80 periodistas y 17 medios de 10 países, coordinado por la ONG francesa Forbidden Stories con apoyo técnico del Laboratorio de Seguridad de Amnistía Internacional.  El diario israelí Haaretz señaló que «adonde Netanyahu iba, NGO lo seguía»: cada visita del ex primer ministro a un país autoritario (y la lista es larga) servía para promover los productos israelíes de seguridad, armamento y vigilancia que luego se utilizaban para vigilar y reprimir opositores en esos países.

Según explica La Jornada, los mil números telefónicos identificados hasta ahora incluyen los de más de 600 políticos y funcionarios (jefes de Estado, diplomáticos, ministros y más), 189 periodistas, 65 empresarios y 85 activistas de derechos humanos. Son solo una parte de una lista de unos 50.000 teléfonos que se supone corresponden a personas de interés de los clientes de NSO. 15.000 de ellos son mexicanos. De hecho, México fue el primer cliente internacional de NSO en 2011, informó el Washington Post, otro miembro del proyecto.

Países donde periodistas fueron blanco de espionaje con el spyware israelí Pegasus

En efecto, el tema ya era bien conocido en México, donde se denunció que entre 2016 y 2017 el gobierno de Peña Nieto utilizó Pegasus para espiar al menos a 25 periodistas, activistas y defensorxs de derechos humanos (incluyendo familiares de los 43 de Ayotzinapa), políticos como López Obrador y periodistas como Carmen Aristegui, Luis Hernández Navarro de La Jornada y Jorge Carrasco, editor jefe de la revista Proceso. No obstante, la investigación del Proyecto Pegasus dada a conocer el 18 de julio permitió conocer el alcance y magnitud de carácter planetario del sistema de ciberespionaje. También echó luz sobre sus impactos devastadores, como el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi o de su colega mexicano Cecilio Pineda, o el encarcelamiento de decenas de personas críticas a los regímenes autoritarios, como el periodista Omar Radi, condenado recientemente en Marruecos a seis años de cárcel. De hecho en 2019 Amnistía Internacional había publicado un informe donde probaba que el gobierno marroquí utilizó el spyware israelí para espiar a dos conocidos defensores de derechos humanos, como parte de una campaña para silenciar toda crítica al régimen.

La investigación presentada por el Proyecto Pegasus fue explosiva en todo el mundo… menos en Israel. Allí no solo fue silenciada sino que los medios estuvieron y siguen ocupados con la histeria colectiva desatada por la noticia de que la compañía estadounidense fabricante de los populares helados Ben & Jerry’s (B&J) anunció que dejará de vender sus productos en las colonias israelíes instaladas en el territorio palestino ocupado (TPO). La medida no hace otra cosa que responder a directivas de la ONU –respaldadas por las principales organizaciones internacionales de derechos humanos− que ordenan a las empresas cesar toda actividad comercial en las colonias israelíes, ya que todas son ilegales ante el derecho internacional humanitario.

Helados Ben & Jerry’s en una tienda de Jerusalén (Jonathan Sindel/Flash90).

Y es que en un mundo donde las resoluciones de la ONU y la legalidad internacional fueran respetadas y no imperara el poder de la fuerza, quienes las violaran serían objeto de sanciones, y las empresas actuarían movidas por el temor y la intención de evitarlas. Es con ese fin que –después de muchas presiones y postergaciones− en 2020 la ONU dio a conocer por fin una lista (incompleta) de 112 empresas que operan en los TPO y por lo tanto podrían ser objeto de sanción. Algo similar ocurre con las directrices que en 2013 elaboró la Unión Europea para que ninguna financiación o cooperación del bloque se destine a las colonias israelíes en el TPO, pero cuyo cumplimiento no vigila.

B&J −cuyos dueños son judíos y suelen apoyar causas progresistas− fundamentó éticamente su decisión: «Creemos que es inconsistente con nuestros valores que el helado Ben & Jerry’s se venda en el TPO. También escuchamos y reconocemos las preocupaciones compartidas con nosotros por nuestros fanáticos y socios de confianza.» Esto alude sin duda a lo que viene solicitando desde 2005 el movimiento palestino de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), hoy de alcance global, inspirado en el movimiento internacional que contribuyó decisivamente a aislar y debilitar al régimen de apartheid sudafricano.

La decisión de B&J, en efecto, llegó tras años de campaña de organizaciones que impulsan el BDS en Estados Unidos, aunque no es la primera ni la más importante compañía en escuchar el llamado. ¿Por qué entonces esa desmedida reacción en Israel, acusando a la empresa de “nazi” y “antisemita”? El flamante canciller Yair Lapid llegó a calificar el anuncio de B&J de “vergonzosa capitulación” ante el antisemitismo, una acusación peligrosa y absurda. Políticos israelíes han comenzado a presionar a Estados Unidos para que sancione a la empresa, y están pidiendo específicamente al Congreso de ese país que aplique las injustas leyes de 31 estados que obligan a personas y empresas a comprometerse a no participar en el boicot a Israel (y a quienes se negaron a firmar se les han retenido los contratos y los pagos o se les ha despedido).

El periodista Gideon Levy lo explica con claridad en una columna donde afirma que «esta tempestad en una tarrina de helado nos enseña más sobre Israel que mil trabajos académicos.» Y ello se resume en dos palabas: negacionismo y victimización. La sociedad israelí ignora el inmenso sufrimiento cotidiano que su país inflige sobre las vidas de millones de palestinas/os, así como niega que el robo, la ocupación y colonización de sus tierras sean un crimen internacional impune desde hace siete décadas. Cuando algún hecho viene a recordárselo, inmediatamente se activa el mecanismo de la victimización colectiva, tan eficientemente inoculada en las mentes israelíes desde la infancia: el mundo nos odia. En medio del coro de lamentos y acusaciones por la osadía de B&J, lo que nadie se pregunta nunca, dice Levy, es por qué. Por qué, en este caso, un fabricante de helados estadounidense decide que, por principios éticos, no quiere seguir endulzándole la vida a los colonos ilegales.

Palestinos de la aldea de Tuba (en las Colinas al Sur de Hebrón) observan sus fardos de heno prendidos fuego por los colonos judíos de Havat Ma’on el 1/6/21. (Foto de Jaber Awad).

Esa autovictimización es, precisamente, lo que hace imposible a los israelíes aceptar que puede haber otras víctimas en el mundo; incluso muy cerca de su casa, del otro lado del Muro, o a pocos kilómetros al sur sobre la costa. Y mucho menos que su país pueda ser el victimario de otro pueblo. Como dice Levy: «Los helados lograron lo que no lograron las muertes de 67 niños en Gaza: recordar a los israelíes la ocupación.» Porque a la mayoría de la sociedad israelí le resulta indiferente que durante 11 días su ejército bombardee y asesine en Gaza a 67 ñiñas y niños (250 personas en total). También le tiene sin cuidado que en la reciente revuelta palestina en las ciudades israelíes la policía haya llevado a cabo centenares de detenciones arbitrarias y masivas, torturas y uso ilegítimo de la fuerza en manifestaciones pacíficas contra la población palestina con ciudadanía israelí, según denunció en un informe reciente Amnistía Internacional.

Tampoco se conmueve, y elige no enterarse, ante las constantes agresiones de todo tipo que la población palestina sufre –y resiste como puede− a lo largo y ancho de Cisjordania a manos del ejército de ocupación y los colonos judíos armados −verdaderas milicas que actúan con total impunidad, bajo la protección y en estrecha coordinación con el ejército−. De esto hay pruebas gráficas contundentes, como la investigación llevada a cabo por Yuval Abraham y publicada por The Intercept y +972 Magazine; allí se muestra en registros filmados (ver videos abajo) cómo el 14 de mayo esas milicias en colusión con los soldados mataron a cuatro palestinos en distintas localidades. Esa violencia crónica que a diario llena los medios informativos palestinos nunca es noticia en los israelíes ni en los occidentales. La periodista Amira Hass lo ilustró reseñando una larga lista de ataques perpetrados solo el sábado 10 de julio (día en que los colonos se supone deberían observar el Shabbat) y registrados rutinariamente por los medios palestinos.

Itzhak Levi, el jefe de seguridad de la colonia judía Yitzhar, conversando con soldados y otros colonos en la localidad palestina de Urif (Nablus), el 14/5/21. (Mazen Shehadeh)

Esas agresiones se han multiplicado en este verano ardiente: los colonos han arrancado, envenenado o incendiado centenares de árboles de olivo, higo y otros cultivos y vandalizado propiedades palestinas. Ali Awad, de la aldea de Tuba (al sur de Hebrón), relató cómo los colonos quemaron todo el forraje que su familia de pastores había comprado para alimentar sus ovejas durante todo el año. «Lo que los soldados no destruyen durante el día, los colonos lo incendian durante la noche», sintetizó el joven campesino; «Esta violencia está haciendo imposible seguir viviendo de la tierra, como ha hecho mi familia por generaciones.»

Pero quizás la peor crueldad de la ocupación colonial tuvo lugar el 7 de julio en el Valle del Jordán (donde en esta época las temperaturas llegan a los 50 grados), cuando las fuerzas israelíes destruyeron −por sexta vez en pocos meses− refugios humanos, corrales de animales y tanques de agua en la aldea pastoril de Khirbet Humsa. Tras desmantelar las carpas donde dormían sus 70 habitantes (la mitad menores de edad) y cargarlas junto con todos sus bienes, alimentos y agua en un camión militar, el ejército se las llevó para arrojarlas al descampado a unos 11 kilómetros de la aldea. La gente quedó a la intemperie y tuvo que esperar todo el día hasta que los soldados se fueron para ir a recuperar sus pertenencias desparramadas.

Pero ni esta violencia rutinaria cercana, ni el escándalo mundial ante la magnitud del espionaje facilitado por NSO y sus consecuencias letales han llamado la atención del público israelí, que solo ha reaccionado con indignación ante la «violación del derecho humano de los colonos a tomar helado». Por eso en un artículo titulado “Sí, déjennos sin helado” la activista israelí Sahar Vardi ironizaba preguntándose si también la población de Khirbet Humza se habría quedado sin helado; y respondía que no, porque no tiene refrigeradores ni electricidad, ni tampoco agua potable, al igual que las demás aldeas que están en Cisjordania bajo total control del ejército de ocupación en la zona C y sufren constantes demoliciones sin que a la opinión pública israelí le importe nada. Y concluía que por eso es necesario que haya muchas más acciones como la de B&J para recordarle a los israelíes que la ocupación existe, «al igual que los trabajadores palestinos están obligados a recordarlo cada mañana cuando pasan por un checkpoint militar y se preguntan si su casa existirá cuando regresen por la noche. (…) La realidad es que necesitamos que alguien nos deje sin helado para recordar que estamos ocupando a otro pueblo.»

 

Columna publicada en el portal Desinformémonos el 25/7/21.

 

En lo que va del año las fuerzas israelíes asesinaron a 11 adolescentes, según informa Defensa de la Niñez Internacional-Palestina. En junio mataron a los adolescentes Ahmad Bani Shamsa y Mohammed Hamayel en el pueblo de Beita (Nablus), en el marco de las protestas contra el robo de tierras por los colonos ilegales. Estos son los dos últimos.

Registro filmado del ataque conjunto de soldados y colonos armados de Yitzhar contra la población palestina de Urif (al suroeste de Nablus) el 14/5/21. Tras arrancar 60 olivos e higueras, empezaron a disparar a los pobladores; Nidal Safadi (25, padre de 4) fue asesinado, no se sabe si por soldados o por colonos.

Registro en video del ataque de colonos armados de Yitzhar y soldados el mismo día 14/5/21 en la vecina localidad de Asira Al-Qibliya, donde Hussam Asaira (19) fue asesinado:

Registro en video del ataque de los colonos de Yitzhar -también el 14/5/21- contra el pueblo de Burin (vecino de los anteriores, cerca de Nablus). Tras incendiar un coche particular, rompieron vidrios y lanzaron gas lacrimógeno dentro de la casa de Muhammad Amran y su familia. Varios palestinos resultaron heridos en el incidente, pero no hubo muertos:

 

Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania. Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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