El terror es la única vía abierta a los palestinos

Ante la ola de atentados recientes que han dejado varias personas israelíes muertas, e independientemente de la discusión sobre quién puede estar detrás de ellos -las versiones van desde ‘lobos solitarios’, pasando por grupos armados palestinos, hasta extremistas con vínculos o simpatías con el DAESH-, vale la pena leer esta columna de Gideon Levy.

 

Tras el atentado del 29 de marzo en Bnei Brak, suburbio de Tel Aviv (Tomer Appelbaum).

 

Gideon Levy

 

El terror es el único camino que tienen los palestinos para luchar por su futuro. Es la única vía que les permite recordarles a Israel, a los Estados árabes y al mundo su existencia. No tienen otro camino. Israel les ha enseñado esto. Si no utilizan la violencia, el mundo entero se olvidará de ellos.

Esto no es una especulación hipotética: se ha demostrado en la realidad, una y otra vez. Cuando se callan, el interés por su causa se evapora y desaparece de la agenda de Israel y del resto del mundo.

Miren lo que ocurre con Gaza entre una y otra escalada de cohetes. ¿Quién le presta atención? ¿A quién le importa? Todo el mundo quiere olvidarse ya de la existencia del pueblo palestino. La gente está cansada de oír hablar del sufrimiento palestino; y el silencio lo hace posible.

Sólo cuando vuelan las balas, los cuchillos atacan y los cohetes estallan, la gente recuerda que hay otro pueblo aquí con un terrible problema que debe ser resuelto. La conclusión es dura y aterradora: sólo a través del terrorismo serán recordados, sólo a través del terrorismo podrán obtener algo.

Una cosa es segura: si dejan las armas, están condenados a convertirse en los nativos americanos de Oriente Medio: una minoría olvidada cuya causa se ha extinguido para siempre.

Se puede discutir sobre la legitimidad del terror palestino y su definición: quién mata más y quién es más brutal, si Israel o ellos.

En las últimas semanas, hemos informado aquí sobre un estudiante palestino que salió de excursión y fue asesinado de un disparo en la cabeza, sobre un chico que sostenía un cóctel molotov ante un muro de 20 metros de altura y fue asesinado de un disparo en la espalda, sobre un hombre que regresaba de hacer deporte cuando los soldados dispararon 31 balas contra su coche, y sobre un adolescente que corría huyendo de los agentes de la Policía de Fronteras, que le dispararon 12 balas y lo mataron. ¿No es esto también terror? ¿En qué se diferencia de Bnei Brak?

La violencia es siempre brutal e inmoral: la violencia de los terroristas que disparan indiscriminadamente contra transeúntes inocentes, y la violencia uniformada autorizada por el Estado contra personas palestinas inocentes, como una cuestión de rutina.

Los palestinos estuvieron relativamente tranquilos durante meses, mientras sufrían la violencia y enterraban a sus muertos, y perdían sus tierras, sus casas y sus últimos restos de dignidad. ¿Y qué obtuvieron a cambio? Un gobierno israelí que declara que la cuestión de su suerte no será discutida en ningún momento en el futuro próximo, porque no es un asunto cómodo para el gobierno de coalición en su actual composición.

Y luego vino la cumbre de Sde Boker [la reunión de normalización de Israel con gobernantes árabes y EE.UU.]. Seis ministros de exteriores diciéndoles: su suerte no nos interesa. Hay asuntos más urgentes e intereses más importantes.

¿Qué estaban pensando allí, en el hotel Kedma? ¿Que se tomarían fotos, sonreirían y se abrazarían y visitarían la tumba del fundador de Israel, el comandante que supervisó la Nakba −“Aquí es donde todo comenzó”, como dijo Yair Lapid− y los palestinos y las palestinas se alegrarían? ¿Que verían cómo se les dejaba sangrando al costado de la carretera, y se quedarían callados? ¿Que tal vez se conformarían con los caramelos de colores que el gobierno les arrojó en honor al evento: 20.000 permisos de trabajo para obreros de Gaza? ¿Y qué pasa con las otras 1.980.000 personas gazatíes que viven bajo el bloqueo?

Los ataques terroristas son el castigo; el pecado es la arrogancia y la sensación de que nada es  urgente: Israel se encuentra ahora en una situación incómoda; la coalición de gobierno es delicada, las cosas nunca han sido cómodas para ella; ahora está Irán, y un nuevo Oriente Medio, libre del pueblo palestino.

Pero no está funcionando. Y evidentemente nunca funcionará. Los palestinos no tienen otra forma de demostrarlo, aparte de disparar en las calles. Un joven desconocido de Ya’bad que mató a civiles y a un policía hizo que Israel viera esto; no lo habría hecho de otro modo.

Hay que luchar contra el terrorismo, por supuesto. Ningún país puede permitir que su pueblo viva con miedo y en peligro. Cumbres como la de Sde Boker son también un avance alentador, y el ministro de Asuntos Exteriores de EAU, el jeque Abdullah bin Zayed, es una persona impresionante, inteligente y cálida.

Pero cuando Lapid dijo: “Aquí es donde todo comenzó”, bien podría haber querido decir que aquí es donde empezó otra ola de atentados terroristas: la que pretende recordarle a él y a sus colegas que, aunque cenaran kebab de pescado en hojas de olivo, arroz “Ben-Gurion” y los últimos pomelos del invierno, a sólo dos horas de distancia un pueblo sigue asfixiándose bajo la brutal y totalitaria ocupación israelí.

 

Publicado en Haaretz el 31/3/22. Traducción: María Landi.

Tras reunirse en la Cumbre del Néguev, los ministros de Asuntos Exteriores de Bahréin, Egipto, Israel, EE.UU., Marruecos y Emiratos Árabes Unidos, posan para una fotografía el 28/3/2022, en Sde Boker, al sur de «Israel». (AP Photo/Jacquelyn Martin, Pool)

Leer también la reflexión de Jonathan Kutab (abogado palestino, director de FOSNA): Violencia, de la cual extraigo un fragmento:

(….) el mayor problema de quienes denuncian la violencia palestina no es sólo su selectividad y el mayor valor que otorgan a las vidas judías e israelíes, o incluso su incapacidad para examinar el contexto sociopolítico que condujo a la violencia en primer lugar. Es que su crítica a la violencia se limita únicamente a las muertes y lesiones de actores individuales que disparan, apuñalan o bombardean a sus enemigos.

Para las y los palestinos, la violencia perpetrada contra ellos no se limita a las armas y los disparos israelíes, aunque sean significativos. A menudo es más sutil y omnipresente, y abarca todos los ámbitos de sus vidas. El símbolo de la violencia israelí para las personas palestinas a menudo no es el arma, sino el bulldozer.

Por tanto, en nuestra condena de la violencia, nombramos y condenamos:

  • la violencia de los colonos israelíes, que destruyen y dañan las propiedades palestinas, talan sus árboles y arruinan sus cosechas;

  • la violencia por la continua invasión y apropiación de los colonos, con la aprobación del Estado, sobre cada vez más tierras, hogares y propiedades palestinas;

  • la violencia por la demolición de hogares palestinos como medio de castigo colectivo;

  • la violencia por la demolición de viviendas palestinas por haber sido construidas sin permiso, después de no haber proporcionado esquemas de permisos y planificación para permitir la construcción legal por parte de la población árabe, particularmente en el Área C de Cisjordania y en Jerusalén Este, así como en el Naqab y la Galilea;

  • la violencia por los muros y los puestos de control, que restringen la circulación y favorecen un entorno para la humillación y la opresión;

  • la violencia de las leyes racistas que impiden la convivencia de las familias, niegan la reunificación familiar y rechazan los visados para las familias palestinas y sus seres queridos;

  • la violencia que aterroriza a los niños palestinos y a sus familias mediante detenciones a medianoche y allanamientos de morada, y  los somete a los tribunales militares;

  • la violencia que supone la detención administrativa arbitraria (sin cargos ni juicio) de cientos de palestinos, así como la amenaza constante de aplicar tales medidas administrativas que pende sobre todo un pueblo;

  • la violencia que supone el inhumano bloqueo a Gaza por tierra, aire y mar, que se prolonga desde hace 15 años;

  • la violencia de la matriz de control y dominación que Israel impone sobre la población palestina, negando los derechos humanos básicos, incluido el derecho a la autodeterminación, y que la mantiene en un estado de subyugación permanente (calificado como régimen de apartheid por múltiples organizaciones internacionales);

  • la violencia que condena todas las formas de resistencia palestina (incluso la no violenta) como «terrorismo», mientras se financia y amplía el presupuesto militar israelí con miles de millones de dólares y se le proporcionan las últimas tecnologías letales;

  • la violencia por parte de todos los que promueven soluciones militares y proporcionan asistencia militar, en lugar de trabajar por la paz.

 

 

Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania. Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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