Por qué la Autoridad Palestina debería disolverse

 

Ilustración de Christina Hägerfors para la versión original publicada en el NYT.

 


Diana Buttu*

 

La reunión del presidente Trump esta semana con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, fue lanzada como un esfuerzo por parte del autor de “The Art of the Deal” para reanudar el proceso de paz patrocinado por Estados Unidos, y estancado desde hace mucho tiempo. Pero a medida que se acerca el próximo 50º aniversario de la ocupación israelí, hay algo más que claro: el proceso está peor que estancado. Ante un gobierno de derecha intransigente en Israel, que no cree que la población palestina debe tener plenos derechos, las negociaciones son inútiles.

¿En dónde deja esto al Sr. Trump y a la política estadounidense de promover a la Autoridad Palestina y al Sr. Abbas? Dado el abyecto fracaso de las conversaciones basadas en un marco de bancarrota que favorece fuertemente a Israel, cada vez más palestinos y palestinas están debatiendo la necesidad de un nuevo liderazgo y una nueva estrategia.

Muchos cuestionan ahora si la Autoridad Palestina desempeña algún papel positivo o simplemente es una herramienta de control para Israel y la comunidad internacional. La lógica ineludible es que es hora de que la Autoridad se vaya.

Establecida en 1994 bajo los Acuerdos de Oslo, la Autoridad Palestina estaba destinada a ser un órgano temporal que se convertiría en un gobierno plenamente operativo una vez que se otorgara la condición de Estado, prometida para 1999. La jurisdicción de la açAutoridad ha sido siempre, por ello, limitada: está a cargo de un mero 18% de Cisjordania (dividida en ocho distritos). En comparación con el control general de Israel sobre Cisjordania y la Franja de Gaza ocupadas, los poderes de la Autoridad Palestina son insignificantes.

Para mucha gente palestina, sin embargo, el establecimiento de su propio gobierno fue un sueño realizado. Finalmente, quienes habían vivido bajo ocupación desde 1967 se verían libres del gobierno militar represivo de Israel para pasar a gobernarse a sí mismos. Clamaban por asumir cargos en el nuevo organismo y se enorgullecían de establecer instituciones, a pesar de los obstáculos impuestos por el gobierno israelí. A medida que las negociaciones se prolongaban bajo Oslo, esos obstáculos se hicieron más arraigados.

Después de más de dos décadas, las conversaciones no han producido ningún progreso. Pasé varios años involucrada en las negociaciones del lado palestino, y puedo atestiguar su futilidad. Los delegados palestinos, que necesitaban permisos para entrar a Israel a participar en las conversaciones, eran detenidos rutinariamente en los checkpoints israelíes. Cuando hablábamos del Derecho Internacional y de la ilegalidad de las colonias, los negociadores israelíes se nos reían en la cara.

‘El poder es todo -nos decían-, y ustedes no tienen ninguno’.

A medida que pasaba el tiempo, quedó claro que el presupuesto de la Autoridad y sus prioridades estaban orientadas principalmente a garantizar que el palestino siguiera siendo uno de los pueblos más vigilados y controlados de la tierra. En efecto, la Autoridad Palestina sirvió de subcontratista para el ejército israelí ocupante. Se nos dijo que el enfoque abrumador en la seguridad era necesario para la duración de las conversaciones de paz. Hoy en día, un tercio del presupuesto de aproximadamente 4 mil millones de dólares que tiene la Autoridad va para la Policía; más que para la salud y la educación juntas.

Estas fuerzas de seguridad no brindan un servicio policial normal a la población palestina, sino que ayudan al Ejército israelí a mantener la ocupación y las colonias en constante expansión. La internacionalmente elogiada “cooperación en materia de seguridad” entre Israel y la Autoridad Palestina sólo ha resultado en la detención y el encarcelamiento de personas palestinas, incluyendo los y las activistas no violentas de derechos humanos, mientras que los colonos israelíes armados y violentos pueden aterrorizar a la población palestina con total impunidad. La Autoridad Palestina no tiene jurisdicción sobre los colonos, y el ejército israelí casi siempre mira hacia otro lado.

La razón de ser de la Autoridad Palestina en la actualidad no es liberar a Palestina: es mantener al pueblo palestino en silencio y aplastar el disenso, mientras Israel roba tierras, destruye casas palestinas y construye y expande sus colonias. En lugar de convertirse en un Estado soberano, la Autoridad Palestina se ha convertido en un Estado proto-policial, una dictadura virtual, respaldada y financiada por la comunidad internacional.

Miren a su líder. Con 82 años de edad, Abbas ha tenido el control de la ANP por más de 12 años, gobernando por decreto presidencial durante la mayor parte de ese tiempo, sin mandato electoral. Ha gobernado durante algunos de los peores días de la historia palestina, incluyendo la desastrosa división –que lleva una década− entre su partido Fatah y Hamas (el otro actor importante en la política palestina), y tres devastadores ataques militares israelíes contra Gaza.

Bajo su presidencia, el Parlamento palestino se ha vuelto moribundo e irrelevante. Muchas personas nunca votaron en las elecciones presidenciales o parlamentarias porque el Sr. Abbas no las ha convocado, a pesar de que está previsto en la Ley Fundamental que rige a la ANP. Los últimos sondeos de opinión muestran que su popularidad está en su nivel más bajo: dos tercios de la población palestina está tan desconforme que quiere que renuncie.

Un número igualmente alto ya no cree que las negociaciones les traerán la libertad. La ANP institucionaliza la dependencia de los donantes internacionales, que atan sus manos con condiciones políticas. Como resultado, incluso recurrir a la Corte Penal Internacional para responsabilizar a Israel por la construcción ilegal de colonias debe ser sopesado por las probables repercusiones financieras de una acción tan elemental.

Para eliminar este lazo que ha estado asfixiando al pueblo palestino, la ANP debe ser reemplazada por el tipo de toma de decisiones a nivel comunitario que precedió al establecimiento del cuerpo. Y debemos reformar nuestro principal órgano político: la Organización para la Liberación de Palestina −que también dirige Abbas−, para que sea más representativa del pueblo palestino y de sus partidos políticos, incluido Hamas. Hamas ha indicado durante mucho tiempo que quiere ser parte de la OLP, y sus estatutos revisados, recientemente hechos públicos en Doha (Qatar), afirman esta aspiración.

Con el proceso de negociación muerto, ¿por qué la gente debería estar obligada a aferrarse a la ANP, que únicamente ha servido para socavar su lucha de décadas por la justicia, y para contribuir a dividirla?

Teniendo en cuenta que hay alrededor de 150.000 empleados que dependen de la ANP para recibir sus salarios, no me hago ilusiones de que disolverla será sencillo o sin costo. Pero es la única vía para restaurar nuestra dignidad y un poder de decisión independiente. Una OLP reformada, con renovada credibilidad, será capaz de recaudar fondos palestinos y de las naciones amigas para apoyar a quienes viven bajo la ocupación, como lo hacía antes del proceso de Oslo.

Para algunas personas, esto puede sonar a renunciar al sueño nacional de autogobierno. No lo es. Al desmantelar la ANP, el pueblo palestino puede enfrentar de nuevo a la ocupación israelí de una manera estratégica, en contraste con las ofertas de estatalidad meramente simbólicas de Abbas. Esto significa apoyar las iniciativas comunitarias que organicen protestas masivas no violentas y presionen mediante boicots, desinversiones y sanciones a Israel, al estilo de las que ayudaron a acabar con el apartheid en Sudáfrica.

Esta nueva estrategia puede significar exigir igualdad de derechos dentro de un solo estado, una salida infinitamente más justa y alcanzable que el proceso respaldado por Estados Unidos, el cual pretendía que la paz podría llegar sin considerar los derechos de las personas palestinas refugiadas o con ciudadanía israelí. Ya más de un tercio de la población palestina en los territorios ocupados apoya la solución de un solo Estado, sin que ningún partido político importante abogue todavía por esa opción.

Al desmantelar la Autoridad Palestina y reformar la OLP, la verdadera voluntad del pueblo palestino se hará escuchar. Si el final del juego es dos estados o un estado, es a esta generación de palestinos y palestinas a quienes les toca decidirlo.

 

* Diana Buttu es abogada y fue consejera del equipo negociador de la OLP para el proceso de Oslo, del cual es crítica.
Publicado en el New York Times el 26/5/17. Traducción: Biladi. Editada por María Landi.

 

Diana Buttu habla con elocuencia y lucidez crítica sobre el ‘proceso de paz’ y el tramposo paradigma de Oslo, de los que fue directamente testigo, y sobre la necesidad del BDS. De 2010, pero totalmente vigente (video de Alternate Focus, 36′, en inglés):

 

 

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Publicado en Acuerdos de Oslo, autodeterminación, Colonias Israelíes ilegales, Normalización, Proceso de paz, Refugiados/as, Resoluciones de la ONU | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Gaza x 2

Niños de Gaza refrescándose en el verano (Nidal-Alwaheidi 2015).

Comparto aquí dos artículos que escribí este último mes sobre Gaza:

¿Dejaremos morir a Gaza?, columna mensual en el portal mexicano Desinformémonos.

El experimento Gaza, artículo en el semanario Brecha de Uruguay. Por ser éste de lectura restringida para suscriptores, lo reproduzco abajo del video.


Video: “Gaza: can you imagine?” (Gaza: ¿puedes imaginarte?):

 

El experimento Gaza


María Landi

 

Publicado en el semanario Brecha  de Uruguay el 28/7/17


Estos días el periodista israelí Gideon Levy publicó una de sus incisivas columnas titulada “Israel experimenta con el sufrimiento humano en Gaza”, señalando que el ensayo se lleva a cabo sin aprobación científica ni interés internacional, y que el grupo experimental está compuesto por los dos millones de seres humanos que sobreviven encerrados en esa cárcel de 360 km2.

En efecto, Gaza es un laboratorio de pruebas donde Israel experimenta desde su moderno y sofisticado armamento hasta cuánto puede resistir un grupo humano hacinado, hambreado y encerrado en un pequeño pedazo de tierra sin energía eléctrica ni combustible, sin agua potable ni saneamiento, sin equipamiento hospitalario ni medicinas, sin economía funcionando, sin trabajo, sin presente ni futuro.

Un 70 por ciento de la población de Gaza son familias que huyeron o fueron expulsadas de sus ciudades y pueblos en 1948 por las milicias sionistas que crearon el Estado de Israel. La mitad de sus habitantes vive aún en campos de refugiados, y tiene una alta natalidad. Por eso la Franja es uno de los lugares más densamente poblados del mundo, y se espera que en tres años haya un 10% más de habitantes.

En siete décadas Gaza ha atravesado períodos de régimen militar, colonización, aislamiento y bombardeos periódicos. Pero el actual bloqueo que la ha sumido en la peor miseria fue impuesto por Israel hace justamente diez años, cuando Hamas se hizo con el control de la Franja, después de ganar las elecciones legislativas en 2006. Encerrada por aire, tierra y mar por Israel, Gaza sólo respiraba a través de Egipto (ya sea por el paso de Rafah o los túneles subterráneos). Pero eso se terminó cuando en 2014 el electo Presidente Al Sisi se alió con Israel para endurecer el bloqueo.

En 2015 un informe de UNCTAD alertó que para 2020 la Franja de Gaza sería inhabitable por falta de energía y agua potable, así como por la destrucción de infraestructura vital provocada por la ofensiva israelí de 2014[1]. El informe señaló que 95 por ciento del agua que bebe la población de Gaza no es potable. Tres años después de ese ataque, que dejó un saldo devastador en vidas humanas[2], Gaza atraviesa su peor crisis humanitaria, sanitaria y energética. Un nuevo informe dado a conocer este mes por el Coordinador de Asuntos Humanitarios de la ONU en Palestina muestra que ya se estaría llegando a ese límite.

Desesperación provocada

La población de Gaza es resiliente, valiente, creativa y muy culta (un porcentaje importante ha estudiado en alguna de sus tres universidades y habla varios idiomas); pero está siendo arrastrada hacia la desesperación. Ese es el objetivo más perverso del ‘experimento’.

El cerco israelí impide labrar en un 35 por ciento de la poca tierra disponible y pescar en el 85 por ciento del mar de Gaza (donde la Marina israelí con frecuencia dispara a los pescadores o les confisca sus barcas), así como exportar lo poco que se produce (40 veces menos que en 2005); por eso el desempleo juvenil es del 70 por ciento, y 80 por ciento de la población vive de la ayuda humanitaria. “Nos han convertido en un pueblo de mendigos”, dicen muchos palestinos que tienen salud, edad y formación para desempeñarse exitosamente en cualquier rama de actividad.

La joven analista gazatí Ayah Abubashir dijo estos días que la tasa de suicidio y el uso de drogas han aumentado alarmantemente, al igual que la violencia doméstica y las disputas entre familias o vecinos; la tasa de divorcio subió del 2 al 40 por ciento, y aparecen fenómenos nuevos como la prostitución y la mendicidad infantil, ambas reflejo de la desesperante situación económica.

Dejamos de soñar porque no podemos hacer nada: cada vez que tenemos un proyecto sólo cosechamos frustración, porque no podemos llevarlo a cabo. Yo no hago más planes, sólo pienso en mañana o en la semana que viene, porque no sé qué pasará en Gaza mañana, si habrá una guerra y moriré, si nos veremos todos arrastrados por las batallas políticas internas“, expresó Farah Baker, universitaria de 19 años que es muy activa en las redes sociales porque son su “única manera de trasladarme fuera de Gaza, aunque sea virtualmente“.

Rehenes del juego político

Gaza lleva mucho tiempo sobreviviendo con un déficit energético crónico. La nueva generación no sabe cómo es tener electricidad las 24 horas del día. En cada nueva ofensiva, Israel se asegura de dañar la única planta eléctrica que existe, y luego de impedir que sea reconstruida.

Gaza necesita unos 400 MW de energía, pero debido a la baja producción de su planta (unos 70-80 MW), a los constantes recortes del suministro que recibía de Israel (120 MW) y de Egipto (30 MW) y a las restricciones impuestas al ingreso de combustible, desde hace años la población ha estado viviendo sin electricidad durante ocho o más horas al día. Además de las aguas residuales que son vertidas al mar sin tratamiento, y del agua que no puede ser potabilizada, la falta de energía también hace imposible bombearla hacia las viviendas de los edificios de altura. En febrero Israel también redujo a la mitad el suministro de gas para cocinar.

Pero esta ya difícil situación se agravó aún más el mes pasado cuando el gobierno israelí, accediendo a un pedido del Presidente de la ANP (que decidió dejar de pagarle la energía destinada a Gaza) cortó el ya insuficiente suministro eléctrico, dejando a la población con dos a tres horas de electricidad al día −en un verano en el que las temperaturas están arriba de los 40 grados.

Indiscutiblemente Israel es el principal responsable de esta intolerable situación; pero no es el único. La población de Gaza está siendo rehén de la eterna disputa política entre los rivales Fatah (que controla la ANP, asentada en Cisjordania) y Hamas, que controla Gaza. Una disputa que ciertamente Israel se ha encargado de aceitar por todos los medios posibles. Ahora la ANP de Mahmud Abbas parece decidida a golpear a Hamas a cualquier precio, y no le importa sumir a dos millones de compatriotas en la desesperación. A principios de año anunció un recorte severo (entre 30 y 70 por ciento) de los salarios de sus funcionarios asentados en Gaza; un duro golpe para una economía estrangulada por el bloqueo que necesita vitalmente del consumo interno.

En el CTI infantil del hospital Al Rantisi, los pequeños están conectados a respiradores que solo funcionan unas pocas horas al día. Sus vidas dependen de un generador que a veces se estropea. Bara Ghaben, Ibrahim Tbeil y Musab Arair, menores de un año, y Yara Ismail, de tres, sufrían de insuficiencia cardíaca congénita. Están entre los 16 pacientes que murieron recientemente esperando el permiso para ser trasladados a hospitales fuera de Gaza donde podrían salvar sus vidas. Las solicitudes son tramitadas ante Israel por la ANP, que −como parte de su guerra contra Hamas− desde abril está demorándolas o ignorándolas.

Con estas medidas Abbas espera que la población de Gaza se rebele contra Hamas. Y también quiere castigar a su rival que, en la búsqueda de apoyos externos para superar la crisis insostenible, ha decidido aliarse con su antiguo enemigo Mohammed Dahlan, ex hombre fuerte de Fatah pero hoy rival de Abbas. Dahlan –que en 2007 fue el operador de Abbas para intentar derrotar a Hamas en Gaza− es el favorito del ‘cuarteto árabe’ (Egipto, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania) para suceder a Abbas.

Todos contra Gaza

Esta insólita movida se explica también porque las sanciones impuestas a Qatar por Arabia Saudita y sus aliados han dejado a Hamas en un aislamiento aún mayor: Qatar era hasta ahora el único apoyo externo que le quedaba, y su contribución a la reconstrucción de Gaza fue fundamental desde 2014. Dahlan, que tiene muy buenas relaciones con los países del Golfo, puede gestionar ayudas que Hamas necesita desesperadamente. El acuerdo incluiría además que Egipto suministre combustible a Gaza y abra el paso de Rafah, también vital para aliviar el bloqueo. A cambio, Al-Sissi espera que Hamas lo ayude a combatir a los grupos yihadistas que operan en el Sinaí.

Benjamín Netanyahu dijo que la decisión de cortar el suministro eléctrico a Gaza es “un conflicto interno entre palestinos”. Pero Amnistía Internacional, Human Rights Watch y 16 organizaciones de derechos humanos le recordaron a Israel que, según el Derecho Internacional Humanitario, como potencia ocupante tiene obligaciones directas e irrenunciables hacia la población ocupada; y dejarla sin suministro eléctrico constituye un crimen de guerra.

Si algo le faltaba al gobierno ultraderechista de Netanyahu para envalentonarse aún más, era tener a Donald Trump como principal aliado. La provocación gratuita, la arrogancia racista y la violencia de palabra y de acción son la única política hacia el pueblo palestino, que desde Jerusalén hasta Gaza está siendo empujado a la desesperación sin salida. Y como también advertía Gideon Levy, “la persona sin nada que perder es el enemigo más peligroso”.

 

[1] Además de las 500.000 personas que resultaron desplazadas por el ataque, UNCTAD estimó enormes daños económicos y de infraestructura, incluyendo más de 20.000 viviendas (70 por ciento de las cuales todavía están en ruinas), 148 escuelas y 15 hospitales.
[2] 2.200 personas murieron, incluyendo 550 niñas y niños, y más de 11.000 sufrieron mutilaciones o lesiones, muchas permanentes.

Una de las infografías realizadas por Visualizing Palestine para el tercer aniversario de “Margen Protector”.

Leer más:

Han conseguido convertir Gaza en un lugar inhabitable

“Mi niño se murió ante mis ojos”

¿Está realizando Israel un nuevo “experimento” con seres humanos en Gaza?

¿Es un estado en Sinaí-Gaza una posibilidad para los palestinos?

A Palestinian walks through flood water following heavy rain in the northern Gaza Strip, February 16, 2017. MOHAMMED SALEM/REUTER

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¿Todavía esperando al Gandhi palestino? Ella/él ya está aquí

Periodista ayudando a dos escolares a pasar a través de un checkpoint relámpago en Cisjordania (Crédito al pie de la foto).

Zaha Hassan*

 

La segunda pregunta más común que se le hace a una persona palestino-americana (después de “¿Dónde está Palestina?”) es: “¿Dónde está el Gandhi palestino?”.

Los estadounidenses quieren saber por qué los palestinos no emplean tácticas no violentas para poner fin a tantas décadas de opresión y colonización de su tierra.

Por supuesto, implícita en esta pregunta está la suposición −cultivada por las representaciones del “árabe enojado” y el musulmán nihilista en los medios masivos (así como por campañas de incidencia bien financiadas por grupos de presión y sus “think tanks”), que presentan a todo el Medio Oriente como un hervidero de odio contra el Occidente cristiano− de que los palestinos están genéticamente predispuestos a la violencia.

La verdad es que si alguna vez se le diera el Premio Nobel de la Paz a un pueblo entero por la moderación que ha demostrado y la obstinada determinación de sobrevivir, perseverar y construir un mañana mejor, a pesar de los intentos sistemáticos de borrarlo −incluso de los intentos de negar su misma existencia, a lo Golda Meir−, habría que dárselo al pueblo palestino.

Porque ¿dónde hay otro precedente de encarcelamiento de dos millones de personas, deliberadamente convertidas en dependientes de alimento, agua y energía durante una década entera, mientras persiste la narrativa de que todo se justifica por la “seguridad” de Israel, como el que sufre actualmente Gaza?

¿Dónde hay otro precedente de siete millones de personas a las que se les niegue el derecho de regresar a sus hogares y propiedades confiscadas hace siete décadas, simplemente porque son de la religión equivocada, mientras que nuevos asentamientos ilegales se expanden furiosamente en el pedazo de tierra de Cisjordania que se supone debería formar parte de su futuro Estado?

¿Dónde hay otro precedente de estados y organismos multilaterales responsables de garantizar la aplicación del derecho internacional y la legalidad, exigiéndole a un pueblo ocupado que haga cada vez más concesiones, y que negocie para legitimar los crímenes de guerra y normalizar la existencia de su ocupante?

La verdad es que cada niñita de Cisjordania que cruza un puesto de control militar para llegar a la escuela es una Rosa Parks. Cada prisionero que arriesga su vida durante semanas en una huelga de hambre para desafiar su encarcelamiento y las condiciones del mismo es un Mandela, y cada residente de Gaza que sobrevive a las privaciones deshumanizantes es un Gandhi palestino.

¿Cuántos miles de alfombras de oración más tienen que desplegarse en las calles de Jerusalén para que la resistencia no violenta palestina sea no sólo reconocida sino apoyada y alentada? ¿Cuántas protestas semanales más deben tener lugar en Bi’lin y otras aldeas en Cisjordania? ¿Cuántas carpas de la paz más tienen que ser levantadas y derribadas en Jerusalén y en el Naqab?

La verdadera cuestión, sin embargo, no es cuantificar las protestas, sino asegurarse de que el mundo las conozca.

Gandhi sabía esto. Martin Luther King Jr. lo sabía también. Y el gobierno israelí, [el lobby judío] AIPAC y los interesados ​​en mantener el dominio de Israel sobre Palestina lo saben. Y es por eso que proyectos legislativos escandalosos como la ley anti-BDS 720 del Senado están circulando por los pasillos del Congreso. El proyecto de ley, elaborado con la participación de AIPAC, convertiría en un delito punible con hasta 20 años de cárcel y una multa de hasta un millón de dólares abogar por el uso de tácticas económicas no violentas contra Israel.

¿Se imaginan a Rosa Parks encarcelada durante 20 años por organizar el boicot a los autobuses segregados? ¿O a Martin Luther King Jr. obligado a pagar un millón de dólares por boicotear los comedores racistas?

Debería quedar claro para todo el mundo que está mal penalizar la libertad de expresión que busca acabar con una injusticia. Cuando se les presentan los hechos, los estadounidenses lo entienden. Y poco a poco, pero con certeza, algunos miembros del Congreso que inicialmente copatrocinaron el proyecto de ley en una típica genuflexión ante AIPAC (“¿Dónde hay que firmar?”) están viendo la luz, como la senadora Gillibrand, que al ser alertada por la American Civil Liberties Union sobre las amenazas a la libertad de expresión y las debilidades  constitucionales del proyecto de ley, y ser convocada por sus votantes en una reunión del ayuntamiento, expresó su voluntad de repensar su apoyo.

Así, mientras que CNN y Fox News pueden no estar mostrando a los cientos y miles de palestinos/as que han estado orando en las calles de Jerusalén la la semana pasada en protesta por el intento disimulado de Israel de ejercer su soberanía sobre el Haram Al Sharif, estos intentos legislativos de los defensores de Israel de acabar con el apoyo a la resistencia palestina no violenta en los territorios ocupados o en el exterior están encendiendo focos de estadio sobre estos temas.

Activistas de todos los movimientos progresistas están tomando consciencia de cómo sus libertades civiles están siendo puestas en peligro para proteger la ocupación israelí en Palestina. Del mismo modo, cuando las aerolíneas estadounidenses aplican la legislación israelí impidiendo a defensores de derechos humanos viajar a Israel (incluyendo a judías estadounidenses, una de ellas rabina), los estadounidenses ven la conexión entre eso y las aborrecibles prohibiciones de viajes impuestas por la Administración Trump.

El pueblo palestino y sus aliados deberían desear (y orar en las calles) que Israel continúe revelando la verdadera naturaleza de su opresión, mientras continúan valiéndose de tácticas no violentas probadas para llevar la justicia y el derecho hacia una comprensión más verdadera de las causas y las soluciones al conflicto Israel-Palestina.

No hay manera más poderosa de exponer una injusticia y de corregir las percepciones erróneas asociadas a esa injusticia que a través del opresor mismo. Rosa Parks, el Dr. King y Gandhi sabían esto, y también los saben los palestinos y palestinas y quienes se solidarizan con ellos.

 

*Zaha Hassan es una abogada de derechos humanos, residente en Washington DC. Fue la coordinadora y asesora legal principal del equipo negociador palestino.
Publicado en Haaretz el 30/7/17. Traducción: María Landi.
Fotos tomadas por María Landi en la Ciudad Vieja y alrededores de Al-Jalil (Hebrón) entre octubre y diciembre de 2011:

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Jerusalén: las imágenes cuentan otra historia

Explanada de las Mezquitas, 27/7/17. Al fondo, la Cúpula de la Roca. (Activestills)

Otra vez las noticias en los medios hegemónicos sobre esta nueva crisis en Jerusalén (Al Quds) nos instalan en el reino del revés.
Es siempre así. No importa lo que los palestinos y palestinas como pueblo ocupado y colonizado hagan o dejen de hacer, y mucho menos lo que Israel como potencia colonial ocupante les haga día tras día y década tras década sin que los grandes medios se den por enterados. Los palestinos son siempre los malos de la película: sus acciones nunca son defensivas, ni de resistencia, ni la reacción ante una escalada de agresiones o provocaciones que desbordó el vaso de su proverbial paciencia.
Las causas, los antecedentes  y el contexto de esa violencia palestina que, según  los medios, parece brotar espontánea y visceralmente de la nada, como una erupción imprevista, nunca importan. Si en una semana las fuerzas israelíes -que andan siempre armadas a guerra en medio de la población civil en las localidades palestinas ocupadas (incluidos los barrios de Jerusalén Este, su Ciudad Vieja y sus lugares santos)- matan arbitrariamente a tres o cuatro palestinos (por protestar, por tirar piedras, por portar un cuchillo, o simplemente por estar en el lugar y en el momento equivocados, que puede ser su propia casa), y por efecto acumulado al final un palestino o palestina dice ‘basta’ y agrede a un soldado o un colono ocupante, las agencias internacionales van a informar sobre la agresión palestina; nunca sobre las anteriores o simultáneas agresiones israelíes.
Esta nueva crisis no es excepción a esa dinámica. Éste es el relato de lo ocurrido, según los medios occidentales: tres violentos palestinos mataron a dos policías israelíes encargados de ‘mantener la seguridad’ en la Ciudad Vieja de Jerusalén; y otro palestino aún más salvaje apuñaló y mató a tres miembros de una familia judía cuando cenaban en su casa. Como resultado de tanta violencia gratuita palestina, las autoridades israelíes han tomado medidas de seguridad (colocando detectores de metales a la entrada de la Explanada de las Mezquitas) para evitar más ataques. Pero los palestinos, que no quieren otra cosa que provocar más violencia, han reaccionado protestando masivamente contra esas justificadas medidas de seguridad.
No importa que esa protesta colectiva palestina haya sido indiscutiblemente no violenta, en forma de ejemplar desobediencia civil masiva, y que no obstante haya sido respondida con la habitual brutalidad de las fuerzas sionistas. ¿Qué violencia hay en que decenas de miles de personas recen en las calles, negándose a entrar a su sitio más sagrado a través de detectores de metales impuestos por una fuerza de ocupación?
Tampoco interesa entender que el rechazo palestino es a mucho más que los detectores de metales: lo que está en juego es nada menos que la pretensión israelí de ejercer soberanía sobre el ultra sensible recinto de la Explanada de las Mezquitas (tercer lugar más sagrado en el mundo para el Islam) y la amenaza de alterar su statu quo; más aún cuando políticos israelíes llaman explícitamente  a destruir las mezquitas y construir en su lugar el Tercer Templo judío.
En el relato occidental complaciente con la narrativa sionista nunca aparecen las brutalidades cotidianas que Israel comete a diario contra la población, los lugares santos y los barrios palestinos de Jerusalén, denunciadas reiteradamente por organismos de derechos humanos, internacionales y de cooperación, y hasta por diplomáticos europeos:
  • el violento proceso de judaización de la ciudad, por el cual todos los días se niega permisos de construcción y a continuación se destruye viviendas palestinas “construidas sin permiso”, dejando a familias enteras sin techo;
  • las constantes agresiones de los colonos usurpadores, instalados por la fuerza en medio de un barrio palestino después de haber expulsado a las familias que vivían allí;
  • los continuos arrestos arbitrarios y la prisión de niños, adolescentes y adultos, siempre acompañados de torturas y vejaciones;
  • las insólitas ‘deportaciones’ por las cuales niños o jóvenes nacidos y residentes en Jerusalén que ‘se portan mal’ son forzados a dejar la ciudad en forma temporal o permanente;
  • el rechazo sistemático a las solicitudes de unificación familiar de palestinas/os de Jerusalén cuyo cónyuge es de Cisjordania, obligando a las familias a vivir separadas o en la ilegalidad;
  • las ejecuciones sumarias y gratuitas de personas ‘sospechosas’ de portar un cuchillo con la intención de atacar israelíes (o incluso de quienes lo hicieron, pero después de ser reducidas o heridas y no representar ningún peligro); y el secuestro de sus cadáveres durante semanas o meses, para que las familias no puedan darles sepultura dentro de las 24 horas, como indica su rito;
  • el castigo colectivo a la familia y la comunidad del palestino que atacó a un israelí, demoliendo su vivienda y dejando a toda su familia en la calle, y sometiendo a todo el barrio o la aldea a toque de queda, allanamientos acompañados indefectiblemente de robo y destrucción de propiedad privada, arrestos violentos y masivos (mientras los israelíes que matan palestinos son aclamados como héroes);
  • la omnipresencia cotidiana de policías militares armados a guerra en las calles de la Ciudad Vieja, ostentando su agresivo poderío bélico para recordarle a la población palestina quién manda, o escoltando a los arrogantes colonos que avanzan escupiendo a los ‘goyim’ (‘gentiles’), o controlando todas las entradas al recinto sagrado de la Explanada de las Mezquitas (Haram Al-Sharif);
  • las continuas incursiones vandálicas de colonos, policías y políticos de ultraderecha en ese recinto, provocando, agrediendo, destruyendo objetos y libros del Corán en el interior de la mezquita de Al Aqsa, y lanzando gas lacrimógeno a los fieles que intentan impedir la profanación.[1]
  • los discursos incendiarios y de incitación explícita al genocidio y la limpieza étnica, e incluso a la destrucción de Al Aqsa, por parte de rabinos, parlamentarios y ministros sionistas -que en cualquier país democrático serían castigados como delitos de odio, pero en Israel son aplaudidos por una sociedad alienada y embrutecida…
  • y tantos otros abusos, provocaciones y arbitrariedades humillantes que ningún medio reporta, y que se van acumulando día tras día, año tras año, hasta que algún palestino dice “basta”, y solo entonces su reacción violenta llena los titulares[2].
Tampoco importan el contexto y los antecedentes del apuñalamiento llevado a cabo en la colonia Halamish, ubicada en tierras robadas a las aldeas palestinas de Ramala, incluyendo Kobar, de donde salió el atacante: la larga historia de violencia de los colonos de Halamish hacia sus ‘vecinos’ palestinos, o el hecho de que esos colonos ilegales están donde no deben estar según el consenso de toda la comunidad internacional. Como bien dijo el periodista Gideon Levy, a nadie en Israel (y tampoco en Occidente) le importa conocer –y menos entender− el testamento que dejó Omar Al-Abed, el joven atacante de la familia Solomon.  “Soy joven, todavía no cumplí los 20. Tenía muchos sueños y aspiraciones, pero ¿qué clase de vida es ésta, en la que nuestras mujeres y jóvenes son asesinados sin justificación?” y en la que los ocupantes coloniales “profanan la mezquita de Al-Aqsa mientras dormimos“.
“¿Qué le habrías dicho a Abed si te lo hubieras encontrado antes de que fuera a sembrar la muerte, aparte de “No matarás”? ¿Que debe ceder y rendirse? ¿Que la justicia no está de su lado, sino del de la ocupación? ¿Que tenga esperanza de vivir una vida normal? ¿Qué podría decirle un israelí a un joven palestino desesperado que en realidad no tiene futuro, ni oportunidad de cambio, ni escenario esperanzador; a un hombre cuya vida es una larga humillación? ¿Qué le habrías dicho?”, se preguntaba Levy.
He sido testigo muchas veces de esos abusos y provocaciones, y he percibido la violencia del poder ocupante -explícita o siempre latente- caminando por las callejuelas de la Ciudad Vieja y conversando con los comerciantes árabes, o visitando familias expulsadas, amenazadas de despojo o con sus viviendas convertidas en ruinas en los barrios palestinos. Y sé que toda la rabia, la impotencia y la profunda indignación que siento ante tanta injusticia e impunidad no son nada comparadas con lo que sienten quienes son todos los días, desde hace siete décadas, el blanco directo de ese proyecto racista de exterminio llamado sionismo. Por eso en momentos como éstos me quedo sin palabras, y solo puedo unirme a tantas mujeres que rezan en las calles o en sus casas para que Alá proteja a esos jóvenes y niños que resisten y prefieren incluso perder la vida con dignidad a seguir viviendo en la humillación.
Las imágenes recopiladas aquí intentan ser un contra relato para desmentir la narrativa dominante en los medios occidentales, que insisten en el viejo vicio de presentar al victimario como víctima con derecho a defenderse.

الله أكبر

 

[1] Nunca dejo de preguntarme: ¿qué pasaría si en un país musulmán se cometieran reiteradamente estos actos vandálicos contra una sinagoga, y no fueran castigados por las autoridades? ¿Qué espacio le dedicarían los medios occidentales a una noticia como esa? ¿Y cuánto tardaría la comunidad internacional en imponer duras sanciones a ese país?
[2] Incluso medios de izquierda históricamente aliados con la causa palestina cometen el error de pedirle a un israelí −con más miedo a ‘los árabes’ que vergüenza por lo que les hace su Estado− que escriban sobre lo que está pasando en Jerusalén desde sus confortables hogares en Tel Aviv. Me refiero a artículos como el de Shlomo Slutzky en el semanario Brecha del 28/7/17.

 

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Cifras de muertos y heridos al día 21 de julio (IMEU):

Breve reporte en español sobre los sucesos en Jerusalén (AJ+):
Tres registros de las fuerzas israelíes atacando con gases, bombas, balas y el cañón de agua fétida (skunk water) a manifestantes en el barrio de Silwan y a la entrada de la Ciudad Vieja, el fin de semana 15-16 y el 23 de julio (0202, A view from East Jerusalem):

Fuerzas israelíes atacan con gases lacrimógenos a manifestantes palestinos en el barrio Wadi Joz, cerca del complejo de Haram Al-Sharif, en Jerusalén, el 21/7/17 (Hispan TV):

Un policía militar patea a un palestino mientras está hincado orando en la calle (Al Jazeera):
Un colono judío ilegal y armado dispara a manifestantes en el barrio palestino Ras al-Amoud:

Colonos judíos provocan a palestinos que están rezando, empujándolos e insultándolos, el 24/7/17 cerca de la mezquita de Al Aqsa.
Policías militares fuertemente armados golpean salvajemente a un palestino con sus armas mientras otros lo sostienen, en la Explanada de las Mezquitas:
Ante las fuerzas de ocupación, la dignidad palestina marcha pacíficamente por las calles de su capital, Al Quds (26/7/17):
Mujeres increpan a los policías militares diciéndoles que no van a aceptar los detectores de metales (26/7/17, Al Jazeera):
Policías militares lanzan granadas de estruendo a la multitud de fieles musulmanes que se dirigen hacia la mezquita de Al Aqsa. 115 personas resultaron heridas (Haaretz):

La policía militar israelí lanza granadas de estruendo, gas lacrimógeno y balas de acero forrado en goma a los miles de fieles que están entrando en el Haram Al-Sharif el 27/7/17. Más de 50 personas resultaron heridas. (Kaamil Ahmed):
Fuerzas israelíes armadas a guerra dentro del hospital Makassed de Jerusalén, luchando con el personal médico para tratar de impedir que lleven a la sala de operaciones a Muhammad Abu Ghanam, manifestante palestino que fue gravemente herido por la policía militar israelí, y que falleció poco después (21/7/17, B’Tselem):

Fuerzas israelíes invaden con violencia el hospital Makassed para secuestrar los cadáveres de los palestinos que asesinaron y retenerlos para que sus familias no puedan enterrarlos dentro de 24 horas como indica el rito musulmán:
El 21 de julio, las fuerzas israelíes invaden el hospital Makassed de Jerusalén Este ocupada para arrestar a los manifestantes palestinos heridos tras la represión del “Día de Ira” para protestar por las medidas ‘de seguridad’ excepcionales tomadas en el Haram Al-Sharif.
Las fuerzas israelíes disparan a la multitud afuera del hospital Makassed, hiriendo a un médico y a un periodista:

Los compañeros del mártir Muhammad Hassan Abu Ghanem sacan su cuerpo clandestinamente del hospital Makassed para que las fuerzas israelíes no lo secuestren y retengan:
Funeral de Muhammad Mahmoud Sharaf (18), del barrio palestino de Silwan, asesinado por un colono en el barrio Ras al-Amoud el 21/7/17:

Funeral de Muhammad Abu Ghanam (20), asesinado por la policía israelí en el barrio palestino de Al-Tur:

Tres registros de la represión israelí en la Explanada de las Mezquitas (Mohammed Abu Hemeid):

El 21/7/17, las autoridades israelíes cortaron la electricidad en los barrios palestinos de Jerusalén Este y a continuación las fuerzas represivas atacaron a los manifestantes:

Líderes cristianos de varias denominaciones (católica, ortodoxa, luterana) entran en el Haram Al-Sharif para expresar su solidaridad a sus hermanos musulmanes (27/7/17).
Los líderes cristianos y el Muftí de Jerusalén coinciden: cualquier ataque contra Al Aqsa o el Santo Sepulcro será enfrentado por los palestinos de Jerusalén unidos en un solo pueblo:
El popular líder ortodoxo Arzobispo Atallah Hanna se dirige a sus hermanos musulmanes para expresar que  como cristianos palestinos están junto a ellos unidos, porque son un solo pueblo que resiste a la ocupación sionista:
El parlamentario israelí del Likud Oren Hazan publicó en su página de Facebook este mensaje: “Si depende de mí, entraría en la casa del terrorista [palestino atacante] y mataría a toda su familia”:
El 20/7/17, Muhammad Hussein Tnouh (26) fue ejecutado por soldados israelíes en la aldea de Tuqu (cerca de Belén, Cisjordania ocupada). Los militares afirmaron que el joven había intentado apuñalarlos; ningún israelí fue herido en el incidente. Según testigos, a Tnouh le pasaron por encima con un vehículo militar, y prohibieron a periodistas y paramédicos asistirlo.  El video muestra el cuerpo de Tnouh en el piso, cubierto por una sábana blanca, mientras los soldados disparan a las personas que intentan acercarse:

28/7/17, checkpoint militar de Qalandiya: el viernes (día de oración) las fuerzas israelíes impiden a personas palestinas de Cisjordania mayores de 55 años (que no necesitan permiso) entrar a Jerusalén para rezar en Al Aqsa. El pretexto esgrimido fue los disturbios violentos ocurridos en la ciudad el día anterior (Ahmad Al-Bazz):

 


Lecturas recomendadas:
Entendiendo lo que sucede en la Jerusalén ocupada 
Seis cosas que hay que decir sobre la violencia en Jerusalén y Cisjordania
Trump y Netanyahu están arrinconando a los palestinos 
The metal detectors are just the first step: Palestinians say Israeli takeover of Al Aqsa is red line that can’t be crossed

Expert Q&A: On the current crisis in Jerusalem 
Facts on Al-Aqsa Uprising: Arrest, Collective Punishment and Extrajudicial Killing
Everything you need to know about tensions at Jerusalem’s holiest place
The slow killing of Jerusalem
The future of Al Aqsa, the future of Palestine
Jerusalem’s red weekend: only when blood flows does Israel relent
Stories from East Jerusalem

 

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Por qué Palestina sigue siendo la cuestión

 

Palestinas manifiestan ante el checkpoint de Qalandiya (entre Jerusalén y Ramala) la víspera del 8/3/15. (Anne Paq/Ahmad Al-Bazz).

John Pilger*

Cuando en la década de 1960, siendo un joven reportero, fui por primera vez a Palestina, me alojé en un kibutz. Las personas a las que conocí eran trabajadoras, llenas de energía, y se llamaban a sí mismas socialistas. Me gustaron.

Una noche durante la cena, les pregunté por las siluetas de personas que se veían a lo lejos, más allá de nuestro perímetro.

“Árabes”, dijeron, “nómadas”, casi escupiendo las palabras. Dijeron que Israel -refiriéndose a Palestina- había sido prácticamente una tierra baldía, y que una de las grandes hazañas de la empresa sionista era hacer florecer el desierto.

Pusieron como ejemplo su cultivo de naranjas de Jaffa, que se exportaban al resto del mundo: un triunfo sobre los caprichos de la naturaleza y la negligencia humana.

Era la primera mentira. La mayor parte los naranjales y de los viñedos pertenecían a palestinos que habían labrado la tierra y exportado naranjas y uvas a Europa desde el siglo XVIII. Los anteriores habitantes de la antigua ciudad palestina de Jaffa llamaban a la ciudad “el lugar de las naranjas tristes”.

En el kibutz nunca se usaba la palabra “palestino”. Pregunté por qué. La respuesta fue un silencio incómodo.

En todo el mundo colonizado, la verdadera soberanía de los pueblos originarios es temida por quienes nunca consiguen ocultar el hecho -y el crimen- de vivir en una tierra robada.

El siguiente paso es negar a la gente su condición humana -como saben demasiado bien las personas judías. A eso le sigue -tan lógicamente como la violencia- ultrajar la dignidad, la cultura y el orgullo de las personas.

En Ramala, tras la invasión de Cisjordania ordenada por el difunto Ariel Sharon en 2002, caminé por calles llenas de coches destrozados y casas demolidas hasta el Centro Cultural Palestino. Los soldados israelíes habían acampado ahí hasta esa mañana.

Me recibió la directora del centro, la novelista Liana Badr, cuyos manuscritos originales yacían desparramados y destruidos por el suelo. Los soldados se habían llevado el disco duro que contenía sus obras de ficción y una biblioteca de obras de teatro y poesía. Casi todo estaba destrozado y mancillado.

No había sobrevivido un solo libro con todas sus páginas, ni una sola cinta original de una de las mejores colecciones de cine palestino.

Los soldados habían orinado y defecado en el suelo, en los escritorios, sobre los bordados y las obras de arte. Habían embadurnado dibujos infantiles con heces y escrito (con mierda): “Nacido para matar”.

Liana Badr tenía lágrimas en los ojos, pero la cabeza bien alta. “Lo reconstruiremos otra vez”, me dijo.

Lo que enfurece a quienes colonizan y ocupan, roban y oprimen, destrozan y mancillan, es la negativa de las víctimas a doblegarse. Y éste es el tributo que todos deberíamos rendir al pueblo palestino. Se niegan a doblegarse. Siguen adelante. Esperan -hasta que vuelven a luchar. Y lo hacen aun cuando quienes los gobiernan colaboren con sus opresores.

En medio del bombardeo israelí de 2014 sobre Gaza, el periodista palestino Mohammed Omer nunca dejó de informar. Tanto él como su familia se vieron afectados, hacían cola para conseguir agua y comida, y las acarreaban entre los escombros. Cuando le llamé por teléfono, podía oír las bombas tras la puerta. Se negó a doblegarse.

Los reportajes de Mohammed, ilustrados por sus gráficas fotografías, fueron un modelo de periodismo profesional que puso en evidencia la complaciente y cobarde manera de informar de los llamados medios hegemónicos de Gran Bretaña y Estados Unidos. La idea de ‘objetividad’ que tiene la BBC (hacerse eco de los mitos y mentiras de la autoridad, una práctica de la que está orgullosa) es puesta en cuestión todos los días por personas como Mohammed.

Durante más de 40 años he documentado la negativa del pueblo palestino a doblegarse ante sus opresores: Israel, Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Europea.

Desde 2008, Gran Bretaña sola ha concedido a Israel licencias de exportación de armas y misiles, drones y rifles de francotirador por valor de 434 millones de libras.

Quienes han resistido esto -sin armas-, quienes se han negado a doblegarse, son algunos de los palestinos que he tenido el privilegio de conocer:

– Mi amigo el difunto Mohammed Jarella, que trabajó sin descanso para la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA, por su sigla en inglés), me enseñó por primera vez en 1967 un campo de refugiados palestino. Era un día muy duro de invierno, y los niños y niñas en edad escolar temblaban de frío. “Un día… -decía- Un día…”

– Mustafa Barghouti, cuya elocuencia continúa incólume, y que me describió la tolerancia que existía en Palestina entre las personas judías, musulmanas y cristianas hasta que -como me dijo- “los sionistas quisieron tener un Estado a expensas del pueblo palestino”.

– La Dra. Muna El-Farra, una médica de Gaza, cuya pasión era recaudar dinero para hacer operaciones de cirugía plástica a los niños y niñas desfiguradas por las balas y la metralla israelíes. Las bombas israelíes arrasaron su hospital en 2014.

– El Dr. Jalid Dahlan, psiquiatra, cuyas clínicas para la niñez de Gaza —niños y niñas que casi se habían vuelto locos por la violencia israelí— eran oasis de civilización.

Fátima y Nasser son una pareja cuya casa se alzaba en un pueblo cerca de Jerusalén calificado como “Área C”, lo que significa que la tierra fue calificada como sólo para judíos. Sus padres habían vivido ahí; sus abuelos habían vivido ahí. Hoy, los buldózeres están allanando carreteras sólo para judíos, protegidos por leyes sólo para judíos.

Era más de media noche cuando Fátima se puso de parto de su segundo hijo. El bebé era prematuro, y cuando llegaron al checkpoint, con el hospital a la vista, el joven soldado israelí les dijo que necesitaban otro documento.

Fátima tenía una fuerte hemorragia. El soldado se rió e imitó sus gemidos, y les dijo: “Vayánse a casa”. El niño nació allí en un camión. Estaba azul de frío, y muy pronto murió por no recibir los cuidados necesarios. Se llamaba Sultán.

Para las y los palestinos, éstas serán historias familiares. La pregunta es por qué no lo son en Londres y Washington, Bruselas y Sidney.

En Siria, una causa liberal reciente -una causa de George Clooney- está siendo financiada generosamente por Gran Bretaña y Estados Unidos, a pesar de que sus beneficiarios, los llamados rebeldes, están dominados por yihadistas fanáticos -el producto de la invasión de Afganistán e Irak, y de la destrucción de la Libia moderna.

Y sin embargo, la ocupación y la resistencia más largas de los tiempos modernos no son reconocidas. Cuando de pronto las Naciones Unidas se conmueven y califican a Israel de Estado de apartheid -como sucedió este año-, eso provoca indignación, pero no contra el Estado cuyo “propósito principal” es el racismo, sino contra una comisión de Naciones Unidas que osó romper el silencio.

“Palestina -afirmó Nelson Mandela- es el mayor problema moral de nuestro tiempo”.

¿Por qué se oculta esta verdad día tras día, mes tras mes, año tras año?

Cuando se trata de Israel –el Estado de apartheid, culpable de crímenes contra la humanidad y de haber violado el Derecho Internacional más que cualquier otro Estado–, persiste el silencio entre quienes saben y cuyo trabajo consiste en dejar las cosas en claro.

Cuando se trata de Israel, gran parte del periodismo está intimidado y controlado por un pensamiento colectivo que exige silencio sobre Palestina, mientras que el periodismo honrado se ha convertido en disidencia: una clandestinidad metafórica.

Una sola palabra –“conflicto”– permite este silencio. “El conflicto árabe-israelí”, recitan los robots en sus apuntadores electrónicos. Y cuando un veterano periodista de la BBC, un hombre que conoce la verdad, se refiere a “dos relatos”, la contorsión moral es total.

No existe un conflicto, ni dos relatos con su respaldo moral. Existe una ocupación militar impuesta por una potencia nuclear, que es apoyada por la mayor potencia militar del planeta, y existe una injusticia descomunal.

Se puede prohibir la palabra “ocupación”, borrarla del diccionario. Pero no se puede prohibir el recuerdo de la verdad histórica: la sistemática expulsión del pueblo palestino de su patria. Los israelíes lo llamaron “Plan D” en 1948.

El historiador israelí Benny Morris describe cómo uno de sus generales le preguntó a David Ben-Gurion, el primero en ocupar el cargo de Primer Ministro de Israel: “¿Qué haremos con los árabes?”. El Primer Ministro, escribió Morris, “hizo un gesto despectivo y enérgico con la mano”. “¡Expulsarlos!”, dijo.

Setenta años después, este crimen ha sido suprimido de la cultura intelectual y política de Occidente. O es discutible, o meramente controversial. Periodistas con abultados sueldos aceptan con entusiasmo viajes pagados por Israel, su hospitalidad y sus halagos, y después protestan enérgicamente defendiendo su ‘independencia’. El término “tontos útiles” fue acuñado para ellos.

En 2011, me impactó la facilidad con la que uno de los novelistas británicos más aclamados, Ian McEwan, un hombre bruñido por los destellos de la ilustración burguesa, aceptó el Premio Jerusalén de literatura en el Estado de apartheid.

¿Habría ido McEwan a Sun City en la Sudáfrica del apartheid? Ahí también concedían premios, con todos los gastos pagados. McEwan justificó su acción con palabras ambiguas acerca de la independencia de la “sociedad civil”.

La propaganda (del tipo de la que ofreció McEwan, con su golpecito de reprimenda en las muñecas de sus encantados anfitriones) es un arma para los opresores de Palestina. Como el azúcar, insinúa prácticamente todo hoy en día.

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Comprender y deconstruir la propaganda estatal y cultural es hoy nuestra tarea más importante. Se nos está obligando a entrar en una segunda Guerra Fría, cuyo objetivo final es someter y balcanizar a Rusia, e intimidar a China.

Cuando Donald Trump y Vladimir Putin hablaron en privado durante más de dos horas en la Cumbre del G20 en Hamburgo, al parecer acerca de la necesidad de no emprender la guerra el uno contra el otro, los detractores más vociferantes fueron los que se han apoderado del liberalismo, como el escritor político sionista de The Guardian: “No es de extrañar que Putin sonriera en Hamburgo. Sabe que ha conseguido su principal objetivo: ha hecho a Estados Unidos débil otra vez”, escribió Jonathan Freedland. Que empiecen los abucheos al Malvado Vlad.

Estos propagandistas nunca han conocido la guerra, pero aman el juego imperial de la guerra. Lo que Ian McEwan denomina “sociedad civil” se ha convertido en una rica fuente de propaganda afín.

Tomemos un término que los guardianes de la sociedad civil utilizan con frecuencia: “derechos humanos”. Al igual que otro concepto noble: “democracia”, el concepto de “derechos humanos” ha sido casi vaciado de su significado y propósito.

Como el “proceso de paz” y la “hoja de ruta”, los derechos humanos en Palestina han sido secuestrados por los gobiernos occidentales y las ONG corporativas que ellos financian y que reivindican una payasesca autoridad moral.

Así, cuando los gobiernos y las ONG piden a Israel que “respete los derechos humanos” en Palestina, no pasa nada, porque todos saben que no hay nada que temer: nada va a cambiar.

Miren el silencio de la Unión Europea, que complace a Israel mientras éste se niega a cumplir sus compromisos con la población de Gaza, como mantener abierta la cuerda de salvamento que es el paso fronterizo de Rafah, una medida a la que accedió como parte de su rol en el acuerdo de alto el fuego tras el ataque de 2014. El puerto marítimo para Gaza, acordado por Bruselas en 2014, también ha sido abandonado.

La comisión de las Naciones Unidas que mencioné antes (su nombre completo es Comisión Económica y Social para Asia Occidental) describió a Israel como (y cito) “diseñado para servir al propósito principal” de la discriminación racial.

Millones de personas lo entienden. Lo que los gobiernos de Londres, Washington, Bruselas y Tel Aviv no pueden controlar es que la gente de a pie está cambiando como quizás nunca lo haya hecho antes.

La gente se está moviendo en todas partes y, en mi opinión, está más consciente que nunca. Algunas personas ya están en una revuelta abierta. La atrocidad de la Torre Grenfell en Londres ha hecho que las comunidades se unan en una vibrante resistencia que es casi nacional.

Gracias a una campaña popular, el Poder Judicial está hoy examinando las pruebas de un posible juicio a Tony Blair por crímenes de guerra. Aun si fracasa, es un acontecimiento fundamental, que echa abajo otra barrera más entre el público y su posibilidad de reconocer la naturaleza voraz de los crímenes del poder estatal: el desprecio sistemático por la humanidad perpetrado en Irak, en la Torre Grenfell, en Palestina. Esos son los puntos que están a la espera de ser unidos.

Durante la mayor parte del siglo XXI, el fraude del poder corporativo presentado como democracia ha dependido de la propaganda de distracción; se ha basado en gran parte en un culto al “yoísmo”, diseñado para desorientar nuestro sentido de mirar hacia los demás, de actuar juntos, de justicia social y de internacionalismo.

La clase, el género y la raza fueron separados. Lo personal se convirtió en la política y los medios en el mensaje. La promoción del privilegio burgués fue presentada como una política “progresista”. No lo era. Nunca lo es. Es la promoción del privilegio y del poder.

Entre los jóvenes, el internacionalismo ha encontrado una vasta audiencia. Vean el apoyo a Jeremy Corbyn y la recepción que recibió el circo del G20 en Hamburgo. Al entender la verdad y los imperativos del internacionalismo, y al rechazar el colonialismo, entendemos la lucha de Palestina.

Mandela lo dijo de esta manera: “Sabemos demasiado bien que nuestra libertad es incompleta sin la libertad de los palestinos”.

En el corazón de Medio Oriente se encuentra la injusticia histórica de Palestina. Hasta que se resuelva y el pueblo palestino tenga su libertad y su patria, e israelíes y palestinos/as sean iguales ante la ley, no habrá paz en la región, y quizás en ninguna parte.

Lo que Mandela decía es que la propia libertad es precaria mientras gobiernos poderosos puedan negar la justicia a otros, aterrorizar a otros, encarcelar y asesinar a otros en nuestro nombre. Ciertamente, Israel comprende la amenaza de que un día esto pueda dejar de ser normal.

Por eso su embajador en Gran Bretaña es Mark Regev, bien conocido por los periodistas como un propagandista profesional; y por eso se permitió el “enorme engaño” -como lo llamó Ilan Pappé- de las acusaciones de antisemitismo para torcer al Partido Laborista y minar el liderazgo de Jeremy Corbyn. Lo importante es que no tuvo éxito.

Ahora los acontecimientos se están sucediendo rápidamente. La notable campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) está teniendo éxito día tras día: ciudades y pueblos, sindicatos y organizaciones juveniles se están adhiriendo a la campaña. El intento del gobierno británico de impedir a los ayuntamientos aplicar el BDS ha fracasado en los tribunales.

Esto no es paja en el viento. Cuando el pueblo palestino se vuelva a alzar, como se alzará, puede que no tenga éxito al principio; pero lo tendrá finalmente si nosotros entendemos que ellos son nosotros y que nosotros somos ellos.

 

* John Pilger es un premiado periodista y documentalista australiano residente en Londres, autor de varios libros y documentales. Este artículo es una versión abreviada de su ponencia en la Exposición Palestina de Londres, el 8 de julio. Se puede ver aquí el video de su ponencia “Palestine is still the issue” (“Palestina sigue siendo la cuestión”). 
Publicado en Counterpunch el 11/7/17.  Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos y editado por María Landi.
Video del camarógrafo palestino Jaled Hamad, que registró el ataque israelí de 2014 sobre el barrio Shuyaiya de Gaza, incluyendo los últimos minutos de su propia vida:

 

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Gaza al borde del colapso. Ramzy Baroud y Gideon Levy


Las noticias que llegan de Gaza son las peores desde 2014 (cuando hace justamente tres años, Israel lanzó el ataque más feroz y destructivo sobre la indefensa y bloqueada población de esa cárcel al aire libre, asesinando a 2.200 personas, dejando malheridas a más de 11.000 y destruyendo la infraestructura urbana). Parecería que Israel, Egipto, la ANP de Abbas, Estados Unidos, Arabia Saudita y sus aliados se hubieran confabulado para llevar al extremo la crisis humanitaria, energética y ambiental más grave que soportan los dos millones de personas encerradas en esos 350 kilómetros cuadrados. Estos dos textos de Gideon Levy y Ramzy Baroud (entre muchos otros posibles) tratan de dar cuenta de esta situación desesperada a la que, una vez más, la comunidad internacional elige darle la espalda.
Publico esta entrada exactamente cuando se cumplen tres años del inicio de la masacre llamada “Margen protector”. Trágicamente, el 10 de julio de 2014 fue el día que este blog tuvo más visitas en toda su historia: 8000. Israel había iniciado otra carnicería, y la gente buscaba desesperadamente información sobre lo que pasaba en Gaza.  Nunca lo olvidaré, y no precisamente porque ese record de popularidad me cause satisfacción alguna. Vaya este homenaje a las víctimas y sobrevivientes, con la promesa de que no olvidamos, no perdonamos, y no nos reconociliamos. Con los criminales de guerra y de lesa humanidad, jamás. Y a su impunidad, igual que al perverso régimen sionista, les llegará la hora.

Una familia de Gaza compartiendo la ‘cena’ de Ramadan (iftar).


Israel experimenta con el sufrimiento humano en Gaza


Gideon Levy

Uno de los mayores experimentos con seres humanos que se han llevado a cabo en cualquier lugar se está realizando justo ante nuestros ojos, y el mundo permanece en silencio.

El proyecto está en su apogeo y el mundo no muestra ningún interés. Este experimento con seres humanos, no aprobado por ninguna institución científica internacional cuya supervisión es exigida por la Declaración de Helsinki, busca examinar la conducta humana en situaciones de estrés y privación extremos.

El grupo experimental no está compuesto por unas pocas personas, ni por unas decenas o centenares, ni por algunos miles o decenas de miles, ni siquiera por algunos centenares de miles de personas. La población sometida al experimento es, al menos, de dos millones de seres humanos.

Hasta ahora, han resistido la prueba increíblemente bien. Aunque hay alguna turbulencia dentro de la olla a presión en la que están confinados, todavía no ha explotado. La Franja de Gaza está siendo vigilada para ver cuándo y de qué forma acaba explotando. Aparentemente, es solo cuestión de tiempo.

Tal como ha sido presentado por Israel, la Autoridad Palestina y Egipto, ¿qué pasa con dos millones de seres humanos cuando se les priva de electricidad casi todo el tiempo, día y noche? ¿Qué les pasa en invierno, en primavera y, sobre todo, ahora, en el espantosamente caluroso verano de Oriente Medio?

Al igual que todos los experimentos de esta clase, éste está siendo conducido de forma escalonada. La rana debe ser hervida poco a poco hasta que estire la pata.

En un principio, Gaza fue privada de electricidad durante una tercera parte del día, luego la mitad y ahora el nivel ha sido aumentado de tal manera que los dos millones de habitantes del enclave tienen electricidad solo 2,5 horas al día. Vamos a ver lo que les pasa. Vamos a ver cómo responden. ¿Y qué sucede cuando se les suministra electricidad solo una hora al día? ¿O una hora a la semana? Este experimento está todavía en sus primeras fases y nadie puede prever su final.

La ubicación de este experimento es uno de los territorios más malditos de la Tierra. Cuarenta kilómetros de largo, su anchura varía entre los 5,7 y los 12,5 kilómetros, lo que nos da un total de 365 km2. La Franja de Gaza es uno de los lugares más densamente poblados del mundo. Según la CIA, en julio de 2016 había allí 1.7 millones de personas; la Autoridad Palestina ha estimado su población en dos millones en octubre de 2016.

En cualquier caso, un millón de las personas palestinas que viven en Gaza son refugiadas o hijos y nietos de refugiados, y aproximadamente la mitad siguen viviendo en campos de refugiados. En comparación con los demás campos de refugiados que existen en otros países árabes, los de Gaza son considerados especialmente miserables, tal vez con la excepción de los que hay en Líbano y Siria. Los refugiados de Gaza fueron expulsados o huyeron del territorio ocupado por Israel en 1948 y representan aproximadamente una quinta parte de la población refugiada palestina que hay en el mundo.

Esta población no ha conocido prácticamente ningún periodo de tranquilidad, seguridad o mínimo bienestar económico. Su situación actual puede ser la peor y más desesperante, y un informe de la ONU ha concluido que, dentro de dos años y medio, para 2020, la Franja de Gaza ya no será habitable, en gran parte debido al gravísimo problema del agua. Los nuevos cortes de electricidad están agravando aún más la difícil situación en que se encuentran estos seres humanos a medida que el experimento continúa.

En la última década, esta atribulada franja de tierra se ha convertido en una jaula, la jaula más grande del planeta.

Gaza está rodeada: por Israel al norte y al este, por Egipto al sur y por el mar al oeste, donde las fuerzas navales israelíes han impuesto un bloqueo absoluto. Desde la llegada de HAMAS al gobierno en Gaza, Israel, con la colaboración de Egipto, ha impuesto un bloqueo. Aunque ha sido aliviado ligeramente con el paso de los años, sigue siendo un bloqueo, especialmente por lo que se refiere al movimiento de personas hacia y desde Gaza y la prohibición casi total de exportación de bienes.

Pero ni siquiera eso es suficiente. Los tormentos de Gaza están lejos de haber acabado. Ahora le llega el turno al suministro de electricidad.

Gaza tiene una única central eléctrica, que no puede producir toda la electricidad que se necesita. Construida en 2002 con una capacidad de producción de unos 140 MW, la planta está limitada por la capacidad de carga de su red y en 2006 tan solo producía 90 MW, por lo que importaba 120 MW adicionales suministrados por Israel, pagados en su totalidad, por supuesto.

La planta fue bombardeada por Israel tras la captura del soldado israelí Guilad Shalit, en el verano de 2006, cuando estaba produciendo el 43 por ciento de la electricidad que consumían los gazatíes. Tras su reconstrucción, la planta alcanzó una capacidad de producción de unos 80 MW. Pero también para esto depende totalmente de Israel, que es el único proveedor de repuestos y del combustible diesel que alimenta la central.

Cuando se estableció el bloqueo, Israel comenzó a restringir la cantidad de combustible que suministraba a Gaza. Los gazatíes necesitan entre 280 y 400 MW de electricidad, dependiendo de la estación del año. Aproximadamente una tercera parte de toda la electricidad requerida, unos 120 MW, provenía de Israel y otros 60–70 MW los producía la central. Había una escasez crónica de electricidad en Gaza incluso antes de esta última reducción. Los gazatíes han estado sin electricidad durante varias horas al día desde hace años.

El 11 de junio de este año, el gabinete de seguridad de Israel decidió reducir el suministro de electricidad a Gaza en respuesta a una solicitud del presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abás. Este es el origen inmediato del agravamiento de la crisis. La lucha por el poder entre Abás y HAMAS, que gobierna Gaza, una lucha en la que Israel colabora de manera apreciable con la AP, ha creado la crisis actual. En esta situación, no hay buenos y malos, sino solo malos.

Unas dos semanas después de la citada decisión del gabinete israelí, Tel Aviv recortó nuevamente su suministro de electricidad y eliminó otros ocho megavatios de los 120 que venía proporcionando. En consecuencia, la distribución de electricidad en algunas partes de Gaza, especialmente en el oeste y el sur, se ha reducido a solo dos horas y media al día. Dos horas y media de electricidad al día.

Resulta difícil imaginar la rutina del día a día con este calor sofocante y solo dos horas y media de electricidad al día. Resulta difícil imaginar cómo se puede mantener fresca la comida, asusta pensar en todas las tareas humanas ordinarias que se hacen sin electricidad, es horrible lo que pueden estar pasando los enfermos de los hospitales cuyas vidas dependen de la electricidad.

El 4 de junio, Mohamed Azaizeh, que trabaja en la organización israelí de derechos humanos Gisha, escribió un artículo en HAARETZ en el que describía lo que estaba pasando en el hospital Al Rantisi de Gaza.

En la unidad de cuidados intensivos infantil, los niños estaban conectados a unos respiradores que solo podían funcionar unas pocas horas al día. Sus vidas dependen ahora de un generador. A veces, el generador se estropea. El director del hospital, el doctor Mohamed Abu Sulwaya, calificaba la situación del hospital como catastrófica. Evidentemente, en los otros hospitales de Gaza la situación es parecida.

Así las cosas, los habitantes de Gaza vuelven a ser víctimas de maquinaciones políticas que se desarrollan a su costa. Las luchas desenfrenadas por el poder y los juegos ególatras entre Abás y HAMAS, entre Egipto y HAMAS, y entre Israel y todos los demás tienen consecuencias que llegan hasta los respiradores pediátricos para los niños del hospital Al Rantisi.

Mientras las partes en conflicto se dedican a afianzar sus posiciones y el mundo responde con apatía, nadie puede prever adónde llevará todo esto. La falta de electricidad se traduce en falta de agua potable y en inundaciones de aguas residuales no tratadas. Los gazatíes están acostumbrados a todo eso, pero incluso la fantástica e incomparable resistencia de los habitantes de este diminuto territorio tiene sus límites.

La principal responsabilidad por esta situación recae en Israel, por el bloqueo que impone. Pero, ciertamente, no es el único culpable.

La AP y Egipto tienen también su parte de responsabilidad en este crimen. Sí, crimen. Estamos en 2017 e impedir que millones de seres humanos reciban electricidad significa privarles de oxígeno y agua. La responsabilidad de Israel clama a los cielos porque Gaza sigue estando bajo ocupación parcial israelí.

Aunque Israel retiró a su ejército y sus colonos de la Franja de Gaza, mantiene la responsabilidad exclusiva de muchos otros aspectos de la vida en Gaza. Esto hace que el Estado judío sea responsable de suministrar electricidad a los habitantes del territorio. La AP también tiene una parte importante de responsabilidad en esta situación, tomando decisiones que perjudican a su propio pueblo. Y Egipto también: aunque le gusta referirse a sí mismo como hermano de los palestinos, su papel en el bloqueo de Gaza es intolerable.

Gaza se está muriendo, lentamente. Su sufrimiento no le importa a nadie en otras partes del mundo. Ni en Washington, ni en Jerusalén, ni en El Cairo, ni siquiera en Ramala. Es increíble que nadie se preocupe de que dos millones de personas hayan sido abandonadas a la oscuridad por la noche y al calor sofocante de los días de verano, sin ningún sitio a donde ir y sin esperanza. Nada.


Gideon Levy
, premiado periodista israelí, es columnista de Haaretz y miembro de su consejo editorial. Su último libro, The Punishment of Gaza, acaba de ser publicado por Verso. Publicado originalmente en: Gaza: Israel’s experiment on humans in situations of extreme stress and deprivation | Middle East Eye, 30/06/2017. Traducción: Javier Villate (@bouleusis). Publicado en Diferencias.


Empujando a Gaza al suicidio: las políticas de la humillación


Ramzy Baroud

 

Mohammed Abed es un taxista de 28 años del pueblo de Qarara, cerca de la ciudad de Khan Younis, en la Franja de Gaza. No tiene dientes.

La falta de cuidados médicos y de un adecuado trabajo odontológico le han llevado a perder todos sus dientes, que se pudrieron y cayeron a una edad muy temprana. Sin embargo, sus carencias económicas le impidieron comprar una dentadura postiza. Su entorno, en cierto momento, decidió echarle una mano, reuniendo los pocos cientos de dólares necesarios para que Mohammed pudiera volver a comer.

Mohammed no es desempleado. Trabaja diez horas, a veces más, al día. El viejo taxi que hace circular entre Khan Younis y la ciudad de Gaza no es propiedad suya. Su salario diario oscila entre los 20 y los 25 shekels, unos 6 dólares.

Tener que mantener a una familia con cuatro hijos con semejantes ingresos hizo que fuera imposible para Mohammed pensar en gastos aparentemente tan pueriles como comprar una dentadura postiza o ir al dentista.

Y aunque parezca raro, Mohammed es afortunado.

El desempleo en Gaza es uno de los más elevados del mundo, estimado en alrededor de un 44%. Aquellos que están “empleados”, como Mohammed, siguen teniendo que luchar para sobrevivir. Un 80% de los habitantes de la Franja dependen de la ayuda humanitaria para sobrevivir.

En 2015, la ONU advirtió que Gaza será inhabitable hacia 2020. En aquel momento, todos los hechos apuntaban a ello: la falta de electricidad, el agua contaminada, la toma de la mayor parte de las tierras cultivables por parte del ejército israelí, las restricciones al movimiento a los pescadores etc.

El bloqueo militar israelí se prolonga ya diez años, y la situación continúa empeorando.

La Cruz Roja informó el pasado mayo de otra “crisis inminente” en el sector sanitario de Gaza debido a la falta de electricidad.

La crisis energética se ha extendido hasta incluir los suministros de gas para cocinar. El pasado febrero Israel redujo a la mitad dichos suministros.

“Las gasolineras dejaron de aceptar botellas de gas vacías pues los tanques estaban vacíos”, según el director de la Asociación de propietarios de gas y petróleo de la Franja de Gaza, Mahmoud Shawa, quien describe la situación como “muy crítica”.

Hace tres meses, la Autoridad Palestina (AP), controlada por Mahmoud Abbas, decidió reducir los salarios de decenas de miles de empleados públicos de la Franja de Gaza.

El dinero que suministraba la AP jugaba un papel muy importante manteniendo a flote la precaria economía del territorio. Con la mayor parte de los empleados recibiendo la mitad o menos de sus salarios, la economía de Gaza, que apenas funciona, está muriendo.

“H” es un profesor de universidad y su esposa “S” es médica. Esta familia de clase media con 5 hijos ha vivido una vida relativamente cómoda en la Franja, incluso durante los primeros años del bloqueo. Ahora deben vigilar sus gastos cuidadosamente para no terminar como la mayoría de gazatíes.

El salario de “S” viene de Ramala. Y ahora sólo recibe 350$ de lo que un su día fue un sueldo significativamente más alto. “H” no recibe el sueldo de Cisjordania, pero también se ha reducido a la mitad, pues la mayor parte de sus estudiantes son demasiado pobres como para pagar las tasas.

Mu’min, habitante del campo de refugiados de Nuseirat, lo tiene peor. Como profesor retirado, y con una pensión que no llega a los 200$ mensuales, Mu’min debe luchar para llevar comida a la mesa cada día. Como padre educado de cuatro hijos adultos y una mujer que se recupera de un infarto y que apenas puede caminar, Mu’min sobrevive prácticamente a base de donaciones.

Sin acceso a Cisjordania por el bloqueo de los israelíes, y con severas restricciones al movimiento a través del paso de Rafah con Egipto, Gaza vive sus días más oscuros, literalmente. Desde el 11 de junio, Israel comenzó a reducir el suministro eléctrico a la empobrecida franja, algo que hizo a petición de Mahmoud Abbas.

Los resultados han sido devastadores. Ahora los hogares de Gaza reciben unas escasas 2 o 3 horas de electricidad al día, y ni siquiera a hora determinadas.

“S” me cuenta que su familia está en alerta constante. “Cuando llega la electricidad a cualquier hora del día o de la noche  todos nos ponemos en acción”. “Todas las baterías deben ser cargadas tan rápido como sea posible y debemos poner la lavadora, incluso a las 3 de la mañana”.

Pero los gazatíes son supervivientes. Han soportado estas dificultades durante años y, de alguna forma, han subsistido. Pero ciertos pacientes de cáncer no pueden sobrevivir por mera dureza del carácter.

Rania, que vive en la ciudad de Gaza, es madre de tres hijos. Ha estado luchando contra el cáncer de mama durante un año. Sin quimioterapia, y con unos hospitales que apenas funcionan, ha tenido que realizar el arduo viaje a Jerusalén cada vez que ha tenido que ser tratada para salvar la vida.

Esto, hasta que Israel decidió no conceder más permisos a los pacientes terminales de Gaza, algunos de los cuales han muerto esperando dichos permisos y otros, como Rania, siguen esperando que ocurra un milagro antes de que el cáncer se extienda por sus cuerpos.

Pero Israel y Egipto no son los únicos responsables. La AP está usando el bloqueo como moneda de cambio para presionar a sus rivales, Hamás, en control de la Franja desde hace una década.

Hamás, por su parte, está supuestamente buscando la alianza con su viejo rival, Mohammed Dahlan, nombrándole jefe del comité de Asuntos Exteriores de Gaza a cambio de aligerar el bloqueo en la frontera egipcia.

Dahlan es también rival de Abbas. Ambos han estado años compitiendo por el liderazgo de Fatah.

La petición de Abbas a Israel de presionar a Gaza por medio de la reducción del suministro eléctrico, junto con la reciente bajada de salarios, van dirigidos a presionar a Hamas para que no se alíe con Dahlan.

Los palestinos de Gaza están sufriendo, de hecho, muriendo.

Pensar que los propios líderes palestinos están involucrados en la manipulación e intensificación del bloqueo es desalentador.

A la vez que se esfuerza en promover las luchas internas palestinas, Israel sigue adelante con su política de colonización en Cisjordania y Jerusalén Este, y los palestinos mientras tanto siguen enfrascados en luchas intestinas de carácter personal y por el “control”, absurdo, de su tierra ocupada.

En esta lucha política, personas como “H”, “S” y Rania, junto a otros dos millones, parecen no tener ninguna importancia.

Magdalena Mughrabi, subdirectora regional para Oriente Medio y el Magreb de Amnistía Internacional, elevó la voz de alarma el 14 de junio cuando advirtió que “el último corte de electricidad podría convertir la ya precaria situación de la Franja en una verdadera catástrofe humanitaria”.

“Durante diez años, el bloque ha privado a la población palestina de Gaza de sus derechos y necesidades básicas. Bajo el peso de un bloqueo ilegal y de tres guerras, la economía se ha visto duramente afectada y las condiciones humanitarias han empeorado severamente”, afirma.

Omar Shakir, director de Human Rights Watch en la región, rechazó el hecho de que los cortes de electricidad a Gaza fueron realizados por petición de la AP.

“Israel controla las fronteras, el espacio aéreo y las aguas de Gaza, por lo que Israel tiene una obligación que va más allá de simplemente responder a las demandas de la AP”.

Entre el rechazo de Israel a las peticiones internacionales para poner fin al bloqueo y el patético juego de poder entre los líderes palestinos ha dejado a los gazatíes solos ante el peligro, incapaces de moverse libremente o de vivir en unas condiciones de vida mínimamente dignas.

Fátima, una madre de Rafah, de 52 años, me confiesa que intentó suicidarse unos días atrás, y que lo habría hecho si sus hijos no lo hubieran impedido.

Cuando le digo que aún tiene mucho por lo que vivir, llora, y no dice nada.

La tasas de suicidios en la Franja es siempre muy alta, y la desesperación es considerado el principal factor detrás de tan alarmante fenómeno.

Ramzy Baroud es un premiado analista, intelectual y activista nacido en Gaza de una familia palestina refugiada. Actualmente reside en Seattle. Publicado en MEMO – Monitor de Oriente.


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6000 bombardeos israelíes en 51 días produjeron estos resultados. Ni un solo político o militar israelí recibió castigo alguno. Hasta ahora. (Visualizing Palestine).

Gaza: 50 años de ocupación. Línea de tiempo. (Al Jazeera).

 

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Tenemos que hablar de Israel

Checkpoint de Qalandiya durante Ramadán, el 21/6/17. (Foto: Ahmad al-Bazz/Activestills.org)

María Landi

 

Columna de opinión publicada en el semanario Brecha el 30/6/17

 

Al cumplirse este mes 50 años de la conquista israelí de los territorios palestinos que la ONU inequívocamente considera ocupados (Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este), han circulado variados análisis en los medios convencionales y especializados, periodísticos y académicos. Buena parte de ellos, basándose en documentos desclasificados en los últimos años, se enfocan en cuestionar o directamente refutar la versión oficial israelí sobre los motivos de la Guerra de los Seis Días: la exitosa aventura bélica fue una acción ‘defensiva y preventiva’ ante el inminente ataque de sus vecinos árabes. Curiosa guerra defensiva, que en menos de una semana triplicó el territorio que Israel había adquirido (también por la guerra) en 1948, pues también ocupó la península del Sinaí egipcia y los Altos del Golán sirios (ocupados hasta hoy).

Dejando de lado las controversias sobre las razones que tuvo Israel para atacar a sus vecinos en 1967, la mayor parte de los análisis serios se centran en los resultados de medio siglo de ocupación militar, y coinciden en que no hay nada que celebrar. Desde el punto de vista del Derecho Internacional Humanitario, se sigue definiendo al régimen como “ocupación beligerante”, de la cual derivan deberes para Israel como potencia ocupante. Los numerosos informes y resoluciones de distintos organismos de la ONU -desde el Consejo de Seguridad hasta los relatores y comités especializados-que condenan a Israel y le exigen poner fin al statu quo se basan precisamente en su sistemático incumplimiento de sus responsabilidades hacia la población ocupada (cuyos derechos humanos también son violados según el otro gran cuerpo legal: el Derecho Internacional de los Derechos Humanos).

Desde el punto de vista político, lo que Israel ha hecho en estos 50 años es la mejor prueba de cuáles eran sus verdaderas intenciones en 1967: la apropiación y colonización de la totalidad del territorio de la Palestina histórica. Ese proyecto comenzó enseguida de terminada la guerra y continúa imparable hasta hoy: más de 250 colonias inundan Cisjordania y Jerusalén Este[1] –algunas, verdaderas ciudades donde viven cientos de miles de israelíes−, todas ilegales según el Derecho Internacional y la Corte Internacional de Justicia. Miles de millones de dólares fueron invertidos en construir la infraestructura que sostiene las colonias: carreteras segregadas, servicios públicos, sanitarios y educativos (incluidas universidades) exclusivos para ellas, grandes parques industriales, el Muro o ‘barrera de separación’, y por supuesto instalaciones militares y policiales para controlar el territorio, proteger a los colonos y reprimir a la población palestina que resiste el despojo.

Cuando una viaja por ese territorio fragmentado, entre comunidades palestinas cada vez más estranguladas, aisladas y hostigadas por las colonias en constante expansión, todos los discursos y justificaciones de Israel sobre la seguridad y la necesidad de ‘defenderse’ se caen, y el proyecto original sionista se revela en toda su dimensión: tomar la mayor cantidad posible de tierra con la menor cantidad posible de árabes. Nadie invierte durante medio siglo en levantar ciudades y poblar un territorio, trasladando a él a 700.000 compatriotas, si tuviera la remota intención de devolverlo algún día a sus legítimos dueños. El ‘proceso de negociaciones’ iniciado hace un cuarto de siglo en Oslo no fue otra cosa que una cortina de humo para ganar tiempo y seguir creando en el terreno ‘hechos consumados’ irreversibles que hicieran imposible la existencia de un ‘Estado palestino’ con Jerusalén Este como capital. Quien afirme lo contrario es hipócrita o está mal informado. Y no hay un solo gobierno del mundo que no lo sepa.

Pero si los gobiernos no están dispuestos a ir más allá de su hueca retórica condenatoria, la sociedad civil está tomando el protagonismo y desplegando estrategias con impacto real, tanto en la economía como en la imagen internacional de Israel. Y eso sí está cambiando en la última década, desde que la sociedad civil palestina convocó a una campaña internacional de boicot, desinversión y sanciones (BDS) para que el costo de mantener el statu quo sea cada vez más alto para Israel.

Uno de los cambios más exitosos está dándose en las nuevas generaciones de la comunidad judía. Este mes el diario The Times of Israel dio a conocer el resultado “devastador” de una encuesta realizada por el Brand Israel Group de Estados Unidos: Israel está perdiendo apoyo de manera acelerada en ese país, especialmente entre la juventud universitaria judía. La encuesta revela que la campaña para presentar al Israel más allá del conflicto (sobre todo sus logros high-tech) no ha sido efectiva. Mientras en 2010 el apoyo a Israel era del 73%, en 2016 bajó al 54%. Y entre la juventud universitaria judía, el apoyo cayó un 27%. El estudio encontró que la sociedad estadounidense sabe más sobre Israel desde 2010, y que cuanta más información tiene, peor es su opinión. Lo cual desmuestra que los esfuerzos del BDS y la solidaridad con Palestina están siendo eficaces.

Como ilustración de ese fenómeno, en mayo una delegación de 133 jóvenes judíos/as (principalmente de Estados Unidos, pero también de Canadá, Australia, Reino Unido, Bélgica) estuvo en Cisjordania apoyando a comunidades palestinas en su resistencia a la ocupación[2]. Hay imágenes impactantes del numeroso grupo vistiendo camisetas con el slogan “Occupation is not our Judaism”, levantando un campamento de protesta junto a una comunidad beduina en su propia tierra y resistiendo con ella la agresión de los soldados, que tres veces destruyeron con gran violencia el campamento. Esos jóvenes volvieron a sus familias, comunidades y universidades a contar lo que vivieron[3].

 

Imágenes de la visita de la delegación judía internacional a la comunidad Sarura (Colinas del Sur de Hebrón):

En contraste con esta tendencia, no deja de sorprenderme la arraigada tradición uruguaya de considerar y tratar a Israel como un país democrático normal. El “milagro start-up”, la experticia en temas que van desde seguridad e inteligencia hasta tecnología agrícola, parecen ser la única faceta de Israel. A políticos, legisladoras, sindicalistas, artistas e izquierdistas en general no parece molestarles que Israel sea un Estado sin Constitución ni fronteras definidas, que se declara exclusiva y excluyentemente judío, que otorga la nacionalidad en función de esa identidad, y sólo reconoce el matrimonio religioso (pero no el interreligioso ni del mismo sexo).

Tampoco parece importarles que “la única democracia de Medio Oriente” mantenga la ocupación colonial y militar más larga de la historia moderna, y a seis millones de personas viviendo bajo su dominio sin absolutamente ningún derecho (en los territorios ocupados) o con derechos limitados como ciudadanas de tercera por no ser judías (en Israel), y a otros seis millones repartidas por el mundo o en campos de refugiados en los países vecinos sin permitirles regresar a su patria ancestral, ni siquiera de visita o para morir en ella.

Aun a quienes vivimos 12 años de dictadura nos cuesta imaginar cómo tres generaciones de palestinas/os han vivido sin conocer un solo día de normalidad, sin el miedo de que sus tierras o sus barcas de pesca sean confiscadas, sus casas demolidas, sus seres queridos encarcelados o asesinados, su ciudad bombardeada, su permiso de trabajo o de residencia en su ciudad cancelado…

Muchas veces me he preguntado si esta naturalización de Israel se debe a indiferencia o ignorancia. En ambos casos se trata de un serio problema ético. En el primero, por la simple razón que ya expuso el Arzobispo Desmond Tutu: si eres neutral en situaciones de injusticia, estás tomando partido por el opresor. Y en el segundo porque, en tiempos de inmediatez mediática, cuando podemos ver el video de una ejecución sumaria en tiempo real, ignorar lo que pasa es una opción consciente. Y no tengo dudas de que muchos –dentro y fuera de la comunidad judía− eligen no informarse para no tener que enfrentar verdades dolorosas o por lo menos incómodas.

En cualquier caso, una cosa es cierta: la narrativa sionista que por décadas logró exitosamente presentar a Israel como un ejemplo de civilización en medio de la barbarie, e incluso como la víctima que tiene derecho a defenderse de sus salvajes vecinos árabes, se está resquebrajando. El sionismo cada vez tiene más dificultades para acallar las críticas con el gastado chantaje del antisemitismo, simplemente porque no puede pasar el examen de la verdad.

Por eso, como dice el periodista Joan Cañete Bayle, hay que hablar más del Israel real. De sus leyes y sus mitos fundacionales, del pensamiento único sionista, de la nula separación entre Estado y religión. Dar voz a los colonos. Publicar el contenido de los textos de estudio. Escuchar a los líderes espirituales de los partidos religiosos. Entrevistar a los jóvenes recién llegados de Brooklyn que se instalan en las colonias más hardcore de Cisjordania al grito de que esa tierra les pertenece por derecho divino y no a las familias que llevan generaciones cultivando los olivos. Y preguntarles a quienes manifiestan en Tel Aviv por los derechos animales o en el día del orgullo LGTBI, qué piensan de los derechos humanos en Gaza.

NOTAS
[1] Conviene recordar que las colonias fueron retiradas de Gaza en 2005 por el gobierno de Ariel Sharon, pero sólo para intensificar la colonización de Cisjordania y Jerusalén en condiciones de seguridad que resultaban muy costosas en la Franja. No obstante Gaza sigue siendo considerada territorio ocupado para el Derecho Internacional Humanitario, porque su territorio está controlado por agua, tierra y aire por una potencia militar enemiga y beligerante.
[2] La iniciativa fue llevada adelante por los grupos Center for Jewish Nonviolence y IfNotNow en coalición con organizaciones palestinas e israelíes. Durante varios días, más de 500 activistas rehabilitaron cuevas ancestrales de la aldea de Sarura, repararon caminos que la conectan con aldeas vecinas, plantaron huertos y mantuvieron una presencia permanente en el “Campamento de la Libertad: Sumud”. A pesar de la represión, la movilización permitió que dos familias palestinas desplazadas pudieran retornar a Sarura y permanecer allí.
[3] En julio de 2016 una delegación igualmente numerosa del CJNV y All that’s left: anti occupation collective también estuvo en la zona por diez días, apoyando a la comunidad de Um Al-Jeir a plantar huertos y reconstruir sus viviendas demolidas por el ejército, acompañando a la comunidad de Susiya a visitar su tierra ancestral de la que fue expulsada (para construir un “parque arqueológico” judío), y a la población palestina de la ciudad de Hebrón a montar un cine comunitario, desmantelado por los soldados. Ver aquí un video de la visita.  
Algunos registros del Campamento de la Libertad: Sumud y la represión del ejército israelí:

 

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