¡No hables de la ocupación, antisemita! El linchamiento mediático del periodista Joan Cañete Bayle y un artículo de Amira Hass

A propósito del ataque individual de un joven palestino contra un grupo de soldados del ejército de ocupación israelí (en acción y emplazados en el territorio ocupado de Jerusalén Este), el blog “Mentiras sionistas” hace un comentario sobre las reacciones histéricas y patoteras al artículo mesurado y certero del periodista catalán Joan Cañete Bayle (con enlace a dicho artículo), y seguidamente transcribe la opinión sobre el hecho de la periodista israelí Amira Hass (traducida al castellano).

Ver también otros dos textos (en inglés) de analistas israelíes:
Isis attack theory suits Netanyahu well, but Jerusalem is not Berlin, de Nir Hasson.
The truck attack that killed four Israeli soldiers in Jerusalem was not ‘terrorism’, de Jonathan Ofir.

Mentiras sionistas

tcallessolojudios2 Soldados israelíes impiden a un palestino a transitar por una calle segregada sólo para judíos en Hebrón, Territorio Ocupado Palestino. Fuente: vídeo.

Anteayer, domingo 8 de enero, Fadi Al Qanbar, un palestino de los territorios ocupados por Israel, arrolló en Jerusalén Este a un grupo de soldados israelíes con un camión, matando a 4 de ellos. El primer ministro israelí, Bejamin Netanyahu, se apresuró a equiparar el atentado a los que el Estado Islámico (ISIS) ha perpetrado de forma indiscriminada contra la población civil de Berlín y Niza. Joan Cañete Bayle, responsable de opinión de El Periódico, publicó esa misma tarde un artículo en el que trataba de contextualizar el atentado en el entorno de las políticas de ocupación y colonización que los palestinos sufren a manos de Israel desde hace décadas. El linchamiento mediático por parte de los defensores de esas políticas no se hizo esperar. Podéis…

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Los números macabros de la ocupación

Saldo criminal de 2016.
Reblogueado desde Sergio Yahni. Reseñas desde Jerusalén.

Sergio Yahni

Soldados y policías en la ciudad de Hebron tras el asesinato de Ramzi Aziz Qarazawi de 21 años de edad en Tel Rumeida, Hebron el 24 de marzo de 2016. Su compañero, Abed al Fatah al-Sharif, también de 21 años fue herido durante el mismo incidente y mas tarde ultimado con un balazo en la cabeza. Portavoces israelíes aseguran que ambos perpetraban un ataque contra las fuerzas militares apostadas en el lugar. Eleor Azaria, el soldado israelí que ultimo a Abed al Fatah al-Sharif esta siendo juzgado por uso indebido de su fusil en una corte militar israelí. Soldados y policías en la ciudad de Hebron tras el asesinato de Ramzi Aziz Qarazawi de 21 años de edad en Tel Rumeida, Hebron el 24 de marzo de 2016.

El año 2016 fue un año mortífero para los jóvenes palestinos. Durante el año que acaba de terminar 47 palestinos menores de 18 años perdieron su vida en manos de las fuerzas armadas de Israel. La mayoría de ellos varones residentes del sur de Cisjordania.

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“El mundo entero está contra nosotros”

La resolución del Consejo de Seguridad enfurece a un Israel cada vez más aislado


María Landi

Publicado en el semanario Brecha el 31/12/16

El 23 de diciembre el Consejo de Seguridad de la ONU (CS) aprobó la Resolución 2334 condenando la continua colonización israelí del territorio palestino. La iniciativa originalmente era patrocinada por Egipto, pero una llamada a medianoche al presidente Sisi de Donald Trump (todavía un simple ciudadano sin ninguna función pública) lo hizo desistir -recordemos que Egipto recibe 1.500 millones de dólares anuales de EE.UU. en ayuda militar. Ante ello, y a pesar de las frenéticas presiones de Israel, la moción fue presentada en conjunto por Malasia, Nueva Zelanda, Senegal y Venezuela, y aprobada por 14 votos, con la abstención de EE.UU.

No fue la primera resolución del CS contra las colonias, aunque la anterior (R465) es de 1980, cuando la empresa colonizadora israelí llevaba 13 años y estaba lejos de la magnitud que ha adquirido 50 años después: hoy ocupa más del 60 por ciento de Cisjordania, donde viven unos 400.000 colonos judíos -además de 200.000 en Jerusalén Este.

Tampoco ha sido la primera permitida por un gobierno estadounidense, pero sí por el de Obama, quien en 2011 vetó una resolución similar. De hecho desde 1967 los gobiernos de EE.UU., desde Johnson hasta Clinton, permitieron la aprobación de 77 resoluciones condenando a Israel. En cambio Obama, considerado el presidente más progresista, y teniendo que vérselas con el gobierno más ultraderechista de la historia de Israel, fue el que más blindó el CS en su favor.

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Chantaje y patoteo

Todo niño malcriado reacciona con berrinches furiosos cuando los mayores intentan imponerle algún límite, precisamente porque no está acostumbrado a ellos. Pero también sabe que, pasado el pataleo, quienes le han permitido crecer haciendo lo que le da la gana seguirán permitiéndoselo. Es cuestión de gritar mucho y fuerte para que se les quite las ganas de volver a contrariarlo. Pasada la bronca, todo seguirá como siempre y el malcriado continuará siendo el matón del barrio con el que nadie quiere meterse.

Así han sido las relaciones entre Israel y la comunidad internacional desde el origen mismo del proyecto sionista, y más aún después de la creación del Estado hebreo. Y vaya si el pataleo le ha redituado: en casi 70 años de existencia, explotando al máximo la culpa europea y los intereses geopolíticos yanquis, Israel ha hecho lo que quiere en Medio Oriente y en el mundo entero, acallando cualquier atisbo de crítica con su arma favorita de bullying: la acusación de antisemitismo.

Estos días Israel está atravesando uno de esos berrinches narcisistas. Netanyahu llamó a los embajadores de los 15 miembros del CS para regañarlos (incluido su principal aliado, por no haber usado el veto), anunció que suspendía sus “relaciones de trabajo” con ellos, y a través de Twitter desparramó una andanada de amenazas, afirmando que no va a respetar la resolución y continuará construyendo colonias en el territorio palestino, incluyendo Jerusalén Este.

Vaya novedad. Desde su fundación, Israel es el Estado que más resoluciones de la ONU ha incumplido. La R2334 no será una excepción, ya que fue aprobada bajo el capítulo 6 de la Carta de la ONU y por eso no tiene carácter vinculante (para que lo tuviera tendría que haberse aprobado bajo el capítulo 7). El texto tiene sólo carácter de recomendación; no incluye medidas coercitivas ni prevé sanciones por su no cumplimiento.

Por eso este cacareo no es más que pura retórica, ya que unos y otro saben que –al menos por ahora- nada va a cambiar en los hechos: Israel continuará ocupando y robando más tierra (y agua) de Cisjordania, construyendo en ella más colonias judías, bloqueando a la Franja de Gaza y demoliendo viviendas palestinas en Jerusalén y en todo el territorio que ha designado como “área C” –y que pretende anexar próximamente, con la ayuda de Trump. La única finalidad del pataleo histérico es quitarle las ganas a la ONU de volver a la carga con iniciativas de cualquier tipo. Porque si reacciona así ante un texto inofensivo, ¿qué no hará si alguna vez se aplica una sanción real?

Para tener una idea de la megalomanía y el autismo de los políticos y la sociedad israelíes, nada mejor que seguir los tuits de su eterno Primer Ministro:

– “Quienes trabajan con nosotros se beneficiarán, porque Israel tiene mucho que ofrecerle al mundo. Pero quienes trabajan contra nosotros perderán; porque sus acciones contra Israel tendrán un precio diplomático y económico.”

– “Esta resolución es un llamado a las armas para nuestros muchos amigos, en EE.UU y en todo el mundo, que están hartos de la hostilidad de la ONU hacia Israel.”

– En la nueva era, habrá un precio más alto para aquellos que intentan dañar a Israel, y ese precio será cobrado no sólo por EE.UU. sino también por Israel”.

Esto último en clara alusión al inminente ascenso de Trump, quien por su parte tuiteó, entre otras expresiones de fidelidad a Israel: “En lo que respecta a la ONU, las cosas serán diferentes después del 20 de enero” y “La ONU no es más que un club de amigos que se juntan para pasarla bien”.


La venganza del ninguneado

Algunos interpretan la abstención de EE.UU. como la cachetada de despedida de Obama, tanto a Trump como a Netanyahu, el ingrato que no reparó en escupir la mano que le daba de comer, desairándolo en cuanta ocasión tuvo. Pues más allá de la retórica hostil y la franca antipatía mutua, la Administración Obama fue la más generosa en su descomunal ayuda económica a Israel. Incluso en septiembre, como regalo de despedida, aprobó el paquete más grande en la historia de la relación entre ambos países: 38.000 millones de dólares para los próximos diez años. Israel, un diminuto territorio con menos de siete millones de habitantes, es el país del mundo que recibe más ayuda de EE.UU.

Y como recordó la misma representante de Obama en el CS, Samantha Power, su gobierno fue el único que en ocho años no permitió que se aprobara una sola resolución condenatoria de Israel. Eso favoreció la incesante expansión sionista, de modo que la abstención llega tarde. Obama sólo se atrevió a confrontar a Netanyahu al final de su mandato, cuando ya no tendrá que lidiar con las consecuencias de su decisión ni con la implementación de la resolución.


Una medida tardía y tímida

La R2334 reitera la inadmisibilidad de la adquisición de territorio por la fuerza, afirma que la construcción de colonias, el traslado de colonos israelíes al territorio ocupado, la alteración demográfica y física del mismo -incluyendo la demolición de viviendas e instalaciones y el desplazamiento de la población ocupada- son violaciones al Derecho Internacional Humanitario (citando el dictamen de la Corte Internacional de Justicia de 2004) y constituyen un obstáculo para alcanzar una paz justa y duradera.

Pero como escribió el periodista catalán Joan Cañete Bayle, la R2334, al igual que todos los intentos de la Administración Obama durante ocho años para impulsar la hace tiempo perimida ‘solución de dos estados’, han apuntado a “salvar a Israel de sí mismo”:

En plena frustración por la imposibilidad de impulsar un proceso de paz, John Kerry dijo: “la solución de los dos Estados es la única alternativa. Porque un Estado unitario o bien acabará siendo un Estado de apartheid o bien destruirá la capacidad de Israel de ser un Estado judío”. (…)  No es que Israel corra el riesgo de convertirse en un Estado de apartheid, es que ya actúa como tal. La resolución es el último aviso de un fiel amigo: estás yendo hacia el desastre. La realidad es que ya están instalados en él.”

Es bueno recordar también que este ‘salvataje’ se da en momentos en que el parlamento israelí está discutiendo un proyecto de ley para legalizar la totalidad de las colonias implantadas en el territorio palestino, enterrando las últimas ilusiones de los defensores de los dos estados.

A su vez, los críticos de la partición, que abogan por un solo Estado democrático, secular y no sionista en toda la Palestina histórica, han señalado los peligros que encierra la resolución:

– Al llamar a distinguir entre el territorio de Israel y los adquiridos mediante la guerra en 1967 (y por lo tanto ilegítimos según el Derecho Internacional), ignora que lo que se llama “territorio de Israel” ni siquiera es el propuesto en el plan de partición de la ONU de 1947, sino el resultado de la guerra de conquista de 1948, plasmado en el armisticio de 1949; y que la condición (hasta hoy incumplida) para reconocer a ese Estado era que Israel permitiera el retorno de los refugiados palestinos.

– Al reiterar la necesidad de alcanzar una solución negociada entre las partes sobre la base de la colección de iniciativas fracasadas (del Cuarteto, de la Liga Árabe, de Francia, de Rusia, de Egipto), ignora que a lo largo de su historia todos los gobiernos y dirigentes sionistas han dado muestras claras de no tener intención alguna de devolver un ápice del territorio apropiado; mucho menos lo que consideran sus áreas estratégicas: al oeste, los grandes bloques de colonias cercanos a la Línea Verde; en el centro, Jerusalén Este; y al este, el valle del Jordán. Es decir, nada.


Oportunidad para el BDS

De todos modos, es indiscutible que la R2334 tiene un importante valor simbólico –y eso es lo que le duele al sionismo-, pues pone en evidencia el amplio consenso mundial a favor de los derechos palestinos, a la vez que el creciente aislamiento de Israel, que por este derrotero va camino a convertirse en un Estado paria.

Sería hipócrita o ignorante no reconocer el papel del movimiento BDS (boicot, desinversión y sanciones a Israel), por lo menos en el deterioro de la imagen internacional de Israel y en el campo de posibilidades que la resolución abre, tanto hacia la profundización de iniciativas de boicot y sanciones (como las aprobadas por la Unión Europea sobre el etiquetado de productos de las colonias) como en la Corte Penal Internacional (CPI) para enjuiciar a dirigentes israelíes por crímenes de guerra.

En efecto, el hecho de que el CS afirme que todas las colonias israelíes son ilegales pues “constituyen una flagrante violación del Derecho Internacional” puede incidir en la investigación preliminar que la CPI está llevando a cabo a raíz de las denuncias presentadas por organizaciones palestinas de DD.HH. por violación de los Convenios de Ginebra y el Estatuto de Roma.

Asimismo, puesto que la resolución pide al Secretario General que informe cada tres meses al CS sobre su implementación, individuos y empresas –tanto israelíes como multinacionales- involucrados en actividades en las colonias estarían más expuestos a boicots, juicios internacionales y otras sanciones. Ello podría traducirse en una mayor presión sobre Israel, similar a la experimentada por Sudáfrica durante la era del apartheid.

Tampoco se puede ignorar que este aire fresco que salió del CS –reflejado en el prolongado aplauso con que sus miembros saludaron la aprobación de la resolución- puede muy pronto ser sofocado por la inauguración de la era Trump. El electo presidente, así como su próximo embajador en Israel (David Friedman, un fanático defensor de la colonización) ya han dado muestras de estar dispuestos a abrazar la agenda extremista del actual gobierno israelí, apoyando incluso la anexión de Cisjordania que reclaman algunos de sus ministros.

Sin duda el gobierno de Trump planteará nuevas contradicciones. En la medida que su discurso, su agenda y su futuro gabinete han dado muestras claras de racismo y antisemitismo (lo que preocupa a amplios segmentos de la comunidad judía en EE.UU.) al mismo tiempo que apoyan incondicionalmente a Israel, podrían contribuir a poner en evidencia que judaísmo y sionismo son dos cosas diferentes. Asimismo, la anexión de lo poco que queda de territorio palestino –facilitada por Trump- podría ser un realitiy-check para que la comunidad internacional abandone el ilusorio paradigma de los dos estados y se disponga a considerar una alternativa más realista para acabar con la etnocracia y el apartheid israelíes.

Pero ya se sabe que los gobiernos no definen su política exterior según principios de derechos humanos, sino en base a intereses -que suelen ser los de los grupos poderosos. Es tarea de los pueblos, de la sociedad civil organizada, empujar los cambios desde abajo. Las y los palestinos han señalado el camino ofreciendo una estrategia que está siendo la única capaz de tener un impacto significativo: la campaña internacional de BDS es más urgente que nunca para hacer frente a los tiempos que se avecinan. Usada estratégicamente, la resolución 2334 puede ser un insumo más en la dirección de más y mejor BDS.

NOTA: Todos los dibujos son de Carlos Latuff.

 

 

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Cosechar en medio del enemigo…

… y a pesar de él

 

María Landi

Columna mensual publicada en el portal Desinformémonos.
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Mujeres cosechando en Kifl Hares, Salfit (Foto: M. Landi)

En el mes de octubre tuve el privilegio de integrar el equipo coordinador de una brigada del estado español y Latinoamérica –convocada por la organización Unadikum– que participó en la cosecha de aceitunas en Cisjordania. El grupo de 22 personas trabajó en los distritos de Nablus (al norte) y Hebrón (al sur), en donde están ubicadas las colonias sionistas con perfil más extremista y violento.

Las comunidades palestinas sufren agresiones de colonos en prácticamente todo el territorio de Cisjordania, pues las colonias ocupan casi el 45 por ciento del mismo; pero particularmente esos dos distritos son los más afectados por la violencia, y ésta suele aumentar en períodos críticos como los de plantación y cosecha de aceitunas.

Los olivos constituyen un elemento fundamental de la economía palestina, ocupando más de la mitad de las tierras agrícolas. Unas 100.000 familias viven de ellos, y toda la vida gira alrededor de la cosecha: la gente espera con ansia que sea buena, porque de ella depende poder financiar los estudios universitarios de las jóvenes, o la boda de los hijos, o realizar reparaciones a la vivienda, comprar un vehículo o insumos de trabajo. Durante un mes entero hombres, mujeres, jóvenes, niñas y niños pasan largas jornadas en el campo; quienes tienen más árboles convocan a amigos, vecinas o familia extendida para que les ayuden a cosecharlos en tiempo y forma.

Los colonos lo saben, y por eso también ellos se preparan para dañar, impedir o robar la cosecha de las comunidades palestinas. Así de simple: no se trata sólo de robarles la tierra, sino también el fruto de ella. De hecho la mayor parte de las tierras agrícolas palestinas se encuentran en la llamada área C, que está bajo control exclusivo del ejército israelí. En esa misma área están asentadas las colonias sionistas, en permanente expansión y decididas a quedarse con toda la tierra. Para ello todo es válido a la hora de arruinar y hacer inviable la subsistencia de las familias palestinas, a fin de que se den por vencidas y abandonen la tierra, que así pasará a manos judías.

Es por eso que en la época de cosecha o plantación de olivos muchos grupos de solidaridad acompañan a las comunidades palestinas ubicadas en las zonas más sensibles de Cisjordania. La finalidad de la presencia internacional es disuadir y reducir la violencia de los colonos, o al menos documentarla cuando no se puede evitar.

Los obstáculos que enfrentan las familias palestinas durante la cosecha pueden resumirse en tres:

el Muro construido por Israel, en un 85% dentro del territorio palestino, ha dejado a muchas comunidades con su tierra del otro lado de la valla, y necesitan un permiso especial del ejército para acceder a ella;

los colonos sionistas roban o vandalizan la cosecha, y atacan a las familias cuando están trabajando en el campo;

los soldados israelíes actúan para proteger a los colonos agresores (garantizando su impunidad) y nunca a los agricultores palestinos agredidos.

Por eso organizaciones palestinas, israelíes e internacionales como OCHA (la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU), además de promover la presencia de observadores y acompañantes internacionales, han creado mecanismos de monitoreo y coordinación con el fin de alertar, documentar e intervenir cuando es posible para frenar la violencia.

Una de ellas es la israelí Yesh Din (que se define como “voluntari@s por los derechos humanos”). Esta organización publicó en noviembre un informe donde cuantifica y resume los incidentes que documentó en las cosechas de olivos en el período 2013-2015.

Entre los incidentes más comunes el informe menciona: vandalización, incendio, envenenamiento o destrucción de árboles de olivo (muchos de ellos, centenarios y hasta milenarios); robo de la cosecha en los árboles cercanos a las colonias, a los cuales sus dueños palestinos tienen acceso negado, restringido o tardío; agresiones físicas directas de los colonos a los agricultores palestinos.

Otro elemento clave que atenta contra el buen resultado de la cosecha es el perverso sistema de permisos, esa pesadilla que rige todos los aspectos de la vida palestina desde la cuna hasta la sepultura: la gente tiene que pedir permiso para desplazarse, para trabajar, para viajar, para ir al hospital, a la universidad, a la iglesia o la mezquita… y también para cosechar o trabajar en su propia tierra.

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Familias palestinas esperando para cruzar el muro y poder acceder a sus tierras (Foto: Oren Ziv).

En efecto, las familias deben solicitar permiso para acceder a las tierras de su propiedad que han quedado del otro lado del Muro, o en el área ocupada (ilegalmente según el derecho internacional) por las colonias sionistas. Para ello deben dirigirse a la autoridad palestina, que a su vez lo solicita al ejército israelí. El trámite puede ser largo y el permiso suele llegar demasiado tarde, o ser insuficiente. En el primer caso, a menudo llega después de la época óptima para cosechar; o al acceder por fin a sus olivos, los agricultores encuentran que están vacíos porque los colonos les robaron todas las aceitunas. En el segundo caso, es frecuente que si una familia pide permiso para diez integrantes, se los den sólo para cuatro. O que si necesita dos semanas para realizar la cosecha de esos árboles, lo obtenga sólo para cuatro días. Así, muchas familias pueden cosechar sólo un 30% de sus olivos.

Lo mismo ocurre en abril, el mes en que debe ararse la tierra y podar los olivos. Cuando ello no es posible, la producción de aceituna es menor y de peor calidad. Nuestra brigada pudo comprobar esto en muchos de los lugares donde trabajó, y fuimos testigos de la frustración de las familias al relatarnos que no pueden cuidar de sus árboles como desearían, ya que el ejército no les permite acceder a ellos. “Antes obtenía dos toneladas de aceitunas [de los olivos que quedaron detrás del Muro]; hoy sólo obtengo 300 kilos”, dijo a Yesh Din un agricultor del poblado de Bil’in.

También fuimos testigos de los abusos de los ocupantes cuando llegamos a la casa de Nisrin, la viuda de Hashem Azzeh, un respetado dirigente comunitario que murió hace un año, víctima de la represión del ejército israelí. Nisrin y sus cuatro hijas e hijos viven en Tel Rumeida, un barrio ubicado en una de las laderas de la ciudad de Hebrón, tristemente famoso porque allí se han instalado algunos de los colonos más fanáticos, que hostigan y agreden permanentemente a sus vecinos palestinos.

Apenas nuestro grupo empezó a cosechar las aceitunas en el pequeño terreno de Nisrin, los colonos llamaron a los soldados para ordenarles que nos echaran. Después de una tensa negociación con éstos, se nos permitió seguir trabajando a condición de no filmar ni tomar fotos. El resto de la jornada estuvimos cosechando bajo la estrecha vigilancia de los soldados armados a guerra, instalados en el terreno privado de la familia. Al día siguiente, los colonos vecinos lanzaron piedras al grupo de brigadistas que volvió para continuar el trabajo. Sin duda el incidente habría terminado mucho peor si Nisrin y sus niñas hubieran tenido que enfrentar a los agresores sin acompañantes internacionales.

 

La impunidad y la ausencia total de estado de Derecho en los territorios ocupados es lo que alienta la repetición de los delitos cometidos por los colonos. La policía del distrito de “Judea y Samaria” (nombre con el que los sionistas designan a Cisjordania ocupada) tiene el peor récord de ineficiencia y negligencia de todo Israel en la resolución de casos denunciados.

Según datos de OCHA, en 2013 fueron dañados o destruidos 10.672 olivos palestinos; en 2014, 9.400, y en 2015, 11.254. Se estima que las cifras de 2016 serán similares.

Yesh Din afirma en su informe que, de las denuncias judiciales presentadas entre los años 2013 y 2015 sobre agresiones de los colonos hacia agricultores palestinos, más del 90% quedaron impunes. Asimismo, de los casos presentados por la organización en la década 2005-2015, el 95% se cerraron sin sanción alguna. Y debe tenerse en cuenta que los casos denunciados son menos de la mitad de los incidentes ocurridos; la mayoría de las víctimas no denuncia por falta de confianza en el sistema israelí o por temor a las represalias de los colonos.

Esta realidad de impunidad e injusticia se resume en las palabras de un agricultor palestino: “¿Ante quién vamos a quejarnos, cuando el juez es el enemigo?”.

Pero a pesar de todos los esfuerzos y planes para expulsarle de su tierra, el pueblo palestino persiste en su voluntad de permanecer en ella, igual que sus milenarios árboles de olivo; no en vano ellos son el símbolo de esa resistencia enraizada profundamente en la tierra, que se expresa en la palabra árabe ‘sumud’.

 

Algunas imágenes tomadas por participantes de la brigada durante sus tres semanas de duración:

 

 

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Infancia suspendida: el arresto de niños y niñas de Jerusalén

Las fuerzas de ocupación Israelí arrestan sistemáticamente a los niños y niñas palestinos como una forma de castigo colectivo. Estos niños son sometidos a diferentes formas de tortura psicológica y…

Origen: Infancia suspendida: el arresto de niños y niñas de Jerusalén

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Sionismo en estado puro

Los residentes de Umm al-Hiran protesta contra la demolición prevista de sus hogares. Foto: Eliyahu Hershkovitz

La población de Umm al-Hiran protesta contra la demolición prevista de sus hogares. Foto: Eliyahu Hershkovitz

 

Amira Hass

 

Los videos producidos por el grupo de colonos de Hiran muestran una gran cantidad de alegres judíos a los que les gusta cantar y tocar música, contar chistes y divertirse. Serán aún más felices muy pronto, cuando se trasladen al sitio de su comunidad permanente en el noreste del Negev.

La tierra que el Estado les ha designado se llama Atir / Umm al-Hiran, y durante 60 años ha sido el hogar de los miembros de la tribu beduina Al-Qi’an. En otras palabras, los hogares y zonas de juegos para niños judíos que se construirán allí, y los jardines que se plantarán, crecerán sobre las ruinas de las casas y vidas de otras 1.000 personas, que también son ciudadanos israelíes (algunos de los cuales incluso han servido en el ejército, para aquellos a quienes les preocupan estas cosas).

Cualquier día, las excavadoras de la Administración de Tierras de Israel y/o sus subcontratistas van a demoler las casas de estos ciudadanos beduinos para dar paso a una floreciente comunidad de alegres ciudadanos judíos. En síntesis, eso es el sionismo.

No se trata de un acto de guerra ni tampoco de un acto de pasión vengativa; todo ha sido planeado con calma y con cuidado. El gobierno de Ariel Sharon decidió, el Consejo Nacional de Planificación y Construcción aprobó, y los comités de apelaciones rechazaron todas las objeciones presentadas.

El plan para destruir la vida de los beduinos -para quienes el desierto del Negev ha sido su hogar durante cientos de años- a fin de promover y beneficiar a un grupo de judíos reunidos de todo Israel también tiene la aprobación y sanción de seis jueces de tres tribunales diferentes: Israel Pablo Akselrad del Tribunal de Apelaciones de Kiryat Gat, los jueces Sarah Dovrat, Rachel Barkai y Ariel Vago del Tribunal de Distrito de Beer Sheva, y los jueces Eliakim Rubinstein y Neal Hendel del Tribunal Supremo (la jueza Daphne Barak-Erez se opuso a la demolición).

Estos jueces sabían que la tribu Al-Qi’an ha vivido en Umm al-Hiran desde 1956, después de haber sido enviados allí  por orden del gobernador militar israelí. Después de 1948, los pocos beduinos que Israel no expulsó a Gaza, Cisjordania y Jordania recibieron la orden de permanecer en un área designada del Negev, que poco a poco se ha ido reduciendo. La tribu Al-Qi’an se vio obligada a abandonar las tierras en las que había vivido durante varias generaciones, y sobre las que se construyó el Kibbutz Shoval. Después de años de vagabundeo y desalojos, se les permitió asentarse en la zona de Wadi Yatir. Sin embargo, el Estado nunca reconoció oficialmente su aldea. Eso significó más de 60 años sin electricidad, servicio de agua o gasto público en educación, salud o servicios sociales. Por otra parte, todas sus construcciones están calificadas como “ilegales”.

La “Nueva Nación Emprendedora” quiere desplazarlos a la localidad beduina de Hura. Así que he aquí una nueva mini-lección sobre el sionismo: a los judíos israelíes se les permite decidir por sí mismos dónde y cómo vivir. ¿Y los árabes? Deberían estar agradecidos de que no se les expulsa; pero van a vivir donde y como decidamos los israelíes.

Escribió el juez Akselrad: “Podemos decir que el interés personal de los demandantes de que no sean demolidos los techos sobre sus cabezas no tienen peso en estas circunstancias, y en cualquier caso no prevalecen sobre el interés público de evitar la construcción en tierras estatales”.

Y los jueces en Beer Sheva apostillaron: “Una vez que se determinó que el permiso dado a los recurrentes para utilizar la tierra era revocable, el demandado tiene derecho a exigir su expulsión de las tierras. … La afirmación de que el demandado tiene un motivo oculto o incluso abierto para su evacuación de la tierra para poder establecer una comunidad judía en ese lugar … [debe ser discutido] por un tribunal diferente “.

Y ¿qué hicieron los dos jueces del tribunal superior, el Tribunal Supremo, por ejemplo? Se escondieron detrás de una explicación de procedimiento de que los residentes habían presentado fuera de plazo sus quejas contra la destrucción de sus casas y sus vidas.

La decisión mayoritaria de Rubinstein y Hendel permitiendo la demolición de la aldea fue dictada en mayo de 2015. Ahora los niños y adultos en Umm al-Hiran saben que en cualquier momento las excavadoras y los funcionarios judíos vendrán a sacarlos con órdenes oficiales.

 

Fuente: Zionism at Its Best, Haaretz. Traducción para Sinpermiso: Enrique García
Tomado de Palestina Libre.

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Día Internacional de Solidaridad con Palestina: una fecha con malos recuerdos…

… y nada para celebrar

 

Kisan, Cisjordania, marzo 2015. Foto: Kayla Louise.

Kisan, Cisjordania, marzo 2015. Foto: Michaela Whitton.

 

María Landi

Columna mensual publicada en Desinformémonos

 

El 29 de noviembre se celebra el Día Internacional de Solidaridad con Palestina, instituido por la ONU en 1977. Ese día en muchos países del mundo, desde comités de solidaridad hasta gobiernos realizan actos de conmemoración, ondean banderas palestinas y hacen discursos inflamados a favor de la causa palestina. Pero difícilmente haya una fecha más ambigua en el calendario de esa causa, pues implica que quienes apoyamos el derecho del pueblo palestino a su autodeterminación celebremos el día en que la comunidad internacional resolvió despojarlo de más de la mitad de su territorio.

 

En efecto, la fecha recuerda la Resolución 181 de la Asamblea General (AG) de la ONU, que en 1947 recomendó dividir el territorio de la Palestina histórica para crear dos Estados, uno judío y uno árabe. La propuesta había sido hecha por un comité especial (UNSCOP) creado para resolver la cuestión palestina, después de que el gobierno británico anunciara su decisión de abandonar Palestina en febrero de 1947 y trasladara el futuro del país a la ONU. En el UNSCOP los países occidentales y sus aliados lograron imponerse sobre los árabes y aprobar el plan de partición por mayoría (pues no se logró un consenso), con total prescindencia de los intereses del pueblo árabe nativo.

La resolución 181 suele ser invocada como el fundamento de la creación del Estado de Israel por parte de la ONU. El sionismo la considera su ‘piedra fundamental’. Sin embargo numerosos expertos han señalado la falacia de semejante afirmación con solidez jurídica e histórica: ni la AG ni el Consejo de Seguridad tienen potestad para crear ni para partir países o disponer de su territorio; y por eso el texto de la resolución habla siempre de recomendación. Aún así, como bien señalaron los países árabes, la propuesta iba contra la letra y el espíritu de la Carta de la ONU.

También hubo argumentos fuertes en contra de la idea de partición porque negaba la voluntad y el derecho de autodeterminación del pueblo palestino; un derecho recién consagrado por la flamante ONU, en un contexto mundial y regional de descolonización y surgimiento de estados independientes. Sin embargo, cediendo a la presión sionista, desconociendo las voces críticas e incluso la propuesta sensata de los países árabes de elevar la cuestión a la Corte Internacional de Justicia, la AG aprobó la recomendación.

La idea de dividir el territorio entre los nativos y los colonos inmigrantes no se planteó en ningún otro caso histórico. Además, el plan otorgaba a la minoría judía inmigrante el 54 por ciento del territorio; una división desde todo punto de vista injusta y arbitraria, considerando las realidades demográficas del país. A fines del siglo XIX las personas de religión judía constituían el 2 por ciento de la población de Palestina. Al final de la I Guerra Mundial –ya iniciada la inmigración sionista- alcanzaba al 10 por ciento. La continua y masiva inmigración desde Europa promovida por el sionismo y facilitada por el Mandato británico, ante la protesta y resistencia de la población nativa, hizo que a fines de la II Guerra Mundial las personas judías fueran la tercera parte de la población de Palestina -aunque se trataba en su gran mayoría de inmigrantes europeos recién llegados y que poseían apenas el 6 por ciento de la tierra.

Lo que está poco analizado es el triste papel jugado por los países latinoamericanos, aliados de una Europa con mala conciencia por el reciente Holocausto y atrapados en su área de influencia. Guatemala, Perú y Uruguay integraron el UNSCOP y se alinearon con la posición que recomendó la partición. Y en la Asamblea General, la gran mayoría de nuestros países votó a favor; otro grupo menor se abstuvo, y sólo Cuba votó en contra. En un mundo que salía de los horrores de la II Guerra Mundial, en una ONU recién creada para no repetirlos, y en pleno impulso descolonizador de Medio Oriente, los países latinoamericanos le dieron la espalda al pueblo directamente afectado por el proyecto colonial europeo, alineándose con los nuevos y viejos colonizadores. Hasta el día de hoy Israel no pierde oportunidad de recordarlo y agradecer ese aval latinoamericano para su nacimiento.

Conviene aclarar que los sionistas, que no simpatizaban con la partición porque querían la totalidad de “la Tierra de Israel”, no obstante la aceptaron como solución temporal, pues les daba el pretexto que necesitaban para iniciar la conquista y apropiación del resto del territorio.

Efectivamente, inmediatamente después de aprobada resolución, las milicias sionistas empezaron en diciembre de 1947 la limpieza étnica de aldeas, pueblos y ciudades palestinas, expulsando con violencia a la población árabe y destruyendo su infraestructura urbana para hacer imposible su retorno y a la vez borrar las huellas del crimen. En el relato oficial sionista, la “guerra de independencia” israelí comenzó con “la agresión de los ejércitos árabes vecinos” en mayo de 1948; pero la investigación histórica ha dejado claro que mucho antes de que un solo soldado árabe pisara Palestina para frenar el avance de las fuerzas sionistas, éstas ya habían despoblado y arrasado muchas localidades palestinas.

El resultado de esa campaña fue que un año después Israel había conquistado casi el 80 por ciento del territorio. Y esas ‘fronteras’ adquiridas mediante la guerra -tras la firma del armisticio con los países árabes- quedaron legitimadas en mayo de 1949 cuando la ONU admitió a Israel sin exigirle ninguna de las condiciones establecidas previamente: retrotraerse a las fronteras previstas en el plan de partición, reconocer el estatus especial de Jerusalén y permitir el retorno de la población palestina expulsada. El resto del territorio palestino (Gaza y Cisjordania) fue conquistado en 1967 mediante otra guerra.

Ahora bien, cuando se habla de poner fin a la ocupación, de que Israel se retire de esos territorios y permita la creación de un Estado palestino, no se alude a la división del territorio propuesta (y nunca implementada) en la resolución 181, sino a esas fronteras -originalmente provisorias- surgidas de la conquista bélica, y por lo tanto ilegítimas según la Carta de la ONU. Y aun así Israel se niega hoy a quedarse ‘sólo’ con ese 80 por ciento de territorio palestino histórico, y en cambio avanza su colonización implacable de lo poco que va quedando de él.

Este 29 de noviembre se cumplen también cuatro años de que la Asamblea General de la ONU aprobó la incorporación de Palestina como Estado observador. Ese voto mayoritario, que tuvo el apoyo masivo de los países de Asia, África y América Latina, no se tradujo en absolutamente ningún cambio real para el pueblo palestino, que sigue sobreviviendo bajo ocupación militar y colonial en Cisjordania y Gaza, discriminado dentro de Israel y en su gran mayoría refugiado o exiliado, sin poder regresar a su patria.

Esta fecha es entonces una oportunidad para recordar lo que otras veces hemos dicho en esta columna: la cuestión palestina no va a resolverse sin poner fin al sionismo, ese resabio colonial que ha dado origen a un peculiar Estado organizado sobre la base de la supremacía étnico-religiosa del grupo colonizador. En otras palabras, hasta que la etnocracia se convierta en democracia, y todas las personas que habitan sobre esa tierra tengan los mismos derechos, no habrá paz ni menos justicia; no sólo en Palestina, sino en toda la región donde el proyecto sionista fue implantado hace casi siete décadas.

Y quienes queremos practicar una solidaridad efectiva con el pueblo palestino tenemos una herramienta que está demostrando por primera vez tener un impacto real: la campaña global de boicot, desinversión y sanciones (BDS) para presionar y aislar a Israel hasta que respete el derecho internacional y los derechos palestinos.

 

 

 

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