En Israel, el sionismo impide la solidaridad de clase

 

Trabajadores palestinos hacen cola para entrar a Israel por el checkpoint de Tayba, en el norte de Cisjordania (Nueva Federación Palestina de Sindicatos).


Sumaya Awad y Daphna Thier*

 

A pesar de que las tasas de sindicalización son más del doble que las de Estados Unidos, muchos trabajadores israelíes siguen comprometidos con el apartheid y la ideología racista que lo sustenta. El proyecto sionista impide que los trabajadores israelíes se organicen junto a los palestinos.

 

Las elecciones anticipadas del mes pasado en Israel −las cuartas en dos años− volvieron a centrarse en la incapacidad del primer ministro Benjamín Netanyahu de formar gobierno ante los múltiples escándalos de corrupción. De hecho, desde el pasado mes de mayo hay manifestaciones semanales en los cruces de carreteras de todo el país, ondeando banderas negras e israelíes, pidiendo su dimisión, su procesamiento y el fin de la corrupción gubernamental.

Pero ese movimiento, que pretende hablar en nombre de la población israelí de todo el espectro político, no llega a enfrentar ni a reconocer la mayor injusticia en Israel: la ocupación. Las elecciones también pusieron en evidencia a un sionismo liberal prácticamente derrumbado. Los partidos del sionismo laborista (HaAvoda) y del sionismo socialista (Meretz), que en su día fueron la piedra angular del proyecto colonial, dominaban todas las esferas de la sociedad israelí: el gobierno, el ejército, la mayoría de las empresas, la clase trabajadora y los kibbutzim.

En las elecciones de 2021, cada uno de ellos rozó el umbral de votantes para entrar en el parlamento israelí (la Knesset) con un 5,92% y un 4,55%, respectivamente.

Los principales partidos de oposición a Netanyahu y a su partido de derecha, el Likud, son los de centroderecha Yesh Atid y Kahol Lavan. Los partidos de derecha dominan ahora por completo el panorama político israelí, habiendo conseguido más de 100 de los 120 escaños de la Knesset.

Lo que queda del liberalismo sionista sigue defendiendo de boquilla una vacía solución de dos Estados, solución rechazada por una clara mayoría de la sociedad israelí, que apoya la plena ocupación, y que Israel hizo imposible con décadas de expansión de las colonias. Estos partidos socavaron la Lista Conjunta palestina, una coalición de tres partidos políticos que representan a la mayoría de la población palestina con ciudadanía israelí. La Lista Conjunta es posiblemente la única coalición de izquierda real en el ámbito electoral de Israel. Y el laborismo, que rechaza aliarse con la Lista Conjunta, está perfectamente dispuesto a formar gobierno con los partidos de extrema derecha de Israel, porque por encima de todo estos partidos y su base de votantes siguen comprometidos con el sionismo.

Fuera de la esfera electoral, un puñado de pequeños grupos de izquierda operan dentro de la sociedad israelí, y un número aún más pequeño se organiza en Cisjordania ocupada bajo el liderazgo palestino. La organización israelí de derechos humanos B’Tselem y el portal de izquierda +972 Magazine reconocen la realidad del apartheid israelí y las campañas de limpieza étnica de 1948 (la Nakba), al igual que grupos de activistas como Shministim, que se niegan a servir en el ejército israelí. Pero todos estos grupos varían en su posición sobre el derecho al retorno, un principio central de la lucha palestina.

Estos grupos de activistas combativos son en su mayoría de clase media y media-alta. Su apoyo a la causa palestina es bienvenido, por supuesto. Pero como no tienen base en la clase trabajadora y carecen de conexión con ella, tienen poco poder político.

La Histadrut, el mayor sindicato de Israel, constituyó el corazón del movimiento sionista en los años 1920, cuando dirigió campañas de presión sobre las empresas para que contrataran a trabajadores judíos y boicotearan la mano de obra palestina. Durante la masiva huelga general palestina de 1936-1939, la Histadrut trajo a rompehuelgas judíos para sustituir a los trabajadores palestinos y colaboró con las fuerzas británicas para sofocar el levantamiento.

La Histadrut dirigió la economía como sindicato, patrón y proveedor de servicios de salud para la mayoría de los trabajadores judíos de Israel hasta la década de 1980. Tras una oleada de privatizaciones su labor se desvirtuó en gran medida, pero siguió negándose a organizarse a través de las líneas nacionales. Incluso cuando la Histadrut abrió sus filas a las comunidades palestinas que adquirieron la ciudadanía israelí en la década de 1960, evitó explícitamente organizar a los trabajadores provenientes de Cisjordania.

En la actualidad, más de 130.000 palestinos (el 18% de la población activa palestina) trabajan en Israel y en sus colonias ilegales. Aunque la legislación israelí prohíbe a los sindicatos palestinos organizarse en las colonias, la Histadrut se niega a representar a los trabajadores no judíos de las colonias.

El siguiente sindicato más grande es el más derechista Histadrut Leumit, vinculado al partido Likud de Netanyahu. A la izquierda, y tercero en importancia, está Koach LaOvdim. Aunque Koach LaOvdim trabaja para organizar a los trabajadores palestinos dentro de Israel, no reconoce que la principal causa de la grave explotación que sufren es la ocupación, algo que los sindicatos palestinos han exigido explícitamente.

El único sindicato que organiza a los trabajadores palestinos provenientes de Cisjordania es WAC-MAAN, que comenzó a sindicalizarlos en 2008 y ha conseguido algunos logros sin precedentes. Recientemente, lograron el fin de la práctica de 50 años de la Histadrut de cobrar millones de dólares en cuotas a cientos de miles de trabajadores palestinos a los que no representaba; una victoria significativa para un pequeño sindicato con sólo un par de miles de miembros.

Los sindicalistas judíos israelíes mantienen la práctica de luchar por la justicia laboral separada de la “cuestión nacional”. Siguen apoyando el proyecto de asentamiento colonial de Israel y, en muchos casos, participan en la subyugación violenta de la población palestina a través del servicio en el ejército israelí. Por ello, ni siquiera WAC-MAAN ha conseguido cambiar las inclinaciones políticas de sus miembros judíos, que suelen votar al Likud.

Compárese con los movimientos sindicales de otros países. Aunque el sindicalismo en Estados Unidos deja mucho que desear, los trabajadores diversos militan juntos. Tienen intereses comunes, porque la reducción salarial y el empeoramiento de las condiciones en un lugar de trabajo repercuten negativamente en las de otros lugares.

Un estudio reciente mostró que en Estados Unidos las personas blancas que se afilian a un sindicato son menos racistas, sobre todo en los sindicatos más orientados a las bases. Los autores del estudio, los politólogos Jacob Grumbach y Paul Frymer, sostienen que esto se debe tanto a que las personas se organizan juntas para conseguir mejores condiciones como a que los sindicatos requieren una fuerza de trabajo dispuesta a traspasar las líneas raciales para ampliar su membresía. Sostienen que la educación política en los sindicatos, aunque sea mínima, desempeña un papel importante en la organización de la clase trabajadora.

No es así en Israel. Aunque las tasas de sindicalización son más del doble que las de Estados Unidos, los trabajadores israelíes siguen comprometidos con el apartheid y la ideología racista que lo sustenta. De hecho, los sindicatos de Israel son empujados hacia la derecha por sus miembros judíos. Para reclutar, deben dejar de lado la cuestión de la ocupación; de lo contrario, se condenan a la marginalidad.

Esta es la naturaleza del trabajo en una economía de apartheid. La separación casi total significa que, por diseño, judíos y palestinos rara vez trabajan juntos como compañeros de trabajo. Por el contrario, están segregados de maneras que afianzan el racismo y garantizan que la lealtad nacional se imponga a la conciencia de clase. Tres cuartas partes de los trabajadores palestinos carecen de ciudadanía y nunca compiten por el empleo con los judíos, ni se les reconoce el derecho a organizarse juntos para conseguir puestos de trabajo buenos y sindicalizados.

Por el contrario, los trabajadores palestinos ocupan los escalones más bajos de la economía, ganan menos del salario mínimo y no tienen beneficios ni jubilación. Sus intentos de organizarse para conseguir mejores condiciones chocan con la amenaza de revocación del permiso de trabajo. Y los trabajadores indocumentados se encuentran en una situación aún más precaria.

Terminar con la segregación del mercado laboral israelí supondría la competencia por los puestos de trabajo, la devolución de la riqueza robada y una potencial caída libre económica para muchos trabajadores judíos israelíes. El fin de la ocupación amenaza su estatus material. Por eso la mayoría de los trabajadores israelíes se oponen a que haya derechos democráticos para todos: el sionismo impide la solidaridad de clase.

La carencia de esa base de clase en la izquierda israelí significa la ausencia de una izquierda con capacidad de acción y de influencia para impulsar el cambio, sobre todo en la situación de subordinación de la población palestina. La construcción de la solidaridad de clase requeriría más derechos sociales, civiles y políticos para las y los palestinos. Quienes creen en el poder de lucha de la clase trabajadora tienen que reconocer las muchas condiciones que actualmente impiden a las y los trabajadores palestinos organizarse con los israelíes. El colonialismo es el obstáculo subyacente.

 

*Sumaya Awad es responsable de estrategia y comunicación de Adalah Justice Project y coeditora de Palestine: A Socialist Introduction (Haymarket Books). Daphna Thier es una activista residente en Brooklyn, socialista y coautora del mismo libro.
Publicado en Jacobin el 4/4/21. Traducción del inglés: María Landi.

 

Una bandera palestina es ondeada por manifestantes debajo de un cartel de la Lista Conjunta (mayoritariamente árabe) que muestra al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu con la leyenda en árabe: «El padre de la ley del Estado-nación habla de “un nuevo enfoque”: ¿a quién engaña?», en el norte de ‘Israel’ el 12/3/2021. (Ahmad Gharabli /AFP vía Getty Images).

 

 

Acerca de María Landi

María Landi es una activista de derechos humanos latinoamericana, comprometida con la causa palestina. Desde 2011 ha sido voluntaria en distintos programas de observación y acompañamiento internacional en Cisjordania. Es columnista del portal Desinformémonos, corresponsal del semanario Brecha y escribe en varios medios independientes y alternativos.
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