No más excusas: los votantes israelíes han elegido un país que reflejará los brutales regímenes de sus vecinos árabes.

Reblogueado desde Mentiras sionistas.

Mentiras sionistas

Por Robert Fisk

netanyahutrump

Supongo que nos hemos quedado sin excusas. El Israel de Bibi Netanyahu no será un Israel nuevo y más derechista. Ya lo ha sido durante mucho tiempo. Es la propaganda la que va a caer en pedazos. ¿La única democracia de Oriente Medio? ¡Venga ya!

Creo que Israel ahora se parece mucho más a sus vecinos árabes. Domina a su propia minoría palestina, y su nuevo primer ministro ha prometido anexionar gran parte del territorio que legalmente pertenece a sus vecinos árabes palestinos, las mismas colonias construidas en tierras que ya han sido robadas por la mayoría de la población judía en Israel. Incluyendo Jerusalén, que tiene aproximadamente 5,700 kilómetros cuadrados, un tercio del tamaño de Kuwait, el país por el que todos fuimos a la guerra cuando Saddam Hussein se anexionó el emirato en 1990. Y eso es lo que Israel está empezando a parecer: simplemente…

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Israel vota por el Apartheid

 

Afiches publicitarios de la campaña electoral en Tel Aviv, el 3 de abril (Foto: Jack Guez, AFP).

 


Gideon Levy

 

Habrá un resultado cierto en las elecciones del martes: alrededor de 100 miembros del próximo Knesset [Parlamento] serán partidarios del apartheid. Esto no tiene precedentes en ninguna democracia. De 120 legisladores, un centenar; la más absoluta de las mayorías absolutas apoya el mantenimiento de la situación actual, que es el apartheid.

Con tal mayoría, en el próximo Knesset será posible declarar oficialmente a Israel como un Estado de apartheid. Con tal apoyo al apartheid, y considerando la durabilidad de la ocupación, ninguna propaganda podrá refutar la simple verdad: casi todos los israelíes quieren que el apartheid continúe. En el colmo de la chutzpah [insolencia], lo llaman democracia, a pesar de que más de 4 millones de personas que viven junto a ellos y bajo su control no tienen derecho a votar en las elecciones.

Por supuesto, nadie está hablando de esto; pero en ningún otro régimen del mundo hay una comunidad junto a otra en la que las personas residentes de una, denominada ‘asentamiento de Cisjordania’, tengan derecho a votar, mientras que las personas residentes de la otra, una aldea palestina, no lo tienen. Esto es el apartheid en todo su esplendor, cuya existencia quieren mantener casi todos los ciudadanos judíos y judías del país.

Se elegirán cien miembros del Knesset de entre opciones denominadas derechistas, izquierdistas o centristas, pero lo que tienen en común supera cualquier diferencia: ninguna tiene intención de poner fin a la ocupación. La derecha lo dice con orgullo, mientras que la centroizquierda recurre a ilusiones inútiles para oscurecer la foto, enumerando propuestas para una “conferencia regional” o “separación segura”. La diferencia entre los dos grupos es insignificante. Al unísono, la derecha y la izquierda cantan “dile sí al apartheid”.

Como resultado, estas elecciones no son importantes, ni mucho menos cruciales. Así que cortemos con la histeria y el patetismo sobre su resultado. No se avecina una guerra civil, ni tan siquiera una fisura. El pueblo está más unido que nunca, dando su voto al apartheid. Cualesquiera que sean los resultados del martes, el país del ocupante seguirá siendo el país del ocupante. Nada lo define mejor, y todos los otros temas son marginales, incluyendo la campaña del partido Zehut para legalizar la marihuana.

Así que no hay razón para contener la respiración por los resultados del martes. La elección está perdida de antemano. Para las personas judías de Israel, determinará el tono, el nivel de democracia, el estado de Derecho, la corrupción en la que viven; pero no hará nada para cambiar la esencia básica de Israel como un país colonialista.

La extrema derecha quiere la anexión de Cisjordania; un paso que haría permanente en la ley una situación que ha sido permanente en la práctica durante mucho tiempo. Tal paso podría presentar una ventaja tentadora: por fin Israel se quitaría la máscara de democracia, y eso podría generar oposición tanto en el país como en el extranjero.

Pero ninguna persona de conciencia puede votar por la derecha fascista, que incluye a personas que abogan por la expulsión de la población palestina o la construcción de un Tercer Templo en el Monte del Templo [actual complejo de Al Aqsa] y la destrucción de las mezquitas allí, o que incluso sueñan con el exterminio. El partido Likud (supuestamente más moderado) del Primer Ministro Benjamin Netanyahu sólo desea mantener la situación actual, lo que significa un apartheid no declarado.

La centro-izquierda busca engañar; ni el [partido] Kahol Lavan ni el Laborista dicen una sola palabra sobre el fin de la ocupación, o incluso sobre el levantamiento del bloqueo a la Franja de Gaza. El partido de Benny Gantz tiene planes ambiciosos de hacer historia con una conferencia regional, y “profundizando el proceso de separación de la población palestina junto con el mantenimiento irrestricto (…) de la libertad de acción del Ejército israelí en todas partes.”

Hacía mucho tiempo que no se escribía un documento semejante para encubrir la ocupación en toda su vergüenza. Y el Partido Laborista no se queda atrás. El paso más audaz que propone es un referéndum sobre los campos de refugiados que existen alrededor de Jerusalén, en el que sólo votarían los israelíes, por supuesto.

Y eso viene a sumarse a las ya muy gastadas declaraciones sobre los bloques de colonias, Jerusalén, el Valle del Jordán, y el cese de la construcción de colonias fuera de los bloques; lo que significa continuar con la construcción de colonias a toda máquina. “Caminos hacia la separación”, lo llama este partido, el hipócrita fundador de la empresa de colonización. Caminos hacia el engaño.

¿Paz? ¿Retirada? ¿Desmantelamiento de las colonias? No hagan reír a la izquierda sionista. Y no queda mucho más, dos boletos y medio: los flecos de Meretz y Hadash-Ta’al, que apoyan una solución de dos Estados −ese tren tambaleante que ya abandonó la estación− y Balad-Lista Árabe Unida, que está más cerca de abogar por la solución de un solo Estado −la única que queda.

A votar por el apartheid.

 

Publicado el 7/4/19 en Haaretz. Traducción: María Landi.

 

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“No tenemos otra opción que continuar”

 

Manifestantes en Jan Yunis, Gaza, el 30/3/19, conmemorando el Día de la Tierra y el primer aniversario de la Gran Marcha de Retorno. [Ashraf Amra / Anadolu Agency]


Un año de protestas en la Gran Marcha del Retorno

 

María Landi

 

“La política de las fuerzas israelíes de emplear fuerza letal durante las protestas, utilizando armas diseñadas para causar el máximo daño contra manifestantes, personal médico y periodistas que no constituían una amenaza inminente para la vida, es sencillamente criminal.”  Amnistía Internacional.

 

Este 30 de marzo, como todos los años, se conmemora el Día de la Tierra palestina[1]. Pero este año, además, la población de la sitiada Franja de Gaza conmemora un año ininterrumpido de protestas semanales en la movilización que llamó “La Gran Marcha del Retorno” (GMR) y que demanda dos cosas básicas: el fin del bloqueo israelí (que ya lleva 12 años y ha sumido a Gaza en una catástrofe humanitaria) y el derecho al retorno (70% de la población de Gaza es refugiada y originaria de lugares que hoy constituyen el Estado de Israel). La movilización comenzó el 30 de marzo de 2018 y preveía continuar hasta el 15 de mayo, cuando se conmemoraban los 70 años de la Nabka (catástrofe): la limpieza étnica del pueblo palestino sobre la cual se fundó el Estado de Israel.

En contraste con el estereotipo occidental que solo imagina en Gaza “facciones terroristas”, la GMR fue concebida por activistas independientes como una movilización no violenta, plural y de base, donde participan familias enteras y personas de todas las edades y filiaciones políticas. Esto supuso una transformación del concepto de movilización en Palestina, al ir más allá de las élites y de las facciones políticas e involucrar al conjunto de la sociedad.

Ramzy Baroud (intelectual nacido en un campo de refugiados de Gaza) sostiene que la GMR es la última manifestación de la resistencia colectiva que el pueblo palestino viene llevando a cabo de muy diversas maneras y desde hace casi un siglo, sin la cual ya habría desaparecido (como de hecho se propuso el proyecto sionista). Y señala que los ojos occidentales no parecen apreciar lo que significa en el imaginario colectivo palestino “que cientos de miles de personas sitiadas redescubran su poder y comprendan su verdadera posición, no como víctimas impotentes sino como agentes de cambio”. “Esos cientos de miles de gazatíes no llevan un año arriesgando sus vidas porque necesitan con urgencia medicinas y comida. Lo hacen porque comprenden la centralidad de su lucha colectiva como un pueblo que sigue de pie y en resistencia después de 71 años de limpieza étnica, 52 de ocupación militar y 12 de cerco implacable”.

El periodista Ahmed Abu Artema, uno de los artífices de la protesta, afirma: “La Marcha del Retorno es un grito por la vida, para poder abandonar los muros de nuestra prisión. ¿Por qué vamos a morir en silencio? Queremos que nuestro mensaje llegue al mundo. Queremos decirle al mundo: ‘Aquí hay un pueblo en busca de una vida con dignidad, derechos humanos y libertad’”. Y agregó: “Yo creo que podemos vivir juntos. Tenemos las semillas para vivir juntos, pero sin ocupación, sin apartheid, con igualdad, con derechos humanos, en un Estado democrático”.

Lamentablemente del otro lado de la valla que encierra a Gaza no hay interés en discutir sobre libertad, justicia o igualdad. El primer día de las protestas pacíficas los francotiradores israelíes apostados en la valla asesinaron a 15 palestinos; y el 14 de mayo mataron a 68 más. Pero la población gazatí, lejos de amedrentarse, decidió continuar la protesta que hoy cumple un año, y así decirle al mundo que prefiere morir de pie y resistiendo que en la lenta agonía a la que Israel –con la complicidad de la comunidad internacional entera− la ha condenado.

El costo humano que ha tenido para la población de Gaza este año de protestas es desolador. El Centro Palestino de DD.HH. (PCHR), con sede en Gaza, dio a conocer la semana pasada sus cifras: 196 [ya son 200] personas fueron asesinadas, incluyendo 41 niños/as, 2 mujeres, 8 personas con discapacidad, 2 periodistas y 3 integrantes de personal médico; 11.500 personas fueron heridas[2] (incluyendo 537 de extrema gravedad, 2.206 menores, 344 mujeres, 653 paramédicos/as y 246 periodistas); 114 jóvenes sufrieron amputaciones de piernas (21 de ellos menores de edad) debido a las balas particularmente destructivas usadas por los francotiradores en su política de “tirar a matar o mutilar”; y 110 ambulancias fueron dañadas. Además de usar munición altamente letal, los israelíes lanzaron desde drones cientos de miles de bombas de gas lacrimógeno sobre las carpas donde la multitud realizaba actividades recreativas y culturales como parte de la manifestación no violenta.

Todas estas víctimas han tenido que ser atendidas en hospitales que ya están colapsados por el bloqueo israelí. Médicos sin Fronteras, UNRWA, UNICEF y Save the Children denunciaron las condiciones horrorosas que soportan las personas heridas y mutiladas, así como el personal médico que trata de salvar vidas y aliviar el dolor. Ochenta por ciento de las solicitudes para que menores heridos sean atendidos fuera de Gaza fueron denegadas por el gobierno israelí, afirmó la OMS.

MSF ha considerado que “el coste médico, humano y económico es ya insoportable para un enclave bloqueado y donde miles de personas no reciben atención aunque sufren heridas devastadoras”. El director de operaciones de UNRWA en Gaza afirmó: “La trágica e innecesaria pérdida de vidas, la incapacidad de los heridos de trabajar o regresar a la escuela y las implicaciones psicosociales a largo plazo de esta violencia les afectarán durante muchos años, sumándose a su desesperación”.

Save the Children denunció el alto número de niños asesinados, heridos y mutilados en la represión de la GMR. Su director regional sostuvo: “El asesinato y la mutilación de niños y niñas nunca pueden ser aceptables y, como en todos los conflictos, los responsables deben rendir cuentas”.

Después de la masacre del 14 de mayo, el Consejo de DD.HH. de la ONU (UNHRC) nombró una Comisión Investigadora, que el mes pasado dio a conocer sus conclusiones (ratificadas por el UNHRC en su sesión de marzo). Su presidente, el argentino Santiago Cantón[3], afirmó que la Comisión “tiene bases razonables para creer que durante la Gran Marcha del Retorno los soldados israelíes cometieron violaciones de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario, en algunos casos constitutivas de crímenes de guerra o contra la humanidad, y deben ser inmediatamente investigadas”. La comisionada Sara Hossain dijo que las fuerzas israelíes dispararon intencionalmente contra niños, personas con discapacidad, periodistas y personal de salud claramente identificado, crímenes para los que “no hay justificación dado que no suponían ninguna amenaza a las personas a su alrededor”.

Conocido el informe, Amnistía Internacional emitió una declaración reiterando la necesidad de llevar estos crímenes a los tribunales internacionales para acabar con la impunidad israelí de larga data, y de imponer un embargo militar a Israel. “La escalofriante magnitud y la terrible naturaleza de las heridas infligidas por las fuerzas israelíes a manifestantes en Gaza el año pasado sugieren que Israel siguió una estrategia deliberada de mutilar a civiles”, declaró el responsable de A.I. para la región.

Como si esto no fuera suficiente, la semana pasada Israel volvió a lanzar una serie de bombardeos sobre Gaza. En respuesta a un cohete artesanal disparado desde la Franja (sin que hasta ahora se sepa por quién, ya que no ha sido reivindicado por ninguna facción palestina), la máquina de muerte israelí volvió a imponer un castigo colectivo sobre los dos millones de personas que viven en Gaza, donde la mitad son menores de edad, y donde no existen refugios para protegerse.

El PCHR informó que entre el 25 y el 26 de marzo aviones de guerra israelíes lanzaron 66 misiles contra 34 objetivos en toda la Franja, incluidos edificios residenciales e instalaciones civiles. Durante 12 horas, la población de Gaza estuvo una vez más en estado de terror por los continuos ataques aéreos, algunos de ellos en zonas densamente pobladas. Docenas de personas se vieron obligadas a evacuar sus casas por la noche en condiciones de mucho frío; 13 familias compuestas por 70 integrantes, entre ellas 44 menores, perdieron sus viviendas. Unas 30 casas fueron completamente destruidas, y otras 500 resultaron dañadas[4].

Si bien los medios occidentales −como siempre− repiten el relato sionista de que “Hamas disparó primero”, la agencia de noticias AFP descubrió que el Ejército israelí justificó los bombardeos de esta semana utilizando imágenes de cohetes palestinos que son de 2014. Más aún, el analista Mike Merryman-Lotze hizo notar esta secuencia cronológica: el cohete anónimo palestino fue lanzado el lunes 25 de marzo; un día antes, el domingo 24, Israel había bombardeado Gaza con tanques, el sábado 23 lo había hecho con aviones, y el viernes 22 había asesinado a dos palestinos (uno menor de edad) en la protesta semanal. Recordó también que desde el comienzo de 2019 las fuerzas israelíes abrieron fuego –por tierra y aire− más de 170 veces en Gaza, fuera del contexto de las protestas. Y en lo que va del año han matado a más de 20 gazatíes y herido a más de 3.500.

Varios analistas nos recuerdan que estos ataques se dan en una coyuntura ya conocida: Israel se encuentra en plena campaña electoral, y la forma más efectiva que tienen los políticos que aspiran a conquistar o conservar el poder es darle a los votantes israelíes lo que más les gusta: guerra contra la población palestina (especialmente en Gaza).

Concluida la jornada del 30 de marzo, el PCHR informó de cuatro nuevas víctimas mortales en Gaza: Adham Amara (17), Bilal Mahmoud Al Najjar (17), Tamer Aby el-Khair (18) y Mohammad Saed (de 20). Además hubo 364 personas heridas (7 de gravedad), incluyendo 74 niños, 12 mujeres, 7 periodistas y 6 paramédicos/as.

La pregunta inevitable que mucha gente se hace –dentro y fuera de Gaza− es: ¿vale la pena pagar un precio tan alto para no haber obtenido resultados, tras un año de protestas? Esta semana, jóvenes de Gaza respondieron a la pregunta dejando claro que, no importa lo que hagan o dejen de hacer, Israel seguirá atacándoles; al menos así han atraído la atención de los medios y la solidaridad internacional. “Parece que solo cuando protestamos nuestras voces son escuchadas”; “Parar las protestas sin alcanzar nada sería una traición a quienes fueron asesinados”; “Si a Israel le molestan las protestas, ¡sigamos protestando!”; “Nuestros derechos no son negociables”.

Quizás, como dijo la entrevistadora Pam Bailey, la GMR es la acción de un pueblo que sabe que sólo es noticia en los medios internacionales cuando es asesinado en grandes números. Pero también “estas voces son un mensaje a los gobiernos, la sociedad civil y activistas internacionales en general: la juventud de Gaza cree que Israel seguirá agrediéndola tanto si protesta como si no; y arriesgar sus vidas es la única manera de llamarnos la atención. Sólo nosotras/os tenemos el poder de mostrarles que no es necesario que paguen un precio tan alto”.

 

NOTAS
[1] En conmemoración de la masacre ocurrida en 1976, una de las tantas cometidas por el Estado de Israel contra el pueblo palestino que resiste el despojo de su tierra.
[2] UNOCHA habla de 29.000 personas heridas, y el Consejo de DD.HH de la ONU de 23.000.
[3] Cantón fue durante años integrante de la Comisión Interamerica de DD.HH. Las otras integrantes de la Comisión investigadora fueron las juristas Sara Hossain (Bangladesh) y Kaari Betty Murungi (Kenya). Aunque Israel no les permitió entrar a Gaza, realizaron unas 350 entrevistas a distancia o en Amán a víctimas y testigos, además de analizar una enorme cantidad de material gráfico.
[4] El País de Madrid publicó una galería de fotos que muestra elocuentemente el contrate entre los daños causados por el cohete palestino y los causados por los bombardeos israelíes.
Publicado en el portal Desinformémonos el 31/3/19.

 

 

 

 

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¿Qué es la tierra palestina?

Obra de la artista palestina Rana Bishara.


Àngela Ballester*

 

Hoy, 30 de marzo, se celebra el Día de la Tierra palestina, esa tierra a la que quieren y tienen derecho a volver los 5 millones de personas refugiadas, expulsadas por la ocupación israelí. Y hoy los palestinos y palestinas vuelven a manifestarse en Gaza, en el primer aniversario de la primera Marcha del Retorno, una movilización respondida por Israel a sangre y fuego: 195 asesinatos (41 de niños) y 29.000 personas heridas, según la UNRWA. Pero, ¿qué es la tierra palestina?

La tierra palestina son las imágenes que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en Palestina: un mapa, un muro, un olivo. Es esa progresión de mapas de dos colores, uno para Israel y otro para Palestina, en el que a cada paso, a cada fase, va aumentando el color de Israel y disminuyendo el de Palestina, hasta el 5% que controlan actualmente de su territorio originario. Y el expolio no cesa, estas fronteras no son fijas porque Israel sigue anexionando ilegalmente territorio palestino, construyendo asentamientos, desplazando a la población, ocupando sus campos, arrancando sus olivos, robando su agua. Palestina es una tierra ocupada, una tierra que necesita un Estado reconocido internacionalmente.

La tierra palestina es ese territorio atravesado por una cicatriz sangrante, la de un muro de hormigón de más de 800 km que separa a las familias, a la gente de sus campos, a los niños de sus escuelas, a los enfermos de los hospitales, que Israel utiliza para quedarse con tierras que no son suyas. La tierra palestina es ese territorio salpicado de check points, controles militares permanentes o móviles situados en carreteras, caminos o calles, a las entradas y salidas de ciudades y pueblos. Por esos controles militares israelíes han de pasar al día miles de palestinos y palestinas para ir a trabajar, estudiar, al médico o a visitar a familiares. Algunas veces pasan y otras no. ¿De qué depende? De un permiso totalmente arbitrario o de la voluntad de los soldados israelíes. En esos controles y en manos de esos soldados está la vida cotidiana de los palestinos y palestinas, incluso la de muchos niños y niñas que tienen que atravesarlos para llegar al colegio, niños y niñas inocentes que son registrados cada día por hombres armados con la tecnología militar más puntera del mundo. Que puedan llegan a la primera hora de clase o a la segunda, y por tanto que tengan o no garantizado su derecho a la educación, depende también muchas veces de la voluntad de los soldados, de si abren o no a tiempo la barrera del check point, de si les dejan o no pasar. Hay criaturas cuyas vidas dependen todavía más de estos controles militares, pues en ocasiones los soldados no abren la barrera para que sus madres pasen y les puedan dar a luz en un hospital. Las mujeres paren en controles militares en la tierra palestina, y a veces mueren por falta de asistencia. Sus hijos e hijas a veces mueren antes de empezar la vida en esta tierra palestina.

Pero la tierra palestina también es todo aquello que las imágenes no nos pueden mostrar. La tierra palestina son miles y miles de sueños truncados. Son planes de vida que nunca se podrán realizar. Son historias de amor imposibles, interrumpidas por el muro y por un sistema de apartheid. Son familias rotas. Son los traumas de niños y niñas en Gaza que tienen 12 años y han vivido tres guerras. Es el miedo de los padres que no saben si un soldado disparará hoy a su hija camino del colegio. Es el dolor de una madre que no puede proteger a su hijo de la violencia de la ocupación. Son las familias beduinas de Khan al Ahmar con sus cosas siempre a punto por si llega una noche el ejército a demoler su aldea y hay que salir corriendo. Es la impotencia de un agricultor que pierde su campo de olivos y el sustento económico. Es tener que suplicar un permiso al ejército ocupante para entrar o salir de tu ciudad o de tu país. Es el dolor de los millones de personas refugiadas que no pueden volver. La tierra palestina es un lugar donde la vida parece imposible y donde, sin embargo, hay mucha vida.

Los checkpoints, el muro, el expolio de tierras, la demolición de casas, las cárceles llenas de menores inocentes… Todo ha sido condenado por la ONU, que dicta muchas resoluciones exigiendo a Israel la paralización de la ocupación y de sus políticas de apartheid. La tierra palestina es sinónimo de violación de todos y cada uno de los Derechos Humanos, sinónimo de todos y cada uno de los sufrimientos que se le pueden infligir a un pueblo. Es abandono y vergüenza de la comunidad internacional, la occidental y la árabe, que sigue negociando con Israel y vendiéndole las armas con que ha asesinado a más de 3.000 niños desde el año 2000. Y a pesar de todo, la tierra palestina es esperanza y ejemplo de resistencia pacífica frente a la injusticia, en Palestina y en todo el mundo, como muestra el movimiento para el boicot, desinversión y sanciones al Estado de Israel.

La tierra palestina, lo sabe cualquiera que haya pasado por allí, es dignidad. Y la dignidad de los palestinos y las palestinas hace más grande, si cabe, la vergüenza de la inacción de los gobiernos que se llenan la boca con la defensa de los Derechos Humanos, que hacen comunicados condenando las agresiones de Israel pero siguen consintiéndolas. Esa dignidad del pueblo palestino es contagiosa y se convierte en solidaridad, y por eso no están solos ni les vamos a dejar solos. Esa dignidad y esa fuerza para defender su tierra es la que quiero recordar, celebrar y agradecer hoy, 30 de marzo, Día de la Tierra palestina.

 

*Historiadora, Secretaria de Coordinación del Consejo Ciudadano Estatal y miembro del Consejo Ciudadano de Podemos en Valencia, estado español. Publicado en el diario.es.

 

 

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Mujeres palestinas: guardianas de la vida, la memoria y la resistencia

Esta composición entre naif y surrealista expresa de manera potente la identificación entre mujer y tierra, tan fuerte en el imaginario palestino. (Imagen de origen desconocido).


María Landi

 

A mis amigas, vecinas, compañeras y hermanas palestinas,
por enseñarme con sus vidas y sus cuerpos que existir es resistir.

 

Cada 8 de marzo evoco los que he pasado en Palestina ocupada. Fueron tres, y en tres lugares bien diferentes, pero siempre marcados por los cuerpos femeninos protestando y los masculinos armados reprimiendo. Y evoco también a las muchas mujeres que guardo en la memoria del corazón.

Mucho se dice y se escribe sobre las mujeres palestinas: las más cultas y educadas de su región; las más politizadas (les sobran razones); las más fuertes, valientes y resilientes. Todos los elogios se quedan cortos, y no les hacen justicia. Yo tengo la certeza de que ellas son las principales responsables de que la limpieza étnica sionista (en curso desde hace más de siete décadas) haya fracasado. Como dice la periodista Teresa Aranguren, que las conoce bien:

El objetivo último de la ocupación es romper las redes de convivencia que se tejen en el discurrir de la vida cotidiana, deshacer la urdimbre familiar y social que protege de la adversidad y sustenta la capacidad de resistencia de la población ocupada. (…) la tenaz pervivencia de un pueblo expulsado de su tierra, despojado, disperso, bajo ocupación militar, se ha apoyado en la fortaleza de sus mujeres, en su empeño, a veces sobrehumano, por reconstruir una y otra vez el hilo de la cotidianidad destruida, en su inquebrantable voluntad de seguir siendo familia, vecinas, pueblo.[1]

Numerosos trabajos académicos, periodísticos y de ONGs sobre las mujeres palestinas, así como análisis del proyecto colonial sionista con perspectiva de género, ayudan a comprender la matriz de control que rige las vidas palestinas, y sus impactos sobre ellas. En un estudio sobre las condiciones que enfrentan las mujeres en el territorio ocupado al transitar por el embarazo y el parto, la académica palestina Nadira Shalhoub-Kevorkian[2] analiza la realidad que vive su pueblo desde tres claves teóricas:

la biopolítica y la necropolítica, basándose en Foucault y Mbembe respectivamente[3], tal como se manifiestan en el régimen israelí de colonialismo de asentamiento. Este proyecto, según la definición de Patrick Wolfe adoptada por la autora, invade y se apropia de un territorio, expulsando o aniquilando a la población originaria (junto con los trazos de su historia y su identidad enraizadas en esa tierra) y sustituyéndola con población colona. El biopoder colonial determina quién puede vivir y quién no, en función de sus intereses de ‘seguridad’ (un término del cual Israel abusa para justificar todas su arbitriedades y violencias). En el contexto colonial de Israel/Palestina, un claro ejemplo son las políticas demográficas excluyentes, diseñadas e implementadas de manera violenta para imponer por la fuerza una mayoría judía en un territorio donde la mitad de la población no lo es. El epicentro de esa necropolítica es la ciudad de Jerusalén, donde mediante demolición de viviendas, desalojos forzados, detenciones arbitrarias y ejecuciones sumarias de jóvenes, denegación de servicios básicos (salud, educación, recolección de residuos, permisos de construcción), clausura de centros culturales, vandalización de sitios religiosos y estrangulamiento del espacio público se busca expulsar a la población palestina para judaizar toda la ciudad. Políticas que tienen impactos diferenciados de género, pero afectan de manera dramática la calidad de vida de las mujeres, al incrementar sus responsabilidades de cuidados.

la construcción geopolítica del espacio (y consecuentemente del tiempo), ya que −pese a las diminutas dimensiones de Palestina− la ocupación militar israelí se ha encargado de fragmentar el territorio y hacerlo intrincado o imposible de transitar. Esto tiene enormes impactos en la vida cotidiana, ya que esa infraestructura (el Muro, los checkpoints, las carreteras segregadas o bloquedas, los diferentes documentos de identidad −y matrículas de vehículos− que coartan la libertad de movimiento) apunta a atomizar a la población ocupada de múltiples formas, separando a los agricultores de sus tierras, a las mujeres de los hospitales, a la juventud de sus universidades, a las familias entre sí y a la población en general de sus centros culturales y religiosos. Quizás la expresión más gráfica de esta geopolítica espacial −y que constituye el terror de las mujeres embarazadas− es la cantidad de palestinas que han dado a luz, o han muerto (ellas, o sus bebés recién nacidos) esperando largas horas en un checkpoint militar para llegar a un hospital[4].

– lo cotidiano como un escenario donde las políticas del biopoder y el necropoder se confrontan con las estrategias de resistencia que despliegan los grupos dominados para sobrevivir y evitar ser exterminados. Ese es el espacio privilegiado de las mujeres. Citando de nuevo a Teresa Aranguren: “Siempre he pensado que una de las claves de la capacidad de resistencia del pueblo palestino es la cohesión de su entramado social, la fortaleza de sus vínculos de solidaridad interna y su hondo sentido de la dignidad.” Por eso la humillación, el aislamiento y la fragmentación son elementos esenciales en la estrategia del poder ocupante. En esa cotidianeidad de violencia estructural colonial, las mujeres ejercen innumerables formas de resistencia, desde las más visibles hasta las más sutiles, desde la resistencia activa hasta las innumerables formas de resistencia silenciosa, aparentemente ‘pasiva’. Desde el ámbito doméstico, que funciona como una retaguardia de contención y logística de supervivencia hasta los calabozos de la ocupación, donde las presas veteranas acogen, protegen y forman a las jovencitas recién llegadas.

Se ha dicho en muchos estudios que las mujeres palestinas, sus cuerpos que resisten, sostienen y reproducen la vida (a pesar de los esfuerzos del necropoder por aniquilarla)  son la materialización de la “amenaza demográfica” que tanto teme el régimen sionista. Precisamente por eso la necropolítica sionista apunta y atenta contra todas las formas de reproducción de la vida palestina, y por ende afecta de manera diferenciada y acentuada a las mujeres en todos los ámbitos cotidianos. Hablamos de reproducción de la vida en una concepción amplia que incluye no solo la reproducción biológica o de la fuerza de trabajo, sino también la reproducción de las relaciones sociales y culturales de todo tipo.

Como escribió la arabista feminista Carolina Bracco: “Las mujeres palestinas fueron desde el comienzo un problema para Israel. Primero y principalmente porque desde su misma constitución, este Estado se erigió como el fecundador de una tierra ajena, como un violador orgulloso que intentó despojar de su honor y su identidad a la población nativa a través de ese acto tan propio de los estados homonacionales modernos en un espacio colonial racializado.

“(…) estos cuerpos femeninos racializados son un problema para Israel. Un problema que hace setenta años no sabe cómo resolver; porque las palestinas siguen pariendo, manteniendo viva su cultura y criando a sus hijos en la resistencia, la mayoría de las veces solas porque sus maridos, padres y hermanos están en las cárceles de la ocupación o muertos. Son un problema porque desafían la esencia del nacionalismo construido sobre la noción de masculinidad judía y porque no se han doblegado ante la intentona constante de conquistar sus cuerpos (…) porque cuando encarcelan arbitrariamente a sus maridos ellas trafican semen[5] para fecundarse y seguir creando vida, porque cuando las arrojaron al exilio ellas siguieron construyendo comunidad.”

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A ese marco teórico, este 8 de marzo quiero ponerle rostros, nombres, paisajes e historias.

Quiero recordar a tantas madres anónimas que, en la ciudad de Hebrón, cada mañana visten, peinan y acicalan a sus hijas e hijos para que, impecables y implacables, caminen hacia la escuela atravesando varios checkpoints donde –como ellas saben− los soldados armados a guerra les apuntarán con sus ametralladoras, revisarán sus mochilas escolares y les intimidarán de todas las maneras posibles (a veces incluso con gases lacrimógenos o invadiendo sus escuelas). Pero ellas seguirán mandándoles a estudiar. Y cuando los soldados arresten a sus niños, ellas saldrán a la calle y correrán a enfrentar como leonas a esos terroristas de Estado para tratar de rescatarlos.

Y a Nisrin, que –también en Hebrón– resiste en el barrio Tel Rumeida, asediada y hostigada por los colonos más agresivos de la ciudad. Su esposo murió gaseado por los soldados, pero ella sigue allí junto a sus cuatro hijas/os, pintando hermosos y coloridos cuadros con motivos de la cultura palestina y recibiendo con su dulce sonrisa a quienes se animan a visitarla. Y a Layla y Nawal, las únicas mujeres que tienen un puesto de textiles y artesanías hechas por mujeres de Idna en el mercadito de la Ciudad Vieja, donde a menudo colonos y soldados incursionan para hacer tropelías, destruyen la mercadería, les insultan y amenazan −solo para recordarles quién manda allí−. En invierno las lluvias inundan ese mercado, debido a que los colonos vecinos han clausurado los desagües pluviales, y los textiles y kuffiahs quedan bajo agua. Pero ellas y sus colegas siguen allí, ofreciendo su té dulce y su charla amena a los visitantes.

A Myassar, Soraida, Hanin, Jitam, Suhad y otras muchas activistas feministas que, además de lidiar con el régimen sionista, enfrentan al sistema patriarcal palestino. La lucha por la igualdad de género, por los derechos de las minorías sexuales, contra la violencia machista y contra las discriminaciones que las mujeres enfrentan en el sistema legal así como en las prácticas tradicionales es para ellas –y lo ha sido por décadas− parte inseparable de su lucha por la liberación de su pueblo. Porque saben bien que unas y otras violencias se retroalimentan.

A Tajeed, Hanedi, Taghrid, Alaa y todas las estudiantes que me encontré muchas veces en el transporte público viajando a la universidad desde sus pueblos –también a través de checkpoints y carreteras llenas de soldados que en cualquier momento pueden volverse una trampa mortal−, y que con su locuacidad curiosa y acogedora me enseñaban expresiones en árabe mientras practicaban su inglés. Porque las jóvenes palestinas van a la universidad y buscan superarse, aunque sepan que la economía de su país ocupado no les permitirá encontrar un trabajo acorde a su preparación.

A Neimah, Maysa, Ferial y las muchas −demasiadas− mujeres que cada mes visitan a sus hijos o maridos en las cárceles israelíes, sorteando mil obstáculos y soportando humillaciones, en viajes agotadores e interminables, a veces para rebotar al llegar a la prisión, porque la autoridad de turno se despertó de mal humor y decidió quitárselo maltratando a los presos y a sus familias. El dolor que estas mujeres cargan en sus entrañas solo es superado por el de las madres o esposas de los mártires, en una tierra donde la necropolítica colonial decretó hace tiempo que la vida palestina es desechable, y que matar niños y jóvenes es parte de la guerra demográfica.

A Asmaa, mi amiga gazatí que vive en Nablus con su marido y sus cinco hijas e hijos, soñando con poder visitar a su familia en Gaza (y sufriendo agónicamente cada vez que hay un nuevo ataque israelí), mientras saca adelante a los suyos con el trabajo que se ganó en una ONG internacional (su esposo tiene un trabajo precario como mecánico). Cuando la conocí llevaba ocho años sin ver a su familia, pues los israelíes le habían negado el permiso para visitar a su padre enfermo. “Te dejaremos ir cuando se muera”, le dijeron. Pero ella salió con sus hijos hacia Amán, atravesó Jordania y Egipto –gastando una fortuna y corriendo peligros− para poder entrar por el cruce de Rafah. La sonrisa radiante de Asmaa haciendo el signo de la victoria con su familia en la playa de Gaza era la prueba de que no la habían derrotado.

A Miriam –con quien hablo en castellano porque nació en Caracas−, que vive indocumentada en un barrio conflictivo de Jerusalén Este[6]. Su marido es de allí y tiene documento azul, pero el de ella es verde, y los israelíes suelen negar la unificación familiar a quienes tienen cónyuges de Cisjordania. Para Miriam, como para tantas palestinas de Jerusalén, su hogar, su barrio, su ciudad son una cárcel, pues vive rodeada de colonos siempre al acecho para agredirlas, o apoderarse de sus casas, o denunciar que están construidas sin permiso, o que no tienen documentos. Cuando la tensión aumenta –Miriam vive con su familia en el mismo predio que su cuñado, un líder comunitario constantemente encarcelado−, ella encierra a sus cuatro hijos en la casa y no les deja salir ni a jugar al patio, por miedo a los colonos. Ella también hace muchos años que no puede visitar a su familia en Cisjordania (a pocos kilómetros de su barrio), porque si lo hace no podría volver a entrar a Jerusalén −a través del checkpoint y el Muro− por carecer de permiso y documento azul.

A Nayiha, Tamam, Nayah, Wafa, Adla, Nahla, Hakima y tantas mujeres campesinas de las aldeas de Yanun, Awarta, Burin, Asira Al-Qibliya, Urif, Qusra, Al-Mughayer y otras de los distritos de Nablus y Ramala que están rodeadas por colonos extremistas y fanáticos. Ellas también están presas en sus comunidades, aunque vivan en medio de paisajes cuya belleza deja sin aliento, porque tienen miedo de que los colonos las ataquen –a ellas o a sus hijas− en alguna curva solitaria del camino, o invadan sus casas cuando están ausentes y destruyan o roben sus propiedades y cosechas. Pero nunca van a abandonar su tierra, sus olivos, sus cabras y ovejas, sus huertos y sus manantiales. Su resiliencia es directamente proporcional a su generosa hospitalidad. Cualquiera que llegue a sus casas será recibida con té dulce con maramiya o menta, pan tibio recién salido del tabun (horno de piedras en la tierra) con aceite de oliva y záatar, aceitunas, queso y yogurt; manjares que ellas y sus familias producen en las tierras que han habitado por generaciones, pero que están perdiendo gradualmente, dunam tras dunam, a manos de los colonos invasores.

A Farisa, Sabbah, Fatima, Samiha y todas las mujeres y niñas que viven en Jirbet Tana, Susiya, Jan Al-Ajmar y muchas comunidades pastoras o beduinas en la periferia de Jerusalén, el Valle del Jordán o las Colinas del Sur de Hebrón (o en el desierto del Naqab/Negev), resistiendo las intenciones de expulsarlas de sus tierras ancestrales para dárselas a colonos judíos. Y que cada día cuidan sus rebaños, crían a sus hijos/as y reconstruyen sus precarias viviendas de chapa y lona cada vez que son destruidas por los buldóceres militares israelíes. No saben si su aldea sobrevivirá, pero se niegan a abandonarla. Su resistencia perseverante tiene un nombre en árabe: sumud, y representa la porfiada voluntad palestina de permanecer en su tierra, igual que sus olivos milenarios.

Y no me olvido de las mujeres encerradas con sus familias –y periódicamente bombardeadas− en la cárcel que es la bloqueada Franja de Gaza. Ni de las que malviven en los campos de refugiados de los países vecinos, soñando con regresar a una patria que muchas solo conocen por los relatos de sus abuelas. Esas ancianas son las encargadas de transmitir la memoria a las nuevas generaciones nacidas en el exilio, junto con las llaves de las casas de las que fueron expulsadas hace 71 o 52 años, hoy destruidas u ocupadas por personas judías traídas de todo el mundo. En el campo de refugiados/as de Aida, en Belén ocupada, conocí a un par de esas mujeres, y escuché sus relatos. Algunas recordaban al detalle su casa, el sabor de sus naranjas, el pozo de agua, la iglesia y la mezquita de su aldea; podrían reconocerlas bajo los escombros o los bosques plantados para esconderlos. La mayoría de esas mujeres están muriendo, y saben que no volverán ni siquiera para ser enterradas en el cementerio de su aldea. Pero sus hijas y sus nietas seguirán atesorando sus historias y reclamando su derecho al retorno; un derecho que, como me enseñaron en Aida, Deheisheh, Al-Ashkar, Balata y otros campos de refugiados/as, es innegociable.

Quiero terminar recordando también que este 8 de marzo se cumplen tres años del llamado que nos hicieron las mujeres palestinas organizadas  para que apoyemos su lucha de liberación sumándonos al movimiento palestino y mundial de BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) hasta que Israel respete los derechos humanos y colectivos del pueblo palestino. El llamado se abre con una cita de Ángela Davis: “Apoya al BDS, y Palestina será libre”, y termina así:

“En el espíritu de una visión feminista inclusiva que lucha por la justicia racial, social y económica, y es solidaria con los pueblos indígenas y los derechos de soberanía a nivel mundial,
En un espíritu de coherencia moral y resistencia a la injusticia y la opresión, incluida la opresión de las mujeres,
Hacemos un llamamiento a las mujeres y feministas de todo el mundo para que se pongan del lado correcto de la historia y se unan a nuestro movimiento BDS.
La justicia es
siempre una agenda feminista.”

 

NOTAS
[1] “Mujeres de Palestina”, en Palestina tiene nombre de mujer. Mundubat, Bilbao, 2008.
[2] Birthing in Occupied East Jerusalem: Palestinian Women’s Experiences of Pregnancy and Delivery. YWCA, Jerusalén, 2012.
[3] Michel Foucault: Society must be defended (Londres, 2003). Achille Mbembe: “Necropolítica” (2003). Sobre la relación dialéctica entre ambos conceptos, ver Ariadna Estévez, “Biopolítica y necropolítica: ¿constitutivos u opuestos?”.
[4] Entre 2000 y 2002, 52 mujeres palestinas parieron en checkpoints israelíes;  19 de ellas, y 29 bebés recién nacidos/as, murieron. (Erturk, 2005, citado en el trabajo de Nadira Shalhoub-Kevorkian).
[5] El semen es extraído clandestinamente de las cárceles (sobre todo cuando los prisioneros cumplen sentencias de varias décadas, obviamente sin posibilidad de ningún contacto físico) e inseminado en las mujeres. Muchas esposas de prisioneros han tenido bebés mediante esta técnica asistida.
[6] Omito el nombre del barrio por razones de seguridad.

 

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Publicado en el portal Desinformémonos el 4/3/19.

Todas las fotos son de dominio público. Algunas son mías. Si bien tengo fotos de las mujeres de las que habla el artículo, algunas no quieren hacer pública su imagen, y a otras no les pedí permiso para hacerlo.

 

 

Publicado en aldeas de Nablus y Salfit, BDS, Checkpoints, Colinas del Sur de Hebrón, Colonias Israelíes ilegales, Demoliciones, Gaza, Hebrón/Al-Khalil, Jerusalén Este, Mujeres, Muro de Apartheid, Refugiados/as, Susiya, Valle del Jordán | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

De cómo el poder de los rabinos está alimentando una guerra santa en Israel

 

La población palestina, las personas seculares y las mujeres se enfrentan a un ambiente cada vez más hostil a medida que se afianzan las tendencias teocráticas

 

Jonathan Cook*
 

 

Un hombre judío pasa ante un puesto de venta de retratos de rabinos en el pueblo israelí de Netivot, en 2016 (AFP).

¿En qué país del mundo un clérigo de alto rango, remunerado por el Estado, instó a sus seguidores la semana pasada a convertirse en “guerreros” y a emular a un grupo de jóvenes que habían asesinado a una mujer de otra fe?

El clérigo lo hizo con impunidad. De hecho, sólo estaba haciéndose eco de otros colegas de alto rango que dieron su aval a un libro −una vez más, sin castigo alguno− donde se insta a sus discípulos a asesinar bebés pertenecientes a otras religiones.

¿En qué lugar del mundo puede el jefe del clero llamar a las personas negras “monos” e instar a la expulsión de otras comunidades religiosas?

¿En qué lugar una élite clerical tiene tanto poder que sólo ellos deciden quién puede casarse o divorciarse −y son respaldados por una ley que puede encarcelar a quien trate de casarse sin su aprobación−? Incluso pueden cerrar el sistema ferroviario nacional sin previo aviso.

¿En qué parte del mundo estos santos hombres son tan temidos que las imágenes de mujeres son borradas de las vallas publicitarias, las universidades introducen la segregación de género para apaciguarlos, y las mujeres se ven literalmente empujadas a la parte trasera del autobús?

¿Ese país es Arabia Saudita? ¿O Myanmar? ¿O quizás Irán?

No. Es Israel, el único autoproclamado Estado Judío del mundo.

¿Qué “valores compartidos”?

Casi no existe un político en Washington con intenciones de ser electo que no haya afirmado en algún momento el “vínculo inquebrantable” entre Estados Unidos e Israel, o que no reafirme los “valores compartidos” entre ambos países. Pocos, al parecer, tienen idea de los valores que Israel representa realmente.

Hay muchos motivos para criticar a Israel, incluida su brutal opresión del pueblo palestino bajo ocupación y su sistema de discriminación y segregación institucionalizada contra la quinta parte de su población que no es judía: la minoría palestina.

Pero los críticos han ignorado en gran medida las crecientes tendencias teocráticas en Israel.

Ellas no resultan regresivas solamente para la población judía de Israel −puesto que los rabinos ejercen un control cada vez mayor sobre las vidas de las personas judías religiosas y laicas por igual, especialmente las mujeres−. También tiene implicaciones alarmantes para la población palestina, tanto para la que vive en los territorios ocupados como para la que vive en Israel, puesto que un conflicto nacional de reconocido origen colonial está siendo gradualmente transformado en una guerra santa, alimentada por rabinos extremistas con la bendición implícita del Estado.

Un cartel electoral muestra al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu estrechando la mano del presidente estadounidense Donald Trump en Tel Aviv, el 3 de febrero (AFP).

Control sobre los asuntos civiles

A pesar de que los padres fundadores de Israel eran declaradamente seculares, la separación entre Iglesia y Estado allí siempre ha sido débil −en el mejor de los casos−, y ahora está desapareciendo a un ritmo cada vez más acelerado.

Después de la creación del Estado de Israel, David Ben Gurión, el primer Primer Ministro de Israel, decidió subordinar importantes áreas de la vida de las personas judías israelíes a la jurisdicción de un rabinato ortodoxo, el cual representa la corriente más estricta, tradicional y conservadora del judaísmo. Otras corrientes más liberales no tienen una representación oficial hasta el día de hoy en Israel.

La decisión de Ben Gurión reflejaba en parte el deseo de asegurar que su nuevo Estado abrazara dos concepciones diferentes del ‘ser judío’: tanto a quienes se identificaban como judíos/as en un sentido étnico o cultural secular, como a quienes mantenían las tradiciones religiosas del judaísmo. Ben Gurión esperaba fusionar a las dos en una nueva noción de “nacionalidad” judía.

Por esa razón, a los rabinos ortodoxos se les dio el control exclusivo sobre partes importantes de la esfera pública: los asuntos del estado civil tales como conversiones, nacimientos, muertes y matrimonios.

Justificaciones bíblicas

Reforzar el poder de los rabinos era una necesidad urgente de los dirigentes seculares de Israel para ocultar los orígenes coloniales del Estado. Esto podría lograrse utilizando la educación, con el fin de enfatizar las justificaciones bíblicas para la usurpación de las tierras pertenecientes a la población nativa palestina.

Como observó el difunto pacifista Uri Avnery, la reivindicación sionista estaba “basada en la historia bíblica del Éxodo, la conquista de Canaán, los reinos de Saúl, David y Salomón (…) Las escuelas israelíes enseñan la Biblia como historia verdadera.”

Este adoctrinamiento, combinado con una tasa de natalidad mucho más alta entre los judíos religiosos, ha contribuido a una explosión en el número de personas que se identifican como religiosas. Ahora constituyen la mitad de la población de Israel.

Hoy en día, alrededor de una cuarta parte de la población judía israelí pertenece a la corriente ortodoxa (que lee la Torá literalmente), y uno de cada siete pertenece a la ultra-ortodoxa, o haredim, la más fundamentalista de las corrientes religiosas judías. Los pronósticos sugieren que en 40 años, esta última constituirá un tercio de la población judía del país.

Judíos ultraortodoxos rezan ante el Muro de los Lamentos en Jerusalén, el 21 de enero (AFP)


“Conquistar el gobierno”

Tanto el poder creciente como el extremismo de los ortodoxos en Israel se pusieron de relieve en la última semana de enero, cuando uno de sus rabinos más influyentes, Shmuel Eliyahu, defendió públicamente a cinco estudiantes acusados de asesinar a Aisha Rabi, una palestina madre de ocho hijos/as. En octubre pasado los jóvenes apedrearon su coche cerca de Nablus (en Cisjordania ocupada), obligándola a abandonar la carretera.

Eliyahu es hijo de un ex rabino jefe de Israel, Mordechai Eliyahu, y él mismo forma parte del Consejo Rabínico Principal, que controla muchas áreas de la vida israelí. También es el rabino municipal de Safed, una ciudad que en el judaísmo tiene el estatus equivalente a Medina en el Islam o Belén en el cristianismo, por lo que sus palabras tienen mucho peso entre los judíos ortodoxos.

A principios de este mes, salió a la luz el vídeo de una charla que dio en el seminario donde estudiaban los cinco acusados, en la colonia ilegal de Rehalim, al sur de Nablus. Eliyahu no sólo alabó a los cinco como “guerreros”, sino que también dijo a sus compañeros de estudio que tenían que derrocar al “podrido” sistema judicial secular. Les dijo que era vital “conquistar también el gobierno”, pero sin armas ni tanques. “Ustedes tienen que apoderarse de las posiciones clave en el gobierno”, les instó.

Jueces infractores

En realidad, ese proceso ya está muy avanzado.

La Ministra de Justicia Ayelet Shaked, quien debería haber sido la primera en denunciar los comentarios de Eliyahu, está estrechamente alineada con los colonos religiosos. Significativamente, ella y otros ministros del gobierno han mantenido un cuidadoso silencio.

Esto se debe a que los representantes políticos de las comunidades judías religiosas de Israel, incluidos los colonos, se han convertido ahora en la pieza clave de los gobiernos de coalición. Ellos son los que deciden quién manda, y pueden extraer enormes concesiones de los otros partidos.

Desde hace algún tiempo, Shaked ha estado utilizando su posición para incorporar al sistema jurídico a los jueces más abiertamente nacionalistas y religiosos; incluso al más alto tribunal del país, la Corte Suprema.

Dos de los 15 jueces actuales de la Corte, Noam Sohlberg y David Mintz, son infractores de la ley, pues viven en colonias de Cisjordania, en abierta violación del Derecho Internacional. Varios jueces más nombrados por Shaked son religiosos y conservadores.

Esta es una victoria significativa para los religiosos ortodoxos y los colonos. La Corte es la última línea de defensa de la sociedad laica contra los ataques a la libertad religiosa y a la igualdad de género. Y es el único recurso para las personas palestinas que buscan mitigar los peores excesos de las políticas violentas y discriminatorias del gobierno israelí, el Ejército y los colonos.

La ministra de Justicia israelí Ayelet Shaked pronuncia un discurso en Jerusalén en 2017 (AFP)

Pueblo elegido

El colega de Shaked, Neftalí Bennett, otro ideólogo del movimiento de los colonos, ha sido Ministro de Educación en el gobierno de Netanyahu durante cuatro años. Este puesto ha sido por mucho tiempo fundamental para los ortodoxos, porque es el que moldea a la próxima generación israelí.

Después de décadas de concesiones a los rabinos, el sistema educativo de Israel ya está fuertemente sesgado hacia la religión. Una encuesta realizada en 2016 mostró que el 51 por ciento del alumnado judío asistía a escuelas religiosas segregadas por sexo −que ponen el acento en el dogma bíblico−, en comparación con el 33 por ciento de sólo 15 años antes.

Esto puede explicar por qué una encuesta reciente reveló que el 51 por ciento cree que los judíos tienen un derecho divino a la tierra de Israel, y un poco más −56 por ciento− cree que los judíos son un “pueblo elegido”.

Es probable que estos resultados empeoren aún más en los próximos años. Bennett ha estado dando mucho más peso en el plan de estudios a la identidad tribal judía, los estudios bíblicos y las reivindicaciones religiosas sobre el Gran Israel −incluidos los territorios palestinos, que él quiere anexar−.

Por el contrario, las ciencias y las matemáticas son crecientemente menospreciadas en el sistema educativo, y están totalmente ausentes en las escuelas para los ultraortodoxos. La evolución, por ejemplo, ha sido en su mayor parte borrada del programa de estudios, incluso en las escuelas laicas.

 “Sin piedad” hacia los palestinos

Otra esfera clave del poder estatal que está siendo tomada por los religiosos, y especialmente por los colonos, son los servicios de seguridad. El Comisionado de Policía Roni Alsheikh vivió durante años en una colonia conocida por sus ataques violentos contra la población palestina; y el actual rabino en jefe de la fuerza, Rahamim Brachyahu, también es un colono.

Ambos han promovido activamente un programa destinado a reclutar a más judíos religiosos para la Policía. Nahi Eyal, fundador del programa, ha dicho que su objetivo es ayudar a la comunidad de colonos a “encontrar nuestro camino hacia las posiciones de mando”.

Esa tendencia está aún más arraigada en el Ejército israelí. Las cifras muestran que el grupo nacional-religioso, al que pertenecen los colonos −aunque sólo sean el 10 por ciento de la población−, constituye la mitad de todos los nuevos cadetes de oficiales. La mitad de las academias militares de Israel son ahora religiosas.

Esto se ha traducido en el papel cada vez más importante de los rabinos ortodoxos extremistas en la motivación de los soldados en el campo de batalla. Durante la invasión terrestre de Gaza por parte de Israel en 2008-2009, los soldados recibieron panfletos del rabinato del Ejército con mandatos bíblicos para persuadirlos de “no mostrar misericordia” hacia los palestinos.

Un policía militar israelí durante enfrentamientos en Cisjordania ocupada el 12/1/2018 (AFP)


Llamando a matar bebés

Mientras tanto, el gobierno ha alentado a la población ultraortodoxa en rápido crecimiento a trasladarse a las colonias de Cisjordania construidas especialmente para ella, como Modi’in Illit y Beitar Illit. Esto, a su vez, está alimentando gradualmente el surgimiento de un nacionalismo agresivo entre sus jóvenes.

En el pasado los haredim eran abiertamente hostiles −o en el mejor de los casos ambivalentes− hacia las instituciones estatales israelíes, por creer que un Estado judío era sacrílego hasta que el Mesías llegara para gobernar a los judíos.

Ahora, por primera vez, jóvenes haredim están sirviendo en el ejército israelí, lo que aumenta la presión sobre el mando militar para que se adapte a su ideología fundamentalista religiosa. Se ha acuñado un nuevo término para estos soldados haredim halcones: se les llama los “hardal”.

Brachyahu y los capellanes de los hardal están entre los rabinos veteranos que han respaldado un libro aterrador: La Torá del Rey, escrito por dos rabinos colonos, que insta a los judíos a tratar sin piedad a los no judíos, y específicamente a las y los palestinos.

El libro ofrece la bendición de Dios para el terror judío; no sólo contra las comunidades palestinas que intentan resistirse a ser desplazadas por los colonos, sino también contra todas las personas palestinas, incluso bebés, bajo el principio de que “está claro que crecerán para hacernos daño”.

Se extiende la segregación de género

El dramático aumento de la religiosidad también está creando problemas internos en la sociedad israelí, especialmente para la población secular y para las mujeres.

En algunas partes del país, en los afiches para las próximas elecciones −al igual que en los anuncios en general− se está “limpiando” los rostros de las mujeres para no ofender al público.

El mes pasado, la Corte Suprema criticó al Consejo de Educación Superior de Israel por permitir que la segregación entre hombres y mujeres en las aulas de las universidades se extendiera al resto del campus, incluyendo bibliotecas y áreas comunes. Las estudiantes y las profesoras se enfrentan a códigos de vestimenta de “modestia”.

El Consejo incluso ha anunciado que tiene la intención de profundizar la segregación, debido a que está resultando difícil persuadir a los judíos religiosos para que asistan a la educación superior.

La violencia de la patota

Israel siempre ha sido una sociedad profundamente estructurada para mantener separada a la población judía de la población palestina, tanto físicamente como en términos de derechos. Esto es igualmente cierto para la importante minoría palestina de Israel −una quinta parte de la población−, que vive casi totalmente separada de la población judía en comunidades segregadas. Sus hijas e hijos son mantenidos alejados de los niños y niñas judías en escuelas separadas.

Pero el creciente énfasis en una definición religiosa de la identidad judía significa que la población palestina se enfrenta ahora no sólo a la fría violencia estructural diseñada por los fundadores seculares del Estado, sino también a una hostilidad irascible, legitimada bíblicamente por los extremistas religiosos.

Ello se hace más patente en el aumento acelerado de los ataques físicos contra la población palestina y sus propiedades, así como a sus lugares sagrados, tanto en Israel como en los territorios ocupados. Entre los israelíes, esta violencia se legitima como ataques con “precio” (“price tags”), como si los palestinos se hubieran causado a sí mismos ese daño.

YouTube está lleno ahora de vídeos de colonos armados o blandiendo palos que atacan a las personas palestinas, por lo general cuando tratan de acceder a sus olivares o manantiales, mientras que los soldados israelíes se quedan de brazos cruzados, o colaboran.

Los ataques incendiarios se han extendido desde los olivares hasta los hogares palestinos, a veces con resultados horribles, cuando las familias son quemadas vivas.

Rabinos como Eliyahu han avivado esta nueva ola de ataques con sus justificaciones bíblicas. El terrorismo de Estado y la violencia patotera se han fusionado.

Un monumento con la foto de Ali Dawabsheh, el bebé palestino de 18 meses muerto junto a su madre y su padre cuando colonos incendiaron su casa durante la noche, en Duma, en 2015 (AFP).


Destruir al-Aqsa

El mayor foco de atención se encuentra en Jerusalén Este ocupada, donde el creciente poder simbólico y político de estos rabinos mesiánicos amenaza con estallar en el complejo de la Mezquita de al-Aqsa.

Durante mucho tiempo los políticos seculares han jugado con fuego en este lugar sagrado del Islam, utilizando excusas arqueológicas para tratar de convertirlo en un símbolo del derecho histórico judío a la tierra, incluyendo los territorios ocupados.

Pero su afirmación de que la mezquita está construida sobre dos templos judíos −el último de los cuales fue destruido hace dos milenios− ha sido rápidamente reconfigurada con fines políticos modernos e incendiarios.

La creciente influencia de los judíos religiosos en el Parlamento, en el gobierno, los tribunales y los servicios de seguridad significa que los funcionarios se vuelven cada vez más audaces a la hora de reivindicar físicamente la soberanía sobre al-Aqsa.

También implica una indulgencia cada vez mayor hacia los extremistas religiosos, que exigen algo más que el control físico del sitio de la mezquita: quieren que al-Aqsa sea destruida y reemplazada por un Tercer Templo.

La guerra santa congrega

Poco a poco, Israel está transformando un proyecto colonial de asentamiento contra el pueblo palestino en una batalla contra el resto del mundo islámico. Está convirtiendo un conflicto territorial en una guerra santa.

El crecimiento demográfico de la población religiosa en Israel, el desarrollo en el sistema educativo de una ideología cada vez más extremista basada en la Biblia, la apropiación de los principales centros de poder del Estado por parte de los religiosos, y el surgimiento de una clase de rabinos influyentes que predican el genocidio contra los vecinos de Israel han sentado las bases para una tormenta perfecta en la región.

La pregunta ahora es en qué momento los aliados de Israel, en Estados Unidos y Europa, se despertarán finalmente para ver la catastrófica dirección hacia la que se dirige Israel, y tendrán la voluntad de tomar las medidas necesarias para detenerlo.

 

La Cúpula de la Roca, en el complejo de la Mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén, el 24 de enero (AFP)

*Jonathan Cook, periodista británico residente en Nazaret desde 2001, es autor de tres libros sobre el conflicto israelo-palestino. Ha sido galardonado con el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Ver aquí su sitio web y blog.
Publicado el 13/2/19 en Middle East Eye. Traducción: María Landi.

 

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El problema ‘progresista excepto con Palestina’

Los PEPs existen en todas partes. Infinidad de personas (judías y no judías) que se consideran de izquierda se han comprado la hasbara sionista para consumo occidental, y creen que Israel es una democracia y un país avanzado. Evidentemente mucho tiene que ver con la mirada orientalista y colonial que ve a los árabes como el ‘otro’ oscuro, temible e incomprensible, y a los colonizadores sionistas europeos como ‘los nuestros’.

Reblogueado desde “Los Otros Judíos”.

NOTA: Por un error de traducción, donde dice: “Quinta Fundación de Tierra Santa” debe decir: “Los 5 de Tierra Santa” (the Holy Land Five), abreviatura con que se conoce a los cinco presos políticos que dirigían la Fundación para Tierra Santa, encarcelados en EE.UU. y acusados de “financiar al terrorismo” (Hamas).

Los otros judíos

Por Marjorie Cohn.

Traducción: Fernando Moyano. 

Como judía progresista, encuentro que muchos de mis familiares y amigos siguen siendo lo que llamamos “PEP”, progresista, excepto Palestina. En medio de las cada vez más graves injusticias creadas por el sistema israelí de apartheid y la ocupación ilegal de las tierras palestinas por parte de Israel, ya es hora de que esto cambie.

Tengo la esperanza de que la “tormenta de fuego” provocada por la reciente columna de Michelle Alexander en el New York Times , “Time to Break the Silence on Palestine”, finalmente generará el calor necesario para forzar a más personas y grupos de la izquierda a superar la hipocresía fundamental de los “progresistas“, excepto el enfoque de Palestina.

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