Israel no puede pasar el examen de la verdad

Columna mensual publicada en Desinformémonos.

 

Nada Kiswanson, representante de Al Haq ante la Corte Penal Internacional, está recibiendo amenazas de muerte desde febrero.

Nada Kiswanson, representante de Al Haq ante la Corte Penal Internacional, está recibiendo amenazas de muerte desde febrero (foto: Henk Brandsma).

María Landi

 

Si algo ha sido consistente en la trayectoria del Estado de Israel desde su implantación en 1948 en el territorio palestino (e incluso desde los violentos antecedentes que lo precedieron) es la obsesión por construir un relato −y políticas acordes− que, al tiempo que elimina todo vestigio del pasado y la identidad árabe de Palestina, construye mitos y los vende como verdad a Occidente.

Esos mitos presentan a Israel como la víctima o pequeño David que debe ‘defenderse’ de los violentos y salvajes vecinos árabes que amenazan su existencia y buscan destruirlo. Así, todos los gobiernos occidentales repiten como un mantra que “Israel tiene derecho a defenderse”, olvidando que según el Derecho Internacional quien tiene derecho a defenderse no es la potencia ocupante, sino el pueblo que está sometido a la ocupación extranjera o al dominio colonial. Pero ya sabemos que Israel es experto en invertir los términos de la ecuación y presentar a su víctima como victimario.

Por supuesto que el control sionista de los medios masivos de (in)comunicación ha sido clave para imponer esa falsa narrativa y los mitos pasados y presentes que tergiversan la verdad. Pero la expansión de las nuevas tecnologías y de las redes sociales ha convertido a cualquier palestino o activista internacional con un teléfono inteligente en periodistas ciudadanos que muestran al mundo los crímenes del sionismo en tiempo real, ya sea un bombardeo en un mercado de Gaza, una demolición en una aldea beduina del Naqab (Negev) o una ejecución a sangre fría en la Ciudad Vieja de Hebrón. Por eso la percepción global de lo que realmente pasa en el pedazo de tierra más pequeño y disputado del mundo está cambiando aceleradamente.

Y si hay un lujo que Israel no puede darse es que se conozca la verdad y que sus mitos y falsos relatos se desmoronen como castillos de naipes. Por eso está apelando a todos los recursos posibles (y tiene muchísimos) para impedirlo. En columnas pasadas ya hemos escrito sobre los desesperados esfuerzos por deslegitimar y criminalizar al movimiento BDS (boicot, desinversión y sanciones a Israel, inspirado en la lucha sudafricana contra el apartheid).

De hecho cada semana hay noticias de una nueva embestida israelí contra las potenciales amenazas a su narrativa oficial. En este último mes se multiplicó el número de internacionalistas a quienes Israel les prohibió la entrada al país, tanto a través del aeropuerto de Tel Aviv como de la frontera terrestre con Jordania. La mayoría eran de nacionalidad estadounidense; algunas de ellas son connotadas integrantes del movimiento BDS en EE.UU., o responsables de proyectos educativos, culturales o humanitarios para aliviar a la población de la castigada y bloqueada Franja de Gaza. También se le está negando la entrada a cada vez más voluntarias(os) del mayor programa de acompañamiento internacional en Cisjordania, dependiente del Consejo Mundial de Iglesias. No es difícil sospechar que puede ser una venganza por las resoluciones de algunas iglesias cristianas de retirar inversiones de empresas cómplices con la ocupación de Palestina (la última fue la Iglesia Evangélica Luterana de EE.UU., que votó por la desinversión por una mayoría del 90%).

Cabría recordar aquí que el país que se define como “la única democracia de Medio Oriente” no permite la entrada de absolutamente ninguna misión de observación u organismo internacional de derechos humanos. Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Federación Internacional de DD.HH. –por mencionar a las más grandes− no pueden entrar a Israel/Palestina, y deben hacer su trabajo de campo en forma casi clandestina a través de informantes locales calificados. Israel tampoco permite la entrada de ningún representante de los mecanismos de derechos humanos del sistema de Naciones Unidas. De hecho en enero pasado el Relator Especial de la ONU para los DD.HH. en el Territorio Palestino Ocupado, Makarim Wibisono, renunció a su cargo debido a la persistente negativa de Israel a permitirle el ingreso al país (como tampoco lo permitió a ninguno de sus predecesores).

Recientemente se supo también que la organización de colonos judíos Lev HaOlam (ubicada en la colonia Shilo, una de las más violentas de Cisjordania ocupada) ha creado una línea telefónica directa para que la gente denuncie a activistas internacionales que apoyan al movimiento BDS, a fin de advertir preventivamente a las autoridades israelíes y hacer que sean deportados.

Toda la información recibida a través de la línea telefónica −cuántos activistas vio el informante, qué hacían, cuáles son sus nombres, dónde viven, si usan cámaras o representan a alguna organización− es recogida y enviada a las autoridades. Nati Rom, director y fundador de Lev HaOlam, señaló: «Esta es una iniciativa civil, cuyo objetivo es localizar a activistas que llegan aquí como turistas e intentan dañar al proyecto sionista sobre el terreno».

Rom reconoció que la línea directa es una respuesta al llamado del ministro de Seguridad Pública Gilad Erdan, quien junto al ministro del Interior Arye Dery anunció el 7 de agosto la creación de un grupo de trabajo conjunto para deportar del territorio controlado por Israel a internacionalistas que apoyan al BDS. El mismo Erdan incitó directamente a la sociedad israelí a denunciar a activistas internacionales del BDS en su página de Facebook: «Si usted tiene información sobre cualquiera que finja ser un turista y sea en realidad un activista BDS, díganoslo y lo expulsaremos del país».

Por otro lado, hace poco se hicieron públicas las continuas amenazas de muerte que desde febrero viene recibiendo, contra ella y su familia, la joven abogada Nada Kiswanson que representa a la organización palestina de derechos humanos Al Haq ante la Corte Penal Internacional, en La Haya. La sofisticación tecnológica, la capacidad logística y la impunidad con que se llevan a cabo dichas amenazas −constantes en todos sus desplazamientos geográficos y por todos los medios electrónicos empleados por la abogada (incluso encriptados) y sin dejar rastro− indican que detrás de las mismas están los servicios secretos de Israel, que tienen un largo y siniestro historial de operaciones encubiertas extraterritoriales –y criminales− contra quienes consideran “enemigos”.

Una vez más, la obsesión de Israel por el creciente deterioro de su imagen internacional no le lleva a hacerse responsable de sus políticas violatorias del Derecho Internacional, sino a satanizar a las organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales como el BDS, que revelan ante la opinión pública mundial la verdadera naturaleza de su régimen de apartheid y ocupación colonial. En particular el trabajo de Al Haq y otras tres organizaciones de derechos humanos palestinas ha sido presentar ante la CPI evidencias contundentes de los crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos por Israel (particularmente durante su brutal ataque sobre Gaza en 2014); otro lujo que los sionistas no se pueden dar.

Y porque no puede ganar en el terreno de la verdad y la legalidad, al sionismo solo le queda emplear las únicas armas que conoce desde hace siete décadas: la mentira, la propaganda, el bullying y la violencia. Ejércitos enteros de ‘soldados ideológicos’ asalariados se dedican en todo el mundo a calumniar, deslegitimar, amedrentar y atacar a personas y grupos de derechos humanos y de solidaridad con la causa palestina. Tanto Netanyahu como Erdan o la ministra de Justicia Ayelet Shaked han dicho abiertamente que el BDS y los grupos de derechos humanos son “amenazas estratégicas” que requieren respuestas estratégicas. Y la estrategia detrás de las amenazas a la representante ante la CPI es aislar a Palestina y debilitar sus vínculos con Europa, la ONU y el mundo.

Pero Israel hace tiempo que está perdiendo la batalla de la opinión pública; en buena medida gracias a sus propios ‘méritos’ criminales, pero también al periodismo ciudadano, a las redes y medios alternativos, y sin duda al movimiento BDS, que está cambiando la percepción y el discurso sobre lo que realmente pasa en Palestina. Y ese poder ciudadano que crece desde abajo no está dispuesto a dejarse amedrentar por el viejo bullying sionista.

Una muestra potente de ese nuevo espíritu lo ha dado esta semana la hinchada del equipo de fútbol Celtic de Escocia, que –violando la prohibición expresa de la liga de fútbol europea, y habiendo sido ya multado hace cuatro años− volvió a llenar las tribunas de su estadio con un mar de banderas palestinas en el partido que su equipo disputó contra el israelí Hapoel Beer Sheva. Y además dobló la apuesta: después de saber que la sanción sería de 15.000 libras, lanzó una campaña para “empatar la multa” y recaudar otro tanto para destinarlo a dos organizaciones palestinas −una de ellas de un campo de refugiados de Belén. Hasta el momento los escoceses llevan recaudadas más de 100.000 libras.

Lecciones de valentía y solidaridad como las del Celtic se están multiplicando en todo el mundo; porque como dijo Abdulrahman Abunahel, portavoz del Comité Nacional Palestino del BDS: «Tras fracasar en el intento de contrarrestar o incluso suavizar el impacto que tiene el BDS en el creciente aislamiento de su brutal régimen de opresión, Israel se está quitando la máscara. Está revelando al mundo su verdadero rostro de Estado paria, belicista y despiadado, que recurre a las mismas herramientas represivas que utilizó la Sudáfrica del apartheid en su última etapa, antes de su colapso final

 

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¿Hola? Me gustaría informar sobre un activista del BDS

La organización de colonos sionistas Lev HaOlam, ubicada en la colonia Shilo (una de las más violentas de Cisjordania, al sur de Nablus, y que se dedica a agredir permanentemente a las comunidades palestinas cercanas, en particular a Qusra) ha puesto en marcha una línea directa para que la gente proporcione información sobre activistas internacionales que apoyan al movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). El principal objetivo de la línea es advertir preventivamente a las autoridades israelíes sobre la llegada de este tipo de activistas al territorio de Israel, para que puedan ser deportados.

Traducido y publicado por Yebus.net y reblogueado desde “Los Otros Judíos”.

Los otros judíos

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El diario israelí Ynet ha informado de que una organización de colonos israelíes sin ánimo de lucro, Lev HaOlam (Corazón del Mundo), ha puesto en marcha una línea directa para que la gente proporcione información sobre activistas internacionales que apoyan al movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). El principal objetivo de la línea es advertir preventivamente a las autoridades israelíes sobre la llegada de este tipo de activistas al territorio de Israel, para que puedan ser deportados.

Al parecer, cuando una persona llame a ese número, un representante de Lev HaOlam le hará preguntas como cuántos activistas ha visto el informante, qué hacían, cuáles son sus nombres, dónde viven y si han sido vistos usando cámaras o representando a alguna organización. Toda esa información se recogerá en un formulario de quejas, que podrá llenarse en inglés o en hebreo. La línea funcionará cinco días a la semana.

Lev HaOlam…

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Mapas

 

Joan Cañete Bayle, elocuente y veraz, como siempre (tomado de su blog “Décima avenida 2.0”):

“A los palestinos les encantan los mapas. Y las llaves de casas que perdieron. Y las fotos de parientes que nacieron y vivieron en lugares a los que ya no tienen permitido el acceso. Y las cifras, adoran las cifras que ilustran su desgracia, la injusticia que sufren, la nakba. También saben mucho de matemáticas (la tierra y las vidas que hay que restar, los asentamientos que hay que sumar) y de leyes internacionales, resoluciones de la ONU y fallos de tribunales internacionales. Los palestinos no necesitan inventarse mapas ni manipular fechas ni descontarse en las sumas y las restas ni presionar a las televisiones para que no hagan ejercicios cartográficos cuando informan del mal llamado conflicto. Igual la realpolitik les da espalda, pero la realidad está de su lado.

Por eso, diga lo que diga Google, la cartografía está del lado de Palestina. Como la geografía, como la historia, como la memoria, como las fotografías, como el arte, como la arqueología, como la poesía, como la gastronomía, como la arquitectura, como la agricultura, como la pesca. Como la justicia.”

 

Décima Avenida 2.0

Hay expuestos en Yad Vashem, el magnífico y estremecedor Museo del Holocausto en Jerusalén, muchos objetos, muchas fotos, obras de arte. Y también algunos mapas. Uno de ellos siempre me ha parecido muy significativo: muestra la población judía en el mundo por países antes de la Segunda Guerra Mundial para informar de forma gráfica cómo la solución final nazi eliminó a los judíos de forma sistemática y atroz. Aparecen, pues, los judíos en Polonia, Alemania, Francia, etcétera. Y también aparece, del Mediterráneo al Jordán, Israel, como país. El mapa obvia dos detalles: que Israel jamás ha sido un país que comprenda por completo de forma legal y reconocida internacionalmente toda la tierra entre el Mediterráneo y el Jordán; y que antes de la Segunda Guerra Mundial Israel no existía. El Estado hebreo nació en 1948; antes de esa fecha, Palestina era un mandato británico.

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Edy Kaufman y las trampas del sionismo liberal

 

María Landi


Ampliación de la columna de opinión publicada en el semanario Brecha el 5/8/16.

 

En la entrevista de Salvador Neves a Edy Kaufman (Brecha, 29/7/16)[1] hay dos partes muy claras: en la primera habla el miembro de Amnistía Internacional y defensor de los derechos humanos durante las dictaduras del Cono Sur. También el progresista –o incluso izquierdista− que señala los pecados históricos de Occidente en la configuración del mundo árabe y la emergencia de fenómenos como el islamismo radical o terrorista.

En la segunda parte, sin embargo, cuando habla de la cuestión Palestina/Israel, emerge el típico discurso del sionista liberal (término que en sí es un oxímoron). Y ese discurso es tan falaz por lo que dice como por lo que no dice y deliberadamente decide omitir.

En la ortodoxia sionista el plato fuerte es siempre Hamas. Hablar de Hamas –y de paso poner al movimiento palestino y al libanés Hezbolá en la bolsa del Daesh y Boko Haram− como obstáculo o amenaza, advirtiendo de paso sobre el peligro de la radicalización islamista, es algo que ningún sionista liberal que se precie dejará de hacer. Lástima que a los periodistas no se les ocurra nunca preguntar: ¿pero qué pasaba antes de que existiera Hamas? ¿Y qué pasaría si Hamas dejara de existir? La respuesta es la misma en ambos casos: nada. Todo seguiría exactamente igual que como estaba antes de Hamas y como está hoy. Hamas es sólo el último de los distintos ‘cucos’ (antes fueron Arafat, la Liga Árabe, la OLP) que en cada época los sionistas usan como pretexto para mantener su dominación sobre Palestina. Con o sin Hamas, Israel seguiría siendo el mismo “Estado perverso” (como lo definió el gran Gideon Levy en una columna reciente) que arresta niños por tirar piedras, ejecuta a sangre fría a adolescentes “sospechosos”, demuele viviendas palestinas en el este de Jerusalén o en el desierto del Naqab o en las colinas al sur de Hebrón, expulsa a comunidades beduinas de su tierra para poblarla con colonos judíos, bombardea periódicamente a dos millones de personas a las que tiene prisioneras en una franja de 350 km2, impide a las parejas con distinto documento de identidad vivir juntas, retira los permisos de trabajo y de residencia para hacer imposible la subsistencia y la vida de las familias palestinas, y un largo etcétera que se resume en un solo objetivo: borrar al pueblo palestino de su territorio.

De nada de esto hablan los Edy Kaufman. Al sionista liberal le gusta siempre recordar quién lanzó “el primer proyectil” –como si no hubiera ocurrido nada antes, o como si eso justificara que su gobierno bombardee sin piedad, mate a 2200 personas (550 de ellas menores de edad) y hiera a más de 10.000−, ‘olvidando’ que la inmensa mayoría de la población de esa gran cárcel al aire libre que es Gaza proviene de pueblos y ciudades que fueron limpiados étnicamente por las milicias sionistas entre 1947 y 1949.

“Hamas no reconoce a Israel” es otro de los enunciados favoritos de la ortodoxia sionista, omitiendo mencionar que Israel jamás ha reconocido a Palestina, ni en la teoría ni en la práctica: desde los mapas oficiales hasta la expansión incesante de sus colonias −condenadas unánimemente por la comunidad internacional (incluso por su aliado incondicional, EE.UU.)−, para Israel sus fronteras terminan en Jordania.

Otro presupuesto del discurso sionista liberal es que si el partido Laborista sustituyera al Likud de Netanyahu, las cosas serían distintas. ‘Olvidando’ así que la colonización del territorio palestino, desde la creación de Israel hasta hace un par de décadas, fue responsabilidad directa de los gobiernos laboristas −y su política más consistente.

Pero la falacia mayor es analizar el tema desde el paradigma de las ‘negociaciones de paz’. El problema, según Kaufman, es que los dos pueblos carecen de líderes que estén a la altura del desafío (‘olvidando’, otra vez, que los mejores líderes palestinos están bajo tierra o tras las rejas). Y evoca con nostalgia a Rabin, el Primer Ministro (asesinado por un judío fanático) que firmó con Arafat los tramposos Acuerdos de Oslo y así recibió el Nobel de la Paz, apenas unos años después de haber ordenado a sus soldados “quebrarle los huesos” a los niños palestinos que tiraban piedras en la primera intifada. O que cuatro décadas antes tuvo a su cargo la limpieza étnica de varias comunidades palestinas, incluyendo las ciudades de Lydda y Ramle.

El sionismo liberal analiza el conflicto desde ese falso paradigma, poniendo en pie de igualdad −en cuanto a responsabilidad por la violencia crónica y la falta de solución− al ocupado y al ocupante, al colonizado y al colonizador, al oprimido y al opresor; cuando cualquiera sabe que desde una abismal asimetría de poder entre las partes no hay propuesta de negociación viable −ya se trate de Oslo, la Liga Árabe o Francia−. Y menos cuando la parte más fuerte no tiene la menor intención de ceder un solo metro cuadrado de tierra.

Esa falacia del “diálogo de paz” entre israelíes y palestinos ha prevalecido −contra todas las evidencias empíricas− desde los niveles políticos más altos hasta los grupos de base. Millones de dólares se han volcado a la industria de la paz, y carreras académicas y profesionales enteras se han construido sobre ella. Pero la realidad es que para Israel el proceso de Oslo –que supuestamente desembocaría en la creación del Estado palestino− fue una cortina de humo para abortar la primera intifada, ganar tiempo y seguir apropiándose del territorio –mientras hacía que negociaba la paz−, creando así “hechos consumados” irreversibles.

Las y los palestinos le han puesto un nombre a esos diálogos: normalización. Se trata de normalizar el statu quo y de hablar sobre cómo ambas partes pueden coexistir sin tocar la raíz del problema: el proyecto y la ideología sionistas que dieron origen a Israel. Cito al historiador Ilan Pappé:

Esto no es un conflicto entre dos movimientos nacionales que luchan por el mismo pedazo de tierra. Se trata de la lucha contra un movimiento colonialista de asentamiento que llegó a fines del siglo XIX a Palestina y todavía hoy intenta colonizarla haciéndose de la mayor parte de la tierra con la menor cantidad de población nativa posible. Y la lucha de la población nativa es una lucha anticolonialista. Hay que ir a cualquiera de los estudios de caso históricos de un movimiento anticolonialista luchando contra una potencia colonialista y preguntarse: ¿en algún momento la idea de dividir la tierra entre el colonizador y el colonizado se presentó como solución razonable? Sobre todo para las personas que eran de izquierda o se consideraban a sí mismas como miembros conscientes de la sociedad. Y la respuesta es un rotundo no. Por supuesto que nadie admitiría la división de Argelia entre los colonos franceses y los nativos argelinos. E incluso en lugares en los que hubo colonialismo de asentamientos, es decir, en los que la población blanca en cierto modo no tenía adónde ir, como en Sudáfrica, si una persona progresista sugiriera hoy que había que dividir el territorio de Sudáfrica entre la población blanca y la población africana, sería considerada demente en el mejor de los casos, y en el peor, hipócrita y fascista. Esta lógica, que es tan clara para mucha gente en cualquier otro lugar del mundo, de alguna manera no funciona en el caso de Palestina.”

Los sionistas liberales tampoco reconocerán que Israel es un Estado de apartheid. A lo sumo, como Vargas Llosa (que escribió varios artículos críticos después de su reciente visita), advertirán a las buenas conciencias que, de seguir por este camino (es decir, el de la total anexión de Cisjordania, manteniendo a su población sojuzgada sin el más mínimo derecho civil, político, económico, social o cultural), Israel “corre peligro de transformarse en un apartheid”. Hasta Kerry lo dijo. Pero la advertencia llega tarde: Israel es ya un Estado de apartheid. Lejos de ser “la única democracia de Medio Oriente” que el sionismo le vende a Occidente, es más bien una etnocracia[2] (y por ende, una democracia sólo para su población judía).

En Israel, más de 50 leyes –además de un sinfín de políticas y prácticas oficiales− discriminan a la población no judía y le asignan incluso espacios geográficos diferentes. Una persona palestina no puede vivir donde quiera, sino donde el Estado le permite; es decir, en las comunidades árabes segregadas y asfixiadas por la imposibilidad de expandirse en proporción a su crecimiento. Porque la batalla geográfica y demográfica tiene lugar en todo el territorio de la Palestina histórica, no sólo en los territorios ocupados en 1967, como se cree habitualmente. Si mañana esa ocupación se terminara, Israel seguiría siendo un Estado de apartheid para su población no judía.

Y porque el sionismo es en esencia un proyecto nacionalista y racista construido sobre la supremacía del grupo colonizador, una solución duradera implica superar el viejo paradigma y trabajar por construir una verdadera democracia. Ello pasa necesariamente por la descolonización y la sustitución del régimen de apartheid por una democracia con igualdad de derechos para todas y todos sus habitantes, independientemente de su origen étnico o religioso.

Ninguna otra solución va a funcionar. La sugerencia de Kaufman de que “los primos” (judíos y árabes) que han sabido convivir pacíficamente en América Latina exporten su modelo a Medio Oriente, omite el pequeño detalle de que en nuestro continente ello es posible porque ninguno de los dos grupos pretende expulsar al otro de su tierra y apropiarse de ella, destruyendo además todo vestigio de su pasado y su presente allí.

Quienes pretenden preservar a Israel como un Estado judío –en un territorio donde la mitad de la población no lo es− le hacen daño no sólo a la causa palestina, sino a la de la paz y la justicia en toda esa convulsionada región.

NOTAS
[1] Quiero consignar dos errores del entrevistador: la disciplina y el término “transformación de conflictos” no fueron creados por Kaufman y su socio, sino por el experto estadounidense John Paul Lederach; y no existe “emigración de palestinos hacia Israel” (cosa prohibida e imposible), sino todo lo contrario: cada vez más colonos judíos se instalan en tierras robas al pueblo palestino, que es expulsado de su territorio ancestral.
[2] Así la ha definido y explicado el geógrafo político Oren Yiftachel: “Etnocracia. Políticas de tierra e identidad en Israel/Palestina” (Bósforo, Madrid, 2011).

 

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Bilal Kayed desencadena una huelga de hambre masiva en las cárceles israelíes

Al entrar en su 54º día de huelga de hambre, la salud de Bilal Kayed sigue deteriorándose, mientras la huelga de hambre se extiende por varias cárceles israelíes.

Comunicado del Centro Palestino de DD.HH. de Gaza, traducido por la Asociación Al Quds de Málaga y reblogueado desde su sitio web. Mapa de Addameer.

 

El Centro Palestino para los Derechos Humanos (PCHR) está preocupada por la vida de Bilal Kayed, un prisionero palestino en Detención Administrativa por Israel, en una huelga de hambre durante dos meses. Por otra parte, el PCHR hace un llamamiento a la comunidad internacional para presionar a las fuerzas israelíes para liberar a Bilal, que ha sido…

a través de Bilal Kayed desencadena una huelga de hambre masiva en las cárceles israelíes — Al Quds Andalucía

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Palestinas: desamparadas por la ley y la ocupación


Isabel Pérez (Franja de Gaza)

El sistema jurídico palestino desprotege a las mujeres en los procedimientos de divorcio y de denuncia de malos tratos. Los estudios sobre violencia de género obvian un contexto marcado también por las agresiones sionistas.
 

El movimiento de mujeres en Palestina exige la igualdad ante la ley. (Isabel Pérez)-

El movimiento de mujeres en Palestina exige la igualdad ante la ley (Foto: Isabel Pérez)

 

En la franja de Gaza, una nueva orden del jefe del Tribunal Supremo de Cortes de Sharia’ (Cortes Islámicas) ha provocado el desconcierto entre el movimiento de mujeres. A partir de ahora, los hombres que se declaren víctimas de violencia doméstica podrán abrir un caso para conseguir el divorcio. Las organizaciones que trabajan para proteger los derechos de las mujeres, mejorar su estatus legal y social o proveer ayuda psicológica han expresado su descontento ante un sistema patriarcal que tiende a defender más al hombre. En Palestina, la vida de las mujeres está constreñida a una legislación obsoleta, heredada del imperio otomano, la colonización británica, la administración egipcia o jordana, la ocupación israelí, con algunas tentativas de cambio que no se aplican en la vida real.

En las comisarías hay docenas de casos de asesinatos de mujeres y miles de quejas de mujeres que sufren violencia en casa. Este año dos mujeres han matado a sus maridos y se ha hecho una ley”, denuncia Nadia Abu Nahla, directora de la rama de los Comités Técnicos de Asuntos de la Mujer en Gaza.La decisión del Jefe del Tribunal Supremo de Cortes de Sharia’ en Gaza, Hassan el-Yuyu, ha indignado a las defensoras de los derechos de las mujeres palestinas. Con esta ley, la perspectiva de violencia de género queda totalmente anulada. “Lo que buscan es que el hombre que quiera divorciarse no tenga que pagar nada a su mujer”, asegura Abu Nahla señalando que la mayoría de las mujeres divorciadas dependen económicamente del dinero que, por derecho y según el contrato matrimonial, aporta el marido que desee el divorcio. “Y este dinero, 3.000 dinares jordanos o 4.000, no se lo dan de una sola vez a las mujeres, sino a plazos —añade—. Los juzgados de sharia’ son juzgados machistas, como mujer no sientes que se haga justicia”.

Varios estudios indican que la posguerra en Gaza y el aumento de la pobreza -que ya afecta a más del 65% de la población en la franja de Gaza, con una inseguridad alimentaria del 72%- acarrea un incremento de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, ni estos indicadores ni las recomendaciones de algunas organizaciones hicieron cambiar de parecer al jefe de los tribunales de sharia’ en Gaza. Desde la Asociación Aisha para la protección de la mujer, Reem Frainah cuenta que un mes antes de ser proclamada dicha ley, varios jueces de las cortes de sharia’ y el propio el-Yuyu acudieron a uno de sus talleres. “Discutimos sobre el daño que sufre la mujer frente al que sufre el hombre —explica Frainah—. El dinero que pierde el hombre [en caso de divorcio] no es comparable a lo que pierde la mujer. Ella pierde su familia, la sociedad no la mira con el mismo respeto que mira a un hombre divorciado. Está claro que esta decisión es en favor del hombre”.

Frainah insiste en que ella dejó claro que el dinero que paga el hombre a su mujer por el divorcio no es una “venganza” sino una protección y un derecho. “La mujer divorciada no busca hacerse millonaria —apunta Frainah—. Son mujeres destrozadas psicológicamente. De hecho, mi experiencia de más de veintitrés años trabajando con mujeres me dice que las mujeres aquí prefieren soluciones pacíficas, no llegar a los juzgados, porque no quieren perder a sus hijos e hijas”.

Cuando la ley es tu enemiga

La legislación es diferente en la Franja de Gaza y en Cisjordania. En Jerusalén, donde los palestinos son considerados por la ocupación israelí como “inmigrantes” en su propia tierra, algunas parejas casadas no pueden residir en dicha ciudad. Con sus políticas y leyes de ciudadanía, Israel viola el derecho a tener una vida familiar.

La historia de colonización y ocupación de Palestina todavía está presente en el sistema legal. Palestina estuvo gobernada por el imperio otomano desde 1516 hasta 1917, después llegó el Mandato Británico hasta 1948, año de la Nakba en el que se creó el Estado de Israel y el pueblo palestino fue expulsado. En ese momento, Egipto se hizo cargo de la administración de la franja de Gaza y Jordania se anexionó Cisjordania. En 1967 Israel ocupó el resto de Palestina y no fue hasta los Acuerdos de Oslo que se creó una Autoridad Palestina (1994) que asumió el poder para promulgar una nueva legislación que, sin embargo, no cambió significativamente los aspectos que afectan a la mujer. Desde 2007, la división política entre Hamas en Gaza y Fatah en Cisjordania es otro factor que afecta a la unificación de la legislación.

En la franja existe la Ley de la Familia (1954), en Cisjordania la Ley jordana de Estatuto Personal (1976); junto a otras leyes, abordan temas matrimoniales, divorcios, custodia, poligamia, obediencia, adulterio (que también se establece como caso criminal) o herencias.

Hemos estado luchando desde que se conformó el primer parlamento palestino para cambiar la ley y tener una nueva —explica Muna Ashawa del Departamento de Asuntos de la Mujer del Centro Palestino para los Derechos Humanos, PCHR—. En Egipto o Jordania ya se han desarrollado las leyes, pero aquí existe una gran discriminación contra la mujer”.

La Ley Básica palestina, que funciona como una constitución temporal, establece que la principal fuente de legislación es la ley islámica (sharia’). La escuela suní de jurisprudencia en Palestina es la escuela Hanafi del Imam Abu Hanifah Annua’man; aun así, movimientos feministas de palestinas defienden que las leyes son más bien una herramienta usada para someter a la mujer con una base religiosa bastante cuestionable.

Ashawa menciona que muchas veces los casos de violencia de género, violaciones o incluso incesto se soliviantan a través del sistema de “justicia informal”: “Todo esto es tabú en nuestra sociedad y difícilmente las víctimas se presentan ante una comisaría o un juez. Se mantiene todo en silencio. Las familias acuden a un mokhtar [un anciano patriarca] y a veces decide que la víctima, sobre todo si es violada y se queda embarazada, se case con el violador”, asegura.

Los casos de crímenes de honor son tratados por el Código Penal, no por el Islámico. En Gaza, mientras la persona que roba se enfrenta a pena de muerte, el esposo que mata a su esposa es encerrado unos años en la cárcel y puede quedar libre con el pago de una multa. El adulterio, entendido como relación sexual de mutuo acuerdo, es contemplado tanto bajo el Código de la Sharia’ como el Penal. En estos casos, la mujer adúltera -casada- pierde todos sus derechos económicos y sociales y el hombre adúltero recibe una advertencia por parte del juez.

En cuanto al divorcio, existe el talaq, divorcio unilateralmente requerido por el marido tan solo pronunciando verbalmente esta intención. Cuando es ella quien pide el divorcio se trata de tafriq y solo puede realizarse por ciertas razones y presentando pruebas: “Si él está ausente y nadie sabe donde está, si no la mantiene económicamente, si se va de viaje y pasa un año, si es encarcelado mínimo tres años, si está loco o si tiene problemas sexuales. La esposa también puede pedir divorcio si hay un conflicto, es decir, si ella es golpeada por su marido. En todos casos ella tiene que presentar pruebas y es complicado”, apunta Ashawa.

Muy pocas mujeres pueden optar por la khula’ para divorciarse, esto es, devolver al marido la cantidad que él pagó por ella para contraer matrimonio. Ante la impotencia, muchas renuncian a sus derechos solo por conseguir el divorcio, pero incluso este margen se ve bloqueado por las normas sociales, más fuertes que la propia ley: “La sociedad culpa a la mujer del divorcio. La cultura afecta más que el sistema legal para que la mujer hable y denuncie. Se normaliza, no hay conciencia acerca de la violencia de género”, lamenta Ashawa.

Mujeres protestan contra la ocupación israelí y la destrucción de hogares palestinos en el desierto del Negev  (Isabel Pérez).

Mujeres protestan contra la ocupación israelí y la destrucción de hogares palestinos en el desierto del Negev (Isabel Pérez).

La violencia de la ocupación israelí contra la mujer palestina

Según estudios del Instituto de la Mujer de la Universidad de Birzeit, el aumento de la violencia de género está relacionado con el aumento de la violencia israelí y sus políticas de ocupación. “La mayoría de los informes sobre violencia de género no contextualizan y es un fallo teórico y metodólogico grave —afirma Eileen Kuttab, directora del Instituto—. Las mujeres, y luego los niños y niñas, son las víctimas de los hombres que son víctimas de la ocupación israelí”.

Kuttab subraya que la mujer palestina es objetivo del proyecto de ocupación israelí. El Ejército israelí detiene y humilla a las mujeres palestinas, así como los habitantes de los asentamientos de Cisjordania. “Apuntan contra la mujer palestina porque es la que da a luz. Este es un asunto central en el modo de pensamiento sionista. Saben que en el año 2020 seremos más que ellos, demográficamente hablando —clama Kuttab—. La mujer es símbolo de resistencia y perseverancia y quieren romper con ello. También utilizan a la mujer para presionar al hombre en los interrogatorios cuando lo detienen”.

En Cisjordania o Jerusalén donde, a diferencia de la franja de Gaza, hay presencia continua del Ejército israelí, la mujer palestina es diariamente despreciada en los controles militares israelíes: “Las inspecciones no son respetuosas —asegura Kuttab—. Rompen el espacio privado de la mujer. Hay mujeres que incluso murieron asesinadas bajo pretextos falsos o en ambulancias mientras esperaban cruzar para dar la luz”.

Soraida Hussein, fundadora y directora de los Comités Técnicos de Asuntos de la Mujer, sentencia que todas las mujeres experimentan violencia y que la mayor es la ejercida por la ocupación israelí. “Es violencia militar, sangrienta, colonialista. Su plan es echarnos de aquí, como lo que está sucediendo desde octubre del pasado año”, apunta.

Las activistas del movimiento de mujeres en Palestina insisten en que su causa debe ser tan prioritaria tanto como la lucha por el establecimiento de un Estado soberano palestino.

Publicado el 19/7/16 en Pikara Magazine
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La resistencia palestina es una lucha indígena y anticolonial

Columna mensual publicada en el portal Desinformémonos.

 

Mujeres de Al-Araqib resistiendo la 101 demolición de su aldea. Foto Tarabut Hithabrut
Mujeres de Al-Araqib resistiendo la 101ª demolición de su aldea (Foto: Tarabut- Hithabrut).

 

La última semana de julio, una imagen poderosa se coló en mi Facebook: en ella se ve a un conjunto de mujeres beduinas, de espaldas a la cámara, enfrentando a una enorme excavadora israelí que está destruyendo sus hogares y arrasando su tierra árida.

La imagen desgraciadamente no es novedosa, especialmente en un año en que Israel ha batido el récord de demoliciones de propiedades palestinas: entre enero y junio de este año, destruyó 168 estructuras habitacionales en Cisjordania, dejando a 740 personas sin hogar. 384 de ellas son niñas y niños (más que en un año entero en toda la última década). Y si las demoliciones de poblados palestinos que Israel lleva a cabo regularmente casi nunca son noticia, menos lo son cuando se trata de una demolición ocurrida −literalmente− por centésima vez.

Sin embargo, esta demolición es especial por el lugar donde ocurrió. En la mañana del miércoles 27 de julio, las fuerzas israelíes destruyeron por 101ª vez la aldea beduina de Al Araqib, en el desierto del Naqab (o Negev en hebreo). He aquí el pequeño detalle que hace a Al Araqib diferente –y a otras aldeas similares, como Um al-Hiram−: el desierto del Naqab/Negev está dentro de lo que  la comunidad internacional reconoce como el territorio oficial del Estado de Israel −no en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza.

Los gobiernos, los medios de comunicación y la opinión pública de Occidente desconocen que casi un cuarto de la población de Israel es palestina, y que vive en comunidades segregadas que enfrentan los mismos problemas de exclusión y estrangulamiento que en los territorios ocupados. Y que también allí hay demoliciones por “construcción sin permiso” −porque el estado tampoco les otorga los permisos solicitados, ya que la política oficial es impedir la expansión de sus comunidades.

Dentro de esa población palestina, hay comunidades beduinas que viven en medio centenar de aldeas ‘no reconocidas’ por el Estado de Israel; esto quiere decir que no figuran en los mapas oficiales ni reciben los servicios básicos de agua, saneamiento, electricidad e infraestructura, por la única razón de que sus habitantes no son judíos, sino árabes. Más de la mitad de los aproximadamente 160.000 habitantes beduinos del desierto del Naqab/Negev viven en aldeas no reconocidas.

Las tribus beduinas están en el territorio palestino desde mucho antes de la creación del Estado de Israel en 1948. Las aldeas no reconocidas se establecieron en el Naqab/Negev en los años posteriores: muchas comunidades fueron trasladadas por la fuerza a los lugares que hoy ocupan durante el período de 17 años en que la población palestina dentro de Israel estuvo sometida a un régimen militar −hasta 1967, cuando Israel ocupó el resto de la Palestina histórica. Sesenta años después, sus aldeas siguen sin ser reconocidas por el estado y viven bajo constante amenaza de demolición y desplazamiento forzado.

La población beduina de Al Araqib viene resistiendo desde 2010 las reiteradas demoliciones que buscan expulsarle de sus tierras y destruir su forma de vida tradicional. La intención del gobierno es concentrarles en especies de reservaciones o enclaves artificiales, para asentar en sus tierras a población de origen judío proveniente de todo el mundo.

En 2011, el entonces Relator Especial de la ONU sobre Derechos de los Pueblos Indígenas James Anaya dio a conocer un informe sobre el tratamiento de las tribus beduinas en el Negev, poco antes de que el gabinete israelí aprobara un plan para reubicar a los 30.000 habitantes de 13 aldeas no reconocidas en asentamientos creados por el gobierno. En ellos, según el Relator, se registraban los índices más altos de hacinamiento y desempleo, así como los indicadores socioeconómicos más bajos de Israel.

La narrativa sionista hegemónica en Occidente, que presenta a Israel como “la única democracia de Medio Oriente” elude deliberadamente mencionar que Israel es una democracia sólo para su población judía −en otras palabras, una etnocracia[1]. Porque la única nacionalidad oficial en Israel es la judía; las personas de origen árabe, africano o cualquier otro, no tienen los mismos derechos ante la ley, por el hecho de no ser judías. La nacionalidad y la religión se explicitan en el documento de identidad, y ellas definen el lugar de una persona –y los derechos asociados− en la sociedad israelí.

En el Estado de Israel, más de 50 leyes –además de un sinfín de políticas y prácticas oficiales− discriminan a la población no judía y le asignan incluso espacios geográficos diferentes. Una persona palestina no puede vivir donde quiera, sino donde el estado le permite; es decir, en las comunidades árabes segregadas y asfixiadas por la imposibilidad de expandirse en proporción a su crecimiento demográfico. Se trata de una batalla geográfica y demográfica que tiene lugar en todo el territorio de la Palestina histórica −no sólo en los territorios ocupados en 1967, como se cree generalmente. Y esa batalla empezó hace un siglo con la invasión sionista, pero se hizo oficial en 1948 con la implantación del Estado de Israel en el corazón del mundo árabe. La limpieza étnica de la población árabe no fue consecuencia de la guerra, sino resultado de una planificación sistemática del movimiento de colonos sionistas que quería deshacerse de la población nativa.

Es por eso que sobre todo en las últimas décadas, académicas y analistas políticos vienen afirmando con insistencia que el mal llamado “conflicto palestino-israelí” necesita ser reformulado desde categorías de análisis distintas. El historiador Ilan Pappé acaba de compilar un libro donde reúne trabajos multidisciplinarios palestinos e israelíes cuya finalidad es precisamente aportar al cambio de paradigma para comprender la cuestión palestina: es necesario dejar de considerarla un “conflicto entre dos movimientos nacionales, con el mismo derecho y arraigo a la tierra, disputándose el territorio” y analizarla como lo que es: un proyecto europeo colonialista que buscó sustituir a la población árabe nativa por inmigrantes de origen judío. Y el resultado natural del colonialismo de asentamiento es un sistema de apartheid que garantiza la segregación entre la población nativa y el grupo colonizador.

En la presentación del libro, el periodista Jonathan Cook (residente en Nazaret) explicó que al igual que en Sudáfrica, el apartheid en Israel tiene un doble propósito: el más visible es la segregación física y espacial;  ella define pueblos, ciudades y hasta sistemas educativos separados. Esto cumple además una finalidad sicológica, especialmente en la etapa de la infancia: mantener un sentido de antagonismo y de identidad tribal en ambas comunidades. Pero el propósito fundamental y estratégico es la exclusión de la población nativa del acceso a la tierra, al agua y a los recursos del territorio, apropiados para su beneficio por el grupo colonizador. Así, recordó que el 93% de la tierra está a disposición de “la nación judía mundial” y no de sus habitantes no judíos. Del mismo modo, el agua como recurso barato también está reservada a la población judía. Cook afirma que, al ignorar el carácter generalizado del apartheid que sufre la población palestina, se le permite a Israel “justificar que sus políticas en los territorios ocupados son impulsadas por consideraciones de seguridad, en lugar del despojo sistemático y el robo de los recursos”.

Esta representación del sionismo como un proyecto colonialista y del Estado de Israel como un estado de apartheid también nos señala el camino de solución, concluye Pappé: la descolonización de Israel/Palestina y la sustitución del régimen de apartheid por una democracia con igualdad de derechos para todas y todos sus habitantes, independientemente de su origen étnico o religioso. “Cualquier paradigma que mantenga a Israel como un estado sionista no tiene chance alguna de éxito. Del mismo modo que nos sacamos de encima el apartheid en Sudáfrica, tenemos que sacarnos de encima al sionismo antes de hablar de reconciliación. Ninguna otra solución va a funcionar”.

El pueblo palestino que lleva siete décadas resistiendo el despojo, la discriminación, la cárcel, la represión y el exilio, ya sea en las aldeas asfixiadas de Galilea, en el árido desierto del Naqab o del sur de Hebrón, en los barrios empobrecidos del este de Jerusalén o en los hacinados campos de refugiados de Cisjordania, Líbano, Jordania o Siria, sabe muy bien que el origen de sus males es el sionismo, y que sólo su derrota podrá devolverle su tierra, sus derechos y su dignidad.

 

[1] Ver sobre todo la obra del geógrafo político israelí Oren Yiftachel: “Etnocracia. Políticas de tierra e identidad en Israel/Palestina” (Bósforo, Madrid, 2011).
Sumoud: the struggle of Al-Araqib“, de Jillian Kestler-D’Amours para AIC sobre la lucha de Al-Araqib (inglés, 27′):
From Al-Araqib to Susiya“, de Jenny Nyman para ADALAH, mostrando la limpieza étnica de la población palestina, desde el Naqab hasta las Colinas del Sur de Hebrón (en inglés, 15′):

Video de +AJ sobre Al-Zarnoug, otra aldea palestina no reconocida y amenazada en el desierto del Naqab (en inglés, 5′):

 

 

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