Soy la prima de Ahed Tamimi. Israel tiene que parar de meter en la cárcel a niñas/os como ella.

 

Ahed Tamimi compareciendo ante el tribunal militar de Ofer a principios de febrero (Issam Rimawi).

 

Nur Tamimi*

 

Apenas me había dormido cuando desperté y encontré a un soldado israelí armado revoloteando sobre mi cama. Me ordenó que me levantara rápido y me pusiera una chaqueta. Medio dormida aún, me esposaron, me arrojaron adentro de un jeep militar y me llevaron para interrogarme. La noche anterior ya se habían llevado a mi prima de 16 años, Ahed, y ahora era mi turno.

Unos días antes, el ejército israelí allanó nuestro poblado de Nabi Saleh en Cisjordania ocupada para reprimir nuestra manifestación semanal contra la colonia judía ilegal construida en nuestra tierra y el robo de nuestra fuente de agua dulce por los colonos. Durante la manifestación, un soldado le disparó de cerca en la cara a nuestro primo Mohammed de 15 años y le rompió el cráneo. Fue llevado de urgencia al hospital y hubo que inducirle un coma médico. Aproximadamente media hora después, todavía traumatizadas por lo que le hicieron a nuestro primo, encontramos soldados en el patio delantero de la casa de Ahed, donde estábamos sentadas, e intentamos que se fueran. Por exigirles que se fueran, desarmada, mi prima enfrenta cargos por confrontar a un soldado armado.

Cuando el video del incidente se mostró en Israel se volvió viral, y muchos israelíes exigieron que se nos castigara. Entonces, a la semana siguiente, los soldados llegaron a la casa de Ahed en mitad de la noche y se la llevaron presa. Al día siguiente, su madre Nariman también fue encarcelada cuando fue a averiguar por Ahed. Más tarde esa noche, yo también fui arrestada.

Me liberaron bajo fianza después de 16 días, pero Ahed ha estado languideciendo en prisión por casi dos meses, al igual que su madre. El 31 de enero, ella pasó su cumpleaños número 17 en una celda. El comienzo de su juicio en un tribunal militar se ha retrasado varias veces. El último aplazamiento se produjo el martes, cuando fue reprogramado para el 11 de marzo. En un evidente intento de eludir el escrutinio de los medios internacionales, el juez también dictaminó que los periodistas no podrán asistir. Las acusaciones a las que Ahed se enfrenta tienen una pena máxima de 20 años. Yo también enfrento cargos.

En la prisión nos trataron muy mal. Después de ser arrestada, Ahed fue llevada a una celda en el sótano e interrogada sin la presencia de su padre, madre o abogada. Ella y yo fuimos trasladadas varias veces de una prisión a otra, mantenidas con criminales israelíes comunes y sometidas a un acoso verbal degradante y sexista. El ejército sabe cómo ejercer presión psicológica para quebrarte. Nos privaron del sueño y de la comida, y me forzaron a permanecer sentada en una silla sin poder moverme durante largas horas cada vez.

Cuando nos llevaron al tribunal militar para una audiencia, fue muy duro ver a nuestros padres y madres sentadas en la parte de atrás, preocupadas e indefensas. Mi tío Bassem Tamimi, el padre de Ahed, y mi propio padre saben de primera mano cómo se siente y huele la prisión. Ambos han sido encarcelados varias veces debido a su resistencia no violenta a la ocupación israelí. Bassem fue nombrado preso de conciencia dos veces por Amnistía Internacional, que también ha pedido la liberación de Ahed. Ellos saben que nos mantuvieron en una celda helada mientras esperábamos la audiencia. Conocen el dolor de las esposas cuando aprietan nuestras muñecas y tobillos, y lo sucias que están las celdas, y el olor a comida podrida. Ellos entienden lo que se siente estar aislada en una celda: completamente sola, congelada y asustada, sin saber lo que te pasará. Al igual que sus padres, madres y hermanos, temo por el bienestar de Ahed y de las más de 300 niñas y niños palestinos actualmente encarcelados por el ejército israelí.

Ahed y yo somos la segunda generación de Tamimis que hemos pasado toda nuestra vida bajo el opresivo régimen militar israelí. Crecimos bajo la constante vigilancia y control de los soldados israelíes. A muy temprana edad tuvimos que aprender la resiliencia, la determinación y la tenacidad. Para poder sobrevivir, en todo momento teníamos que estar muy conscientes de nuestro entorno. Incluso las cosas más básicas, como poder movernos libremente o hacer un viaje de un día, no eran posibles para nosotras, debido a los checkpoints militares y otros impedimentos. No teníamos espacio para respirar, a veces literalmente, cuando las nubes de gas lacrimógeno disparadas por los soldados nos envolvían e invadían nuestras casas.

Tristemente, estamos acostumbradas a que los soldados entren por la fuerza en nuestros hogares, mientras sus cámaras toman fotos de los hombres de la familia, registrando cuántas ventanas y puertas tenemos, y robando y destruyendo nuestras pertenencias personales. No existe la privacidad. Además de mi padre, también mi madre y mi hermano estuvieron en prisión. Al tío de Ahed, los soldados le dispararon y lo mataron durante una manifestación en 2012, mientras que a su madre le dispararon en la pierna durante otra marcha, y desarrolló asma debido al gas lacrimógeno.

Nos han robado nuestra infancia, y nunca hemos conocido la sensación de seguridad y tranquilidad. La triste verdad es que ésta no es sólo la realidad de Ahed y mía, o de Nabi Saleh. Es la realidad de la mayoría de los palestinos y palestinas, especialmente si son jóvenes.

Cada año, Israel procesa a entre 500 y 700 niñas y niños palestinos en los tribunales militares, que tienen una tasa de condena de más del 99 por ciento. El doble sistema legal impuesto por Israel en Cisjordania ocupada ha sido condenado como “separado y desigual” por grupos de derechos humanos. Los colonos judíos, incluidos los menores, están sujetos a la legislación civil israelí, mientras que la población palestina, de todas las edades, está sujeta a la ley marcial.

Los niños y niñas palestinas en las cárceles militares israelíes soportan abusos sistemáticos –incluyendo amenazas y violencia física−, y son presionados/as a firmar confesiones en hebreo que no pueden leer, después de ser interrogados/as sin la presencia de un padre, madre o abogado. Estos abusos han sido bien documentados por grupos de derechos humanos; incluso miembros del Congreso de Estados Unidos están tomando medidas para frenarlos con un proyecto de ley destinado a asegurar que la ayuda estadounidense no financie el encarcelamiento de niñas y niños palestinos ni la violación de sus derechos.

No podemos hacer frente a Israel en soledad. La comunidad internacional y todas las personas de conciencia también deben defender la justicia y no tolerar estos abusos contra nuestros derechos, especialmente contra la niñez palestina. Me imagino una vida sin las penurias provocadas por el régimen militar de Israel, disfrutando de la simple libertad de poder llegar a clase a tiempo porque no hay checkpoints que encierren mi aldea. No tener que preocuparme de que me maten o maten a mis seres queridos, o nos hieran, o seamos arrojados a una prisión militar por defender nuestros derechos. Al igual que todas las personas, simplemente queremos poder vivir en libertad.

 

*Nur Tamimi es estudiante de periodismo y activista del poblado de Nabi Saleh, en Cisjordania ocupada.
Publicado el 13 de febrero en el Washington Post. Traducción: María Landi.

 

 

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Como un safari: tropas israelíes en jeep cazan a un adolescente palestino y le disparan a la cabeza

Un niño que arrojó piedras a los jeeps del ejército israelí sufrió el castigo de ser ejecutado por un soldado; fue la tercera vez en las últimas semanas que los soldados apuntaron a las cabezas de los niños que lanzan piedras.

 

El lugar donde Laith Abu Naim fue asesinado, en la aldea Al-Mughayyir (Foto: Alex Levac).


Gideon Levy
y Alex Levac

 

El campo de exterminio del adolescente Laith Abu Naim es un terreno baldío en la remota aldea de Al-Mughayyir, al norte de Ramala. Alguien una vez planeó construir una casa allí, pero no llegó más allá de unas varillas de hierro y un muro de contención. El niño corrió por su vida entre esas varillas, perseguido por dos vehículos acorazados de las “Fuerzas de Defensa de Israel”. La persecución terminó cuando la puerta de uno de los vehículos se abrió y un soldado apuntó su rifle directo a la frente de Laith desde un alcance de 20 metros. Disparó una bala y mató al adolescente, del mismo modo que se caza y se embolsa a un animal en un safari.

Un niño de 16 años que soñaba con convertirse en portero de fútbol lanzó piedras a un jeep y sufrió el castigo de la ejecución a manos de un soldado, tal vez para darle una lección, quizás como venganza. La bala de acero recubierta de goma dió en el punto exacto al que apuntaba: la frente del niño, sobre su ojo izquierdo, y tuvo el resultado previsto: Laith cayó al suelo y murió poco después. El destacado francotirador de las FDI podría haber apuntado a sus piernas, haber usado gases lacrimógenos o haber intentado detenerlo de otras maneras. Pero eligió, en lo que parece ser un patrón casi estándar en las últimas semanas en esta zona, disparar una bala directamente a la cabeza.

Así es como los soldados dispararon contra dos adolescentes llamados Mohammed Tamimi, uno de Nabi Saleh y el otro de Aboud, hiriendo gravemente a ambos. El último todavía está hospitalizado en grave estado en un hospital de Ramala; el primero está convalesciente en su casa, con parte de su cráneo perdido.

Laith Abu Naim ahora yace en la tierra, en el cementerio de su aldea.

El campo de exterminio se encuentra en la plaza principal de Al-Mughayyir, que está vacía de casi cualquier cosa, excepto una tienda de comestibles. El propietario, Abdel Qader Hajj Mohammed, de 70 años, fue testigo presencial de la muerte del adolescente. Dos de los amigos de Abu Naim estaban con él, pero no vieron el momento del disparo: habían trepado por el sendero de tierra que desciende de la plaza hacia las casas del poblado. Los dos compañeros de clase: Majid Nasan y Osama Nasan, adolescentes escuálidos de 16 años, están ahora dando testimonio a un investigador de la Cruz Roja Internacional, Ashraf Idebis, que ha venido con un colega europeo para investigar las circunstancias del asesinato del 30 de enero.

Los dos adolescentes visten camisetas azules con la fotografía de su amigo muerto impresa y llevan kuffiyehs sobre los hombros. Los signos del trauma todavía están grabados en sus rostros, junto con la barba incipiente. El pupitre en el que estaba sentado Laith en el salón de clases está vacío, y sus amigos han colocado en él su fotografía, como si aún estuviera con ellos. El domingo de esta semana se celebró una ceremonia en su memoria en el patio de la escuela.

Éste es un poblado pobre de 4.000 habitantes, cuyos residentes viven principalmente de lo que queda de sus tierras agrícolas, rodeadas de colonias y de puestos de avanzada de colonos cuya expansión en esta región –el valle de Shilo– ha sido particularmente salvaje. La localidad palestina vecina, Turmus Ayya, es próspera; algunas de sus casas son mansiones de lujo que permanecen clausuradas mientras sus dueños viven en el exilio en Estados Unidos.

Por la tarde, unas pocas docenas de niños y adolescentes de Al-Mughayyir caminaron en dirección al camino Allon, aproximadamente a un kilómetro del centro del pueblo, donde arrojaron piedras y quemaron neumáticos. Desde que el presidente de Estados Unidos Donald Trump reconoció a Jerusalén como la capital de Israel en diciembre, los disturbios han estallado casi a diario, incluso en esta localidad sitiada.

El día en cuestión, las fuerzas israelíes repelieron a los jóvenes con gases lacrimógenos, y dos jeeps los persiguieron mientras se retiraban hacia el pueblo. La mayoría de los jóvenes se dispersaron en todas direcciones. Laith quedó casi solo en el terreno, frente a los jeeps. Había decidido tirar una piedra más a los vehículos antes de escapar. Avanzó a través de las varillas de hierro hacia el jeep que se había detenido al otro lado, lanzó su piedra y comenzó a correr. Hajj Mohammed, de la tienda de comestibles que da hacia la plaza, relata que uno de los soldados, aparentemente el que estaba al lado del conductor, abrió la puerta, apuntó con su rifle y disparó una ronda solitaria.

En la plaza se halla el casco de un vehículo comercial que perteneció a Leiman Schlussel (una distribuidora de dulces en Israel), ahora pintado de marrón y que sirve como puesto de falafel. Cuando visitamos el sitio el lunes, las puertas del vehículo estaban cerradas con candados. Laith aparentemente intentó refugiarse detrás de la vieja carrocería, pero no lo logró.

Subimos al techo del edificio donde se encuentra la tienda de comestibles, algunos de cuyos apartamentos están sin terminar, y observamos el escenario: el camino Allon, las colonias y sus puestos de avanzada circundantes, incluyendo Adei Ad y Shvut Rachel, y el terreno valdío con la construcción inconclusa, del cual brotan las varillas de hierro.

Laith Abu Naim (16)

Hasta que tenía 10 años, a Laith no le dijeron que su madre había muerto; él creía que su abuela era su madre y su abuelo su padre. Incluso después continuó diciéndoles “papá” tanto a su abuelo como a su padre, usando términos diferentes: “Yaba” para su abuelo, “Baba” para su padre.

Haitham trabaja para una empresa de infraestructura en la colonia Modi’in. Veía a Laith cada fin de semana, cuando el chico iba a Beit Sira. Vio a su padre por última vez cuatro días antes de que lo mataran. Ese fatídico día de la semana pasada, la tía de Laith telefoneó a su padre para decirle que el niño había sido herido. Haitham corrió al hospital en Ramala, donde vio a los médicos luchando en vano para salvar la vida de su hijo.

 “Le dimos todo”, dice Fat’hi, el abuelo de Laith. Fat’hi estudió cocina en Tadmor, la tradicional escuela de administración hotelera, en Herzliya [Israel]; la firma de Rehavam Ze’evi, el ex general del ejército, que era entonces ministro de turismo (y fue asesinado en 2001), figura en su certificado de graduación. Hasta hace poco, Fat’hi, que tiene 65 años, trabajaba como cocinero en el Hotel Metropole de Jerusalén.

Alguien trae los guantes de portero de Laith: verdes y blancos, y muy gastados por el uso. Le gustaba que le tomaran fotos; su padre nos las muestra. Era un chico hermoso, con el cabello negro derramado sobre la frente. Aquí está en el tobogán acuático de Al-Ouja. Era el portero del equipo de la escuela, era fan del Barcelona, ​​y también le gustaba nadar. Al igual que todos los niños en esta región, la única playa que vio en su vida fue en el Mar Muerto.[1]

Su abuelo dice que cada vez que estallaban los disturbios en Al-Mughayyir, salía a llamar al chico para que volviera a casa. No lo hizo el martes pasado, porque pensó que Laith estaba en la práctica de fútbol.

La Unidad Portavoz del ejército declaró esta semana, en respuesta a una pregunta de Haaretz: “El 30 de enero se produjo un disturbio violento en el que participaron unos 30 palestinos, quemando neumáticos y arrojando piedras a las fuerzas del ejército adyacentes al pueblo de Al-Mughayyir. Las fuerzas respondieron con medios para dispersar manifestaciones. Conocemos la afirmación de que un palestino fue asesinado. La Policía Militar ha abierto una investigación, cuyos resultados finales serán transmitidos a la unidad del defensor general militar”.

Fat’hi −su rostro en un estado de abatimiento− pregunta: “¿Hay algún ejército en el mundo que, después de dispararle a alguien, ponga el pie sobre su cuerpo? Le dispararon a sangre fría para matarlo. Fue una ejecución, un asesinato. Podrían haberlo arrestado, herido, pero no matarlo. Matar a un palestino no es nada para ellos. No tienen sentimientos humanos. El oficial que le disparó ¿no tiene hijos? ¿No vio en Laith a un niño igual a sus hijos? Los soldados israelíes han perdido toda contención. Todo soldado puede matar a cualquiera según cómo esté de humor”.

Luego nos muestran más fotografías en el teléfono celular del padre. Aquí está Laith fumando un narguile con amigos; aquí está su funeral: el presidente palestino Mahmoud Abbas convocó y miles asistieron, y eso ha sido una fuente de consuelo para la familia.

 

[1] Las autoridades de Israel no permiten a la población palestina de Cisjordania ir a las playas sobre el Mediterráneo, aun cuando vivan a pocos kilómetros de la costa. (N. de la T.).

 

Publicado el 9/2/18 en Haaretz. Traducción: María Landi.

 

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Ahed Tamimi es la punta del iceberg


María Landi

 

Es casi un milagro la atención mediática que ha tenido en Occidente la detención y el juicio a la adolescente palestina de la aldea Nabi Saleh, en Cisjordania ocupada. Quienes llevamos años documentando y denunciando las atrocidades que el Estado de Israel comete contra las niñas, niños y adolescentes de Palestina no podemos menos que alegrarnos: al menos un caso ha trascendido el cerco mediático, y sobre todo el muro de indiferencia y silencio en torno a la niñez palestina. Hay quienes se preguntan, incluso, si el caso habría adquirido la misma notoriedad si Ahed no tuviera el pelo rubio y alborotado, los ojos verdes, y si su apariencia e indumentaria no fueran tan occidentales. Si tuviera la piel aceitunada y usara hiyab o ropas largas y oscuras, ¿habría despertado la misma empatía en la opinión pública?

Ahed es la punta del iceberg, sin embargo, de una realidad cotidiana escandalosa e intolerable, que la juventud palestina, sus familias y sus comunidades soportan desde hace al menos medio siglo, sin merecer la atención de los medios de comunicación. A no ser, claro, que como respuesta esas jóvenes cometan un acto de violencia contra algún israelí; aun si se trata de un soldado o un colono ilegal ocupante, los medios enfatizan la violencia palestina, haciéndose eco de la narrativa sionista: no se puede negociar ni convivir con estos árabes que sólo entienden el lenguaje de la fuerza. Ergo, Israel tiene derecho a ‘defenderse’.

 

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El iceberg oculto contiene cifras demoledoras. Pero también tiene rostros, nombres, historias concretas, que cualquiera que pisa Palestina empieza a conocer aquí y allá, por todas partes. Hay esfuerzos loables por darlas a conocer; por ejemplo, está el trabajo de grupos de derechos humanos como Samidoun, Addameer, Defense for Children International-Palestine (DCI-P), Military Court Watch, Hamoked, B’Tselem. Hay profesionales del derecho y de la salud mental que insisten en denunciar el impacto demoledor que tiene sobre las víctimas, las familias y las comunidades, que niñas y niños de 12 o 13 años (y también menos) sean arrestados por soldados armados a guerra, que irrumpen con violencia en sus hogares en medio de la noche para arrancarlos de la cama y llevárselos con rumbo desconocido, con amenazas, golpes y malos tratos; que se los mantenga incomunicados/as, a menudo sin alimento y privados del sueño, durante días, sometiéndoles a interrogatorios prolongados y violentos, sin acompañamiento legal ni familiar  –violando estándares internacionales relativos a la detención de menores, como la Convención de los Derechos de la Niñez, ratificada por Israel−; que se les juzgue en tribunales militares (el único país del mundo donde eso ocurre), adonde llegan vistiendo uniforme de prisioneros, engrillados y esposados[1]; donde los ‘jueces’ son militares de un ejército de ocupación que los considera enemigos que deben ser neutralizados, y que por ello tienen una tasa de condena del 99 por ciento. En un claro ejemplo de apartheid, los menores (y adultos) israelíes son juzgados en tribunales civiles que ofrecen las garantías del debido proceso; incluyendo los colonos judíos que viven ilegalmente en Cisjordania, mientras sus vecinos palestinos son sometidos a jueces militares.

La detención de menores es una práctica permanente en Palestina. Responde a una política deliberada del poder colonial ocupante: no solo aplastar la resistencia, sino más aún: aniquilar a las jóvenes generaciones palestinas, en una apuesta por ganar la guerra demográfica que obsesiona a Israel, pues las proyecciones indican que la población árabe crece más aceleradamente, amenazando así la hegemonía del ‘Estado judío’. En un proyecto colonizador de asentamiento como el sionismo, donde la población nativa no tuvo nunca otro destino que la limpieza étnica, la niñez y la juventud palestinas son una amenaza que debe ser eliminada.

Ese objetivo se implementa de dos formas: el asesinato y la cárcel. Las ejecuciones sumarias y arbitrarias de jóvenes palestinos/as es una constante, y las cifras lo ilustran. Desde 2005, seis grandes ataques sobre Gaza mataron al menos a 1000 niñas y niños. Recordemos que en 2014 Israel asesinó a 2.200 personas en 51 días de bombardeos sobre Gaza, entre ellas más de 550 niñas y niños. Y desde el año 2000, Israel asesinó a más de 1800 niñas y niños palestinos. Si agregamos la juventud mayor de 18 años, las cifras suman varios ceros.

Mohammed Nabil Taha y Akram Zayed Al-Jamal, de 10 años, arrestados en Hebrón en diciembre de 2014 (registro de CPT-P):

 

Pero vamos a enfocarnos en la prisión. Desde el año 2000, Israel encarceló a más de 8000 menores de edad. Solo en 2017, Israel detuvo a 6742 palestinas y palestinos, incluyendo 1467 menores de edad (800 solo entre enero y agosto). En los últimos tres años, la cantidad de niñas y niños palestinos arrestados por Israel se duplicó. La ola de protestas desatada desde que en diciembre el gobierno de Trump reconoció a Jerusalén como capital de Israel ha resultado en un incremento sustantivo de las detenciones de menores de edad (uno de cada seis). En este momento hay más de 350 menores en las cárceles militares israelíes, y según datos de DCI-P, cada año alrededor de 700 niños y niñas pasan por los tribunales militares. La mayoría son acusados de tirar piedras, y tres de cada cuatro sufren violencia física durante el arresto, el traslado o el interrogatorio. Aunque la legislación israelí e internacional indica que la cárcel debe ser el último recurso para los menores, a los palestinos se les niega la libertad bajo fianza, manteniéndoles en prisión durante todo el juicio.

Como han explicado numerosos informes expertos, los tribunales militares no son lugares donde se investigue la verdad o se aplique justicia. Son órganos punitivos que ejercen un poder abusivo sobre la población ocupada. Los jueces (militares de uniforme) aceptan las confesiones firmadas bajo torturas y amenazas[2] y escritas en hebreo, sin traducción al árabe. En el caso de las niñas y niños, esas confesiones se arrancan después de días de aislamiento, presiones y mentiras, bajo la promesa de ser liberados si se reconocen culpables. Una vez sentenciados, más del 50 por ciento son trasladados a prisiones dentro del Estado de Israel (en abierta violación del IV Convenio de Ginebra), lo cual hace mucho más difícil el contacto y las visitas de las familias, siempre restringidas o negadas por razones de “seguridad”.

Lo primero que se entiende al hablar con las familias en Palestina es que el arresto masivo de niños, sin otra acusación que la de tirar piedras, tiene varias finalidades: amedrentar y disuadir para que no resistan la dominación, mostrarles quién manda con poder ilimitado, recaudar dinero (la ocupación es un negocio gigantesco, entre otras cosas por las altas sumas que se cobra a las familias para liberar a los presos y presas), y sobre todo presionar a los menores con amenazas para que se conviertan en informantes del Shabak (servicio secreto israelí), delatando a sus propios familiares y vecinos. Es una de las tantas facetas perversas del régimen colonial sionista, que busca quebrar el tejido social y familiar de las comunidades palestinas.

Hay casos también donde los menores son ‘deportados temporalmente’ de sus hogares y barrios o aldeas, con prohibición de regresar a ellos por algunos meses. Eso implica que las familias tienen que arreglárselas para conseguir un lugar de residencia alternativo para sus hijos, donde además puedan ser fácilmente contactados por los servicios israelíes cuando se les antoje.

Están también los casos de menores o jóvenes con acusaciones graves, sentenciados a largos años de prisión. Particularmente largas son las sentencias para quienes residen en Jerusalén; es una de las tantas estrategias sionistas para ‘limpiar’ la ciudad de su población palestina. La lista es larga, pero algunos casos son emblemáticos[3]:

 

Shorouq Dwayyat (18) fue sentenciada a 16 años de prisión (y 21.000 dólares de multa), acusada de intentar apuñalar a un colono israelí en Jerusalén. De hecho el colono (que no sufrió heridas) le disparó y la hirió seriamente antes de ser arrestada, y testigos afirman que la había acosado antes del incidente. El tribunal además le quitó el permiso de residencia en Jerusalén.

– Los cinco Chicos de Hares[4], detenidos en 2013 con 16 y 17 años, fueron sentenciados en 2016 a 15 años de prisión (y 37.000 dólares de multa en total), bajo la acusación de tirar piedras y causar un accidente automovilístico en el que la hija de una mujer colona resultó herida. En marzo estos cinco jóvenes, cuyas vidas fueron interrumpidas en plena adolescencia, cumplirán cinco años de prisión.

Nurhan Awad (17) fue sentenciada a 13 años de prisión, acusada de intentar agredir a un hombre con tijeras junto a su prima Hadil (14), quien fue ejecutada sumariamente por las fuerzas israelíes, mientras yacía herida en el suelo. Nurham recibió dos balazos en el pecho antes de ser arrestada. Un palestino de 70 años resultó levemente herido.

Ahmad Manasra (arrestado con 13 años) fue condenado a 12 años de prisión (y 47.200 dólares de multa) por la supuesta intención de apuñalar a israelíes en Jerusalén (acción que no llegó a cometer). Fue herido y pateado en el suelo antes de ser arrestado, después de que su primo Hassan (14) fuera ejecutado sumariamente en el acto[5].

Huzaifa Taha (17) fue sentenciado a 12 años de prisión, acusado de intentar apuñalar a un colono judío, residente (ilegal) en Jerusalén Este. Fue herido en piernas y manos en el momento de ser arrestado.

Munther Abu Mayalah (15) y Mohammed Taha (16) fueron sentenciados a 11 años de prisión (y 13.000 dólares de multa cada uno), acusados de “posesión de un cuchillo e intento de asesinato por apuñalamiento” en un incidente en el cual un joven colono judío resultó “levemente herido” en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Malak Salman (17) fue sentenciada a 10 años de prisión bajo la acusación de “posesión de un cuchillo e intento de asesinato”. Las fuerzas de ocupación dijeron que fue arrestada en Jerusalén “sin reportarse heridos”, después de que le ordenaran abrir su cartera y se le encontrara un cuchillo.

Marah Bakeer (17) fue sentenciada a 8 años y medio (y una multa de 3.000 dólares), acusada de la intención de apuñalar a un soldado israelí (sin pruebas y sin arma). El soldado le disparó 10 tiros, hiriéndola y fracturándole el brazo izquierdo. Luego fue desnudada y cacheada por policías masculinos antes de ser arrestada y trasladada al hospital, donde fue operada bajo vigilancia, esposada e insultada por los policías. Compareció ante el tribunal en silla de ruedas.

Muawiya Alqam (14) fue sentenciado a 6 años y medio (y 6.700 dólares de multa), acusado de “intentar asesinar y apuñalar” a un guardia de seguridad israelí (que resultó levemente herido) en el tranvía (ilegal) que atraviesa Jerusalén Este ocupada. Su primo Ali Alqam (11) fue baleado tres veces en el incidente, hubo que extraerle una bala del estómago, y fue sentenciado a un año en un centro correccional.

Manar Shweiki (16), fue sentenciada a 6 años de prisión por ‘posesión de un cuchillo’, el cual fue encontrado en su mochila al ser revisada por policías israelíes mientras iba por la calle, sin que mediara incidente alguno.

 

 

Un caso particularmente cruel –aunque de una adulta − es el de la presa política Israa Jaabis (32), sentenciada a 11 años de prisión (y una multa de 5000 dólares), acusada de intentar detonar un coche bomba en noviembre de 2015. En realidad se trató de un accidente en el cual ella misma resultó gravemente quemada al explotar una garrafa de gas que trasladaba en su coche cuando estaba mudándose de Cisjordania a Jerusalén, su cuidad natal, para no perder la residencia allí[6]. La garrafa explotó provocando un incendio a 500 metros de un checkpoint militar, y un policía israelí resultó herido. A pesar de sus gravísimas quemaduras (su rostro quedó desfigurado y perdió ocho dedos de las manos), fue enviada a prisión sin completar el tratamiento necesario. Este 25 de enero el tribunal denegó la reducción de la condena solicitada porque su grave condición de salud le impide desempeñar las funciones básicas en la prisión, depende totalmente de sus compañeras, y padece de intenso sufrimiento en todo su cuerpo debido a la falta de tratamiento adecuado.

Todo esto ocurre en un territorio donde soldados, policías militares y colonos ocupantes tienen derecho a portar armas de guerra y a usarlas contra la población civil palestina; donde el gatillo fácil está a la orden del día, porque los actos de violencia letal se cometen cotidianamente y con total impunidad; y donde los poquísimos casos investigados reciben penas irrisorias que luego incluso se suspenden o reducen[7].

 

Ahed Tamimi, esposada y con uniforme de prisión, ante el tribunal de Ofer.

Ahed Tamimi, arrestada el 19 de diciembre pasado, aun no recibió sentencia; pero a juzgar por los 12 cargos que le imputa la fiscalía militar, y por los antecedentes que hemos visto, hay razones para preocuparse. La próxima audiencia será el 6 de febrero. Amnistía Internacional ha lanzado una campaña de firmas para exigir su libertad.

Ahed es apenas una de los cientos de niños y niñas palestinas que cada año comparecen ante los tribunales militares de la ocupación. En 2013 UNICEF publicó un informe categórico, en el cual afirmó que la tortura y el maltrato a los niños y niñas palestinas en el sistema militar israelí son generalizados, sistemáticos e institucionalizdos, a lo largo de todo el proceso desde el arresto hasta la liberación. Desde entonces, la situación, lejos de mejorar, ha empeorado.

Sobran razones para movilizarse y exigir que la comunidad internacional ponga fin al brutal tratamiento de la niñez palestina a manos del régimen israelí. Informarse y difundir esta realidad es un primer paso en esa dirección[8]. Después, hay que actuar.

 

NOTAS
[1] Ver por ejemplo en este blog mi testimonio sobre el tribunal militar de Salem, y el de otras obseravadoras internacionales en el tribunal de Ofer.
[2] Según datos recogidos por DCI-P, en 2017 el 74,5% de las y los menores arrestados sufrió violencia física, y el 62% sufrió agresiones verbales, amenazas o vejaciones.
[3] Esta sistematización habría sido imposible sin el extraordinario trabajo voluntario que realiza el colectivo Samidoun.
[4] Tamer Souf, Ammar Souf, Mohammed Kleif, Mohammed Suleiman y Ali Shamlawi.
[5] Su caso se hizo famoso tras difundirse el video de uno de los violentos interrogatorios a que fue sometido.
[6] Las personas palestinas de Jerusalén pierden la residencia en su ciudad natal si las autoridades israelíes descubren que están viviendo –por razones laborales o familiares- fuera de ella.
[7] Un caso emblemático es el del soldado Elor Azaria, filmado cuando ejecutaba a un palestino herido y tirado en la calle. Convertido en héroe nacional por su ‘valiente acción’, fue sentenciado a 18 meses, y luego su pena se rebajó a 14 meses.
[8] Ver este informe -realizado por la campaña por la libertad de los Chicos de Hares- sobre las y los menores palestinos en el sistema militar isarelí, con propuestas para la acción.

Columna mensual publicada en el portal Desinformémonos el 29/1/18.
Ver artículos relacionados pinchando en las etiquetas “Chicos de Hares” y “Presos políticos”.

 

Ahmed Manasra (13) yace sangrando en una calle de Jerusalén, mientras es insultado por transeúntes iraelíes “Muérete”:

Video filtrado de uno de los violentos interrogatorios a Ahmad Manasra:

 Video de Apartheid Adventures sobre el trato del régimen sionista a las niñas y niños palestinos (2:51′):

 

 

 

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El largo brazo demoledor del sionismo


Una reflexión sobre el incidente del hostal en la costa uruguaya

 

Valizas (Foto: Sebastián Decuadro).

 


María Landi

 

De pronto la tranquilidad veraniega de un país abotargado por el calor extremo se sacudió, y la temperatura social se elevó aún más. La noticia se hizo viral en los medios informativos y las redes sociales: el dueño de un hostal en el balneario Valizas canceló la reserva de una pareja de israelíes alegando que no está de acuerdo con las políticas de su país, y que ha tenido pésimas experiencias en el pasado con turistas israelíes.

Como era de esperar, desde que se conoció la noticia llovieron sobre él acusaciones de discriminación y antisemitismo, provenientes no solo de las instituciones sionistas, sino también de políticos, medios de comunicación y opinión pública. Un diputado presentó una denuncia judicial, el gobierno anunció que reuniría a la Comisión Honoraria contra el Racismo, la Xenofobia y toda otra forma de Discriminación (que vigila el cumplimiento de la ley del mismo nombre). Y para rematar, el intendente de Rocha anunció que el hostal sería demolido[1] –con toda la carga simbólica que tiene la acción de demolición en el contexto de Israel-Palestina. No hubo una sola voz pública en defensa del dueño del hostal[2] (excepto una declaración del Comité Palestina Libre), ni siquiera para matizar o poner en perspectiva su decisión.

Entre todo lo que se dice y se publica en estos días al respecto, llama la atención todo lo que NO se dice ni se escribe. Para empezar, no se dice que el 99 por ciento de la sociedad israelí apoya y defiende las políticas de su país –que son políticas de Estado, y no de un gobierno. Además, se habla de “turistas israelíes” genéricamente y en abstracto, soslayando la gran carga anecdótica que acompaña al término.

No se dice, por ejemplo, que los turistas israelíes que frecuentan este tipo de establecimientos y balnearios tienen un perfil muy específico: son en su mayoría jóvenes ex soldados que salen a recorrer el mundo al terminar los dos o tres años (según el sexo) de servicio militar, y que se han ganado una pésima reputación a lo largo y ancho de los cinco continentes. También en Valizas, adonde llegan más cada año, hay malestar entre comerciantes, residentes y veraneantes hacia ese turista por su conducta habitual: arrogante, mal educado, agresivo.

Un rápido ‘googleo’ (en español y sobre todo en inglés) permite encontrar inmediatamente infinidad de artículos sobre incidentes entre comunidades locales y estos turistas, desde Cuzco hasta Bariloche, desde Bolivia hasta India, así como análisis y debates sobre por qué los turistas israelíes y ex soldados tienen tan mala reputación, siendo rechazados hasta por operadores turísticos y por integrantes de la comunidad judía local (quienes se quejan de la pésima imagen que dan de Israel y del trabajo que les da recomponerla). En la Patagonia chilena (uno de sus destinos favoritos) muchos fueron expulsados por provocar disturbios e incendios de parques nacionales. En Sacsayhuamán (Perú), más de 60 fueron arrestados por robar reliquias y profanar el sitio arqueológico con un campamento ilegal donde se encontró basura, drogas, alcohol y aerosoles de pintura. La conducta de los turistas israelíes fue objeto incluso de un foro en el portal de la prestigiosa guía turística Lonely Planet. Esa fama se extiende también entre el personal de las aerolíneas que los transportan en largos vuelos transocéanicos, soportando toda clase de insolencias.

Recomiendo leer el artículo del chileno de origen judío André Jouffé: “Conducta espantosa de turistas israelíes”, donde menciona que los hoteleros han empezado a aplicar políticas de exclusión hacia ellos para ahorrarse los habituales desmanes y dolores de cabeza. No es por razones políticas o religiosas, aclara Jouffé, y no hay quejas sobre turistas judíos/as de otros países, sino exclusivamente de Israel, como dice en otro artículo. Los distintos prestadores de servicios turísticos coinciden en la mala educación y agresividad de estos jóvenes.

Lo que hace falta –porque tampoco se habla de esto– es conectar estas conductas depredadoras y arrogantes con otros aspectos de la sociedad israelí: con la educación que reciben desde la escuela; con el impacto que tiene sobre la juventud una cultura altamente militarizada (donde la violencia es el caldo de cultivo en el que crecen); con el precio que se paga por mantener durante siete décadas la ocupación colonial más larga de la historia moderna[3] y un régimen de discriminación[4] basado en la superioridad de la nación judía sobre los demás pueblos; y sobre lo que hacen estos jóvenes durante los largos años de servicio militar en los territorios ocupados. Muchas veces se trata de justificar esas conductas inaceptables en el extranjero diciendo que son producto –o evasión– de los traumas causados por vivir en un país en guerra permanente.

Para comprender estos fenómenos e impactos, nada mejor que escuchar a las (escasísimas) voces críticas dentro de la propia sociedad israelí. La organización feminista New Profile, que trabaja “por la desmilitarización de la sociedad israelí[5] tiene desde hace años una campaña llamada “Las armas fuera de la mesa de la cocina”. Porque lo que suena absurdo en cualquier país del mundo, en Israel es una imagen habitual: las armas (grandes, automáticas, de guerra) son parte del paisaje cotidiano y doméstico. En el transporte público hay que esquivarlas para avanzar por el pasillo; en los parques infantiles hay tanques y vehículos militares a escala; escolares y liceales hacen campamentos militares; las armas están a la vista en los cafés, en las piscinas, en los centros comerciales; se puede ver a tipos haciendo jogging o hicking con la ametralladora a la espalda, siempre lista para ser usada cuando aparezca un peligro –generalmente con cara de árabe.

La académica Nurit Peled-Elhanan investigó durante años la imagen de los palestinos que presentan los libros de texto israelíes[6] y concluyó que se trata de una imagen estereotipada y racista, reducida a rasgos primitivos y simplistas, negándoles todo trazo de humanidad o referencia a su identidad cultural y a su rica historia en esa tierra. El objetivo, dice Peled, es deshumanizar a la población palestina para poder presentarla como un problema o un peligro a eliminar. Así se forma la base de prejuicios que les permitirá actuar con insensibilidad durante el servicio militar. A los 18 años se les entrega una ametralladora y se les manda a los territorios ocupados a cumplir la misión para la que han sido preparados desde el jardín de infantes.

Lo que hacen allí los soldados israelíes excede el espacio de este artículo. Baste decir que durante años Israel logró con bastante eficacia presentarse ante Occidente como el pequeño David defendiéndose del poderoso Goliat árabe, y mostrando como un milagro divino su supervivencia en medio de una región de enemigos hostiles. Esa narrativa ya no es sostenible, sobre todo en tiempos de periodismo ciudadano y redes sociales, que permiten mirar casi en tiempo real la ejecución sumaria de un joven palestino desarmado o el arresto violento de un niño a manos de un soldado, el bombardeo de un centro densamente poblado, la demolición de una vivienda familiar, una escuela o un mísero poblado beduino por topadoras manejadas por soldados, o el robo, vandalismo y agresión de los colonos a una comunidad palestina –bajo la protección del ejército de ocupación.

Hasta hace unos años esas violaciones eran documentadas y denunciadas por víctimas,  organismos de derechos humanos y observadores internacionales; pero desde hace un tiempo, también una organización de ex soldados llamada “Breaking the silence” empezó a recoger y difundir testimonios de las atrocidades que cometieron durante el servicio militar en los territorios ocupados. El gobierno y la mayoría de la sociedad israelíes les consideran antipatriotas por difundir esos testimonios; pero nadie ha podido desmentirlos.

Toda esa violencia y abusos cotidianos[7] se explican por una combinación de dos factores: la deshumanización de la población palestina y la cultura de victimización que el sionismo ha convertido en el núcleo de la identidad israelí. Cuando tú te ves como la víctima –y la única víctima, además–, es imposible sentir la menor empatía hacia otras víctimas, y menos aún reconocer que en realidad eres el victimario, como explicó la periodista israelí Amira Hass, que vive en Cisjordania desde hace más de 20 años: “El concepto de eterna victimización permite a los israelíes vivir en la negación sobre la violencia que ejercen diariamente sobre los palestinos y palestinas. Y no les gusta que se les diga que alguien tiene derecho a resistir esa violencia.”                          

La victimización se inculca desde la más tierna infancia. El objetivo es crear una población convencida de que ‘el mundo entero nos odia’ y por lo tanto hay que estar en pie de guerra para ‘defenderse’ de los enemigos siempre dispuestos a aniquilarnos. Así es como la agresión se transforma en autodefensa, y el victimario en víctima. Para comprender la magnitud de este mecanismo ideológico y psicosocial, recomiendo ver el documental del israelí Yoav Shamir: “Difamación[8]. El académico judío-estadounidense Norman Finkelstein (hijo de sobrevivientes del nazismo) le llama a esto “narcisismo patológico”.

Y ya que estamos con Finkelstein, no podemos terminar sin aludir a un término que se ha usado mucho a raíz del incidente de Valizas: antisemitismo. El autor del best-seller “La industria del Holocausto” acusa al sionismo de hacer un uso político del Holocausto, y afirma que el propósito del discurso sobre el “nuevo antisemitismo” es descalificar a todos los críticos de Israel como “antisemitas”. El sionismo sabe bien que la causa de la hostilidad hacia Israel en el mundo no es el antisemitismo, sino las políticas de ese Estado contra el pueblo palestino. La ironía, dice Finkelstein, es que el Holocausto se ha convertido en la principal arma ideológica para lanzar guerras de agresión.

Esta mentalidad victimista explicaría también el trato de Israel a los visitantes que considera sospechosos de simpatizar con el pueblo palestino. Cada año a centenares de personas de muy diversas nacionalidades se les niega la entrada al país (no importa que en realidad sea a Palestina, porque Israel controla todos los puntos de entrada a los territorios ocupados), después de someterlas a agresivos interrogatorios y revisiones vejatorias, con un criterio netamente racista. Entre los muchos testimonios de quienes hemos vivido la experiencia, una joven relató que cuando se quejó de la revisión invasiva y violenta a una oficial de migración, ésta replicó: “Ahora puede entender cómo nos sentíamos en los campos de concentración[9]. Ni hablemos de la suerte que corren los miles de refugiados africanos que llegan huyendo de la violencia en sus países y son encerrados en un centro de internamiento (verdadera cárcel) en el desierto de Holon. Justamente estos días Israel anunció que deportaría a 40.000 a sus países de origen, sin importarle la suerte que les espera.

Volviendo a estas tierras y al incidente que origina esta reflexión[10], quizás ahora se pueda mirar con otra perspectiva la decisión del dueño de un pequeño hostal familiar en un rincón de la costa rochense que dice: “En mi casa no”. Tal vez no quiera exponer a sus huéspedes a vivir episodios como el que relató: “Una noche, en el marco de una charla sobre política internacional, como yo no estaba de acuerdo con su perspectiva, un huésped israelí me dijo que él estaba entrenado y preparado para matarme en 15 segundos[11]. No tiene nada que ver con ser antisemita, y bien haríamos en rechazar el gastado chantaje que pretende asimilar judaísmo con sionismo, y antisemitismo con crítica a Israel.

Quizás las decisiones valientes de muchas personas de conciencia, multiplicadas en todo el mundo, lograrán ejercer una presión efectiva y enviar un mensaje claro al gobierno, las instituciones y la sociedad israelíes: seguir violando los derechos humanos tiene un precio, y ese precio está siendo cada vez más alto.

La comunidad judía uruguaya, y la sociedad en general, en lugar de condenar un incidente que no tiene motivación antisemita, deberían adoptar una postura crítica y firme ante los crímenes del Estado de Israel; y con el mismo celo que han demostrado para defender la no discriminación[12], exigirle que respete el Derecho Internacional y los derechos de 12 millones de palestinas y palestinos.

Eso están haciendo en EE.UU. y otros países, por ejemplo, las nuevas generaciones judías, y son una fuente de esperanza para soñar un futuro de libertad, justicia e igualdad para todas las personas que habitan la tierra histórica de Palestina. 

 

Hostal Buena Vista, Valizas. (Foto: Mauricio Piñero).


NOTAS
[1] Por estar construido sin permiso en la franja costera; una realidad que se repite en varios puntos de la costa de Rocha, y que es bien conocida por las autoridades municipales. De no mediar este incidente, sería improbable que se anunciara la demolición en plena temporada turística y sin previo contacto con el afectado.
[2] Ver el tono y el enfoque del periódico la diaria (considerado de izquierda).
[3] Desde su creación en 1948, Israel ha violado más resoluciones de la ONU y tratados internacionales que ningún otro país.
[4] No hay espacio para desarrollar aquí los argumentos que califican a este régimen de apartheid, pero se puede consultar los informes del Consejo de Investigación de Ciencias Humanas de Sudáfrica (2009); del Tribunal Russell sobre Palestina (2011); del Comité para la Eliminación de la Discriminacion Racial (CERD) de la ONU (2012); y de la Comisión Económica y Social para Asia Occidental (CESPAO) de la ONU (2017); éste último retirado de la web de la CESPAO por presión de Israel.
[5] Desde 2007, el Índice Global de Militarización considera a Israel el país más militarizado del mundo.
[6] “Palestina en los textos escolares de Israel” (Canaán, Buenos Aires 2017). La versión original en inglés lleva el subtítulo: “Ideología y propaganda”.
[7] Según el IV Convenio de Ginebra, principal tratado de Derecho Internacional Humanitario que rige en los territorios palestinos ocupados por Israel, son crímenes de guerra pasibles de ser juzgados por la Corte Penal Internacional.
[8] La película explora la noción de ‘nuevo antisemitismo’ y los grupos de poder que apuestan a diseminar ese miedo. Shamir pudo infiltrarse en la ADL (Anti Defamation League) de EE.UU. para conocer lo redituable –y cuestionable– de ese discurso. También acompaña el viaje de un grupo de bachillerato a Auschwitz para mostrar cómo la juventud israelí es adoctrinada en la neurosis colectiva victimista antes de ingresar al ejército.
[9] Recientemente Israel publicó una lista negra de organizaciones a cuyos integrantes se les prohíbe la entrada por defender los derechos palestinos. Irónicamente, la lista incluye a una organización judía y una cuáquera que en 1947 recibió el Nobel de la Paz por salvar a personas judías de la persecución nazi.
[10] No es casualidad que la noticia haya sido denunciada primero por el periódico israelí Yediot Aharonot, dedicado a relevar diariamente hasta los más insignificantes incidentes de ‘antisemitismo’ en todo el mundo.
[11] El País, 11/1/18.
[12] En el Estado de Israel hay más de 65 leyes que discriminan a la población palestina y no judía.

ACTUALIZACIÓN: El 23 de enero el periódico la diaria publicó una entrevista al dueño del hostal, donde éste expone y ratifica los motivos de su decisión y deja claro que en su hostal seguirá recibiendo a israelíes, como ya lo ha hecho, a “personas judías o de cualquier origen” que “se desmarquen de esas políticas militaristas, genocidas y colonialistas, y que compartan los valores de respeto hacia los derechos humanos, la libertad, la igualdad y la justicia para todas las personas, independientemente de su origen étnico, religioso o nacional”.

 

Valizas. (Foto: Mauricio Piñero).


Este artículo fue rechazado como columna de opinión (después de dos días de discusión) por el periódico
la diaria y también por el semanario Brecha (por primera vez después de siete años de colaboración continuada).

 

En este testimonio a la periodista Abby Martin el ex soldado y militante antisionista Eran Efrati ilustra elocuentemente las ideas que desarrollo en el artículo sobre el adoctrinamiento victimista y ultra-militarista a la juventud israelí, y su conducta en los territorios ocupados durante el servicio militar (en inglés, 27:07):

 

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Israel demanda a una familia palestina por los daños causados al vehículo que mató a su hijo

La lógica es la misma que ordena a las familias palestinas pagar los gastos de la demolición de sus propias viviendas a manos del ejército israelí. El sionismo es la crueldad y la perversión en su estado más puro. Nadie podría imaginar tanto refinamiento para encarnizarse contra el prójimo como los sionistas contra la población palestina.

Los otros judíos

jeep-israel-gaza-696x403Al igual que hicieron los nazis con los judíos tras la «Noche de los cristales rotos», Israel reclama 28.000 dólares a una familia palestina por los daños que se causaron en un vehículo militar que aplastó a su hijo

Por José Antonio Gómez.

En un movimiento sin precedentes y extraño, el Ejército israelí está demandando a una familia palestina por los daños causados ​​a un vehículo militar que chocó contra una pared mientras perseguía a su hijo a gran velocidad y que terminó con la muerte del palestino empotrado contra el muro.

Abdullah Ghneimat, de 22 años, un joven palestino de la aldea de Kufr Malik, al este de Ramallah, fue perseguido por un Jeep militar en la madrugada del 14 de junio de 2015 cuando regresaba a casa del trabajo. Se sorprendió al ver a los soldados en su aldea y, por lo tanto, se escapó, lo que provocó…

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Lo que pasó cuando una colona judía abofeteó a un soldado israelí

 

Noa Osterreicher

 


Yifat Alkobi (Foto: Tomer Appelbaum).

 

Tanto Ahed Tamimi como Yifat Alkobi fueron interrogadas por abofetear a un soldado en Cisjordania, pero sus casos tienen muy poco más en común: simplemente porque una es judía, y la otra palestina.

Esta otra bofetada no encabezó las noticias de la noche. Esta bofetada, que fue a parar a la mejilla de un soldado en Hebrón, no dio lugar a ninguna acusación formal. La agresora abofeteó a un soldado que trataba de impedirle tirar piedras; se la llevaron para ser interrogada, pero fue liberada el mismo día y se le permitió regresar a su hogar.

Antes de este incidente, había sido condenada cinco veces: por arrojar piedras, por agredir a un oficial de policía y por conducta desordenada; pero no fue encarcelada ni una sola vez.

En una ocasión, fue sentenciada con libertad condicional, y en las otras a un mes de trabajo comunitario y una multa insignificante como compensación a las partes agredidas. La acusada se negó sistemáticamente a comparecer cuando fue citada para ser interrogada o por procedimientos legales, pero los soldados no fueron a arrancarla de la cama en medio de la noche, y ningún familiar suyo fue arrestado. A excepción de un breve reporte de Jaim Levinson sobre el incidente, el 2 de julio de 2010, casi no hubo repercusiones sobre la bofetada y los arañazos causados ​​por Yifat Alkobi en la cara de un soldado que la atrapó tirándole piedras a sus vecinos palestinos.

La portavoz del ejército israelí dijo que la institución “considera grave cualquier incidente de violencia hacia las fuerzas de seguridad”; y sin embargo, la agresora sigue viviendo tranquilamente en su casa. El ministro de Educación no pidió que la metan en la cárcel, las redes sociales no explotaron con llamamientos a que sea violada o asesinada, y el columnista Ben Caspit no recomendó que sea castigada con todo el rigor de la ley “en un lugar oscuro, sin cámaras”.

 

Ahed Tamimi (16) en la prisión militar de Ofer el 1/1/18 (Foto: Ahmad Gharabli/AFP

Al igual que Ahed Tamimi, Alkobi es conocida desde hace años por las fuerzas militares y policiales en los alrededores de donde vive; y las dos son consideradas una molestia, e incluso un peligro. La principal diferencia entre ellas es que Tamimi agredió a un soldado enviado por un gobierno hostil que no reconoce su existencia, que roba su tierra, que mata y asesina a sus familiares, mientras que Alkobi, una criminal serial, agredió a un soldado de su mismo pueblo y religión, que fue enviado por su nación para protegerla; una nación de la que ella es ciudadana con privilegios especiales.

La violencia de los colonos judíos contra los soldados en los territorios ocupados ha sido rutina durante años. Pero aun sabiendo que no sirve de nada pedirle a los soldados que protejan a la población palestina del acoso físico y del vandalismo de sus propiedades por parte de los colonos, es difícil entender por qué las autoridades continúan haciendo la vista gorda, encubriendo y cerrando casos (o ni siquiera abriéndolos) cuando los criminales son de origen judío. Hay cantidad de pruebas, algunas de ellas grabadas en video. Y sin embargo, los delincuentes aún duermen en sus camas, envalentonados por mandato divino y financiados generosamente por organizaciones que reciben apoyo estatal.

En invierno es agradable calentarse y acurrucarse bajo estos dobles estándares, pero hay una pregunta que todo israelí debería estar haciéndose: Tamimi y Alkobi cometieron el mismo delito. El castigo (o la falta de él) debería ser el mismo. Si la elección es entre liberar a Tamimi o encarcelar a Alkobi, ¿cuál elegirías tú? Tamimi debe permanecer bajo custodia mientras duren los procedimientos —es decir, un juicio en un tribunal militar hostil— y se espera que reciba una sentencia de prisión. Alkobi, que no fue condenada por ese delito, y que fue juzgada en un tribunal civil por crímenes mucho más graves, permaneció en su casa durante el proceso. Ella estuvo representada por un abogado que no tuvo que esperar en un puesto de control militar para ver a su cliente; y su único castigo fue hacer servicio comunitario.

Los ministros del gabinete del Likud y el Habayit Hayehudi no tienen razón alguna para apresurarse a aprobar una ley que aplique la legislación israelí en los territorios. Con o sin ella, lo único que importa es si naciste judío/a. Todo lo demás es irrelevante.

 

Publicado el 4/1/18 en Haaretz. Traducción: María Landi.

Un famoso incidente registrado en video donde Yifat Alkobi agrede e insulta a su vecina palestina en el barrio de Tel Rumeida (Hebrón), donde los colonos están instalados en medio de la población palestina:

 

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Están envalentonados (pero cada vez más solos)

 

 María Landi

 

Columna publicada en el portal Desinformémonos el 31/12/2017

 

Una vez más, los aniversarios emblemáticos[1] se vuelven un boomerang para la causa palestina. El último tramo de 2017 se cierra con la indignación internacional derivada de la decisión del gobierno de Donald Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel y trasladar allí su embajada,  burlándose así del Derecho Internacional y dando la espalda a todas las resoluciones que desde hace exactamente 70 años la ONU ha emitido respecto al carácter abierto e internacional que debe tener esa ciudad santa para las tres religiones monoteístas. Como explicamos en una columna anterior, hasta ahora ningún estado había reconocido la soberanía de Israel sobre Jerusalén, precisamente por respetar el ordenamiento internacional (al menos en la forma, aunque en la práctica no hayan hecho nada para frenar los crímenes de Israel y su apropiación de la ciudad).

Mientras la reacción y protesta internacional se hacían oír ante esta decisión unilateral que le da luz verde al régimen sionista para continuar sus políticas de judaización violenta de Jerusalén (Al Quds para la población palestina), el gobierno fascista de Netanyahu celebró ese espaldarazo del amo del mundo redoblando su orgía de crímenes contra los derechos humanos. Si bien eso es moneda corriente en los territorios ocupados, quienes conocen la ‘sensibilidad’ sionista pueden percibir los cambios de ritmo en sus prácticas represivas. Hay una palabra hebrea para la insolencia y el exceso de atrevimiento: chutzpah. El régimen de Netanyahu ciertamente está viviendo un momento de chutzpah, y no es para menos.

Pero esa insolencia tiene también un componente de ceguera política que podría volverse en su contra. Haciéndose eco de la indignación mundial, este mes la ONU manifestó su rechazo a la decisión unilateral de Trump en dos oportunidades: en el Consejo de Seguridad, 14 de los 15 miembros votaron una resolución condenatoria, que finalmente no prosperó por el veto estadounidense (usado por 43ª vez a favor de Israel). Poco después, la Asamblea General aprobó la misma condena por 128 votos a favor, 9 en contra y 35 abstenciones[2]. A pesar del bullying y las amenazas de dejar sin fondos a la ONU y a los países que votaran en contra, solo 7 de 193 países votaron a favor de Israel y EE.UU. Visiblemente furiosa por el doble traspiés diplomático que dejó en evidencia la soledad de Israel y de su siervo incondicional, la representante de EE.UU. en la ONU, Nikki Haley, no perdió la oportunidad de amenazar a los 128 países por semejante desobediencia: “Estados Unidos no olvidará este voto”, aseguró.

Mientras esto ocurría en la escena diplomática, el régimen israelí respondía de la única manera que sabe hacerlo: desplegando una sangrienta ofensiva sobre la población palestina. Apenas en pocos días, 16 jóvenes (varios menores de edad) fueron asesinados por el simple hecho de manifestar contra la decisión del gobierno de Trump sobre Jerusalén. Uno de ellos fue Ibrahim Abu Thuraya (29), amputado de ambas piernas (desde el ataque israelí de 2008 sobre Gaza) y en silla de ruedas, a quien le dispararon en la cabeza. Según la Media Luna Roja Palestina, 3.600 personas (incluyendo varios niños) resultaron heridas en las protestas, varias de ellas con lesiones severas, como pérdida de la vista, fracturas de miembros, balas alojadas en el cerebro, etc. A esto le sucedió una ola de arrestos de connotadas activistas sociales que integran los comités de lucha popular no violenta en varias localidades de Cisjordania.

La detención más notoria de ellas fue la de la mediática adolescente Ahed Tamimi (16) y otras tres mujeres del poblado Nabi Saleh: su madre Nariman, su tía Manal y su prima Nur[3]. Ahed y Nur fueron detenidas bajo la acusación de ‘agredir’ a los soldados que entraron armados a guerra en su hogar y su aldea para reprimir la protesta que estalló después de que un francotirador israelí le disparara a la cabeza e hiriera gravemente a su primo Mohammed (14). Nurimar fue arrestada cuando concurrió a la sede militar para indagar por la suerte de su hija, y Manal fue detenida por protestar ante la prisión militar de Ofer donde se encuentran sus familiares. Pocos días después también fueron detenidos los dirigentes sociales Munther Amira (Belén) y Jamil Barghouti (Ramala). En Belén, el ejército israelí reprimió las protestas como de costumbre: inundando de gas lacrimógeno todo el campo de refugiados de Aida y arrestando a una decena de jóvenes en una sola noche. En solo tres semanas de diciembre, las fuerzas de ocupación detuvieron a más de 600 palestinos y palestinas (una tercera parte, menores de edad).

La pregunta al cierre de este año es: ¿hasta cuándo permitiremos que Israel continúe desafiando impunemente una resolución de la ONU tras otra, e ignorando todos y cada uno de los tratados del Derecho Internacional? Los 128 estados que votaron en la Asamblea General condenando la movida de Trump tienen la obligación moral y política de traducir su posición diplomática en acciones concretas que tengan un impacto real sobre el terreno. De lo contrario nada cambiará para la acosada y perseguida población palestina de Al Quds/Jerusalén: la revocación del permiso para vivir en su ciudad natal, la demolición de viviendas, el desalojo forzado, la discriminación y negación de derechos civiles y de servicios urbanos mínimos, la violencia de los colonos y de sus fuerzas de ocupación –en una palabra: la limpieza étnica– continuarán en esa ciudad que constituye el corazón de la historia y la identidad palestinas, a las que el sionismo quiere hacer desaparecer. Y la suerte del pueblo palestino en el resto de su territorio histórico y en el exilio tampoco cambiará.

Quienes nos solidarizamos con la causa palestina debemos canalizar nuestra rabia y convertir en energía creativa nuestra impotencia ante esta nueva aberración. Ahora que la última máscara ha caído y ya nadie puede ver a EE.UU. como un ‘mediador neutral’, ni esperar que algún día Israel esté dispuesto a ceder un palmo del territorio apropiado; ahora que queda bien claro que ni uno ni otro tienen la menor intención de permitir la existencia de una Palestina soberana, ni en el Este de Jerusalén ni en ninguna otra parte del territorio, la única respuesta posible es apoyar la legítima resistencia palestina y redoblar las acciones de boicot para que el precio de mantener este inadmisible statu quo sea cada vez más alto.

En palabras de Haidar Eid (académico y dirigente del BDS en Gaza), “Tenemos que trabajar para hacer de éste nuestro momento sudafricano, intensificando el BDS (…) en un plan de acción que lleve el Boicot, la Desinversión y las Sanciones como antorcha y guía hacia la paz con justicia en Palestina. Es hora de deshacernos de la racista ‘solución de dos estados’, renunciar a los Acuerdos de Oslo y forjar una alternativa democrática que no niegue la humanidad de quienes habitan en toda la Palestina histórica, independientemente de su religión, raza y género”.

Por otro lado, todo esto se da en un contexto regional de profundización de las relaciones entre Israel, EE.UU. y Arabia Saudita, siempre con el objetivo último de derrotar a su archienemigo común: Irán, y afianzar así su dominio sobre Medio Oriente. Pero en el camino hay un obstáculo no menor: Hezbollá, aliado de Irán y Siria, y la única fuerza militar con capacidad y voluntad de enfrentar a los sionistas en su vecindario (y que ya supo infligirles un par de derrotas destacables). Algunos analistas advierten que hay señales claras de que Israel –que no puede vivir sin la guerra, pues está en su ADN, y es su principal fuente de lucro– estaría preparándose para iniciar una nueva y feroz ofensiva contra el Líbano, precisamente para acabar con la amenaza de Hezbollá.

Si esto ocurriera, sería hora de que el olvidadizo y permisivo Occidente recuerde quién es el primer y principal factor de desestabilización en esa convulsionada región; y que no habrá paz mientras ese matón caprichoso continúe violando los derechos fundamentales de doce millones de palestinos/as e imponiendo su dominio mafioso en el mundo sin pagar ningún precio por ello.

 

[1] Como hemos señalado en columnas anteriores, en 2017 se conmemoraron 100 años de la Declaración Balfour, 70 años del plan de partición de Palestina, 30 de la ‘primera’ intifada y 10 del bloqueo a la Franja de Gaza.
[2] Además de EE.UU. e Israel, votaron en contra países de insignificante dimensión, como Islas Marshall, Micronesia, Nauru, Palau, Togo, y –vergonzosamente– Honduras y Guatemala (que en un inaudito acto de servilismo ya anunció el próximo traslado de su propia embajada a Jerusalén). Entre los demás países latinoamericanos y caribeños, 10 se abstuvieron (no por casualidad, entre ellos los tres que  visitó Netanyahu este año: Argentina, Colombia y México), y otros 16 votaron favorablemente la resolución de condena al gobierno de Trump.
[3] Al momento de escribir esta columna, todas permanecen detenidas esperando la decisión de los tribunales militares israelíes, que tienen una tasa de condena del 99 por ciento.

 

 

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