A 30 años de la ‘Intifada de las piedras’

Cisjordania, 1988 (Foto: Peter Turnley/Corbis/VCG via Getty Images)


María Landi

 

Columna publicada en el portal Desinformémonos el 3/12/17

 

Este año de aniversarios significativos para Palestina[1] se cierra conmemorando los 30 años de la –mal llamada–  “Primera Intifada[2]: el mayor levantamiento masivo del pueblo palestino, que reinstaló su causa en la agenda internacional y despertó una oleada de simpatía popular en todo el mundo.

El estallido se inició el 9 de diciembre de 1987 en un checkpoint militar del campo de refugiados de Yabaliya, en Gaza, cuando un jeep israelí atropelló a un camión que llevaba trabajadores palestinos, matando a cuatro; y en la protesta popular que siguió al incidente, un soldado acribilló a un adolescente de 17 años. Sin embargo, esos hechos violentos –y varios que los precedieron– fueron la gota que desbordó el vaso de una población sometida durante 20 años[3] a un brutal régimen militar y colonial que, después de arrebatarles su tierra para entregarla a colonos judíos llegados de Europa y de todo el mundo, les negaba los más elementales derechos humanos, así como su historia y su identidad como pueblo originario de esa tierra, castigando con la cárcel y la deportación masivas cualquier intento de resistencia. En esos 20 años, 200.000 palestinos/as habían pasado por las cárceles israelíes, y 4.500 permanecían en ellas en 1987.

La Intifada tomó por sorpresa tanto al régimen israelí como a los dirigentes de la OLP exiliados en Túnez, pues no fue responsabilidad de ningún partido. Una generación entera que había nacido y crecido bajo la ocupación se irguió como protagonista y marcó un parteaguas en la larga historia de resistencia palestina: hasta ese momento la iniciativa había estado fuera de los territorios ocupados, en los líderes de la OLP que conducían la lucha armada desde Jordania, Líbano y Túnez sucesivamente.

Sin embargo en diciembre de 1987 el pueblo bajo ocupación dijo “¡Basta!” y salió a las calles masivamente para enfrentar desarmado a uno de los ejércitos más poderosos del mundo. La imagen icónica de los niños lanzando piedras a los tanques se convirtió en todo un símbolo del levantamiento palestino, invirtiendo el mito de David y Goliat que Israel había propagado eficazmente al presentarse como víctima amenazada y agredida por el poderoso mundo árabe.

Si bien hubo acciones armadas, el levantamiento fue fundamentalmente una insurrección civil[4]. La resistencia se organizaba en las ciudades, pueblos, aldeas y campos de refugiados a través de comités populares que garantizaban la subsistencia de la población, así como las tareas educativas y de salud durante los bloqueos y toques de queda. La conducción estaba en manos de una coalición plural, clandestina y bien organizada: el Mando Nacional Unificado de la Intifada, que dirigía las acciones de protesta. Allí estaban representados Fatah como principal partido y los marxistas FPLP, FDLP y PPP. Los partidos islamistas (Hamas y Yihad Islámica) hicieron su irrupción pública a poco de iniciarse la Intifada, pero no integraron el MNUI, que se mantuvo como un movimiento secular.

Aunque la mayoría de la población palestina tiene menos de 30 años, mucha gente recuerda con nostalgia la primera Intifada. El tema suele aflorar en las conversaciones con cualquier persona mayor de 40 años, y todas tienen anécdotas para contar sobre esa resistencia popular y bien organizada, que se mantuvo durante casi cinco años a pesar de la brutal respuesta represiva israelí y del alto costo que pagaron las familias y comunidades. Abundan los relatos sobre las diversas formas que adoptó esa resistencia: desde la lucha permanente en las calles y las huelgas prolongadas hasta el no pago de impuestos y el boicot a instituciones y productos israelíes –y lo que implicaba en términos de organizar alternativas de subsistencia. Una eficaz red subterránea permitía coordinar las diversas tareas de resistencia; entre ellas, cursos clandestinos para que la niñez y la juventud pudieran continuar estudiando. Cada acción implicaba, además, prepararse para enfrentar la reacción del enemigo y tratar de minimizar sus costos. Por ejemplo, el no pago de impuestos fue castigado con el allanamiento de hogares y la ‘confiscación’ (eufemismo sionista para referirse al robo de tierras y propiedades palestinas) de los bienes particulares de las familias.

La Intifada generó un sentimiento de empoderamiento colectivo, así como una subversión de las convenciones sociales. Por ejemplo, las mujeres salieron del espacio doméstico y asumieron nuevos roles productivos y políticos, organizándose en los comités locales para asegurar la efectividad de las tareas de boicot y subsistencia a nivel comunitario, y también participaron activamente en la movilización popular.

La reacción sionista fue, como siempre, brutal y desproporcionada: cierre de escuelas y universidades, toque de queda, cerco a las ciudades, represión feroz de las manifestaciones, demolición de casas sin previo aviso, destrucción de cosechas y árboles de olivo, desvío de fuentes vitales de agua (provocando una deliberada escasez en las comunidades), deportación de activistas y despidos masivos de quienes trabajaban en Israel. El entonces Ministro de Defensa Isaac Rabin ordenó a los soldados “quebrar los huesos” de los niños que tiraban piedras. Entre 1987 y 1991 las fuerzas israelíes asesinaron a más de 1.100 personas (muchas de ellas menores de edad), hirieron a decenas de miles y detuvieron a más de 120.000 personas. El Consejo de Seguridad de la ONU emitió varias resoluciones condenando a Israel por el alto número de muertes, deportaciones masivas y destrucción de viviendas, acusándolo de violar los Convenios de Ginebra. El levantamiento tuvo como saldo más de 1400 muertes palestinas (incluyendo 237 menores de 17 años) y 185 israelíes.

Si bien la conducción de la insurrección estaba en manos del MNUI, los dirigentes de la OLP intentaron dirigir el proceso ‘por control remoto’ desde Túnez. La unidad también se veía amenazada por el faccionalismo y la lucha de poder entre dirigentes partidarios que tenían un margen de actividad y visibilidad pública del que carecían los líderes clandestinos del MNUI. Estos factores, junto con el desgaste natural de la sociedad civil al tener que hacer frente a una represión implacable y cada vez más dura, llevaron a un debilitamiento del proceso. Mientras la gente resistía en las calles, en los barrios, aldeas y campos de refugiados, y pagaba con su sangre el precio más alto, el MNUI perdía independencia y la cúpula de la OLP buscaba acercamientos con el enemigo para negociar un acuerdo[5]. Al mismo tiempo, al pueblo palestino le iba quedando claro que no podría contar con el apoyo de los gobiernos árabes –a pesar de la simpatía de sus pueblos. El estallido de la guerra del Golfo en 1991 terminó de inclinar la balanza en contra de la rebelión palestina.

Las maniobras de Israel y Estados Unidos para neutralizar la Intifada cooptando a Arafat y la dirigencia de la OLP (controlada por Fatah) dieron su fruto con la convocatoria a la Conferencia de Paz de Madrid (1991). Ésta puso en marcha el falaz “proceso de paz” que llevaría a la firma de los Acuerdos de Oslo I (1993) y Oslo II (1995). Ese giro significó el certificado de defunción de la Intifada popular, y el inicio de un proceso que convirtió la lucha de liberación nacional en un remedo de ‘autonomía’, y a los líderes de esa lucha en una élite ocupada (en todos los sentidos de la palabra) en la ‘administración’ de insignificantes parcelas del territorio controlado por Israel. A la flamante ANP se le otorgó mucho menos poder del que detentaban los reyezuelos títeres de los bantustanes durante el apartheid sudafricano –aunque su funcionalidad política era muy similar.

Oslo significó también la fragmentación territorial, la atomización social y política, un mayor estrangulamiento de la economía palestina y la introducción de políticas neoliberales para convertir a la población ocupada en consumidora y dependiente de hipotecas y préstamos financieros, o de los salarios de la ANP. Este perverso sistema de control se desplegó en paralelo con el avance implacable de la colonización israelí, que en 20 años de ‘proceso de paz’ triplicó el número de colonos viviendo en el territorio ocupado.

La frustración de la gente ante la trampa de Oslo, así como las políticas represivas y belicosas de Ariel Sharon llevaron en 2000 al estallido de la “Segunda Intifada”, que tuvo un carácter completamente distinto por la preeminencia de los movimientos islamistas y sus cruentas acciones armadas, en desmedro de la participación popular –hasta tal punto que mucha gente en Palestina (y en particular algunas feministas) no la consideró una verdadera Intifada popular. Su derrota significó la profundización de la dominación israelí a niveles hasta entonces desconocidos, en particular con la construcción del Muro y el sistema asociado de permisos y checkpoints para garantizar aún más la fragmentación del territorio, el control de la población ocupada y la supresión total de su libertad de movimiento. La corrupción y degradación de la ANP y su red clientelar, su imperdonable colaboración con Israel, su renuncia a luchar por Jerusalén y por la población refugiada, llevaron al ascenso de Hamas en 2006. Su enfrentamiento con Fatah en 2007, y la capitalización que Israel ha sabido hacer de esa endémica lucha fratricida, han acentuado el aislamiento de la bloqueada Franja de Gaza del resto del territorio palestino, y la dificultad para reconstruir un proyecto de liberación nacional.

Sin embargo, a pesar del estancamiento provocado por el proceso de Oslo y el faccionalismo político, la mejor expresión de la sociedad civil palestina parece haber empezado a rescatar el espíritu rebelde, plural y unitario de aquella Intifada en el vigoroso movimiento BDS, que no deja de crecer dentro y fuera de Palestina, a pesar de los ingentes esfuerzos de Israel por criminalizarlo y destruirlo. Su potencial es enorme, si consideramos que los territorios ocupados son el tercer mercado de la economía israelí, y que es una batalla que puede librarse desde el interior de cada hogar y de cada conciencia, en una variante de resistencia clandestina más difícil de suprimir.

Treinta años después de la Intifada, las y los palestinos tienen razones sobradas para recordar con nostalgia aquella época en la que luchaban porque “no teníamos nada que perder”, y porque había un programa de resistencia común y un liderazgo unido para conducirlo. Pero el movimiento BDS posee ambos, y una creciente plataforma de apoyo y legitimidad internacional. Los sionistas lo saben, y por eso el BDS les quita el sueño.

 

 

NOTAS 

[1] 100 años de la Declaración Balfour que dio luz verde a la colonización sionista, 50 de la ocupación de la totalidad de Palestina, 10 años del bloqueo a la Franja de Gaza, y el que recuerda esta columna.
[2] Intifada es una palabra árabe que significa literalmente “sacudida” y designa un alzamiento popular. La verdad es que a lo largo del siglo XX el pueblo palestino se levantó muchas veces contra la dominación británica y la colonización sionista (por ejemplo en 1929, 1936-39, 1976, 1979-80).
[3] Los 20 años se cuentan desde la ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este en 1967, sin olvidar que la mayor limpieza étnica de Palestina se inició en 1948 en el territorio que hoy ocupa el Estado de Israel.
[4] A pesar de la brutal represión israelí, la dirección de la Intifada se mostró contraria a usar armas en las protestas. Las cifras indican que sólo un cinco por ciento de las acciones palestinas incluyeron armas de fuego o explosivos.
[5] En 1988 la OLP en el exilio declaró la independencia de Palestina, reconociendo al Estado de Israel a cambio de la ilusión de crear un futuro mini Estado palestino en el 22 por ciento de su territorio histórico.

GLOSARIO
OLP: Organización para la Liberación de Palestina (1964)
FPLP: Frente Popular para la Liberación de Palestina (1967)
FDLP: Frente Democrático para la Liberación de Palestina (1969)
PPP: Partido del Pueblo Palestino o Comunista (1982)
MNUI: Mando Nacional Unificado de la Intifada (1987)
ANP: Autoridad Nacional Palestina (1994)
BDS: Movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel (2005)

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A 70 años del absurdo plan de partición de Palestina

Al culminar este año de tantos aniversarios significativos para la causa palestina, este 29 de noviembre (Día Internacional de Solidaridad con Palestina) se conmemoran 70 años de la aprobación por la recién nacida ONU de la propuesta de partición del territorio de Palestina para darle más del 50% del mismo a un grupo de inmigrantes judíos llegados desde Europa pocas décadas antes.

Sobre el contexto, antecedentes, dinámicas y consecuencias de esa decisión, comparto cuatro artículos de análisis y opinión.

Gráfico realizado por US Campaign for Palestinian Rights (red BDS de EE.UU.)

70 años después de la partición de Palestina, por Ilan Pappé.

Publicado en EFE; DOC Análisis el 29/11/2017.


De la partición de Palestina a la ‘solución de dos estados’, una historia de engaños y promesas incumplidas
, por Ramzy Baroud.

Publicado en Diferencias (blog de Javier Villate) el 26/11/2017.


70 años de la partición de Palestina por la ONU: el proyecto colonial europeo tomó forma en Israel
, por Daniel Lobato.

Publicado en infoLibre el 28/11/2017.


70 años de la partición de Palestina: Historia, memoria y esperanza
por Antonio Basallote, Diego Checa, Lucía López y Jorge Ramos

Publicado en Público el 29/11/2017.

 

Leer también, en inglés, otro artículo de Ramzy Baroud con una mirada crítica sobre el 50º aniversario de la Resolución 242 de la ONU:

How a missing ‘the’ enabled Israeli occupation, por Ramzy Baroud

Publicado en Al Jazeera el 21/11/2017.

 

Palestine 101: Not that complicated: video de 4:32′ realizado por USCPR para conmemorar los 100 años del proyecto de colonización sionista y la resistencia del pueblo palestino para defender su tierra:

El video es parte de un programa de formación elaborado por USCPR para ofrecer recursos y herramientas a activistas que luchan por los derechos palestinos. Así lo explican: “Together We Rise: Palestine as a Model of Resistance, our political education curriculum designed to provide critical voices, context, and resources to strengthen liberation struggles from the US to Palestine. Together We Rise includes 101 resources on Palestine, skill-building tools, outlines how US and Israeli colonialism and racism are connected, and what we can learn from Palestinian, Black, Latinx, Indigenous, and other freedom struggles.”

 

 

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Solidaridad de organizaciones palestinas con la lucha anti-Muro. 

Conectando las luchas por un Mundo sin Muros: tal como se acordó a mediados de año en Oaxaca, una delegación de activistas de México y EE.UU. visitó Palestina, y activistas de y por Palestina participaron en la Caravana contra los Muros que atravesó México de sur a norte. Tomado del blog de BDS México.

Movimiento de BDS en México

Ponencia de Jamal Juma del pueblo palestino ,Pedro Charbel encargado en América Latina del movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones al estado Israel y la compañera Nely de Estados UnidosFotografía del Observatorio de Derechos Humanos de los Pueblos. Museo del Arte de Nogales.

Texto tomado de La Jornada, domingo, 12 de noviembre de 2017

por Georgina Saldierna


Dirigentes de organizaciones sociales palestinas viajaron a México para dialogar con sus pares mexicanos, a fin de conectar la lucha contra el muro promovido por la Casa Blanca y el apartheid que impulsa Israel contra el pueblo palestino.
Jamal Juma, coordinador de la Campaña de las Redes Palestinas Antimuro del Apartheid, y Pedro Chaibel, representante en América Latina del movimiento Boicot-Desinversión-Sanciones (BDS) contra Israel, destacaron que tanto la barda construida por el gobierno israelí en Palestina como la que se pretende levantar en la frontera de México representan el colonialismo y la opresión.
En…

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Centenario de la Declaración Balfour: un siglo de desposesión y de resistencia en Palestina


El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía en Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista. Esta carta, conocida con el nombre de “declaración Balfour” es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultra minoritario entre las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la atribuye a un movimiento del que numerosos dirigentes no ocultan su intención de despojarles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, “una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera”.
Dos artículos y una entrevista sumamente relevantes publicadas en Viento Sur.

 



La declaración Balfour: una desposesión simbólica
que abre la vía a la desposesión física


Julien Salingue

El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de asuntos exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía de Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista.

Mediante esta carta, Balfour aportaba el apoyo oficial del gobierno al proyecto de establecimiento de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina, entonces bajo administración otomana: “El Gobierno de Su Majestad contempla con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, entendiéndose claramente que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de los judíos en cualquier otro país. Estaré agradecido si usted hace esta declaración del conocimiento de la Federación Sionista”.

Un siglo de desposesión

Esta promesa, conocida con el nombre de “Declaración Balfour”, es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultraminoritario en las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos, que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la concede a un movimiento muchos de cuyos dirigentes no ocultan su intención de desposeerles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, “una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera”.

Recordar, 100 años más tarde, la promesa británica, es recordar que para las gentes palestinas la lucha contra la desposesión no comenzó en 1967, tras la ocupación de Cisjordania y la franja de Gaza, ni siquiera en 1948, en el momento de la creación del Estado de Israel. El proceso de desposesión se extiende a lo largo de un siglo y, contrariamente a la mitología mantenida por el movimiento sionista y sus aliados, la resistencia palestina es anterior a las primeras guerras israelo-árabes, en particular la gran revuelta de 1936, aplastada conjuntamente por los británicos y las milicias armadas sionistas.

Discriminaciones estructurales

La declaración Balfour inscribe en el lenguaje diplomático internacional la negación de los derechos nacionales de los y las palestinas, puesto que solo son mencionados sus derechos “civiles y religiosos”, y que son calificados, mediante un eufemismo destinado a negar su identidad, de “colectividades no judías”. Las y los 700 000 árabes de Palestina (más del 90% de la población) son reducidos al estatus de residentes sin derechos políticos, lo que valida a posteriori la tesis de dirigentes sionistas según la cual Palestina sería una “tierra sin pueblo”. 50 años más tarde, la dirigente israelí Golda Meir declarará, a propósito de los territorios ocupados por Israel: “¿Cómo podríamos entregar esos territorios? No hay nadie a quien entregárselos”.

Recordar 100 años más tarde la promesa británica es, así, comprender que la opresión y las discriminaciones coloniales sufridas por el pueblo palestino no son algo accidental sino producto de una larga historia. La resistencia palestina a este proceso de larga duración no ha cesado jamás, aunque haya que reconocer que el movimiento nacional atraviesa hoy una crisis histórica y que los y las palestinas hacen frente a una correlación de fuerzas considerablemente deteriorada. Una cosa es cierta: el apartheid israelí es un fenómeno estructural, que solo podrá ser abolido si los fundamentos mismos del Estado de Israel y su papel de puesto de vanguardia del imperialismo occidental en la región son analizados, denunciados y combatidos.

Publicado en Hebdo L´Anticapitaliste -403 (02/11/2017). Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Mi patria nunca fue propiedad de Balfour
y éste no tenía ningún derecho a dársela a nadie 


Ramzy Baroud

Cuando era un niño que crecía en un campo de refugiados de Gaza, esperaba el 2 de noviembre. Ese día, cada año, miles de estudiantes y de habitantes del campo bajaban a la plaza principal, blandiendo banderas palestinas y pancartas, para condenar la declaración Balfour.

Para ser sincero, tengo que decir que mi impaciencia estaba motivada sobre todo porque las escuelas cerraban ese día y que después de un corto pero sangriento enfrentamiento con el ejército israelí, volvería pronto junto a mi querida madre, comería algún chuche y vería los dibujos animados.

Entonces no tenía ninguna idea sobre lo que era realmente Balfour, y cómo su “declaración” de hacía tantos años había cambiado el destino de mi familia y, además, mi vida y la de mis hijos.

Todo lo que sabía, es que Balfour era una mala persona y que a causa de su terrible fechoría sobrevivíamos en un campo de refugiados, rodeados por un ejército violento y un cementerio, en perpetua expansión, lleno de “mártires”.

Ningún derecho a entregar mi patria a nadie

Decenios más tarde, el destino me llevaría a visitar la iglesia de Whittingehame, una pequeña parroquia en la que está enterrado Arthur James Balfour.

Mientras que mis padres y mis abuelos están enterrados en un campo de refugiados, un espacio cada vez más reducido, víctima de un asedio perpetuo y sufriendo inconmensurables dificultades, el lugar de reposo de Balfour es un oasis de paz y de calma. La pradera vacía alrededor de la iglesia sería suficientemente grande como para acoger a toda la gente refugiada de de mi campo.

Finalmente, he tomado plenamente conciencia de las razones por las que Balfour era una “muy mala persona”.

Primer Ministro de Gran Bretaña, luego Ministro de Asuntos Exteriores a partir del año 1916, Balfour prometió mi patria a otro pueblo. Una promesa realizada el 2 de noviembre de 1917 en nombre del gobierno británico, bajo la forma de una carta enviada al dirigente de la comunidad judía de Gran Bretaña, Walter Rothschild.

Entonces Gran Bretaña no controlaba Palestina, que formaba parte del imperio otomano. De todas formas mi patria jamás fue propiedad de Balfour y éste no tenía ningún derecho a entregársela tan negligentemente a nadie (…).

De los acuerdos Sykes-Picot a la declaración Balfour

Evidentemente, Balfour no actuaba a título personal. Ciertamente, la declaración lleva su nombre, pero él era en realidad el fiel agente de un imperio que tenía intenciones geopolíticas a gran escala, no solo para Palestina, sino para Palestina en tanto que parte de un entorno árabe más amplio.

Justo un año antes, había sido elaborado otro documento siniestro, aunque en secreto. Había sido aprobado por otro diplomático británico de alto rango, Mark Sykes y, en nombre de Francia, por Fançois Georges-Picot. Los rusos fueron informados del acuerdo, pues recibían también una parte del pastel otomano.

El documento indicaba que cuando los otomanos fueran aplastados, sus territorios -entre ellos Palestina- serían divididos entre las futuras partes victoriosas.

El acuerdo Sykes-Picot, igualmente conocido con el nombre de Acuerdo para Asia Menor, fue firmado en secreto hace un siglo, dos años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Revelaba la naturaleza brutal de las potencias coloniales, que consideraban raramente la tierra y sus recursos relacionados con quienes vivían sobre esa tierra y poseían esos recursos (…).

Los mandatos británicos y franceses fueron establecidos sobre entidades árabes divididas, mientras que Palestina fue entregada al movimiento sionista un año más tarde, cuando Balfour transmitió la promesa del gobierno británico, condenando a Palestina a un destino hecho a base de guerra y de inestabilidad perpetuas.

Promesas condescendientes y mentiras

La idea de los “pacificadores” y “honrados negociadores” occidentales, omnipresentes en todos los conflictos de Medio Oriente, no es nueva. La traición británica a las aspiraciones árabes remonta a hace decenios. Los británicos han utilizado a los árabes como peones en su gran juego contra sus rivales coloniales, para luego traicionarles a la vez que se presentaban como amigos cargados de regalos para ellos.

Esta hipocresía no ha sido jamás tan puesta en evidencia como en el caso de Palestina. Desde la primera ola de migración judía sionista a Palestina en 1882, los países europeos facilitaban la instalación de los colonos y de sus recursos, mientras que se establecían numerosas colonias, grandes y pequeñas. Cuando Balfour envió su carta a Rothschild, la idea de una patria judía en Palestina era por tanto ya creíble.

Sin embargo, se habían hecho numerosas promesas condescendientes a los árabes durante los años de la Gran Guerra, cuando la autoproclamada dirección árabe tomaba partido favorable a los británicos en su guerra contra el imperio otomano. Se prometió entonces a los árabes una independencia inmediata, incluso para los palestinos.

La idea dominante entre los dirigentes árabes era que el artículo 22 del pacto de la Sociedad de Naciones debía aplicarse a las provincias árabes dirigidas por los otomanos. Se les había dicho a los árabes que sus derechos serían respetados en tanto que “misión sagrada de civilización”, y que sus comunidades serían reconocidas como “naciones independientes”.

Cuando las intenciones de los británicos y sus lazos con los sionistas se hicieron demasiado evidentes, los palestinos se rebelaron, una rebelión que, un siglo más tarde, no ha cesado, pues las atroces consecuencias del colonialismo británico y de la toma de control total de Palestina por los sionistas siguen presentes tras todos estos años (…).

Una desigualdad original que se perpetúa

De hecho, esta historia continúa actualizándose cada día: los sionistas han reivindicado Palestina y la han denominado “Israel”; los británicos continúan apoyándoles, sin dejar nunca de halagar a los árabes; el pueblo palestino sigue siendo una nación territorialmente fragmentada: en los campos de refugiados, en la diáspora, bajo ocupación militar o tratados como ciudadanos de segunda en un país en el que sus antecesores han vivido desde tiempo inmemorial.

Si Balfour no puede ser hecho responsable de todas las desgracias que han golpeado al pueblo palestino desde que hizo pública su corta pero tristemente célebre carta, la idea que su “promesa” encarnaba -un desprecio total de las aspiraciones del pueblo árabe palestino- ha sido transmitida de una generación de diplomáticos británicos a otra, de la misma forma que la resistencia palestina al colonialismo es transmitida de generación en generación.

En un texto publicado en el Al-Ahram Weekly y titulado “Verdad y reconciliación”, el añorado profesor Edward Said escribió: “Nunca la declaración Balfour ni el mandato concedieron específicamente a los palestinos derechos políticos en Palestina, solamente derechos civiles y religiosos. La idea de una desigualdad entre judíos y árabes fue así construida inicialmente por la política británica, luego por las políticas israelíes y estadounidenses”.

Esta situación de desigualdad prosigue, y con ella la perpetuación del conflicto. Lo que los británicos, los primeros sionistas, los americanos y los gobiernos israelíes siguientes no han comprendido nunca y continúan ignorando, para su desgracia, es que no puede haber paz en Palestina sin justicia y sin igualdad, y que las y los palestinos continuarán resistiendo mientras sigan en pie las razones que estuvieron en los orígenes de su rebelión hace cerca de un siglo.

Publicado originalmente en inglés en Al Jazeera. Traducción del francés: Faustino Eguberri para viento sur


Colonialismo y antisemitismo asociados prometieron
un hogar nacional judío en Palestina

Entrevista con Michèle Sibony, de la Unión Judía Francesa por la Paz (UJFP). Julien Salingue 

Estamos en noviembre de 2017, es decir, 100 años después de la declaración Balfour. ¿Cómo comprender, con perspectiva, esta decisión del gobierno británico?

En 1917, la Primera Guerra Mundial y la revolución rusa inquietaban a Gran Bretaña. Los acuerdos Sykes-Picot firmados en 1916 ratifican el reparto del Medio Oriente otomano entre Francia y Gran Bretaña, y prevén un estatus internacional para Palestina. Gran Bretaña cree en el “poder judío”: numerosos textos de políticos de la época dan fe de ello. Satisfacer a los judíos estadounidenses permitiría obtener la ayuda militar americana rechazada a la Triple Entente, satisfacer a los judíos rusos muy presentes en la revolución permitiría a Rusia seguir en guerra, se reforzaría la posición de Gran Bretaña en el Oriente árabe, en particular sobre el Canal de Suez, frente a una Francia que reivindica también Palestina como parte de la Gran Siria. La promesa Balfour se presenta por tanto como un mensaje enviado a los judíos del mundo entero siendo a la vez una forma de acuerdo de subcontratación propuesto a los sionistas judíos para mantener o posicionar sus intereses imperialistas.

Por otra parte, Balfour igual que Lloyd George crecieron en un entorno evangelista, a la vez antisemita y mileranista: la llegada mesiánica pasa por la vuelta de los judíos a la tierra bíblica. En fin, como para todas las potencias coloniales de la época, los “indígenas” no tienen estrictamente ninguna importancia a ojos de la potencia imperial. Colonialismo y antisemitismo asociados harán así la promesa de un hogar nacional judío en Palestina. Lord Montagu en su “memorándum sobre el antisemitismo actual del gobierno británico” no se engaña, y asume que “los turcos y los demás musulmanes serán mirados en Palestina como extranjeros, exactamente de la misma forma que los judíos serán, tras esto, tratados como extranjeros en todos los países salvo en Palestina”.

¿En qué contribuyó la declaración Balfour a legitimar y desarrollar el movimiento sionista?

En realidad, en 1917 el sionismo era un movimiento ultraminoritario en el mundo judío, tanto en el europeo como en el ruso o el americano. Los judíos asimilacionistas, igual que los religiosos ortodoxos y los judíos revolucionarios estaban totalmente opuestos al sionismo. Los religiosos rechazan el nacionalismo que quiere reemplazar a la religión: a sus ojos, solo el mesías puede dar a los judíos la tierra de Israel. El Bund, sindicato judío en Rusia, Lituania y Polonia, primer partido judío en Polonia, reivindica el doy kait, es decir la lucha por la mejora de su condición en los países en los que las y los judíos se encuentran, y una antonomía nacional y cultural pero no territorial en un imperio ruso que desean que se transforme en una federación de los pueblos. Así, el sionismo es en primer lugar un colonialismo europeo y el antisionismo es en primer lugar un anticolonialismo judío. Los primeros y los más numerosos antisionistas fueron judíos… hasta la Segunda Guerra Mundial. Y no hablaremos aquí de los judíos orientales o del Magreb, ni reconocidos, ni concernidos, ignorados por el sionismo de aquella época. Cinco años después de la declaración Balfour, el mandato sobre Palestina confiado por la SDN en 1922 a Gran Bretaña, retoma íntegramente los términos de la promesa, y da una validación, en el derecho internacional, del sionismo como implantación “nacional” judía en Palestina. Por otra parte, la carta de la OLP de 1964 situaba el inicio del sionismo de Estado en la declaración Balfour, considerando de hecho que los judíos llegados antes de esa fecha a Palestina eran inmigrantes con vocación de convertirse en palestinos. Es lo que plantea su artículo 20, según el cual “la declaración Balfour, el mandato para Palestina, y todo lo que está fundado en ellos, son declarados nulos y sin efectos…”..

Los sionistas acabaron por volverse contra su padrino británico, hasta el punto de que hay quien ha hablado de una guerra de independencia como la que tuvo lugar en los Estados Unidos. ¿Es oportuna esta comparación?

El nacimiento del nacionalismo judío es uno de los fundamentos del sionismo, pero no forzosamente estatal. El sionismo estatal, que asume la concepción europea de la época sobre el Estado-nación, ignora los derechos indígenas como movimiento colonial europeo que es. Esto va a ocultar parcialmente, o en cualquier caso dar un carácter secundario, a la colonización de Palestina que se deriva de ello: cada pueblo en su tierra, un pueblo sin tierra en una tierra sin pueblo. La naturaleza colonial de sionismo será entonces invisibilizada para muchos (pero no para los pueblos árabes), y el sionismo será considerado como un nacionalismo local que entra en competencia con el nacionalismo palestino. Es así como lo que será presentado por el movimiento sionista como la guerra de independencia contra Gran Bretaña va a ocultar y borrar literalmente al ya activo movimiento indígena palestino de independencia, como esconde y borra la Naqba, la gran expulsión de 1948. De hecho, la retirada de Gran Bretaña deja en pie una nueva potencia colonial, Israel, que continuará defendiendo los intereses occidentales sobre los que no ha dejado de apoyarse. Se puede también recordar que 1947, el año del plan de reparto de Palestina, es tambén el de la partición de la India tras la retirada de Gran Bretaña… Y que ya en 1917 Balfour respondía a un Montagu que le preguntaba sobre la suerte que reservaba a Palestina: “Quiero crear un pequeño Ulster”.

100 años más tarde, recordar la declaración Balfour, es recordar que los problemas no comenzaron en 1967, ni siquiera en 1948. ¿Porqué es importante para comprender las realidades actuales?

La declaración Balfour constituye un momento clave en la inscripción del sionismo en el derecho internacional, cuyas etapas posteriores serán el mandato confiado por la SDN, luego el plan de división de 1947 de la ONU. El desprecio colonial que ha presidido a estas diferentes etapas ha permitido el desenraizamiento de un pueblo y la no toma en consideración de sus derechos. Si se considera el proceso de Oslo, difunto desde hace ya casi veinte años como el último avatar de esta gestión bajo tutela, se puede constatar que los derechos elementales del pueblo palestino no han sido preservados o defendidos, ni el derecho al retorno de los refugiados garantizado por la ONU, ni el estatus de Jerusalén-Este, ni siquiera la apariencia de reparto (muy desigual) referida al precedente plan de reparto de 1947. Todo esto mientras que la colonización de los territorios ocupados en 1967 prosigue, ante la indiferencia de las mismas naciones que impulsaron la creación del hogar nacional judío, iniciado por Gran Bretaña y la declaración Balfour. Si la declaración Balfour nos recuerda algo, es que el único proceso en curso desde la promesa, renovado constantemente, es el de la colonización continua del territorio palestino. La “solución” de hoy pasa por la descolonización de Israel como régimen colonial y el reconocimiento de derechos iguales a todos los habitantes actuales de Palestina.

Publicado en Hebdo L´Anticapitaliste 403 (02/11/2017). Traducción: Faustino Eguberri para viento sur.
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¿Que tal si un extraño regalara tu casa a otra gente?

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Al cumplirse este 2 de noviembre 100 años de la Declaración Balfour, el colectivo Palestinian Return Centre (Londres) y la campaña Balfour Apology Campaign, del Reino Unido, realizaron este video de 12 minutos (subtitulado en 17 idiomas).

El relato ficcionado traza una analogía con el presente para hacer evidente la profunda arbitrariedad e injusticia cometida por el gobierno británico a través de su Canciller Lord Arthur Balfour, quien en una carta dirigida al líder sionista Lord Rothschild aprobó la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en la tierra de Palestina, ignorando al pueblo árabe nativo que la habitaba.

La Declaración Balfour fue el típico acto de un gobierno imperial disponiendo del destino de otros seres humanos sin consultar su voluntad ni tener en cuenta sus intereses. A partir de allí, Gran Bretaña autorizó, apoyó e impulsó la emigración masiva de personas judías desde Europa a Palestina, iniciando un proceso de colonización que luego en 1948 se formalizaría con la creación unilateral del Estado de Israel y el consiguiente despojo, limpieza étnica y aniquilación del pueblo palestino (la Nakba), que continúa hasta el día de hoy.

Leer también: “Los dos entierros del Señor Balfour”.

 

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Co-existencia sin co-resistencia es normalización

Telam informa sobre la marcha de Women Wage Peace en octubre de 2016:

 

María Landi


Columna publicada en el portal Desinformémonos el 29/10/17

 

El año pasado, más o menos por estas fechas, miles de personas en todo el mundo recibimos a través de las redes sociales o por Whatsapp un video muy impactante: una multitud de mujeres israelíes y palestinas vestidas de blanco marchando juntas por la paz por el desierto que rodea al Mar Muerto. El video estaba estéticamente muy bien logrado, y las imágenes –al igual que la música que las acompañaba- eran potentes y conmovedoras. Todas las amigas que lo compartieron conmigo expresaban su ilusión y esperanza ante esa buena noticia; después de décadas de sangriento conflicto, las mujeres están haciendo lo que los hombres son incapaces de hacer: traer la paz a la sufrida Tierra Santa.

Yo estaba en Cisjordania cuando tuvo lugar esa marcha. Ninguna de las mujeres que conozco participó, y tampoco hubo revuelo social o impacto mediático en torno a ella: el acontecimiento pasó sin que nadie le prestara atención, entre tantas cosas horribles que soporta a diario la gente que vive bajo la ocupación colonial israelí. Pero no necesitaba estar en Palestina para saber cuál era la naturaleza y el alcance de esa iniciativa; ya su misma estética revelaba el perfil de las protagonistas: tanta mujer rubia, tantos brazos al aire, tantas faldas, blusas y tocados new age, al igual que la música y el tono general de la marcha indicaban que su origen estaba en Israel; y si bien participaron mujeres palestinas, hablaban en hebreo, pues la gran mayoría venía de localidades que hoy pertenecen a ese Estado (es decir, palestinas con ciudadanía israelí). El hecho de que la desprestigiada Autoridad Palestina hubiera apoyado la marcha y facilitado la participación de algunas mujeres de los territorios ocupados no hizo más que confirmar mis sospechas.

Este año el evento se repitió, aunque el video no se viralizó como el año pasado. En cambio, sí me llegaron expresiones contundentes de rechazo por parte de organizaciones políticas, sociales y de mujeres palestinas, denunciando que era promovida por un flamante “Comité Palestino de Comunicación con la Sociedad Israelí”, casualmente patrocinado por la Autoridad Palestina (acusada reiteradamente por su política de ‘coordinación’ con Israel). La Unión de Comités de Mujeres Palestinas (UPWC) manifestó en un duro comunicado que la marcha “es una llamada flagrante a la normalización de la ocupación sionista a través de la instrumentalización de las mujeres. Esta actividad es un fraude desvergonzado que busca imponer por la fuerza a las mujeres palestinas la normalización con el ocupante, en clara traición a los sacrificios de nuestras mártires, prisioneras, heridas y luchadoras para liberar a nuestro pueblo de ese ocupante. Como movimiento de mujeres en Palestina ocupada, nuestra posición contra la normalización es muy clara, al igual que nuestra demanda de boicot a la ocupación en todas sus modalidades, incluidas las económicas, culturales, académicas y todas las demás formas de boicot.

¿Pero qué tiene de malo una marcha de mujeres por la paz?, se preguntaron muchas personas y mujeres bien intencionadas –incluyendo una experta en no violencia y transformación de conflictos que fue mi profesora hace dos décadas y con quien mantuve una discusión privada. ¿Por qué descalificarla, si no hace ningún daño? La respuesta más evidente es que en un contexto como el de Palestina –al igual que en otras situaciones de opresión y asimetría de poder entre dos partes– lo que obviamente se necesita no es paz sino justicia. De hecho quienes defienden y se benefician del statu quo también quieren la paz. En América Latina hace mucho tiempo que aprendimos a sospechar de los llamados a ‘la paz’ que buscan más bien poner fin a las revueltas y movimientos por el cambio, y donde muchas veces la mentada paz es la de los cementerios.

Como bien lo dijo Orly Noy, una israelí crítica de la marcha: “De hecho, las demandas del movimiento son tan poco claras que incluso Netanyahu podría unirse, si quisiera. Esas demandas se pueden resumir así: negociaciones de paz que incluyan a las mujeres. Ya está. Pero ¿qué dirán estas mujeres cuando se sienten alrededor de la mesa de negociaciones? ¿Cuáles son sus demandas? ¿Y sus líneas rojas? Es un misterio. Ni siquiera la oradora palestina −la única que vino de los territorios ocupados, concretamente de Hebrón, una ciudad que vive bajo el apartheid− mencionó una vez la palabra ocupación.(…) Ni una palabra sobre los checkpoints o las dificultades que tuvo que soportar sólo para obtener el permiso del ejército israelí para entrar a Jerusalén. ¿Ocupación? Olvídalo. Estamos hablando de conflicto, una palabra mucho más agradable y simétrica que ocupación.”

En efecto, el problema con este movimiento (Women Wage Peace) es no tanto lo que dice, sino lo que elige no decir. Debido a que incluye a todo tipo de mujeres, en el multitudinario acto de cierre de la marcha en Jerusalén habló hasta una colona judía que vive en “la bella y sangrante Samaria”; es decir, en una colonia (ilegal según el derecho internacional) ubicada en el norte de Cisjordania ocupada, en tierras robadas a las comunidades palestinas. Que una colona ocupante fuera una de las oradoras indica hasta qué punto el movimiento está dispuesto a soslayar los temas clave y a normalizar el statu quo.

Normalización

Hay dos razones importantes para criticar esta iniciativa. La primera tiene que ver con la disputa entre dos paradigmas de análisis. La narrativa dominante –impulsada por el sionismo y sus aliados– habla de un ‘conflicto’ entre dos pueblos que se disputan el mismo territorio, lo cual sugiere cierta simetría de poder y de responsabilidad entre ambos. La narrativa opuesta afirma que se trata de un proyecto colonial (surgido en Europa a fines del siglo XIX) que se propuso conquistar la tierra de Palestina y sustituir a su población nativa árabe por colonos judíos venidos de Europa y de todo el mundo; y que ese régimen tiene tres patas: la ocupación militar, la colonización territorial y el apartheid jurídico. Es una disputa similar a la que en el Cono Sur de América Latina mantenemos sobre las pasadas dictaduras: mientras algunos defienden la narrativa de la ‘guerra’ y ‘los dos demonios’, otras seguimos afirmando que se trató de terrorismo de Estado.

Es por eso que hablar de ‘conflicto’ entre israelíes y palestinos, y por consiguiente de ‘hacer la paz’ entre ambos pueblos significa igualar a ocupantes y ocupados, opresores y oprimidos. Por eso el Comité Nacional Palestino (BNC) que lidera el movimiento BDS llama ‘normalización’ a toda iniciativa de juntar a los dos pueblos a ‘dialogar’ dejando de lado esa diferencia sustancial, y más aún omitiendo en esos encuentros hablar de la ocupación colonial y el apartheid. Así, al conferir una imagen engañosa de normalidad, paridad o simetría a una relación que es patentemente anormal y asimétrica, esas actividades contribuyen a blanquear los crímenes israelíes contra el pueblo palestino.

Inspirándose en la lucha anti-apartheid de Sudáfrica, la primera conferencia nacional del movimiento BDS realizada en Palestina (2007) definió los lineamientos para orientar a quienes adhieren a la campaña de boicot y –como señaló Haidar Eid, académico de Gaza y miembro del BNC– para contrarrestar 14 años (hoy 25) de la ‘industria de la paz’ y su cultura de normalización: “Catorce años de “negociaciones” entre las dos partes ofuscaron la línea que separa a los colonizadores de los colonizados, haciéndolos parecer igualmente responsables del “conflicto”. Así, el sistema de opresión múltiple de Israel es decir, ocupación, colonización y apartheid quedaba reducido a un “conflicto”. Esto, para la sociedad civil palestina, es intelectualmente deshonesto y moralmente reprensible, y cualquier proyecto que los promueva debería ser boicoteado”.

El BNC no obstante aclara que no se trata de rechazar cualquier forma de relación o acción conjunta entre palestinas e israelíes, sino aquellas que no se centran en exponer y resistir la ocupación israelí y todas las formas de discriminación y opresión contra el pueblo palestino. Para que dicha relación no sea normalización, el lado israelí debe apoyar íntegramente los derechos del pueblo palestino reconocidos en el Derecho Internacional, y luchar junto a él por conquistar sus plenos derechos. Las iniciativas de “diálogo” y “reconciliación” que pretenden anteponer la coexistencia a la lucha por la justicia terminan siendo funcionales al statu quo –independientemente de las intenciones de sus participantes.

La industria de la paz

En segundo lugar, este genérico llamado de las mujeres a retomar el proceso de paz parece desconocer (ingenua o deliberadamente) el contexto y los antecedentes de su ‘estrategia’. Citando de nuevo a Orly Noy: “Hay algo simplista, incluso infantil, en hablar de “negociaciones” y exigir un “acuerdo de paz” un cuarto de siglo después del fracaso de los Acuerdos de Oslo. ¿Exigir negociaciones? Al contrario: a Israel le encantaría entrar de nuevo en otra ronda interminable de conversaciones que evite la presión internacional y le permita continuar despojando al pueblo palestino, como en todas las rondas de negociaciones anteriores. Estas mujeres quieren saltar a ese vacío, llenándolo con muchas palabras emocionales y un intento desesperado por crear cierta simetría entre israelíes y palestinos.”

Por último, hay una razón más primaria o subjetiva: quienes conocemos de primera mano la violencia perversa de Israel no podemos evitar sentir un rechazo visceral ante esa imagen idílica de las mujeres cantando vestidas de blanco, en insultante contraste con la brutalidad cotidiana que el régimen impone sobre la población palestina. Ellas parecen marchar –inmersas en una burbuja de ‘buenismo’– a través de una tierra mancillada y salpicada por todas partes por colonias ilegales y soldados y puestos de control militar, como si no los vieran.

Me recordó cuando hace unos meses un grupo de israelíes bienintencionadas lanzaron hacia el cielo de Gaza balones de papel iluminados con velas, como gesto de solidaridad con el sufrimiento que el bloqueo causa a la población de la Franja, sumida en la oscuridad y con solo tres horas de electricidad al día. Lo primero que una piensa es: ¿es todo lo que se les ocurre hacer para poner fin al bloqueo? ¿Qué creen que sentirá la desesperada población de Gaza cuando vea los bonitos balones en el cielo, que no les sirven para hacer funcionar su central eléctrica ni sus generadores, sus incubadoras ni sus salas quirúrgicas, sus plantas potabilizadoras ni de saneamiento? ¿Por qué no se organizan para enfrentar en serio las políticas brutales de su gobierno, en vez de mandar mensajes sentimentales e inútiles al otro lado de la valla?

Las mujeres que marchan de blanco pidiendo ‘dialogar’ deberían recordar que un cuarto de siglo de estériles ‘negociaciones’ y ‘proceso de paz’ sólo han servido para afianzar la colonización, y le han dado tiempo a Israel para seguir creando ‘hechos consumados’ cada vez más irreversibles. En estos 25 años, la población colona se triplicó en el territorio ocupado; y no tiene ninguna intención de abandonarlo.

Por eso se necesita –dentro y fuera de Palestina- un vigoroso movimiento de boicot, desinversión y sanciones que presione a Israel y le haga pagar un precio cada vez más alto por mantener el statu quo. Las feministas israelíes que integran la Coalición de Mujeres por la Paz lo entendieron hace ya muchos años, y por eso están trabajando en esa dirección. Entre otras cosas, en 2007 ellas crearon el proyecto “Who profits?” (¿Quién lucra?), hoy un centro de investigación independiente que difunde información sobre las corporaciones involucradas en la industria de la ocupación israelí –una valiosa herramienta para orientar las campañas de boicot.

Para decirlo con palabras del activista palestino Maath Musleh: “La única relación normal posible entre quienes pertenecen al grupo oprimido y quienes pertenecen al grupo opresor es la co-resistencia, no la co-existencia. La coexistencia sólo podrá darse éticamente hablando después de poner fin a la opresión, cuando ambas partes gocen de iguales derechos”.

 

EFE informa sobre la marcha de Women Wage Peace en octubre de 2017.
Leer también en este blog: ¿Cómo pueden las mujeres ‘actuar por la paz’ sin hablar de la ocupación?
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Las verdaderas razones por las que Trump abandona la UNESCO

 

Trump y Netanyahu. (Foto tomada del sitio Mondoweiss).


Jonathan Cook* 

 

A primera vista, la decisión tomada la semana pasada por el gobierno de Trump, seguida inmediatamente por Israel, de abandonar la agencia cultural de Naciones Unidas parece extraña. ¿Por qué penalizar a un organismo que fomenta el agua potable, la alfabetización, la preservación del patrimonio y los derechos de las mujeres?

La afirmación de Washington de que la UNESCO tiene prejuicios contra Israel oscurece los verdaderos ‘crímenes’ que la agencia ha cometido a los ojos de Estados Unidos.

El primero es que en 2011 la UNESCO se convirtió en el primer organismo de la ONU en aceptar a Palestina como miembro. Eso colocó al pueblo palestino en camino para mejorar su estatus en la Asamblea General un año después.

Cabría recordar que cuando en 1993 Israel y la OLP firmaron los Acuerdos de Oslo sobre el césped de la Casa Blanca, el mundo asumió que el objetivo último era crear un Estado palestino.

Pero parece que la mayoría de los políticos estadounidenses nunca recibieron ese memo. Bajo la presión de los poderosos lobistas de Israel, el Congreso de EE.UU. aprobó apresuradamente legislación para obstruir el proceso de paz. Una de esas leyes obliga a EE.UU. a cancelar la financiación a cualquier organismo de la ONU que admita a Palestina.

El segundo crimen del organismo tiene que ver con su rol en seleccionar los lugares de patrimonio de la humanidad. Ese poder ha demostrado ser más que irritante para Israel y los EE.UU.

Los territorios ocupados −supuestamente el lugar de un futuro Estado palestino− están llenos de tales sitios. Las reliquias helenísticas, romanas, judías, cristianas y musulmanas no sólo son una promesa de recompensas económicas derivadas del turismo, sino también la posibilidad de controlar la narrativa histórica.

Los arqueólogos israelíes –que en la práctica son el ala científica de la ocupación− están interesados fundamentalmente en excavar, preservar y destacar las capas judías del pasado de la Tierra Santa. Esos vínculos con el pasado han sido utilizados para justificar la expulsión de la población palestina y para construir colonias judías.

La UNESCO, por el contrario, valora todo el patrimonio de la región, y se propone proteger los derechos de las y los palestinos vivos, no sólo las ruinas de civilizaciones muertas hace tiempo.

En ninguna parte la diferencia entre ambas agendas ha resultado ser más intensa que en la ciudad ocupada de Hebrón, donde decenas de miles de palestinos/as viven bajo la bota de unos cientos de colonos judíos y los soldados que los cuidan. En julio, la UNESCO enfureció a Israel y a EE. UU. nombrando a Hebrón como uno de los pocos sitios de patrimonio de la humanidad “amenazados”. Israel calificó a la resolución de “historia inventada”.

El tercer delito es la prioridad que la UNESCO da al nombre palestino de los sitios patrimoniales que se encuentran bajo la ocupación beligerante israelí. Según lo entiende Israel, mucho tiene que ver con cómo se identifican los sitios. Los nombres influyen en la memoria colectiva, dando significado y sentido a esos lugares.

El historiador israelí Ilan Pappé acuñó el término “memoricidio” para referirse a la política israelí de borrar los rastros del pasado palestino, después de haber despojado a ese pueblo de las cuatro quintas partes de su tierra natal en 1948 −lo que los palestinos denominan su nakba o catástrofe.

Israel hizo algo más que arrasar 500 ciudades y pueblos palestinos: en su lugar, implantó nuevas comunidades judías con nombres hebraizados destinados a usurpar los antiguos nombres árabes. Saffuriya se convirtió en Tzipori; Hittin fue suplantado por Hittim; Muyjadil se transformó en Migdal.

Un proceso similar de lo que Israel llama “judaización” está en marcha en los territorios ocupados. Los colonos de Beitar Illit amenazan a la población palestina de Battir. Cerca de allí, las y los palestinos de Susiya han sido desalojados por una colonia judía que lleva el mismo nombre.

Las apuestas son más altas en Jerusalén. La gran plaza del Muro de las Lamentaciones –ubicada debajo del complejo de la mezquita de Al Aqsa− fue creada en 1967, después de que más de 1.000 personas palestinas fueran desalojadas y su barrio (el Magrebí) fuera demolido. Millones de visitantes cada año deambulan por la plaza, ajenos a ese acto de limpieza étnica.

Los colonos, ayudados por el Estado de Israel, continúan cercando lugares cristianos y musulmanes con la esperanza de apoderarse de ellos.

Ese es el contexto de los informes recientes de la UNESCO que subrayan las amenazas a la Ciudad Vieja de Jerusalén, incluida la negativa de Israel a permitir que la mayoría del pueblo palestino ejerza su derecho a rezar en su sagrada mezquita de Al Aqsa.

Israel ha presionado para que Jerusalén sea eliminada de la lista de sitios patrimoniales en peligro de extinción. Junto a EE.UU., ha desatado un frenesí de indignación moral, reprendiendo a la UNESCO por no priorizar los nombres hebreos utilizados por las autoridades de ocupación.

La responsabilidad de la UNESCO, sin embargo, no es salvaguardar a la ocupación ni reforzar los esfuerzos de judaización que lleva a cabo Israel. Está allí para respaldar el Derecho Internacional y evitar que Israel haga desaparecer al pueblo palestino.

La decisión de Trump de abandonar la UNESCO está lejos de ser solo suya. Sus predecesores han estado peleando con el organismo desde la década del Setenta, a menudo por su negativa a ceder a la presión israelí.

Ahora Washington tiene una apremiante razón adicional para castigar a la UNESCO por permitir que Palestina se convierta en miembro: necesita convertir al organismo cultural en un caso ejemplarizante para disuadir a otras agencias de seguir sus pasos.

La falsa indignación de Trump ante la UNESCO, y su desprecio hacia los importantes programas globales del organismo, sirven como un recordatorio de que Estados Unidos no es un “intermediario honesto” para forjar la paz en Oriente Medio. Más bien es el mayor obstáculo para alcanzarla.

 

*Jonathan Cook es un premiado periodista británico residente en Nazaret. Visita aquí su blog.
Publicado el 17 de octubre en Mondoweiss. Traducción: María Landi.
Publicado en Apartheid, autodeterminación, Derecho Internacional, Hebrón/Al-Khalil, Israel, Jerusalén Este, Resoluciones de la ONU | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario