Elogio fúnebre de un criminal de guerra y un Nobel de Química incómodo: el pánico israelí al movimiento no violento BDS

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Mentiras sionistas

NobelQuímica2018 George Smith, premio Nobel de Química 2018

Hace dos semanas el científico estadounidense George Smith recibió el Premio Nobel de Química. Fuera del ámbito académico, el hecho habría pasado desapercibido (¿quién recuerda de memoria al ganador del Nobel de Química del año pasado?) de no ser por un pequeño detalle: Smith está casado con una mujer judía, pertenece a la asociación Voz Judía por la Paz, y es un prominente activista del movimiento no violento de Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel (BDS).

En la prensa israelí saltaron unas cuantas alarmas, y la figura de Smith ha sido objeto de análisis, no por su trayectoria científica, si no por su activismo político. El diario insignia de la derecha supremacista judía en Israel, The Jerusalem Post, se apresuró, el mismo día en que se conoció el fallo de la Academia, a criminalizar a Smith por su postura supuestamente anti-israelí

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Los papeles secretos de Sabra y Chatila


Jeremy Salt*

 

Si los falangistas ultraderechistas del Líbano fueron los ejecutores directos de las masacres de Sabra y Chatila, el ejército israelí al mando de Ariel Sharon fue el coordinador y organizador de la matanza.

 

 

Sabra y Chatila, en septiembre de 1982, es una de las peores atrocidades de la historia moderna. Hasta 3.500 palestinos fueron masacrados cuando los falangistas aliados de Israel cayeron sobre los dos campos de refugiados palestinos de Beirut en septiembre de 1982. Israel intentó echar la culpa a los falangistas. “Los gentiles matan a los gentiles y vienen a culpar a los judíos”, se quejó el primer ministro de Israel, Menájem Beguin. Lo cierto es que Israel comandó y controló toda la operación. El castigo impuesto por la comisión de investigación de Kahan fue irrisorio. Ariel Sharon, el “ministro de defensa” israelí, fue degradado pero permaneció en el gobierno, después de que Beguin se negara a despedirlo. A pesar de su propia complicidad, Beguin no fue castigado y tampoco lo fue ninguno de los políticos que habían acordado que había que “limpiar” los campos. La opinión mundial estaba indignada, pero ni siquiera este terrible acontecimiento fue suficiente para que Israel rindiera cuentas. Israel, sin restricciones, sigue siendo libre de matar a su antojo.

Unos documentos secretos de la Comisión Kahan ha salido recientemente a la luz. (Ver Rashid Khalidi, “The Sabra and Shatila Massacres: New Evidence”, Palestine Square, Institute of Palestine Studies, 25 de septiembre de 2018). Los hechos básicos están bien establecidos, por lo que el interés radica en lo que estos documentos nos dicen sobre la interacción entre los israelíes y los falangistas, y por qué, en última instancia, Sabra y Chatila fueron atacados.

Ya antes de 1948 los sionistas se habían propuesto convertir el Líbano en un estado satélite, aprovechando los temores de la comunidad cristiana maronita del país. En 1958, el Líbano sufrió su segunda guerra civil (después del conflicto druso-maronita de 1860). Esta guerra formaba parte de un drama regional que incluía el antinaserismo, el anticomunismo, el derrocamiento de la monarquía en Irak y un intento de golpe de estado planeado en Jordania. Ningún acontecimiento en el Líbano es simplemente interno, pero mientras que “Occidente” e Israel tenían un gran interés en lo que sucedió en 1958, la guerra se desarrolló en gran medida como causa y efecto entre facciones internas. Para cuando Estados Unidos intervino, enviando la Sexta Flota y desembarcando marines en las playas de Beirut, estas facciones habían resuelto sus diferencias, al menos momentáneamente.

En 1968, en un contexto de resistencia palestina del sur del Líbano, Israel destruyó 13 aviones comerciales que se encontraban en la pista del aeropuerto internacional de Beirut. Se le advirtió al Líbano que controlara a los palestinos, o de lo contrario…. Por supuesto, dada su naturaleza altamente sectaria, el Líbano no puede controlar a los palestinos.

En abril de 1973, los israelíes se infiltraron en el oeste de Beirut desde el mar y mataron a cuatro destacadas personalidades políticas y culturales palestinas, y en 1975 el país estaba al borde del colapso. El 13 de abril se produjo un tiroteo en una iglesia maronita en el este de Beirut. Entre los muertos había miembros del Kataeb, la Falange libanesa, un partido fundado según el modelo español en la década de 1930. Los pistoleros falangistas respondieron disparando a un autobús lleno de palestinos. La guerra estaba en marcha.

Israel ya estaba pringado con los falangistas, pues quería que el caos en el Líbano terminara con la derrota de los palestinos y la destrucción de sus instituciones, así que es muy probable que el tiroteo de la iglesia fuera una provocación deliberada de Israel. Los papeles secretos de la Comisión Kahan revelan que en 1975 Israel estaba celebrando reuniones secretas con líderes falangistas, con el objetivo de coordinarse política y militarmente. Con ese fin, Israel les dio a los falangistas 118,5 millones de dólares en ayuda militar (esta es la cifra dada en el documento de la Comisión Kahan, la cifra real posiblemente fue mucho mayor) y entrenó a cientos de sus combatientes, como preparación para la guerra que Israel quería que lanzaran los falangistas.

Israel mantuvo su relación con los falangistas durante la guerra civil. En 1982 existía una “alianza en principio”, como se describe en los documentos del anexo de la Comisión Kahan. Entrenado en Israel de acuerdo con las normas militares israelíes, independientemente de cómo se entienda esto, Tel Aviv confiaba en que el duro falangista Bachir Gemayel, la figura dominante en las Fuerzas Libanesas (FL), hubiera pasado “de ser el líder emocional de una banda, llena de odio, a ser un líder político relativamente prudente y cauteloso”. Sin duda, así fue como Gemayel se presentó en las reuniones con los israelíes, pero sus acciones en el pasado y en el futuro indicaban que estaba ocultando la brutalidad que todavía se escondía en su interior.

En enero de 1976, las FL atacaron el barrio marginal del puerto de Karantina en Beirut, matando al menos a 1.000 combatientes y civiles palestinos. En junio, los falangistas, junto con otras facciones de las FL, incluidos los Tigres Libaneses de la familia Chamoun y los Guardianes de los Cedros, asediaron el campamento palestino de Tal al Zaatar. Su equipo militar incluía tanques y carros blindados estadounidenses. El campamento resistió 35 días antes de ser invadido. Unas 3.000 personas civiles palestinas fueron asesinadas.

 

Los documentos de la Comisión Kahan incluyen un interesante intercambio entre Ariel Sharon y Simón Peres, ministro de defensa en 1976, quien le preguntó a Sharon si un oficial del ejército israelí le había advertido que no enviara a los falangistas a Sabra y Chatila. Sharon respondió que el mismo gobierno de Tel Aviv (el de Rabin de 1976, del que formaba parte Peres) había establecido la relación con los falangistas y la mantuvo incluso después de la masacre de Tal al Zaatar:

Usted [Peres] habló de la imagen moral del gobierno. Después de Tal al Zaatar, señor Peres, usted no tiene el monopolio de la moral. Nosotros no le acusamos, usted nos ha acusado. El mismo principio moral que se planteó en el incidente de Tal al Zaatar sigue existiendo. Los falangistas asesinaron en Chatila y los falangistas asesinaron en Tal Zaatar. El vínculo es moral: ¿deberíamos pringarnos con los falangistas o no? Usted los apoyó y continuó haciéndolo después de Tal Zaatar. Sr. Rabin y Sr. Peres, no había oficiales de las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] en Chatila, de la misma manera que no estuvieron en Tal Zaatar.

Lo que no se dice es que Israel tenía una “oficina de enlace” en Tal al Zaatar, aunque sea cierto que no hubo oficiales de las FDI en el interior del campo.

“De gran estatura”

El estribillo repetido constantemente por el personal de inteligencia y militar israelí en 1982 fue que nadie esperaba que los falangistas se comportaran tan mal. Eran gente de gran nivel, gente de calidad, “hombres de una estatura personal mucho más alta que la común entre los árabes”, según las declaraciones hechas a la Comisión Kahan.

Estas son las palabras de Ariel Sharon:

Interrogué a los comandantes libaneses [todos los “comandantes” libaneses operaban bajo el mando directo israelí]. Les pregunté, ¿por qué lo han hecho? Me miraron a los ojos, como yo le miro a usted y sus ojos no se movieron. Dijeron: “Nosotros no hicimos eso, no fuimos nosotros”. No estoy hablando de vagos, estamos hablando de personas que son ingenieros y abogados, de toda la élite joven, de una intelectualidad, y me miraban a los ojos y decían: “nosotros no lo hicimos”.

De hecho, no sólo durante la larga guerra civil, sino a lo largo de su invasión del Líbano en 1982, Israel tuvo abundantes pruebas de la brutalidad de los falangistas, no sólo en la masacre de musulmanes capturados en los puestos de control o de drusos en las montañas, sino también en las declaraciones de los líderes falangistas. El 12 de septiembre, dos días antes de ser asesinado, Bachir Gemayel le dijo a Sharon que debían crearse las condiciones para que los palestinos abandonaran el Líbano.

En la misma reunión se descubrió que los israelíes tenían pruebas de que, “como consecuencia de las actividades de Elie Hobeika”, 1.200 personas habían “desaparecido”. Hobeika, un falangista de alto rango y extremadamente brutal, implicado en el intento de la CIA en 1985 de asesinar al líder espiritual chiíta, el jeque Mohamed Husein Fadlalá, fue asesinado en 2002 poco después de que anunciara que estaba dispuesto a testificar ante un tribunal belga sobre el papel de Sharon en las masacres de Sabra y Chatila. Su coche explotó y su cabeza cayó en el balcón de un apartamento cercano.

El 8 de julio, Gemayel habló de su deseo de derribar los campos palestinos del sur del Líbano. En una reunión posterior, Sharon le preguntó: “¿Qué harías con los campos de refugiados?”. Él contestó: “Estamos planeando un zoológico de verdad”.

Un coronel de las FDI dio pruebas a la Comisión Kahan de que era “posible deducir de los contactos con los líderes falangistas” cuáles eran sus intenciones. Si Sabra se convirtiera en un zoológico, el destino de Chatila sería un estacionamiento.

 

Ariel Sharon en una visita a las unidades del ejército israelí que invadieron el Líbano en 1982.

El coronel de las FDI habló de las masacres de aldeanos drusos perpetradas por Elie Hobeika y sus hombres. Un documento fechado el 23 de junio se refiere a que “unas 500 personas” detenidas por cristianos en Beirut han sido “aniquiladas”. Nahum Admoni, jefe del Mossad, que conocía bien a Gemayel y se había reunido con él con frecuencia en 1974 y 1975, dijo que “cuando hablaba de cambio demográfico, siempre lo hacía en términos de muerte y eliminación. Este era su estilo instintivo”. El “cambio demográfico” se refería a la preocupación de Gemayel por el tamaño de la población chiíta del Líbano y su elevada tasa de natalidad en comparación con los cristianos. Para resolver este problema, dijo Gemayel, “serán necesarios varios Deir Yasins”.

Al referirse a las brutales palabras de Gemayel, Admoni dijo que “al mismo tiempo era un hombre político y, como tal, tenía un proceso de pensamiento extremadamente cauteloso y evitaba participar en diversas actividades bélicas”. Las pruebas no confirman la última parte de esta afirmación, ya que Gemayel tenía un largo historial, incluso antes de 1982, de participación en “actividades bélicas” extremadamente brutales.

La violencia imperante durante la invasión israelí del Líbano se extendía desde los falangistas, en un extremo del espectro, hasta la violencia desmedida de Ariel Sharon, que incluía las masacres de civiles en Gaza y Cisjordania, en el otro extremo. Los dos extremos se encontraron en el centro en Sabra y Chatila y el resultado fue previsiblemente catastrófico.

“Totalmente servil”

Lo que hay que reafirmar es que la “limpieza” o “peinado” de Sabra y Chatila fue planeada, coordinada y comandada por el ejército israelí. No fue una operación falangista en la que Israel desempeñara un papel de supervisión poco estricto. Fue una operación israelí, en la que participaron las agencias de inteligencia y que fue aprobada por el gobierno israelí. Los falangistas fueron entrenados y armados por Israel y los comandantes de las FL estaban “totalmente subordinados” al comandante de la fuerza israelí enviada a los campos, la 96ª división. A los falangistas se les dijo cuándo entrar en los campos y cuándo salir. Los israelíes iluminaron los campos por la noche con bengalas para que los falangistas pudieran ver lo que estaban haciendo (o a quién estaban matando) y estaban dispuestos para proporcionar asistencia médica a los heridos e intervenir si se metían en problemas.

Toda suposición de que Menahem Beguin, el primer ministro israelí, no tenía idea de lo que estaba ocurriendo hasta una etapa posterior tiene que ser descartada. Como comentó Sharon en una reunión del gabinete el 12 de agosto, “decir que hablo con el Primer Ministro cinco veces al día sería quedarse corto”.

Israel había acordado en negociaciones con los estadounidenses no entrar en Beirut occidental. El asesinato de Bachir Gemayel el 14 de septiembre precipitó la invasión de Beirut al día siguiente, la toma de posiciones clave y el cerco de Sabra y Chatila, según un plan bien preparado. Los falangistas entraron en los campos la tarde del 16 de septiembre por órdenes israelíes, y no se retiraron hasta el 18 de septiembre, de nuevo por órdenes israelíes.

No había “terroristas” en los campos, por no hablar de los 2.500 que Sharon afirmaba que habían quedado atrás tras la retirada de la OLP de Beirut en agosto. Sólo había civiles, y no hubo resistencia armada por parte de ellos. Los falangistas hacían su trabajo en silencio, sobre todo con cuchillos, para que la siguiente víctima no se enterara de la suerte de la anterior hasta que fuera demasiado tarde (muchas de las personas muertas eran mujeres y niños, e incluso los animales del campo fueron masacrados).

La oficina de enlace falangista se estableció en la sede de la 96ª división israelí, donde las escuchas a escondidas arrojaron “pruebas importantes” no especificadas, según el anexo de la Comisión Kahan. Se mantuvo la interceptación electrónica profesional de la red de comunicaciones falangistas dentro de los campos, además de la interceptación “improvisada” de las conversaciones dentro del cuartel general de la 96ª división. Según el citado anexo, el oficial de enlace falangista informó a varios oficiales sobre unos “sucesos anormales” en los campos sólo unas pocas horas después de que los falangistas entraran en ellos.

Claramente, las declaraciones de los servicios de inteligencia y del personal militar según las cuales no sabían lo que estaba ocurriendo, o no lo supieron hasta que fue demasiado tarde, no pueden ser tomadas al pie de la letra. No hubo disparos desde los campos y no hubo resistencia como cabría esperar de unos “terroristas” armados. En este silencio mortal, sin disparos y sin la más mínima señal o sonido de combate armado, ¿pensaron realmente los israelíes que los falangistas sólo estaban matando a hombres armados? Además, Sharon había dejado claro que quería desmantelar todos los campos palestinos y dispersar a sus habitantes. Una figura cruel y brutal era perfectamente capaz de hacerlo. ¿Qué podría hacer que la población civil palestina huyera sino un Deir Yasin aún más monstruoso? Puede que haya muchas más pruebas al respecto, tanto textuales como gráficas, que no hayan llegado ni siquiera a estos documentos secretos.

 

Milicias cristianas maronitas del Líbano saludando al estilo fascista. El fundador de la Falange libanesa, Pierre Gemayel, era admirador de Hitler, pero eso no impidió que el ejército sionista se aliara con ellos en Sabra y Chatila para masacrar palestinos/as.

Sharon insultó y degradó libremente a los dos principales representantes de Estados Unidos en Beirut, el embajador Morris Draper, a quien acusó de insolencia cuando pidió a Israel que se retirara del oeste de Beirut, y al enviado especial del presidente Reagan, Philip Habib. “¿Fui claro?”, “No te quejes todo el tiempo” y “Estoy harto de esto” son ejemplos de su agresividad cuando estuvo en su presencia. Como ya dijo de los estadounidenses en otra ocasión, “los odio”.

Ciudades fantasmas

Este mentiroso impenitente afirmó que no había civiles en los campos. “Quiero que sepan que Burch Barachneh y sus alrededores, así como la zona de Chatila y otros lugares similares son ciudades fantasmas”, insistió, según los papeles secretos de la Comisión Kahan. En agosto, cuando el bombardeo aéreo y terrestre de Beirut se acercaba a su punto álgido, dijo al gabinete que “no estamos atacando la zona donde reside la población sunita libanesa”. El 18 de agosto volvió a mentir: “Hoy no hay nadie viviendo en los campos de refugiados. Sólo los terroristas permanecen en ellos. Ahí es donde mantienen sus posiciones, en los campos de refugiados. Allí es donde se encontraban sus posiciones, búnkeres y cuarteles generales; todos los civiles habían huido”. De hecho, los campos estaban repletos de civiles que no tenían adónde ir, mientras que en el oeste de Beirut, miles de musulmanes sunitas, cristianos y todos los que vivían allí estaban siendo asesinados en ataques aéreos.

Al mismo tiempo, Sharon tuvo el extraordinario descaro de presentarse como una especie de salvador de la población civil. Después de entrar en Beirut Oeste comentó que “en realidad, no buscamos los elogios de nadie, pero si los elogios fueran necesarios, entonces serían para nosotros, ya que salvamos a Beirut de la anarquía total”. El 21 de septiembre, pocos días después de las masacres de Sabra y Chatila, dijo al gabinete: “Evitamos un baño de sangre”. De hecho, la invasión había sido un baño de sangre desde el principio. A finales de año, unas 19.000 personas habían sido asesinadas, casi todas ellas civiles palestinos o libaneses.

Dos asuntos ocupan numerosas páginas en el anexo del informe Kahan. Uno es la velocidad con la que el ejército israelí se trasladó al oeste de Beirut tras el asesinato de Bachir Gemayel. La razón fue que el asesinato “amenazó con derribar toda la estructura política y socavar un plan militar elaborado a lo largo de los años y en preparación durante largos meses”. Después de haber prometido pleno apoyo, Gemayel finalmente se negó a enviar a los falangistas al oeste de Beirut y, una vez muerto, los israelíes temieron que su invasión fuera a fracasar en el momento crítico. Sin nadie que los detuviera, los imaginarios “terroristas” de Sharon serían libres para reconstruir su infraestructura.

“El valor supremo”

El otro asunto trata de las razones por las que Israel no envió sus propias tropas a los campos. Como se expresa en los documentos de la Comisión Kahan, “la naturaleza esperada de los combates en los campos no despertó mucho entusiasmo por el despliegue de las FDI”. Habría combates difíciles “que podrían resultar en un gran derramamiento de sangre en una zona densamente poblada, donde los terroristas que deben ser localizados se disfrazan de civiles en un ambiente hostil”. Tal acción implicaría un gran número de bajas y el ejército israelí no quería involucrarse “en un movimiento militar tan desagradable pero necesario”.

El despliegue de los falangistas, en cambio, causó un “gran alivio” a los militares: el “valor supremo” que gobernó la decisión fue el deseo de no causar bajas en las filas militares israelíes. Por lo tanto, los protegidos de Israel fueron enviados para hacer el trabajo sucio.

Después de ser elegido presidente, cuando se encontró en una situación delicada en el mes de agosto, Bachir Gemayel había demostrado que se daba cuenta de que tendría que actuar como tal, lo que significaba anteponer el consenso libanés a la alianza con Israel. Tendría que trabajar con los suníes y los chiíes y reparar las relaciones fracturadas con otras facciones maronitas. Tendría que tener en cuenta los intereses de los estados árabes. No podía ser simultáneamente presidente del Líbano y presidente de Israel. Como figura falangista de alto rango, Antun Fattal comentó a Morris Draper el 13 de diciembre de 1982: “Nuestra economía depende del mundo árabe y no podemos sacrificarla por un tratado de paz [como exige Israel]”.

El 14 de diciembre, el sucesor de Gemayel, y hermano menor, Amin, pidió a Israel que cesara toda relación con el Líbano, diciendo que tenía la intención de anunciar en la ONU que el Líbano estaba ocupado por Israel. Al igual que Bachir, sabía que tenía que respetar el consenso libanés. A finales de 1982, Israel había demostrado hasta la saciedad que simplemente no entendía al Líbano. Todo lo que sabía hacer era fuerza bruta. La invasión, ciertamente, logró cambiar la situación geopolítica estratégica, pero no para beneficio de Israel. Sí, la OLP se fue, pero sólo para que Hezbolá ocupara su lugar. En 2000, Hezbolá había expulsado a Israel del sur ocupado, en 2006 volvió a frenar a Israel y en 2018 tiene misiles que pueden causar daños sin precedentes a Israel si los sionistas vuelven a entrar en guerra. El país que Israel considera el eslabón más débil de la cadena árabe ha resultado ser uno de los más duros.

 


*Jeremy Salt ha enseñado en la Universidad de Melbourne, en la Universidad de Bósforo (Estambul) y en la Universidad de Bilkent (Ankara), especializándose en la historia moderna de Oriente Medio. Su libro más reciente es The Unmaking of the Middle East. A History of Western Disorder in Arab Lands (University of California Press, Berkeley, 2008.)
Traducción: Javier Villate (@bouleusis). Publicado en Diferencias.

 

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Un cuarto de siglo perdido

A 25 años de los Acuerdos de Oslo

 

 

Cómo Oslo nos ha aislado de la lucha de liberación, por Abir Kopty

Los Acuerdos de Oslo, una excusa para llevar a cabo crímenes de guerra, por Diana Buttu

La intención de Israel en Oslo nunca contempló la paz ni un estado palestino, por Amira Hass

La era de Oslo finalmente ha terminado, pero a partir de aquí sólo se pone peor, por Michael Schaeffer Omer-Man  

Camp David creó Oslo y acabó con la lucha palestina, por Ahmed Abu Artema

De las ruinas de Oslo puede nacer un Estado democrático para todos sus ciudadanos y ciudadanas, por Awad Abdelfattah

El problema de Oslo es que sigue vigente, por Jamal Juma

La ayuda como instrumento de anulación de los palestinos: recuperemos el control, por Alaa Tartir

El engaño de los dos Estados, por Marcelo Svirsky

 

El precio de Oslo“, documental realizado por la cineasta Rawan Damen para Al Jazeera en 2013, al cumplirse 20 años de los Acuerdos. (En dos partes, en inglés).

 

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Israel no tiene derecho a la autodefensa contra Gaza

Israel no tiene ningún derecho legal a utilizar la fuerza en Gaza, en ninguna circunstancia

 

Norman G. Finkelstein / Jamie Stern-Weiner

 

Lior Mizrahi / Getty Images

Desde que comenzaron las manifestaciones no-violentas en Gaza el 30 de marzo de 2018, la comunidad internacional ha condenado enérgicamente los ataques armados de Israel.

Una resolución de la Asamblea General de la ONU “deplora el uso de fuerza excesiva, desproporcionada e indiscriminada de las fuerzas israelíes contra civiles palestinos”, mientras que el Consejo de Derechos Humanos de la ONU denunció “el uso desproporcionado e indiscriminado de la fuerza” por parte de Israel. Después de que francotiradores israelíes mataran a Razan al Nayar, una voluntaria palestina de enfermería, desarmada, de 21 años, el coordinador especial de la ONU para el proceso de paz en Oriente Medio advirtió a Israel que “necesita calibrar su uso de la fuerza”. En un informe devastador, el Observatorio de Derechos Humanos concluyó que “el uso reiterado de fuerza letal por parte de las fuerzas israelíes en la Franja de Gaza […] contra manifestantes que no representaban una amenaza inminente para la vida puede constituir un crimen de guerra”.

Aunque estas condenas son bienvenidas, la cuestión sigue siendo si van lo suficientemente lejos. En pocas palabras, ¿tiene Israel derecho a utilizar la fuerza bajo cualquier circunstancia contra la gente de Gaza?

El debate jurídico se ha centrado en un par de cuestiones interrelacionadas:

  • ¿recurrieron los francotiradores israelíes a una fuerza “excesiva” o “desproporcionada” contra los manifestantes (como alegan los críticos) o fue la fuerza que utilizaron algo necesario para impedir que los manifestantes rompieran la valla fronteriza (como alega Israel)?

  • ¿está regida la conducta de Israel hacia las protestas de Gaza por las normas de derechos humanos (como alegan los críticos) o por el derecho internacional humanitario (como alega Israel)? El derecho internacional humanitario se aplica en situaciones de conflicto armado, mientras que las normas de derechos humanos regulan la aplicación de la legislación nacional. La diferencia es importante, ya que las normas de derechos humanos imponen limitaciones más estrictas al uso de la fuerza.

Todas las partes en estas dos controversias parten de una premisa común: que Israel tiene derecho a utilizar la fuerza para impedir que los gazatíes rompan la valla fronteriza. La disputa se limita a la cantidad de fuerza. Los críticos que denuncian el uso de fuerza “desproporcionada” o “excesiva” legitiman tácitamente el uso de la fuerza “proporcionada” o “moderada” por parte de Israel, mientras que los que insisten en la aplicabilidad de las normas de derechos humanos reconocen que el recurso de Israel a la fuerza es legítimo si los manifestantes representan una “amenaza inminente” para la vida del francotirador.

Esta presunción es sostenida incluso entre los sectores más críticos del debate sobre Gaza. El grupo israelí de derechos humanos B’Tselem condenó como “ilegal” el recurso de Israel a la fuerza letal contra personas desarmadas que “se acercan a la valla, la dañan o intentan cruzarla”. Pero admitió que “obviamente, se permite a los militares impedir tales acciones e incluso detener a las personas que intentan llevarlas a cabo”. Un destacado miembro del Observatorio de Derechos Humanos argumentó que el uso de munición real por parte de Israel era “ilegal”. Pero sugirió que “medios no letales, tales como gases lacrimógenos, agua sucia y pelotas de goma” habrían pasado la prueba de la legalidad. El Comité Internacional de la Cruz Roja advirtió a Israel de que “la fuerza letal solo puede utilizarse como último recurso y cuando sea estrictamente inevitable para proteger la vida”. Incluso las principales organizaciones palestinas de derechos humanos caracterizaron el uso de la fuerza por parte de Israel como “excesivo”, “indiscriminado” y “desproporcionado”, en lugar de denunciarlo como abiertamente ilegal.

Pero lo cierto es que Israel no puede reclamar el derecho a usar cualquier clase de fuerza en Gaza, ya sea moderada o excesiva, proporcionada o desproporcionada, ya sea que los manifestantes estén armados o desarmados, representen una amenaza inminente para la vida o no. Si se niega esto es porque se ignoran las advertencias críticas del derecho internacional y se hace abstracción de la situación específica de Gaza.


Lo que dice el derecho internacional

Para justificar el uso de la fuerza en Gaza, Israel reivindica el derecho a impedir la intrusión de extranjeros en su territorio soberano. Un experto jurista israelí ha observado que esta supuesta preocupación por la santidad de la “frontera” de Gaza es oportunamente selectiva: Israel invade Gaza a voluntad; solo cuando los palestinos intentan cruzar en la otra dirección, la valla se convierte en sacrosanta. Dejando de lado esta hipocresía, el supuesto derecho de Israel a la autodefensa carece de base legal. Por el contrario, el recurso de Israel a la fuerza contraviene el derecho internacional.

El pueblo palestino de Cisjordania, incluyendo Jerusalén Este, y Gaza está luchando por lograr su “derecho a la autodeterminación”, validado internacionalmente (por la Corte Internacional de Justicia). Como señala el eminente jurista James Crawford, el derecho internacional prohíbe el uso de la fuerza militar “por una potencia administradora para reprimir la insurrección popular generalizada en una unidad de autodeterminación”, mientras que “el uso de la fuerza por una entidad no estatal en pos del ejercicio del derecho a la autodeterminación es jurídicamente neutro, es decir, no está regulado en absoluto por el derecho internacional”.

Los manifestantes de Gaza han optado por utilizar la no-violencia en la búsqueda de sus derechos internacionalmente reconocidos, una táctica que, por supuesto, el derecho internacional tampoco prohíbe. Pero esa decisión prudencial no es un requisito legal. Incluso si los habitantes de Gaza optaran por utilizar armas contra los francotiradores israelíes que obstruyen su derecho a la libre determinación, el recurso de Israel a la fuerza militar seguiría estando legalmente prohibido.

La asignación de derechos y obligaciones en el discurso occidental corriente — que otorga, efectivamente, a Israel el derecho a utilizar la fuerza violenta en legítima defensa contra los habitantes de Gaza, mientras que obliga al pueblo de Gaza a librar sin violencia su lucha por la autodeterminación — ignora el derecho internacional.

Cabe objetar que, en la medida en que Israel es un ocupante beligerante en Gaza, tiene derecho, en virtud del Cuarto Convenio de Ginebra de 1949, a utilizar la fuerza para mantener el orden público. Esta objeción se basa en tres consideraciones.

Primera, el Cuarto Convenio de Ginebra obliga a un ocupante beligerante a mantener y garantizar el bienestar de la población ocupada. De hecho, la “protección de las personas civiles en tiempo de guerra” es la razón de ser de la convención. Sin embargo, Israel ha sometido a la población civil de Gaza a un prolongado asedio que equivale a un “castigo colectivo” ilegal, según el Comité Internacional de la Cruz Roja, y que ha hecho que Gaza sea físicamente “inhabitable”, según la ONU. El Cuarto Convenio de Ginebra no apoya el derecho de Israel a preservar el orden en Gaza, ya que viola flagrantemente su obligación complementaria de proteger el bienestar de la población civil del enclave. De hecho, el desorden que Israel dice tener que suprimir ha sido provocado directamente por el criminal bloqueo que ha impuesto en el territorio.

Segunda, aun cuando Israel fuera considerado como un ocupante beligerante en Gaza, el derecho de un pueblo a la libre determinación es una norma imperativa (ius cogens) del derecho internacional que no admite derogación. Si, como en este caso, la ley de la ocupación beligerante se superpone al derecho de autodeterminación, entonces el derecho de Gaza a la autodeterminación prevalece sobre el derecho de Israel a mantener el orden. Y si, como en este caso, la lucha por la libre determinación se libra de manera no-violenta, entonces el supuesto derecho de Israel a utilizar la fuerza armada para mantener el orden está manifiestamente infundado.

Tercera, la ocupación de Gaza por parte de Israel es ilegal y, por consiguiente, ha perdido sus derechos como ocupante beligerante. La Corte Internacional de Justicia dictaminó en 1971 que desde el momento en que Sudáfrica se negó a celebrar negociaciones de buena fe para poner fin a su ocupación de Namibia, esa ocupación se convirtió en ilegal. El hecho de que Israel se haya negado durante más de medio siglo a celebrar negociaciones de buena fe, sobre la base del derecho internacional, para retirarse de Cisjordania, incluyendo Jerusalén Este, y Gaza, ha deslegitimado su ocupación.

Hay también otra dimensión legal esencial que ha sido ignorada. Es un principio fundamental del derecho internacional que ningún estado puede recurrir a medidas enérgicas a menos que se hayan agotado todos los “medios pacíficos” (Carta de las Naciones Unidas, artículo 2). Este principio es tan sagrado para el estado de derecho como el análogo juramento hipocrático primum non nocere (primero, no hacer daño) lo es para la medicina. Lo que ha motivado las protestas palestinas ante la valla fronteriza de Gaza es el bloqueo ilegal de Israel, y su objetivo es ponerle fin. Incluso el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu lo reconoció: “Se están asfixiando económicamente y por eso decidieron estrellarse contra la valla”.

Si Israel quiere proteger su frontera, no necesita recurrir a la violencia letal ni no letal. Solo tiene que levantar el bloqueo. El equipo A del presidente Donald Trump para la diplomacia en Oriente Medio (formado por su yerno Jared Kushner, el ex abogado de quiebras David Friedman, el ex asesor jurídico de la Organización Trump Jason Greenblatt y la exgobernadora de Carolina del Sur Nikki Haley) alega, por el contrario, que es HAMAS quien “mantiene cautivos a los palestinos de Gaza” y quien es “el principal responsable […] del mantenimiento del sufrimiento del pueblo de Gaza”. Pero si ellos se tiran por el precipicio, los demás no tenemos por qué seguirles. “Israel, como potencia ocupante — señaló con autoridad la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU — , debe levantar el bloqueo, que contraviene […] el Cuarto Convenio de Ginebra, donde se prohíben los castigos colectivos, e impide la realización de una amplia gama de derechos humanos”.

HAMAS ha ofrecido sistemáticamente a Israel una tregua a largo plazo (hudna) a cambio de poner fin al bloqueo, y la ha reiterado en todas las últimas manifestaciones. El 7 de mayo, una semana antes de que Israel matara a tiros a más de sesenta manifestantes en Gaza, HAARETZ informó que “los líderes de HAMAS” habían “transmitido a Israel mensajes que indicaban su voluntad de negociar un alto el fuego a largo plazo” a cambio, entre otras cosas, de “aliviar el bloqueo”. Unos días más tarde, un veterano periodista militar israelí reveló que “HAMAS sigue enviando mensajes al sistema de defensa en el sentido de que está interesado en una hudna”. Y añadió que “HAMAS transmitió a Israel el año pasado diferentes versiones de una hudna restringida y más amplia, incluyendo no solo a Gaza sino también a Cisjordania”.

El ejército israelí se tomó en serio estas ofertas de alto el fuego: “según los servicios de inteligencia, HAMAS está dispuesto a llegar a un acuerdo”. De hecho, un alto oficial del ejército afirmó que “ahora es el momento de llegar a un acuerdo con HAMAS” y, así, “evitar nuevas rondas de combates”. Pero el gobierno de Israel no estaba interesado en ello: las “demandas y condiciones de HAMAS nunca han sido discutidas, ya que Israel se niega a hablar con HAMAS”. El rechazo de Israel a dar este paso preliminar y pacífico representa una doble violación del derecho internacional: la imposición de un bloqueo ilegal y el recurso ilegal a la fuerza armada cuando no se han agotado los medios pacíficos.

¿Un derecho a envenenar a niños?

Es un principio del derecho que no se pueden derivar derechos de actos ilegales (ex injuria non oritur ius) y es obvio que el derecho a la legítima defensa no existe en todas las situaciones. Un violador no puede reclamar el derecho a la defensa propia si la víctima le golpea. El dueño de un teatro no tiene derecho a la autodefensa si los clientes le atacan después de que él haya prendido fuego al edificio e impedido su huida. La conducta de Israel con respecto a Gaza pertenece a esta categoría de actos que anulan el derecho a la legítima defensa. Si no fuera así, equivaldría a un derecho a utilizar la fuerza militar para mantener una ocupación ilegal agravada por un bloqueo ilegal.

Se dice a menudo que Israel tiene derecho a usar la fuerza para impedir que los habitantes de Gaza traspasen su “valla fronteriza”. Esto se debe a que las disquisiciones aprendidas sobre los tecnicismos de la ley han oscurecido los intereses humanos en juego.

¿Qué es Gaza?

La estrecha franja costera es una de las zonas más densamente pobladas del planeta. Más del 70 por ciento de sus dos millones de residentes son refugiados, mientras que más de la mitad son niños menores de 18 años. Durante más de una década, Israel ha impuesto un bloqueo devastador a este trozo de tierra. El 50 por ciento de la población activa de Gaza está desempleada. El 80 por ciento depende de la ayuda alimentaria internacional. El 96 por ciento del agua del grifo está contaminada.

A comienzos de julio, Israel endureció aún más sus restricciones de los productos cuya importación a Gaza es permitida y prohibió totalmente las exportaciones. Posteriormente, bloqueó la entrada de combustible, causando una emergencia humanitaria, ya que los hospitales, desbordados [por los heridos en la frontera], tuvieron que cerrar. Según la organización israelí de derechos humanos Gisha, esta “amplia medida de castigo colectivo” constituye un retorno a “los periodos más duros del bloqueo” y equivale a una “guerra económica abierta contra la población civil de Gaza”. A esto le siguieron, a mediados de julio, ataques aéreos israelíes contra docenas de objetivos en Gaza.

 

Israel justificó el endurecimiento del bloqueo y los ataques aéreos como respuesta a las cometas inflamables que los manifestantes de Gaza lanzaron a través de la valla perimetral. Pero estas llamadas “cometas del terror” han causada una destrucción estimada en dos millones de dólares y, según fuentes militares israelíes, “no representan una amenaza inmediata o grave”. Como informó un corresponsal militar israelí, “el daño psicológico que causan los incendios a lo largo de la frontera es peor que cualquier daño real”. Por otro lado, un oficial israelí de alto rango dijo: “Todos los lloriqueos por las cometas me vuelven loco”. Y añadió: “Es todo lo contrario de lo que se oye decir a la mayoría de la gente que vive aquí […] La gente dice: nos gusta estar aquí, queremos vivir aquí, a pesar de los incendios”.

“No somos terroristas”, dijo un lanzador de cometas. “Somos una generación sin esperanza ni horizonte, que vive bajo un bloqueo asfixiante, y ese es el mensaje que estamos tratando de enviar al mundo. En Israel lloran por los campos y bosques que se quemaron. ¿Qué hay de nosotros, que morimos todos los días?”. La mayoría de los lanzadores de cometas prometen “continuar hasta que se elimine el bloqueo”.

A finales de julio se restableció parcialmente el status quo anterior, ya que Israel permitió que entrara en Gaza una pequeña cantidad de mercancías, mientras HAMAS controlaba las cometas. Pero hay una gran probabilidad de que una repetición de los acontecimientos recientes (protestas no violentas en Gaza → violentas provocaciones israelíes → represalias de HAMAS → endurecimiento del bloqueo) culmine en otra importante agresión israelí que, en palabras del ministro de defensa israelí Avigdor Lieberman, será “más dolorosa que la Operación Margen Protector”.

Cuando se produzca la nueva conflagración e Israel proclame que simplemente está defendiendo su frontera, la respuesta retóricamente correcta es que la valla que separa Gaza de Israel no es una “frontera”, de la misma forma que Gaza no es un estado. El distinguido profesor de la Universidad Hebrea Baruj Kimmerling calificó a Gaza como “campo de concentración”, mientras que el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, la calificó de “prisión al aire libre”. El consejo editorial de HAARETZ lo llamó “gueto”, THE ECONOMIST dijo que es un “montón de basura humana”, el Comité Internacional de la Cruz Roja se refirió a ese territorio como un “barco que se hunde”. Gaza es lo que el jefe de derechos humanos de la ONU llamó un “tugurio tóxico”, en el que toda una población civil está “enjaulada desde el nacimiento hasta la muerte”.

¿Tiene Israel derecho a utilizar la fuerza para encerrar al millón de niños y niñas de Gaza en un “gueto” o “tugurio tóxico”? ¿No tiene el pueblo de Gaza el derecho a liberarse de un “campo de concentración”?

¿Acaso discute alguien ahora si la Alemania nazi utilizó o no fuerza “excesiva” o “desproporcionada” para reprimir el levantamiento del gueto de Varsovia? ¿Quién se pregunta ahora si la Alemania nazi tenía “derecho a la autodefensa” contra la Organización Judía de Combate, que resistió con las armas en la mano? ¿Son siquiera concebibles estas preguntas?

Podría decirse que Gaza no es el gueto de Varsovia. Pero como reflexionó un periodista israelí que sirvió en Gaza durante la primera intifada, “el problema no está en la similitud […] sino en que no hay suficiente falta de similitud”. La Organización Mundial de la Salud ha afirmado que “más de un millón de personas en la Franja de Gaza corren el riesgo de contraer enfermedades transmitidas por el agua”, mientras que un experto israelí ha predicho que Gaza pronto será invadida por epidemias de tifus y cólera como las que diezmaron a los judíos en el gueto de Varsovia.

El objetivo principal del derecho internacional humanitario es proteger a los civiles de los estragos de la guerra. El objetivo principal de las leyes internacionales de derechos humanos es proteger la dignidad de las personas. Entonces, ¿cómo se puede utilizar cualquiera de estos cuerpos de ley para justificar el uso de la fuerza — cualquier fuerza — , que está diseñada para atrapar a los civiles en un infierno en el que están siendo degradados, atormentados y asesinados?

Si por coherencia argumental se concediera a Israel el derecho legal a usar la fuerza para impedir que el pueblo de Gaza escape de su “prisión”, esto simplemente pondría de manifiesto la profunda insuficiencia de la ley.

En su voto particular en desacuerdo con la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de 1996 sobre la legalidad de la amenaza o del uso de armas nucleares, el juez Christopher Weeramantry señaló lo irónico que resulta que, mientras que la ley condena el uso de balas dum-dum, la CIJ no condene el uso de armas nucleares. “Parecería extraño — escribió — que la expansión dentro del cuerpo de un solo soldado de una sola bala sea una crueldad excesiva que el derecho internacional no ha podido tolerar desde 1899, y que la incineración en un segundo de cien mil civiles no lo sea”. El juez Weeramantry escribió:

Cada rama del conocimiento se beneficia de un proceso de retroceso ocasional y de escrutinio objetivo de anomalías y absurdos. Si una anomalía flagrante o absurda se hace evidente y permanece incuestionada, esa disciplina corre el riesgo de ser vista como un fracaso en medio de sus propios tecnicismos.

La idea de que Israel tiene derecho a encerrar por la fuerza a un millón de niños y niñas en un espacio inhabitable es absurda. Y los abogados que debaten si Israel utilizó o no una fuerza “excesiva” para impedir que los habitantes de Gaza escaparan de su gueto se encuentran presos de tecnicismos.

“Seres humanos inocentes, la mayoría jóvenes — observó Sara Roy, del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Harvard — , están siendo envenenados lentamente por el agua que beben y, probablemente, por el suelo en el que plantan”.

La única pregunta moralmente sensata que presenta la situación en Gaza es: ¿tiene Israel derecho, en nombre de la “autodefensa”, a envenenar a un millón de niños?

Es muy triste que esta simple pregunta no solo se haya eludido, sino que ni siquiera sea visible en el debate actual.

 


Norman G. Finkelstein es autor de muchos libros sobre el conflicto entre Israel y Palestina. El más reciente es Gaza: An Inquest Into its MartyrdomJamie Stern-Weiner es editor de Moment of Truth: Tackling Israel-Palestine’s Toughest Questions.
Publicado en Jacobin el 27/7/2018. Traducido y publicado por Javier Villate en Diferencias (@bouleusis).

 

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La primera imagen de Gaza

Nunca estuve en Gaza. Pero esta imagen de la que habla Teresa Aranguren la conozco bien: a lo largo y ancho de Cisjordania, en zonas urbanas y rurales, y sobre todo en los campos de refugiados, he sido testigo y destinataria de las mejores sonrisas infantiles, y de la algarabía con que van a la escuela a través de checkpoints militares, esquivando colonos violentos o gases lacrimógenos de los soldados. Siempre impecables, siempre riendo, siempre saludando, o tomándome de la mano cuando me tocaba acompañarles en un trayecto peligroso para evitar que fueran atacadas/os por colonos o soldados violentos. Y siempre pensé, y dije, que la resistencia de sus madres estaba en esos lacitos, trenzas y brochecitos que coronan las primorosas cabecitas palestinas, y en sus delantales impolutos.
Hoy las escuelas de UNRWA están amenazadas. Los hospitales de Jerusalén Este también. El régimen sionista y su aliado estadounidense intensifican la ofensiva para aniquilar todas las formas de vida y de reproducción de la vida en Palestina. Pero sus niñas y niños siguen naciendo, yendo a la escuela, jugando sobre los escombros, riendo. Son invencibles. Y el futuro es suyo.

 

 

Teresa Aranguren

 

Mi primera imagen de Gaza es la de una fila de niñas y niños de unos cinco o seis años, tomados de la mano, ellas luciendo trenzas y coletas con lazos blancos que parecían mariposas prendidas en el pelo, y todos con sus delantales impolutos, como recién lavados. Al frente de la fila, a modo de guía del grupo, iba una niña algo mayor que el resto aunque no debía tener más de doce años. Al cruzarse con la forastera que era yo, me dedicaron un “welcome” coral entre  profusión de risas y agitar de manitas a modo de saludo. Era la hora de entrada a la escuela. La escuela de la UNRWA.

Aquella primera visita a Gaza fue a finales de los 90, durante el primer gobierno de Benjamin Netanyahu. Había cierre de territorios, lo que significaba que no se podía entrar ni salir de la Franja, a no ser que contases con autorización de las autoridades militares israelíes, como era mi caso. Y que no fueses palestino, claro.

Recuerdo la fila de camiones varados en el paso de Eretz con su carga de frutas, hortalizas y flores pudriéndose al sol. En esa época los cierres de territorio, tanto en Cisjordania como en Gaza eran constantes, los asentamientos crecían hasta el punto de duplicar el número de colonos en torno a Jerusalén y en toda Cisjordania, y el Primer Ministro israelí proclamaba a los cuatro vientos que los Acuerdos de Oslo eran papel mojado.

Gaza dejará de ser habitable para el año 2020, advierte un informe de Naciones Unidas de 2015. O lo sería si no fuera porque sus gentes, especialmente sus mujeres, consiguen que siga siendo habitable. Todos los días, los niños de Gaza (y en Gaza hay muchos, muchísimos niños) siguen yendo tomados de la mano a la escuela de la UNRWA; aunque quizás los delantales ya no estén tan impolutos y los lazos –mariposa en la cabellera de las niñas– no sean tan blancos, la escuela sigue siendo el lugar al que ningún niño de Gaza quiere faltar: ir a la escuela es el único signo de normalidad que la vida ofrece en el campo de refugiados. Y de esperanza. Y de futuro.

La mayor parte de la población de Gaza, más del 75%, son refugiadas del 48, aquellas que fueron expulsadas de sus tierras en las operaciones de limpieza étnica llevadas a cabo en los meses previos y posteriores a la creación del Estado de Israel. Y sus descendientes. En diciembre de 1948 la ONU aprobó la resolución 194, que establece el derecho de todas las personas refugiadas palestinas a regresar a sus hogares y a ser indemnizadas por las propiedades destruidas o requisadas por el recién creado Estado de Israel.

Poco después se creó la UNRWA, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos, con la misión de atender las necesidades del cerca de un millón de personas –las registradas en junio de 1949 eran ya 990.000– que se habían visto expulsadas de sus casas y de sus vidas y de la noche a la mañana se habían convertido en refugiadas.  Iba a ser una misión temporal; hasta tanto pudieran regresar a sus hogares. Pero nunca se les permitió el regreso. “Los abuelos morirán, los hijos se resignarán y los nietos habrán olvidado”: esa era la idea que muchos dirigentes sionistas manejaban entonces. La cuestión de los refugiados se disolvería con el tiempo.

Setenta años después, nadie ha olvidado. El número de refugiadas y refugiados palestinos alcanza los cinco millones repartidos en campamentos que con el tiempo pasaron a ser barrios en Gaza, Cisjordania, Jordania, Líbano y Siria. La causa de los refugiados es el corazón de la causa palestina.

Pero Donald Trump, su querido e influyente yerno Jared Kushner y por supuesto Benjamín Netanyahu, están decididos a acabar con el problema de los refugiados por el sencillo sistema de decretar que las y los refugiados dejen de existir. Algo parecido a aquello de “para acabar con los incendios forestales lo mejor es talar los árboles”, frase que maliciosamente se atribuye a George W. Bush. Lo que el presidente Trump y su “yernísimo” Jared  pretenden es cambiar la definición de refugiado palestino para que se aplique solo a quienes fueron expulsados de su tierra y no a sus descendientes; es decir, solo a quienes ya han muerto o morirán pronto. Una vía rápida para acabar con la causa palestina.

La UNRWA es un importante obstáculo para ese propósito, de ahí el brutal recorte -de 360 millones a 60 millones- en la contribución de Estados Unidos a la financiación de la agencia. Acabar con la UNRWA es el primer paso para acabar con los refugiados de Palestina. O quizás más exactamente para llevarlos a la desesperación más extrema. ¿Se quiere eso? ¿Se consentirá eso? ¿Nadie en Europa será capaz de poner freno a una política tan criminal como suicida?

Esta semana las escuelas de la UNRWA han vuelto a abrir sus puertas en los campos de refugiados de Gaza, de Belén, de Ramala, de Nablus, de Ammán, de Beirut… Pese al  esfuerzo casi heroico del  personal de la agencia, no hay garantía de que todas puedan seguir abiertas para el siguiente trimestre. “La educación es lo único que no nos pueden quitar”, me dijo hace años un refugiado palestino en Líbano. Había perdido su casa y su aldea cerca de Haifa, siendo un niño, en 1948; se había criado en el campamento de Ain–al-Helwe cerca de Sidón; había ido a la escuela de la UNRWA; y en 1982 perdió por segunda vez la casa en un bombardeo israelí. Cuando le conocí era maestro y escritor. “Podrán destruir por tercera vez mi casa, pero no lo que llevo aquí dentro”, dijo señalándose la frente.

Entre los refugiados palestinos no hay niños ni niñas sin escolarizar. Ese es un logro de la UNRWA y de las familias palestinas.  Y está en peligro.

 

Teresa Aranguren es una veterana periodista y escritora española. Publicado el 6/9/18 en eldiario.es
(editado por María Landi).

 

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El apartheid ya es oficial

Lecturas de información, análisis y opinión sobre la ley básica israelí del
Estado Nación Judío

La tan anunciada ley aprobada el 19 de julio oficializa y le otorga carácter constitucional a las leyes, políticas y prácticas de apartheid que el Estado de Israel impone sobre la población palestina desde hace 70 años. La “única democracia de Medio Oriente” muestra así su verdadero rostro: es un régimen supremacista y etnocrático (o teocrático, según cómo se quiera entender el carácter judío del Estado), en el cual solo la población de origen judío tiene derecho a la autodeterminación y a la nacionalidad. Un engendro intolerable según cualquier estándar de democracia en el siglo XXI. Ahora más que nunca se justifica la campaña mundial de boicot, desinversión y sanciones (BDS) para poner fin al único régimen de apartheid que subsiste en este siglo, tal como se hizo con el sudafricano.

Residentes de la colonia judía Beit El, instalada ilegalmente en el territorio palestino ocupado, cerca de Belén. (AP/Ariel Schalit)



Israel oficializa su versión del apartheid, por Témoris Grecko

Israel se consagra como “Estado nación judío” y desata la protesta de la minoría árabe por discriminación, por Lourdes Baeza

Un Estado judío pero no democrático, por Michel Warchawski

Palestina: en presencia de la ausencia, por Carolina Bracco

Una ley que muestra la verdad sobre Israel, por Gideon Levy

¿Qué estamos haciendo los palestinos y palestinas en la Knesset?, por Abir Kopty

Israel, ¿Estado confesional o Estado nacional-colonialista?, por Antonio Gómez Movellán

No necesito una ley que me recuerde que vivo en la desigualdad, por Yasmeen Abu Fraila

Israel consolida su régimen nacionalsionista, por Pablo Jofré Leal

Ley de separación de familias de Israel, por Michael Schaeffer Omer-Man

Por qué Israel se acerca al fascismo de Europa, por Ramzy Baroud

Read in full: Israel’s Nation State of the Jewish People Law, por Middle East Eye staff

Israel’s nation-state law: Apartheid resurrected, por Haidar Eid

Knesset’s New Nation State Law Codifies Israel as an Apartheid State, por Miko Peled

‘Jewish nation state’: How Israel enshrines apartheid into law, por Ben White

Why has Netanyahu pushed through the Jewish Nation State bill now?, por Ben White

Why calling Israel an apartheid state or racist is not anti-Semitic, por Ben White

Jewish Nation State Law Sets Legal Parameters for Complete Takeover of Historic Palestine, por Nadia Ben-Youssef

Israel’s ‘Jewish nation-state’ law a prelude to annexation, por David Sheen

 

Declaraciones de condena, rechazo o preocupación:

Comité Nacional Palestino de BDS (BNC)
Sabeel (Centro Ecuménico de Teología de la Liberación Palestina, Jerusalén).
Consejo Mundial de Iglesias
Unión Europea
IJAN (Red Internacional Judía Antisionista)
IJAN Argentina
Jewish Voice for Peace (EE.UU.)
J-Street (EE.UU.)

 

Protesta en Sudáfrica en solidaridad con la lucha palestina (AFP/ RAJESH JANTILAL).

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El equipo palestino que pudo ser y no fue

El equipo palestino que pudo ser y no fue

Los otros judíos

En el día de la final del campeonato mundial de fútbol, compartimos esta infografía que refleja algunas violaciones de los #DerechosHumanos cometidas por Israel, que han afectado directamente a jugadores palestinos.

VIOLACIONES ISRAELÍES DE LOS DERECHOS HUMANOS DESDE LA ÓPTICA DEL DEPORTE.

El fútbol es muy popular entre los palestinos, pero los abusos israelíes limitan sus posibilidades de practicarlo. VISUALIZING PALESTINE ha reunido información de 56 casos de violaciones israelíes de los derechos humanos contra futbolistas palestinos. Este cartel presenta algunos ejemplos de estos casos.

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