Mucho más que represión en la Explanada de las Mezquitas 

 

Brutal represión de la Policía israelí en el complejo de Al Aqsa. Jerusalén, 11/8/19.

 

El significado de los incidentes del 11 de agosto

 

Los musulmanes que arriesgan sus vidas para rezar en la mezquita de Al-Aqsa desempeñan un papel importante para mantener la lucha palestina por la liberación en un plano nacional más que religioso. Cuando decenas de miles de palestinos se reunieron el domingo en las mezquitas de al-Aqsa y en la plaza de afuera -a pesar de los policías con el cerebro lavado, llenos de odio, portando gran cantidad de armamento y ansiosos por usarlo- no sólo estaban defendiendo sus lugares sagrados. También defendían su existencia como pueblo en su propia tierra.  Amira Hass

 

Imaginen que en un país musulmán (o cristiano) las fuerzas de seguridad irrumpieran en la principal sinagoga (o catedral) para reprimir con gases lacrimógenos y balas de acero forradas a la población judía local (o cristiana) que está celebrando una de las principales festividades religiosas del año (Rosh Hashana, o Navidad). ¿Qué dirían los gobiernos y medios corporativos de Occidente?

El domingo 11 de agosto, mientras las comunidades musulmanas de todo el mundo celebraban la Fiesta del Sacrificio o Eid Al Adha (una de las dos más importantes en el Islam), los fieles palestinos reunidos en la mezquita de Al Aqsa eran objeto de una violenta represión por parte de la Policía israelí. Imágenes impactantes mostraron a fuerzas de ocupación israelíes atacando a manifestantes palestinos dentro y fuera del complejo de Al Aqsa y lanzando granadas de estruendo contra fieles desarmados. Los manifestantes protestaban contra la decisión de última hora de Israel de permitir la entrada de visitantes judíos a Al Aqsa durante el Eid, ya que este año el día sagrado musulmán coincidía con el feriado judío de Tisha Bav.

La mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca conforman Haram-Al-Sharif, el tercer sitio más sagrado en el Islam después de Meca y Medina. El complejo (conocido en castellano como la Explanada de las Mezquitas) está situado en el corazón de la Ciudad Vieja de Jerusalén Este, donde según las resoluciones internacionales debería estar la capital del Estado palestino. Desde la guerra de 1967, Jerusalén Este quedó bajo la ocupación ilegal israelí y ha sido anexada, colocando a la ciudad y sus emblemáticos sitios religiosos en el centro de una lucha política por la identidad, la historia y el futuro de Palestina. Según sectores religiosos judíos, en ese preciso lugar se erigía el Templo de Israel destruido por los romanos, del cual quedaría solamente la parte conocida como Muro Occidental o de las Lamentaciones. Por eso los judíos le llaman ‘el Monte del Templo’.

El statu quo desde 1967 asume que el sitio es administrado por Jordania, pero en los hechos las fuerzas israelíes controlan todo el acceso al lugar. Los enfrentamientos en Haram-Al-Sharif también han sido reiterados y periódicos. El lugar se utiliza con frecuencia como herramienta política para fomentar el fervor y el antagonismo. Fue la visita de Ariel Sharon al lugar en el año 2000, durante su campaña para convertirse en el Primer Ministro de Israel, lo que instigó la segunda intifada. En 2017 estalló la violencia cuando las fuerzas israelíes instalaron detectores de metales en la entrada de Al Aqsa, en represalia contra toda una población por un ataque contra dos policías, y el lugar fue cerrado temporalmente para la oración de los viernes.

Pero hay mucho más. En un Israel donde el nacionalismo religioso crece aceleradamente alentado desde el poder –y más en tiempos electorales−, las incursiones en la Explanada durante los días de oración o festividades musulmanas son actos de provocación y presión por parte del Movimiento del Templo, un grupo extremista que reclama recuperar la soberanía judía sobre el lugar. En efecto, como explicó el rabino y activista pro Palestina Brant Rosen, “la fiesta judía de Tisha B’Av es un día de ayuno que conmemora la destrucción del Templo de Jerusalén. Además de los cánticos del Libro de las Lamentaciones, Tisha B’Av contiene oraciones que anhelan la restauración del Templo. Pero mientras que los judíos tradicionalmente religiosos ven esta restauración mítica en el contexto de una lejana era mesiánica, hay un movimiento extremista en rápido crecimiento en Israel que ha estado pidiendo la reconstrucción literal del Templo en el Monte del Templo. El Movimiento del Templo también aboga por la destrucción de los santuarios musulmanes; un acto que sin duda resultaría en un cataclismo violento de proporciones impensables.”

Esta última provocación fue una medida calculada por parte de la extrema derecha israelí, a pocas semanas de las elecciones parlamentarias, para sesgar los votos a su favor politizando un lugar extremadamente sensible por su valor sagrado y significación simbólica. A las personas cristianas y judías solo se les permite visitar el complejo fuera de los horarios de oración, y se les prohíbe entrar en las mezquitas. Para evitar que las tensiones aumentaran, la policía israelí había prohibido originalmente a los visitantes judíos entrar en el lugar durante la doble festividad del domingo 11. Pero anticipándose a la fecha, los líderes del Movimiento del Templo presionaron fuertemente al gobierno israelí, pidiéndole que ponga fin al statu quo y les permita rezar en el lugar (lo cual está prohibido para los judíos por la ley religiosa judía, y por ende la israelí). Eventualmente, la presión política del Movimiento del Templo y los políticos ultraderechistas hicieron que el Primer Ministro cediera y les permitiera entrar al complejo. Como observó Rosen, Netanyahu quiere evitar, en plena campaña electoral, distanciarse de los votantes de extrema derecha, a los que ha estado tratando desesperadamente de cortejar.

Así, el domingo por la mañana, los integrantes del Movimiento del Templo se congregaron a la entrada de la Explanada y comenzaron a ingresar, con apoyo de la Policía israelí. Poco más tarde, la violencia estalló después de que los fieles musulmanes terminaran sus oraciones de Eid Al-Adha en la mezquita de Al-Aqsa. Según los informes, las fuerzas policiales dispararon granadas paralizantes y botes de gas lacrimógeno después de que, según ellos, “los fieles comenzaron a lanzar objetos contra los oficiales y a gritar ‘comentarios nacionalistas’”. La Media Luna Roja Palestina dijo que 61 palestinos resultaron heridos en los enfrentamientos y 15 fueron evacuados a hospitales cercanos. La Policía israelí informó que siete personas fueron arrestadas.

Estos hechos, más allá de su gravedad por donde tienen lugar, deben ser analizados en el contexto del creciente poder simbólico y político de los rabinos mesiánicos y sus grupos extremistas, que –como afirmó el periodista Jonathan Cook en un importante análisis incluido en este blog− “está[n] transformando un proyecto colonial de asentamiento contra el pueblo palestino en una batalla contra el resto del mundo islámico. Está[n] convirtiendo un conflicto territorial en una guerra santa.”

Según Cook, “La creciente influencia de los judíos religiosos en el Parlamento, en el gobierno, en los tribunales y los servicios de seguridad significa que los funcionarios se vuelven cada vez más audaces a la hora de reivindicar físicamente la soberanía sobre al-Aqsa. (…) El crecimiento demográfico de la población religiosa en Israel, el desarrollo en el sistema educativo de una ideología cada vez más extremista basada en la Biblia, la apropiación de los principales centros de poder del Estado por parte de los religiosos, y el surgimiento de una clase de rabinos influyentes que predican el genocidio contra los vecinos de Israel han sentado las bases para una tormenta perfecta en la región.

Otra preocupación es la amenaza de ‘hebronización’ que se cierne sobre el lugar, sobre la que alertan analistas. Se teme que Israel termine imponiendo en Haram Al-Sharif un régimen como el instalado en la Mezquita de Ibrahim o Tumba de los Patriarcas (donde se dice que están enterrados Abrahán, sus hijos Isaac, Jacob y las respectivas esposas), en la Ciudad Vieja de Hebrón (Al-Jalil). Después de reiterados incidentes y de la masacre perpetrada en la mezquita durante la oración del viernes por el colono judío-estadounidense Baruch Goldstein (el 25/2/1994), en la cual asesinó a 29 palestinos e hirió a 125, las autoridades israelíes dividieron la mezquita, destinando la mitad de ella a sinagoga. Como −al igual que en Jerusalén− las fuerzas israelíes controlan el lugar, los fieles judíos tienen absoluta prioridad para disponer del sitio sagrado, mientras que la población palestina es sometida a permanentes controles humillantes (hay un checkpoint a la entrada de la mezquita), restricciones y prohibición de acceso cada vez que hay un incidente en la ciudad o un feriado judío.

Basándose en las políticas de apartheid, expulsión y judaización que Israel lleva a cabo en ambas ciudades, la periodista Amira Hass respondió en una columna de opinión a quienes critican que los fieles palestinos no quieran ‘compartir’ el sitio sagrado con los judíos señalando la enorme asimetría de poder entre ambas partes, y el hecho de que la religión es utilizada para avanzar la agenda política de la colonización: “No importa lo que digan los devotos de la vaca roja y los de su calaña en todas sus variadas y dulces chácharas sobre Dios y del Templo; la religión en sus manos y bocas no es más que un arma más con la que lograr un objetivo fascista, nacionalista y muy territorial: echar a patadas a las masas palestinas fuera de las fronteras de su tierra.” Por eso la negativa palestina a reconocer los ‘derechos religiosos’ judíos en el sitio sagrado es el arma más legítima de los oprimidos, afirmó Hass.

Y concluía: “El temor palestino a una hebronización de la Ciudad Vieja de Jerusalén en general y de Al-Aqsa en particular tiene bases sólidas: el mismo fanatismo religioso y el mismo apetito inmobiliario, la misma metodología de paso tras paso y el mismo apoyo armado del nacionalismo judío, que no deja de crecer. Pero aquí, más que en cualquier otro lugar, los palestinos tienen una forma de demostrar su fuerza, es decir, su capacidad de unirse y presentarse en masa para orar, y así enviar un mensaje a Israel, al mundo y a su propio pueblo: estamos aquí.”

 

 

Selección de videos de la represión del 11 de agosto, tomados del sitio Eye on Palestine:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La santidad de estos lugares sagrados no puede ser profanada de esta manera para cumplir fines políticos dudosos. El pueblo palestino tiene derecho a celebrar uno de los días más sagrados del calendario islámico en su propia patria, al igual que millones de musulmanes también tienen derecho a observarlo en ese lugar, como lo han hecho durante siglos.”  Editorial del 11 de agosto en The National de  EAU.

 

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No es “seguridad”: es limpieza étnica

Sobre las demoliciones en la periferia de Jerusalén

 

María Landi

 

“Ante la escena de los soldados obligando a las familias palestinas a abandonar sus hogares, en todas las manifestaciones en las que he participado en los últimos años en los territorios ocupados, se ve el horrible papel de los soldados con máscaras negras sobre sus rostros. Parecen figuras de los períodos más oscuros de nuestra propia historia. Dicen que es para proteger a nuestros soldados. Tal vez es porque deberíamos estar tan avergonzados de ver en lo que nos hemos convertido, que no quieren mostrar sus caras. ¿Quizás sientan la vergüenza? Probablemente no. No se puede mantener una ocupación militar sobre millones de personas durante años sin convertirse en la esencia del mal. Eso es en lo que nos hemos convertido, y ya ni siquiera nos avergonzamos de lo que hacemos.”  Gershon Baskin

 

No hay nada demasiado nuevo en lo ocurrido el 22 de julio en Wadi al-Hummus, la parte oriental del vecindario palestino de Sur Bahir, al sureste de Jerusalén ocupada. Es una operación más de la guerra demográfica que Israel libra en la ciudad para deshacerse de la población palestina y judaizar por completo su “capital eterna e indivisible”. Como bien tituló la organización israelí de derechos humanos B’Tselem, La excusa: seguridad. La estrategia: una mayoría demográfica judía.

Wadi al-Hummus puede verse como un microcosmos del régimen de ocupación colonial y apartheid israelí: la tierra palestina es apropiada y ocupada para construir colonias para uso exclusivo judío (ilegales según el Derecho Internacional); para proteger a las colonias se construye una barrera/muro de separación y se toma otras medidas de ‘seguridad’ (checkpoints militares, restricciones a la libertad de movimiento y de construcción); se fragmenta el territorio ocupado y se asigna  diferentes documentos de identidad y permisos de residencia a sus habitantes; se implementan políticas de segregación para expulsar a la población no judía residente (mucho más cuando se trata de Jerusalén), estrangulándola mediante reglamentos y exigencias kafkianas y acosándola de diversas maneras; se desconoce y atropella cualquier tipo de jurisdicción y autonomía de la Autoridad Palestina, dejando claro quién es el único poder que manda entre el Mediterráneo y el Jordán; y sobre todo, el Ejército toma las principales decisiones sobre la vida y la muerte de la población ocupada, y el sistema judicial -al servicio de los intereses del poder ocupante- se limita a validarlas. En síntesis, un Ejército de ocupación gobierna disfrazado de democracia (‘la única de Medio Oriente’, según la propaganda sionista para consumo occidental).

No está de más recordar que todas las políticas y acciones de desalojo, expulsión de la población ocupada, demolición de sus propiedades, apropiación de su tierra y asentamiento en ella de la población ocupante son estrictamente crímenes de guerra -cometidos diariamente por el Estado de Israel- según el IV Convenio de Ginebra y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, bajo el Derecho Internacional Humanitario que, según la ONU, es la legislación aplicable en el territorio palestino ocupado.

Vivir en el limbo

Estas no fueron las primeras viviendas demolidas en esa zona, ni serán las últimas. Muchas otras construcciones nuevas están bajo la misma amenaza. El 22 de julio, 17 personas -dos familias-, de las cuales 11 son menores de edad, quedaron sin techo, y otras 350 perdieron sus casas antes de haberlas estrenado. Además de perderlas (y por supuesto no recibir indemnización alguna), las familias están obligadas a pagar el ‘servicio’ de demolición, tal como establece la perversa normativa israelí.

No obstante, dos rasgos hacen especial a esta demolición: la cantidad de unidades destruídas (más de 70, por tratarse de 11 edificios) y el hecho de que las viviendas -a diferencia de la mayoría de las que son demolidas habitualmente por el régimen israelí- sí tenían permiso de construcción, y en ese sentido eran totalmente legales. El permiso había sido otorgado por la Autoridad Palestina (que -en teoría- tiene jurisdicción en parte de Cisjordania: en las áreas A y B, pero no en el área C, según los tramposos Acuerdos de Oslo), ya que Wadi al-Hummus no es considerado parte de Jerusalén. Pero como sucede casi siempre, tras una larga batalla judicial, enormes sumas de dinero y una cantidad inconmensurable de estrés, angustia e incertidumbre durante años, los propietarios palestinos perdieron el recurso de apelación, y la Corte Suprema de Israel ratificó la decisión del Ejecutivo.

La razón esgrimida para la demolición es tan simple como brutal: las viviendas palestinas constituyen un peligro para la seguridad de la población judía que habita (ilegalmente) en las colonias vecinas, pues están construidas demasiado cerca de la barrera de separación (versión suburbana del Muro). Estos días las familias residentes en Sur Bahir se enteraron de que una orden militar del Ejército israelí emitida en 2011 (y no comunicada a la población palestina) prohíbe la construcción de viviendas a menos de 200 metros de la barrera de separación. Una barrera que el mismo Estado de Israel ha construido desde 2002 para fragmentar y robar el territorio palestino, aislar a Jerusalén de Cisjordania y dejar fuera de la ciudad a las comunidades palestinas.

El hecho es que el vecindario de Sur Bahir -al que pertenece Wadi al-Hummus- está en un limbo administrativo y territorial, atrapado entre la barrera de separación y la jurisdicción municipal israelí. Tras la construcción del Muro/barrera, a pesar de haber quedado separadas físicamente de Cisjordania y ubicadas adentro de Jerusalén, las zonas de Wadi al-Hummus, al-Muntar y Deir al-Amud y sus residentes no fueron incorporadas dentro de los límites municipales de la ciudad. Su situación es similar a la de las comunidades de Cisjordania ubicadas en la llamada ‘zona de costura’ (seam zone): la ruta arbitraria e ilegal del Muro las dejó ‘del lado israelí’ (separadas de Cisjordania), entre el Muro y la Línea Verde; no están ni en Cisjordania ni en ‘Israel’.

«Es como si viviéramos en el limbo», dijo un residente de Wadi al-Hummus a Mondoweiss. «Estamos legalmente bajo la jurisdicción de la Autoridad Palestina, pero el gobierno israelí no permite que la AP ejerza su autoridad más allá del muro». Aunque la AP no tiene permitido prestar servicios a estas zonas, el ayuntamiento de Jerusalén tampoco lo hace (excepto recolección de residuos), porque las zonas están técnicamente fuera de sus límites municipales. Toda la infraestructura -pavimento, electricidad, agua, etc.- fue construida por los propios residentes.

Wadi al-Hummus, al sureste de Sur Bahir, en medio de la kafkiana geografía de la ocupación creada en Oslo: las viviendas están repartidas entre la barrera/muro y las áreas A, B y C. (Mapa: UNOCHA).


La casa: hogar, familia, comunidad, patria

En Palestina no existe un mercado inmobiliario dinámico; la gente no se muda de un lugar a otro (salvo por razones de fuerza mayor). Las familias palestinas son numerosas, la natalidad es muy alta, y es muy difícil acceder a una vivienda, no tanto por su costo, sino por la falta de oferta habitacional, debido a que cada vez hay menos tierras disponibles (apropiadas por Israel para sus colonias) y a la negativa de las autoridades de ocupación de otorgar permisos de construcción a la población palestina -especialmente en Jerusalén-. Por eso la gente debe construir sin permiso (y arriesgar una demolición) o buscar un lugar fuera de la ciudad donde el permiso sea otorgado por la Autoridad Palestina; pero a riesgo de perder su ‘permiso de residencia’ en Jerusalén, aunque haya nacido allí. En cualquier caso, construir una casa implica años de ahorro y sacrificio, y no menos esfuerzos -y gasto- para sortear la perversa burocracia de la ocupación y obtener los permisos necesarios.

Quien conoce la cultura palestina sabe que, para un padre de familia, construir su casa es bastante más que asegurarse un techo: es como inaugurar una dinastía, ya que en esa vivienda de varias plantas -generalmente levantada por sus propias manos y con ayuda familiar y solidaria- vivirán sus hijos e hijas, yernos y nueras, nietos y nietas. Para las mujeres, la casa es su habitat, el centro de su vida (pues muchas no trabajan fuera), el nido donde crían a sus hijas e hijos y cuidan a sus mayores cuando llega la vejez, el refugio donde resguardan el afecto y los vínculos familiares ante la hostilidad del mundo exterior. Cuando la casa es destruida, la crisis no es solo económica: con ella se derrumban el futuro, los sueños, la posibilidad de proyectarse, los pilares mismos que sostienen unida a una familia; y sus impactos afectan a toda una comunidad, que se mira en el espejo de la tragedia.

Testimonio de Ismael Obediyah (42), casado y padre de cinco hijos/as, residente en Wadi al-Humos, 9 días antes de que su casa fuera demolida:
Soy originario del barrio Um Lison, en Yabal al-Mukabber [Jerusalén sur]. Me casé en 1998 y vivía con mi esposa en una unidad de 50 metros cuadrados. Tuvimos cinco hijos/as y empezamos a sufrir el hacinamiento. Sentí que teníamos que encontrar una casa más grande.
En 2015, compré una parcela en Wadi al-Hummus y obtuve un permiso de construcción de la Autoridad Palestina, ya que la tierra estaba en el área A y era parte del distrito de Belén. Construí una casa de dos pisos, de 300 metros cuadrados cada uno. El primer piso está todavía en construcción, y vivimos en el segundo.
Recibimos la orden de demolición en 2016, y todavía estamos conmocionados por el hecho de que la apelación que presentamos ante la Corte Suprema no fue aceptada. Todos hemos pasado por un momento muy duro emocionalmente desde que se conoció la resolución. Me quedo despierto hasta el amanecer. Sigo pensando adónde iríamos después de la demolición, qué haríamos. Estos pensamientos me mantienen despierto por la noche. Ni siquiera mi hijo, que tiene que dar los exámenes de matriculación este año, puede concentrarse en sus estudios. Sólo Dios sabe si aprobará el examen general.
Pedí prestado mucho dinero para comprar el terreno y construir la casa. Tengo muchas deudas. Si la casa es demolida, me empobreceré. No creo que pueda salir de esta situación. Soy un simple trabajador, y mis ingresos son muy limitados. Tendremos que alquilar otra casa y pagar la deuda al mismo tiempo. Ahora mismo, ni siquiera puedo pensar en ello lógicamente y no puedo planear lo que sucederá después de la demolición.

 


Testimonio de Munther Abu Hadwan (42), casado y padre de cinco hijas/os, residente en Wadi al-Hummus, cuya vivienda ha recibido orden de demolición:
Me casé en 2001. Soy originario del campo de refugiados de Shu’fat [Jerusalén norte], y allí nacieron tres de nuestros hijos. No podíamos seguir viviendo allí debido al hacinamiento, la falta de seguridad y el desmoronamiento de la infraestructura. Sentí que el futuro de mis hijas/os estaba en peligro. Nuestra casa también estaba llena de gente. Sólo había una habitación, una cocina y un baño, todo en 40 metros cuadrados. Nos mudamos temporalmente a Ras al-Amud, que es mejor que el campo de refugiados. Teníamos una casa de 50 metros cuadrados allí.
Mis hermanos, mi padre y yo buscamos un lugar barato para construir, y encontramos Wadi al-Hummus. Compré el terreno y obtuvimos un permiso de construcción de la Autoridad Palestina en Belén, porque el terreno está en Zona A de Cisjordania. Construimos dos pisos: un garaje y un piso residencial arriba con dos unidades. Planeábamos construir un tercer piso con dos unidades más para mis hermanos Ashraf y Ahmad.
La orden de demolición emitida por [la autoridad israelí] frustró nuestras esperanzas y sueños de asentarnos allí. La orden nos ordena demoler la casa nosotros mismos antes del 18 de julio de 2019. Hemos estado tensos desde entonces, incapaces de pensar en otra cosa. Cada vez que miro a mis hijos, me pongo triste. ¿Adónde iremos después de la demolición? ¡No tengo ni idea! Tal vez a la calle.
Soy un hombre pobre. Soy un jornalero que trabaja en la construcción. Apenas puedo mantener a mi familia. No puedo permitirme alquilar un apartamento, ni siquiera por 500 dólares. Creo que una vez que se lleve a cabo la demolición, no tendremos más remedio que levantar una tienda de campaña sobre sus escombros y vivir allí. Tenemos cinco hijos: Ousamah, 17; Abd a-Rahman, 15; Iman, 13; Adam y Adham, 21 meses.
Cada vez que los niños ven un vehículo militar entrando en Wadi al-Hummus, piensan que la demolición está a punto de ocurrir y entran en pánico. Viven en un estado de tensión, ansiedad y confusión.
Fuente: B’Tselem. (Traducción: María Landi).

“Demolición de una casa = demolición de una familia. Rechazamos las decisiones de sus tribunales. Permaneceremos firmes.” (cartel en una vivienda de Wadi al-Hummus).


La obscenidad de las fuerzas de ocupación

Los operativos de limpieza étnica en la tierra ultrajada de Palestina nunca son procedimientos asépticos. Son despliegues de terrorismo estatal llevados a cabo por unas fuerzas de ocupación adictas a la violencia y entrenadas para ejercerla sin piedad -y hasta con gozo- contra la población ocupada. Es la arrogancia que dan siete décadas de impunidad absoluta, llevada al paroxismo en la era Trump.

Las demoliciones del 22 de julio en Wadi al-Hummus no fueron excepción. Las escenas parecían las que hemos visto en el cine de las fuerzas nazis expulsando a la población judía de sus hogares, casa por casa, manzana por manzana, barrio por barrio, a punta de metralleta, entre gritos, golpes, destrucción y saqueo.

A las 3 de la madrugada, 700 policías y 200 soldados (900 en total) irrumpieron violentamente en los hogares, y con sadismo brutalizaron, insultaron y golpearon a las familias y a las/os activistas internacionales que les acompañaban; entre burlas les tiraron gas pimienta a la cara, arrojaron gas lacrimógeno dentro de habitaciones cerradas, arrastraron de los pelos escaleras abajo, dieron patadas y culatazos y quebraron huesos de personas que solo trataban de permanecer en sus hogares por última vez, demorando su destrucción. Una veintena de palestinos e internacionales terminaron en el hospital Makassed por golpes, heridas, fracturas o intoxicación con gas lacrimógeno.

Fuerzas de seguridad israelíes celebran y ríen luego de la explosión que demolió un edificio de varios pisos en Wadi al-Hummus (video de Quds News Network):

Desesperación y resiliencia

Como ha explicado la psiquiatra palestina -y residente en Jerusalén- Samah Jabr, el régimen de ocupación colonial israelí busca destruir la voluntad y la identidad colectivas así como el sistema de valores de la sociedad palestina. Eso es claro en las políticas de castigo colectivo destinadas a quebrar a la gente para que deje de resistir y, sobre todo, abandone su patria. Según Jabr, la experiencia más común de trauma que sufre la población palestina tiene que ver con la humillación, la cosificación, la impotencia y la exposición cotidiana a un estrés tóxico.

Nada ilustra mejor eso que la vivencia de las personas y familias que presencian la demolición de sus casas sin poder hacer nada para evitarlo. Como dice en el primer video de esta entrada Ismael Obediyeh (abajo), lo peor para un hombre es no poder proteger a su familia, no poder salvar el hogar que construyó para ella con tanto esfuerzo. No menor es el trauma experimentado por las mujeres y por los niños y niñas que ven cómo su hogar -su mundo- se viene abajo ante sus ojos.

Al mismo tiempo, se ha dicho muchas veces que el palestino es el pueblo más resiliente del mundo. Lleva más de siete décadas resistiendo a un proyecto de muerte -verdadera necropolítica– que busca eliminarlo de la faz de su tierra. Samah Jabr también señala que la capacidad de resistir colectivamente es la respuesta más sana que un pueblo oprimido puede tener: «el trauma colectivo puede aliviarse mediante la promoción de esfuerzos cohesivos y colectivos, como el reconocimiento, la memoria, la reconciliación, el respeto a las minorías, el apoyo a las personas y grupos vulnerados y la acción cooperativa en masa.» Dice Jabr que, según su experiencia profesional, «la población palestina participa en un activismo maduro y en actos planificados de resistencia a la ocupación: estas personas suelen ser seguras de sí mismas, sinceras, altruistas y valientes, y poseen la inteligencia y la sensibilidad para sentir el dolor causado por la opresión. Debido a sus características, ven que la enfermedad es la ocupación, no su reacción a ella, y adoptan una postura saludable contra la ocupación: resisten

Quienes hemos sido testigos de esa actitud vital -que se expresa en el concepto árabe sumud-, y hemos escuchado una y otra vez de boca de quienes acaban de sufrir una demolición: «No nos vamos a rendir. Vamos a permanecer en nuestra tierra a cualquier precio. Vamos a reconstruir nuestras casas», sabemos que no es retórica. Para el pueblo palestino, Existir es Resistir no es una simple consigna: es la única forma que conoce de estar en el mundo.

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Imágenes que hablan por sí solas:

 

Recopilación de videos de activistas palestinos/as, israelíes e internacionales, y de organizaciones y medios como International Solidarity Movement, Silwanic, All That’s Left, B’Tselem, Al Jazeera, Quds Network, TRT World, +972 Magazine, etc.

 

 

 

 

Protestas a ambos lados de la barrera de separación al día siguiente de las demoliciones (video de Younes Arar):

 

Más información, testimonios e imágenes:

Wadi Hummus: un barrio palestino de Jerusalén demolido completo entre risas de los soldados israelíes
Israel destruye casas palestinas en la mayor operación de demolición desde 1967
Israel y el colonialismo que ríe
Encountering Peace: Have We No Shame?
Israeli plan to raze East Jerusalem homes may be first step towards mass demolitions across the West Bank
Israeli house demolitions are the true crime — not BDS
Sur Baher home demolitions illustrate a vicious spiral of oppression in Palestine

Palabras de Hajo Meyer (1924-2014), científico judío sobreviviente de Auschwitz y activista antisionista, comparando al régimen israelí con el nazismo (en inglés, pero es posible activar subtítulos automáticos):

 

 

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A propósito del asesinato de un joven judío etíope por un policía israelí

Los medios israelíes y también internacionales se han ocupado profusamente de la revuelta de la comunidad etíope de Israel a partir del asesinato de un joven de 19 años a manos de un policía en un suburbio de Haifa. A pesar de que la etíope es la comunidad judía más discriminada en Israel, y la última en la escala social, no deja de contrastar la repercusión mediática y la indignación social provocada por esta muerte, en comparación con los centenares de palestinos/as que habitualmente las fuerzas de seguridad asesinan (o hieren, o mutilan) con total impunidad sin que la noticia conmueva a la sociedad israelí, sencillamente porque las víctimas no son judías.
El siguiente texto de opinión plantea preguntas muy pertinentes respecto a cómo se posiciona la comunidad etíope israelí respecto a la opresión y represión estatal que sufre otro colectivo: el palestino. Si bien es natural para cualquiera con sensibilidad humana sentir solidaridad hacia una minoría de origen africano discriminada y maltratada por el Estado, hay una paradoja en esto: la población palestina tiene la experiencia de ser oprimida por integrantes de esa minoría vestidos de uniforme, así como de la absoluta indiferencia del conjunto del colectivo etíope hacia su situación. Yo misma fui testigo de esa conducta represiva de soldados y policías etíopes hacia la población palestina en las carretares y checkpoints del territorio ocupado, y vi también a funcionarios etíopes de migración aullando y maltratando a personas migrantes subsaharianas -igual que a mí como ‘sudaca’- en oficinas públicas de Tel Aviv. El interrogante es: ¿cómo construir puentes de solidaridad mutua entre dos colectivos sociales que -aunque en diferente medida- padecen la opresión y la discriminación del régimen racista de Israel?

 

La policía israelí retira a un etíope-israelí de una manifestación en la carretera de Ayalon tras el tiroteo policial contra Solomon Tekah (2/7/2019, Oren Ziv/Activestills.org)

 

La comunidad etíope israelí tiene la oportunidad de solidarizarse
con el pueblo palestino. ¿La tomará?

 

Solomon Tekah fue asesinado a tiros por un oficial de policía israelí porque era negro. Como palestino, sé exactamente lo que se siente.

 

Ashraf Ghandour*

 

Durante más de una semana he visto a israelíes etíopes llevar a cabo una lucha fuerte y justa contra el racismo sistemático que les ha sometido durante 35 años. Como palestino, como persona de color, no pude evitar sentir empatía por su dolor, junto con una extraña sensación de desconcierto al ver que israelíes de todos los rangos no lograban conectar la justa lucha de los etíopes con la de otros grupos oprimidos por Israel.

Pero a Solomon Tekah le dispararon porque era negro; y porque soy palestino, sentí que tenía que seguir escuchando atentamente.

Tekah, un joven etíope israelí de 19 años, fue asesinado a tiros la semana pasada en su propio vecindario −en un suburbio de Haifa− por un oficial de policía fuera de servicio. Después del tiroteo, miles de integrantes de la comunidad etíope salieron a las calles para protestar por la forma en que su pueblo está siendo tratado por las fuerzas de seguridad, en un intento de concientizar a la opinión pública sobre la opresión que ha enfrentado la población israelí de origen etíope desde que comenzó a emigrar a Israel a mediados de los 1980s.

Sin embargo, los medios de comunicación israelíes inmediatamente eligieron enfocarse en la violencia y los actos de vandalismo de algunos etíopes contra la policía, incluso deshumanizando a los manifestantes y llamándolos “animales”. Gran parte de la cobertura giró mucho más en torno a la forma en que la población blanca se vio afectada por los disturbios en las principales carreteras de Israel que en el drama de los propios manifestantes.

Escuché a integrantes de la academia de origen etíope hablar en defensa de los manifestantes, comparando su lucha con la de las comunidades negras en Estados Unidos, a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, la mayoría de quienes hablaron en público ignoraron abiertamente el drama que sufren cuatro millones de personas palestinas recluidas en las prisiones al aire libre de Cisjordania y Gaza, así como los 1.9 millones de ciudadanos/as palestinos/as que constituyen el 20 por ciento de la población de Israel, pero son más de la mitad de su población carcelaria.

Cuando integrantes de la comunidad palestina señalaron que estas dos formas de opresión nacen del mismo opresor, se encontraron con la resistencia de la comunidad etíope, que prefiere distanciarse de tales asociaciones.

Solomon Tekah (19), asesinado por un policía fuera de servicio el 30/6/19.

El asesinato de Solomon, y la respuesta de la mayoría de la sociedad israelí, nos recuerda el asesinato policial de Michael Brown en Ferguson, Missouri, que fue seguido de protestas masivas de la comunidad negra local. Mientras las protestas aumentaban, mucha gente blanca se dedicaba a  deliberar sobre la validez del uso de la violencia por parte de los manifestantes negros, alejando la atención de la historia de un joven de 18 años muerto y de la brutalidad de la fuerza policial que debía protegerlo.

Mientras tanto, las y los manifestantes de Ferguson aprendían de la población de Gaza −que estaba en plena guerra de 2014− a enfrentar el gas lacrimógeno vía Twitter. Fue un momento político que ayudó a profundizar la solidaridad entre el movimiento de solidaridad palestino y Black Lives Matter. Pero este tipo de solidaridad pareció estar completamente ausente en quienes hablaron en nombre de la comunidad etíope en Israel durante la semana pasada.

Como palestinos/as no necesitamos ser versadas en teoría política para saber hacia dónde se encamina la lucha etíope. Estamos demasiado familiarizados con la persecución, el encarcelamiento, la deshumanización y la falta de aliados israelíes que se solidaricen con nuestra lucha. Hemos visto cómo nuestro sufrimiento se convertía en un debate diluido sobre el uso de la violencia en las protestas; hemos escuchado las palabras “me perdiste cuando tiraste la primera piedra”; hemos sido víctimas culpadas y acorraladas para que condenemos los actos violentos de un puñado de manifestantes, mientras nuestro mensaje es enterrado lentamente junto a las víctimas de la ocupación y la brutalidad. Hemos sido gaseados, baleados y arrestados; y cuando vimos al joven manifestante etíope parado encima de un coche en movimiento, golpeando el parabrisas con sus puños, su frustración y su furia nos sonaron demasiado familiares.

La policía de Ferguson, Missouri, dispara gas lacrimógeno contra manifestantes durante los disturbios que siguieron al asesinato policial de Michael Brown en la ciudad. (Loavesofbread/CC BY-SA 4.0)

Pero la distancia entre la empatía y la solidaridad es grande. Después de todo, son sus rostros los que vemos, y sus manos bajo nuestra ropa, en los checkpoints. Sus hombres armados, muchos de ellos tan jóvenes como Salomon, son enviados a custodiar las colonias y a invadir los hogares en nuestros campos de refugiados. Quizás su ceguera hacia nuestra causa es el resultado del  compromiso de luchar contra un enemigo común.

Cuando Mohammed Ali se negó a luchar en Vietnam, dejó claro que no tenía “ninguna disputa con el Viet Cong”, sino con la guerra misma. Ahora debo preguntarles: ¿cuál es su disputa con el pueblo palestino? ¿Podrán llevar su lucha al siguiente nivel, abrazar la justicia para todos y negarse a participar en el abuso de todo un pueblo? ¿Por qué se distancian de una lucha contra la misma supremacía blanca que destruyó aldeas palestinas, mantuvo a las comunidades judías árabes en campos de refugiados, robó bebés de inmigrantes yemeníes y trajo desesperación a vuestra comunidad?

Hay una manera de salir de esto. Al tomar conciencia de la causa palestina y de su rol en el sufrimiento del pueblo palestino, ustedes pueden unirse a un movimiento que es verdaderamente intersectorial y encontrar la solidaridad internacional. Pueden unirse a una voz creciente que empodera a la gente no mediante la opresión de otros, sino a través del desmantelamiento de sistemas de opresión dirigidos hacia cualquiera que no sea de la clase dominante.

De lo contrario, ustedes estarán condenados a vivir complaciendo a sus aliados blancos, que los mantendrán bajo estándares de vida que nunca serán los suyos. Se burlarán de ustedes cuando sean demasiado ruidosos, demasiado violentos o demasiado emocionales. Y mientras tanto, seguirán bombardeando Gaza, arrestando niños y apuntando su arma al próximo Solomon Tekah.

 

Policías etíopes en un checkpoint de la Ciudad Vieja de Jerusalén (octubre 2015, Ahmad Al-Baaz).


*Ashraf Ghandour es un activista comunitario palestino, educador, escritor y Director de Participación de Exalumnos/as en Semillas de Paz.
Publicado el 9/7/19 en +972 Magazine. Traducción: María Landi.
Leer también:
Where should Palestinians stand on the protests by Ethiopian Jews inside Israel?, por Ahmad Al-Bazz.
As a Palestinian woman, it is my duty to support the Ethiopian struggle, por Samah Salaime.

 

 

 

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El boicot a Israel no es antijudío, el boicot a Sudáfrica no era antiblanco y Ángeles Maestro no es terrorista

Análisis del compañero Daniel Lobato, del estado español, en Infolibre. Reblogueado desde Los Otros Judíos.

Los otros judíos

Por Daniel Lobato.

El 17 de mayo el Parlamento alemán aprobó una resolución que acusa de “antisemita” a la campaña por el Boicot a Israel (BDS) impulsada por la sociedad palestina. Lo que buscaba era acusar de judeofobia a este movimiento. Los palestinos son semitas, pero con esta manipulación de equiparar semitismo a judaísmo Palestina es desposeída incluso de categorías. Oriente es lo que Occidente decida que debe ser Oriente. En todo caso el Bundestag no legisló contra el boicot a Israel, pero su acusación de odio colisiona con la protección que la UE otorga al BDS.

El boicot a la Sudáfrica del apartheid no era un movimiento de odio contra las personas blancas sudafricanas. Todo el mundo tiene claro que era un movimiento contra la ideología de un régimen racista colonial, y que el boicot no buscaba destruir Sudáfrica ni destruir a las personas blancas que gobernaban…

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El plan de paz de Trump fue diseñado para fracasar, exactamente como sus predecesores

 

Trump y Netanyahu (Foto tomada de Mondoweiss).


Jonathan Cook

 

El supuesto “Acuerdo del siglo” de Donald Trump, que ofrece al pueblo palestino sobornos económicos a cambio de sumisión política, es el colofón del proceso de pacificación occidental, cuyo  objetivo real ha sido el fracaso, no el éxito.

Durante décadas, los planes de paz han hecho demandas imposibles a los palestinos y palestinas, obligándoles a rechazar las condiciones que se les ofrecían y creando así un pretexto para que Israel se apropie de más trozos de su tierra.

Cuanto más han cedido, más lejos se ha desplazado el horizonte diplomático, hasta el punto de que la administración Trump espera que pierdan toda esperanza de tener un Estado o el derecho a la autodeterminación.

Ni el mismo Jared Kushner, yerno de Trump y arquitecto del plan de paz, puede realmente creer que los palestinos serán comprados con su cuota parte del incentivo de 50.000 millones de dólares que esperaba recaudar en Baréin la semana pasada.

Por eso los dirigentes palestinos se mantuvieron al margen.

Pero los gestores de imagen de Israel acuñaron hace mucho tiempo un eslogan para ocultar su política de despojo gradual, enmascarada como proceso de paz: “Los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder la oportunidad.”

Vale la pena examinar en qué consistieron esas “oportunidades perdidas”.

La primera fue el Plan de Partición de Naciones Unidas a fines de 1947. En el relato de Israel, fue la intransigencia palestina sobre la propuesta de dividir el territorio en un estado árabe y uno judío separados lo que desencadenó la guerra, llevando a la creación de un Estado judío sobre las ruinas de la mayor parte de la patria del pueblo palestino.

Pero la historia real es bastante diferente.

La recién formada ONU estaba efectivamente bajo el pulgar de las potencias imperiales Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética. Las tres querían un Estado judío como aliado dependiente en el Medio Oriente dominado por los árabes.

Impulsado por las brasas moribundas del colonialismo occidental, el Plan de Partición ofrecía la porción más grande del territorio palestino a una población minoritaria de judíos europeos, cuya reciente inmigración había sido efectivamente patrocinada por el imperio británico.

Mientras a los pueblos nativos de otros lugares se les ofrecía la independencia, al pueblo palestino se le exigía entregar el 56% de su tierra a los recién llegados. No había ninguna posibilidad de que semejantes términos fueran aceptados.

No obstante, como han señalado académicos israelíes, la dirigencia sionista tampoco tenía intención de acatar el plan de la ONU. David Ben Gurion, el padre fundador de Israel, llamó “diminuto” al Estado judío propuesto por la ONU. Advirtió que nunca podría albergar a los millones de inmigrantes judíos que necesitaba atraer para que su nuevo Estado no se convirtiera rápidamente en un segundo Estado árabe, debido a las mayores tasas de natalidad palestinas.

Ben Gurion quería que los palestinos rechazaran el plan, a fin de poder emplear la guerra como una oportunidad para apoderarse del 78% de Palestina y expulsar a la mayor parte de la población nativa.

Durante décadas, Israel se dedicó afanosamente a afianzar y −después de 1967− expandir su control sobre la Palestina histórica.

De hecho, fue el líder palestino Yasser Arafat quien hizo las mayores concesiones no recíprocas a la paz. En 1988 reconoció a Israel y, más tarde, en los Acuerdos de Olso de 1993, aceptó el principio de la partición en términos aún más nefastos que los de las Naciones Unidas: un Estado en apenas el 22 por ciento de la Palestina histórica.

Aun así, el proceso de Oslo no tuvo ninguna posibilidad seria de éxito después de que Israel se negara a realizar las retiradas prometidas de los territorios ocupados. Finalmente, en 2000 el presidente Bill Clinton convocó a Arafat y al Primer Ministro israelí Ehud Barak a una cumbre de paz en Camp David.

Arafat sabía que Israel no estaba dispuesto a hacer ninguna concesión significativa, y que habían tenido que intimidarlo y engatusarlo para que asistiera. Clinton prometió al líder palestino que no se le culparía si las conversaciones fracasaban.

Israel se aseguró de que así fuera. Según sus propios asesores, Barak “hizo estallar” las negociaciones, insistiendo en que Israel no cedería la ocupada Jerusalén Este, incluyendo la mezquita de Al Aqsa, así como grandes áreas de Cisjordania. De todos modos Washington culpó a Arafat, y reformuló la intransigencia de Israel como una “oferta generosa”.

Poco tiempo después, en 2002, la Iniciativa de Paz de Arabia Saudita ofreció a Israel relaciones normales con el mundo árabe a cambio de un Estado palestino mínimo. Pero Israel y los líderes occidentales se apresuraron a desviarla hacia los anales de la historia olvidada.

Después de la muerte de Arafat, las conversaciones secretas mantenidas a lo largo de 2008-2009 −reveladas en la filtración de los “papeles palestinos”− mostraron a los dirigentes palestinos haciendo concesiones sin precedentes. Entre otras cosas, se permitía a Israel anexionar grandes extensiones de Jerusalén Este, la pretendida capital del Estado palestino.

El negociador Saeb Erekat fue registrado diciendo que había aceptado “la [Jerusalén] más grande de la historia judía”, así como el retorno de sólo un “número simbólico de refugiados/as [palestinos/as] [y un] Estado desmilitarizado (…) ¿Qué más puedo dar?”

Era una buena pregunta. Tzipi Livni, la negociadora de Israel, respondió: “Se lo agradezco mucho” cuando vio lo mucho que los palestinos estaban concediendo. Pero aun así, su delegación se retiró.

El malhadado plan del propio Trump sigue los pasos de tal “pacificación”.

En un comentario en el New York Times la semana pasada, Danny Danon, embajador de Israel ante la ONU, resumió con franqueza la idea central de este enfoque diplomático de décadas. Hizo un llamamiento al pueblo palestino a “rendirse”, y añadió: “Rendirse es reconocer que en una competencia, mantenerse en carrera resultará más costoso que la sumisión.”

El proceso de paz condujo siempre hacia este momento. Trump simplemente ha saltado a través de las evasiones y equivocaciones del pasado para revelar dónde están realmente las prioridades de Occidente.

Es difícil creer que Trump o Kushner creyeran alguna vez que los palestinos aceptarían una promesa de “dinero por silencio” en lugar de un Estado basado en “tierra por paz”.

Una vez más, Occidente está intentando imponer a los palestinos y palestinas un acuerdo de paz injusto. La única certeza es que lo rechazarán −es la única cuestión en la que los dirigentes de Al Fatah y Hamás están unidos−, garantizando una vez más que se los pueda pintar como el obstáculo para el avance.

Puede que esta vez los palestinos se hayan negado a caer en la trampa, pero serán los chivos expiatorios, pase lo que pase.

Cuando el plan de Trump se venga abajo, como lo hará, Washington tendrá la oportunidad de explotar un supuesto rechazo palestino como justificación para aprobar la anexión por parte de Israel de más tramos del territorio ocupado.

Al pueblo palestino le dejarán una patria destrozada. Sin autodeterminación, sin Estado viable, sin economía independiente; sólo una serie de guetos dependientes de la ayuda. Y décadas de diplomacia occidental finalmente habrán llegado al destino previsto.

Publicado el 2/7/19 en Mondoweiss. Traducción: María Landi.

 

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Palestina no está en venta

 

 

María Landi

 

Durante décadas, los planes de paz han hecho demandas imposibles a los palestinos, obligándoles
a rechazar las condiciones que se les ofrecían y creando así un pretexto para que Israel se apodere más de su patria
.
Jonathan Cook.

 

Estos días asistimos a otra iniciativa de los poderes occidentales –la última de una larga lista en un siglo− para imponer sus intereses estratégicos en Oriente Medio y presionar al pueblo palestino para que claudique. La propuesta para que renuncie a su legítima lucha por la autodeterminación y normalice la dominación israelí a cambio de vanas promesas envueltas en dinero viene siendo anunciada pomposamente como el “Acuerdo del siglo” y presentada por Jared Kushner, un rico hombre de negocios judío-sionista cuyo mérito consiste en ser yerno (y ‘asesor’) de Donald Trump.

El 25 de junio Kushner presentó en una reunión realizada en Baréin el ‘componente económico’ del plan, titulado “Paz para la Prosperidad”, a manera de adelanto de lo que sería el programa político para alcanzar la paz entre Israel y Palestina, a presentarse próximamente. El orden de los factores revela la estrategia que anima la iniciativa, como si la promesa de supuestas inversiones pudiera sustituir o prevalecer sobre la cuestión política fundamental que está en juego: cómo liberar a Palestina de la ocupación colonial y el apartheid israelíes. El documento anuncia 50.000 millones de dólares (que no se sabe de dónde saldrían; probablemente de las monarquías del Golfo aliadas de EE.UU.) repartidos en 179 proyectos. La mitad del dinero se gastaría en infraestructura palestina durante 10 años, y el resto se repartiría entre Egipto, Líbano y Jordania.

El plan de la familia Trump está de antemano condenado al fracaso por una simple cuestión de credibilidad, como han señalado analistas y dirigentes palestinos: ¿qué de bueno se puede esperar de un gobierno estadounidense que no ha hecho otra cosa que llevar el apoyo a Israel a niveles desconocidos en la historia de EE.UU., reconociendo a Jerusalén como su capital, cortando la ayuda económica y humanitaria a Palestina y a la UNRWA (organismo de Naciones Unidas que provee salud y educación a cinco millones de refugiados/as palestinos/as), clausurando la oficina de la OLP en Washington, reconociendo la soberanía israelí sobre los Altos del Golán sirios (ocupados desde 1967), nombrando como enviado (Jason Greenblatt) y embajador (David Freedman) a ultrasionistas fanáticos, defensores a ultranza de la colonización y la anexión, y afirmando recientemente –por boca del mismo Kushner− que los palestinos no son capaces de gobernarse a sí mismos? La Administración Trump no ha hecho otra cosa en estos dos años que tomar medidas para humillar al pueblo palestino y forzarlo a la sumisión.

El historiador palestino Rashid Khalidi criticó justamente la arrogancia neocolonial del plan Kushner, recordando que hace un siglo (1917) el canciller del imperio británico Lord Balfour le prometía a los ricos dirigentes sionistas crear “un hogar judío en Palestina” con absoluta prescindencia de la opinión o los intereses de la población árabe nativa que habitaba en ese territorio.

Significativamente, el plan estadounidense habla de traer desarrollo económico a la Franja de Gaza y Cisjordania, pero jamás habla de Palestina como entidad (menos aún como Estado), ni tampoco de Jerusalén. Tampoco se mencionan las colonias israelíes ilegales en el territorio ocupado. Se trata claramente de una apuesta (¿invitación? ¿amenaza?) a que el pueblo palestino acepte vivir bajo el dominio de Israel, renunciando a su derecho a la autodeterminación, a cambio de promesas de mejora económica; como si esto no hubiera sido ensayado antes, y como si se pudiera confiar en que Israel va a permitir alguna vez el desarrollo palestino.

En efecto, el analista Ali Abunimah observó esta semana que este plan no es más que un refrito de otras iniciativas del pasado “para una ‘paz económica’: la esperanza de que unas cuantas migajas financieras compren al pueblo palestino para que deje de exigir la liberación y de resistir al sistema israelí de ocupación, colonialismo y apartheid.” En los 1990s cuando se firmaron los tramposos Acuerdos de Oslo, en 2005 cuando Israel retiró a sus colonos de Gaza, en 2008 cuando Tony Blair comandaba el no menos engañoso Cuarteto para Medio Oriente, siempre hubo grandes anuncios de un futuro dorado para el pueblo palestino, en el cual Gaza se convertiría en la Singapur o la Hong Kong del Mediterráno. Ahora Kushner afirma que “Así como Dubai y Singapur se han beneficiado de sus ubicaciones estratégicas y han florecido como centros financieros regionales, Cisjordania y Gaza pueden convertirse en un centro del comercio regional”.

Lo que Kushner y los líderes occidentales dejan de lado en sus planes y promesas es el elefante en el salón del que nadie habla: la ocupación colonial israelí y su proyecto de limpiar étnicamente a Palestina (como viene haciendo desde hace más de 70 años bajo la premisa: el máximo de tierra palestina con el mínimo de árabes). En ningún momento del documento “Paz para la Prosperidad” se reconoce que la principal causa de la postración de la economía palestina es la ocupación israelí, que ha convertido a la población ocupada –a pesar de su alto nivel educativo− en un ejército de desempleados dependientes de la ayuda internacional, impidiéndoles trabajar soberanamente su tierra, exportar su producción, controlar sus fronteras, sus ingresos e impuestos, contar con puertos, aeropuerto, sistemas de transporte y comunicaciones independientes (recién el año pasado Israel autorizó la tecnología 3G en el territorio ocupado). En cambio, el lenguaje y la visión del plan consideran a las y los palestinos como consumidores en lugar de ciudadanos/as.

Gaza no puede parecerse a Singapur o Hong Kong porque Israel le impone desde hace 12 años un férreo bloqueo por aire, tierra y mar (además de bombardearla periódicamente) que ha convertido a la Franja en una prisión inhabitable. Como bien ironizó el periodista Joan Cañete Bayle: La propuesta estrella es construir una autopista elevada entre Gaza y Cisjordania. Kushner, al que no se le conocen ni experiencia ni conocimientos en política exterior, tal vez debería haber hablado con Condoleezza Rice, que perdió semanas de inútil ‘shuttle diplomacy’ tratando de acordar algo mucho más modesto: un servicio de autobuses entre Gaza y Cisjordania. Fracasó, claro.”

El plan de Kushner no dice una palabra sobre la responsabilidad israelí en el despojo de décadas que sufre el pueblo palestino. A las restricciones a la libertad de circulación de personas y bienes les llama “desafíos de infraestructura”, a lo cual responde Abunimah: “No, Jared: es una ocupación militar, no un ‘desafío logístico’.” Y recuerda que el Banco Mundial (difícilmente sospechoso de ser pro-Palestina) estima que “si se permitiera el desarrollo de empresas y granjas en el Área C −el 60 por ciento de Cisjordania, bajo total control militar de Israel−, ello añadiría hasta un 35 por ciento al PBI palestino.” Y remata: “Si Kushner realmente quisiera aumentar drásticamente el PBI palestino, no se necesitarían 10 años ni miles de millones de dólares. Todo lo que se necesitaría, para empezar, es que Israel ponga fin a sus severas restricciones sobre los sectores palestinos que trabajan, desarrollan empresas y cultivan sus tierras en Cisjordania y la Franja de Gaza ocupadas.”

El rechazo palestino a la iniciativa ha sido unánime. A diferencia de las anteriores, esta vez EE.UU. no consiguió cooptar a los decadentes dirigentes de la Autoridad Palestina, que no le perdonan a Trump lo de Jerusalén (un límite que ningún palestino osaría cruzar). Kushner se quedó sin la foto de abrazos normalizadores en Baréin, pues debido a la ausencia palestina tuvo que des-invitar a los dirigentes israelíes. Incluso socios complacientes de EE.UU. como Jordania, Egipto y la Unión Europea enviaron a representantes de muy bajo rango. El gobierno del Líbano (que a diferencia de sus vecinos no mantiene relaciones diplomáticas con Israel) también hizo saber que las promesas financieras del plan no van a comprar a su país, aunque por razones particulares: Líbano no está dispuesto a recibir dinero a cambio de aceptar definitivamente al medio millón de refugiados/as palestinos/as que viven allí; algo que la misma población palestina refugiada rechaza, pues no está dispuesta a renunciar a su derecho al retorno.

Todo indica que el cacareado plan de los Trump, presentado en Baréin como “la oportunidad del siglo”, será enterrado como otras iniciativas fracasadas. Y los dirigentes israelíes aprovecharán para volver a acusar a los palestinos de “no perder la oportunidad de perder la oportunidad”, intentando hacer creer al público occidental que los oprimidos son los responsables de su desgracia por haber rechazado todas y cada una de las “generosas ofertas” de sus opresores. Como suele suceder cuando del discurso sionista se trata, la realidad es todo lo contrario a lo que se afirma: Israel y sus aliados nunca han presentado una propuesta honesta que contemple los intereses y derechos fundamentales del pueblo palestino; y mal puede acusarse de intransigentes a quienes llevan tres décadas dispuestos a renunciar al 80 por ciento de su territorio histórico (con el aval de sus vecinos árabes) a cambio de un poco de paz.

En Palestina y los países vecinos hubo esta semana grandes movilizaciones y protestas –marcadas por la unidad de todas las facciones y sectores− en rechazo a la reunión de Baréin y a las pretensiones normalizadoras de Trump y su yerno, calificándolas de “la cachetada del siglo”. La consigna más escuchada ha sido “Palestina no está en venta”. Y es que como observara recientemente Marwan Bishara, los gobernantes árabes pueden estar dispuestos a vender a Palestina, pero el pueblo árabe no lo está.

Con Arabia Saudita a la cabeza, esos regímenes dictatoriales, que reprimieron las revueltas de sus pueblos en la llamada Primavera Árabe, son los más dispuestos a normalizar sus relaciones con Israel y a complacer a EE.UU. en la disputa con Irán por la hegemonía regional. Pero incluso estos acérrimos enemigos reivindican por igual la causa palestina –aun de manera oportunista−, precisamente porque saben de su popularidad entre las masas árabes, que durante un siglo han estado inequívoca e incondicionalmente junto a ella.

Durante décadas, Palestina ha sido un símbolo de resistencia contra la hegemonía y la dominación extranjera, ya sea británica, francesa o estadounidense, sostiene Bishara. “Una y otra vez las calles árabes se han levantado en solidaridad con Palestina ocupada y en reacción a su propia ocupación interna.” Por eso la pretensión de Trump de disolver la causa palestina de una vez por todas, “es muy posible que reúna a palestinos/as, árabes y musulmanes contra sus políticas y lacayos en Oriente Medio.” De ser así, será el momento para Trump de lamentar su política temeraria hacia Palestina. Es solo cuestión de tiempo.

 

Columna publicada en el portal Desinformémonos el 30/6/19.

 

 

 

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Comprar a Palestina por monedas

Protesta contra la reunión económica de Bahrein, en Rafah, Gaza, el 18 de junio. Esta semana en ese país se presentará el componente económico del “Acuerdo del Siglo” de la administración Trump.

 

Ali Abunimah

 

Durante el fin de semana, la Casa Blanca presentó “Paz para la Prosperidad”, el componente económico de su llamado “Acuerdo del Siglo”.

El plan anuncia 50.000 millones de dólares en “inversiones” repartidas en 179 proyectos. La mitad del dinero se gastaría en infraestructura palestina durante 10 años, y el resto se repartiría entre Egipto, Líbano y Jordania.

Supuestamente incluirá un corredor de transporte de 5.000 millones de dólares entre Cisjordania y la Franja de Gaza ocupadas y otros 2.000 millones de dólares en el sector turístico palestino.


El plan tiene cero posibilidades de éxito, entre otras cosas porque nadie sabe de dónde vendría el dinero (presumiblemente sería comprometido por los países clientes de Estados Unidos en el Golfo); y no hay ninguna razón para creer que Israel remotamente permitiría algún proyecto importante destinado a beneficiar al pueblo palestino.

Jared Kushner, asesor y yerno del presidente Donald Trump, y el enviado de Estados Unidos Jason Greenblatt son los cerebros detrás del plan. Afirman que reducirá la pobreza a la mitad y duplicará el PBI palestino en una década.

Le dije a Al Jazeera el sábado que el plan consiste en ideas recalentadas para una “paz económica”: la esperanza de que unas cuantas migajas financieras compren al pueblo palestino para que deje de exigir la liberación y de resistir al sistema israelí de ocupación, colonialismo de asentamiento y  apartheid.

Es un esfuerzo para comprar a Palestina por monedas.

Ver la entrevista aquí:


Infligiendo dolor y miseria

Incluso tomando el plan en sí mismo, Kushner arranca con un verdadero problema de credibilidad. Para poner sólo un ejemplo: “Paz para la Prosperidad” afirma que habrá grandes inversiones en salud para la población palestina, porque “una economía saludable requiere una población saludable”.

Pero a instancias de Kushner, una de las primeras cosas que hizo la administración Trump fue cortar toda la ayuda humanitaria y de desarrollo de EE.UU. a Palestina, incluyendo el apoyo financiero a la UNRWA, la agencia de la ONU que proporciona salud y educación a la población refugiada palestina más pobre y vulnerable.


La administración Trump también eliminó la financiación para seis hospitales en Jerusalén Este, los cuales proporcionan atención médica vital a la población palestina de Cisjordania y la Franja de Gaza ocupadas.

Jared Kushner no puede decirnos que se preocupa por acabar con la pobreza del pueblo palestino y al mismo tiempo infligirle más dolor y miseria, que es lo que realmente ha hecho, en contraste con las quimeras de este plan.


Un reempaquetado de la ocupación

No hay nada nuevo en el esfuerzo de Kushner por vender la ocupación militar y la explotación colonial como un plan para la prosperidad.

A principios de los 1990s, cuando se firmaron los acuerdos de Oslo, los medios de comunicación proclamaron que Gaza se convertiría en el “Hong Kong del Mediterráneo”.

En cambio, bajo el disfraz del “proceso de paz”, Israel comenzó a aislar a Gaza y a “des-desarrollar” sistemáticamente su economía, como describe la académica Sara Roy.

De nuevo, en 2005, cuando Israel se preparaba para retirar a sus colonos del interior de Gaza, los medios de comunicación cacarearon que el territorio costero se convertiría en el “Singapur del Mediterráneo”.

Pero en lugar de permitir que prosperara, Israel convirtió a Gaza en un gueto donde mantiene encerrada a la que considera población excedente, que debe ser bombardeada o asesinada por francotiradores si se atreve a resistir su destino.

Impertérrito, el plan de Kushner afirma que “Así como Dubai y Singapur se han beneficiado de sus ubicaciones estratégicas y han florecido como centros financieros regionales, Cisjordania y Gaza pueden convertirse en un centro del comercio regional”.

Uno se estremece al pensar qué peor destino le espera a Gaza después de estas últimas promesas.

Futuro distópico

En medio de todo el cacareo neoliberal sobre “gobernanza”, “creación de capacidad” y “capacitación” de los palestinos, el plan de Kushner promete “aumentar las exportaciones palestinas del 17 al 40 por ciento del PBI”, en parte a través del “desarrollo de zonas industriales de vanguardia”.

Esto, también, recicla planes de décadas atrás para convertir a la población palestina, o a trabajadores migrantes que serían traídos, en mano de obra barata y cautiva en zonas industriales donde las corporaciones extranjeras los explotarían libres de derechos laborales, estándares de salud y ambientales o cualquier monitoreo efectivo, como ha ocurrido en la vecina Jordania y en todo el mundo subdesarrollado (analicé esto en mi libro de 2014 “La Batalla por la Justicia en Palestina”).

Este futuro distópico para el pueblo palestino fue defendido en similares términos de color rosa por Tony Blair en 2008 cuando era el enviado del Cuarteto, el moribundo grupo de funcionarios rusos, estadounidenses, de la Unión Europea y de la ONU que afirmaban estar haciendo avanzar el “proceso de paz”.

Si Kushner realmente quisiera aumentar drásticamente el PBI palestino, no se necesitarían 10 años ni miles de millones de dólares. Todo lo que se necesitaría, para empezar, es que Israel ponga fin a sus severas restricciones sobre los sectores palestinos que trabajan, desarrollan empresas y cultivan sus tierras en Cisjordania y la Franja de Gaza ocupadas.

Las restricciones militares israelíes a la actividad económica palestina en la llamada Área C −el 60 por ciento de Cisjordania, bajo total dominio militar de Israel− han costado a la economía palestina miles de millones de dólares.

El Banco Mundial estima que “si se permitiera el desarrollo de empresas y granjas en el Área C, ello añadiría hasta un 35 por ciento al PBI palestino.”

Pero el plan de Kushner no hace mención alguna a que millones de palestinos y palestinas viven bajo una dictadura militar israelí que pone innumerables obstáculos deliberados a la economía palestina como parte de su violencia sistemática contra la población.

Lo más cerca que llega el plan a reconocer la realidad es la afirmación eufemísticamente irrisoria de que los palestinos “enfrentan rutinariamente desafíos logísticos en Cisjordania y Gaza, que les impiden viajar, estancan el crecimiento económico, reducen las exportaciones y frenan la inversión extranjera directa.”

No, Jared: es una ocupación militar, no un “desafío logístico”.

Del mismo modo, el desempleo en Gaza es superior al 50 por ciento (casi el 80 por ciento para los graduados universitarios) no por la ausencia de proyectos de “inversión”, sino por el bloqueo impuesto desde hace 12 años por Israel; otra realidad flagrante que el plan se niega a reconocer.

Probado y fallado

No hay mucho más que decir sobre este plan, excepto que cualquiera que albergue la más remota ilusión de que el inminente componente político del plan (si es que alguna vez ve la luz del día) podría ser algo mejor, debería dejar de lado esas ilusiones.

Eso no será más que una fachada para que Israel anexione Cisjordania ocupada en su totalidad o en parte.

La conferencia de Baréin programada para esta semana, en la cual se lanzará “Paz para la Prosperidad”, ya es un fracaso.

Originalmente, se suponía que iba a ser un escaparate de la normalización, con una delegación ministerial israelí de alto nivel codeándose con los líderes árabes.

Pero en medio de una rígida resistencia regional −o quizás mera timidez de algunos regímenes árabes− y de un boicot total por el lado palestino, Estados Unidos abandonó sus planes de invitar a una delegación oficial israelí.

Incluso clientes de Estados Unidos habitualmente fiables como la Unión Europea, Jordania y Egipto están enviando la representación más baja posible.

Hace una década, el Cuarteto trató de imponer una paz económica ilusoria al pueblo palestino, en ese momento con la colaboración entusiasta de los dirigentes de la Autoridad Palestina. El esfuerzo se completó con una muy promocionada “conferencia de inversores” en Belén, que, al igual que la edición de Baréin, fracasó en medio de la acérrima oposición palestina.

En caso de que hubiera alguna duda sobre cómo se siente la gente en Palestina, las facciones políticas de la Franja de Gaza anunciaron una huelga general para este martes, con el fin de enviar el mensaje a los que se reúnen en Baréin de que nadie puede extinguir sus derechos inalienables, especialmente con vacías promesas de “prosperidad”.

Como le dije a Al Jazeera, lo que el pueblo palestino necesita y exige es la liberación, no la caridad de Jared Kushner.

 

Publicado el 25/6/19 en Electronic Intifada. Traducción: María Landi.

Leer también:

The Neocolonial Arrogance of the Kushner Plan, por Rashid Khalidi
Trump’s peace plan has been designed to fail – exactly like its predecessors, por Jonathan Cook
‘Deal of the century’: Safeguarding Israel’s Jewish minority, por Joseph Massad
Palestine: The Arab ‘deal of the century’, por Marwan Bishara
The cart before a dead horse, por Mazin Qumsiyeh

Protesta en Nablus el 25 de junio contra el Acuerdo del Siglo y el plan Paz para la Prosperidad:

 

 

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